El perspicaz reportero había decidido llegar una hora antes al Lincoln Memorial para
tratar de cumplir su misión del modo más grato posible, pero el clima infame de
Washington tenía preparadas varias sorpresas para Evo Morales durante los minutos
que duraría su visita al Emancipador.
El cielo, cubierto de negras nubes rasgadas por varios tajos de celeste envidiable y
limpio, soltaba una que otra llovizna breve al tiempo que permitía asomarse a un sol
tardío pero esplendoroso entre un frío polar capaz de matar niños y ancianos.
Los diplomáticos bolivianos, en grupos de dos o tres y con las manos en los bolsillos,
intercambiaban comentarios breves ofreciendo un perfil esforzado al viento helado
mientras un general de cinco estrellas planificaba con amplios gestos, ambos brazos,
pasos de danzarín vencedor y entusiasmo un tanto infantil los movimientos que haría el
Presidente sobre la enorme explanada y la gradería olímpica que conducen al
monumento mismo, ese Lincoln que mira al mundo entre paciente y aburrido, todo blanco
él.
Puntual como si fuera inglés y valiente como él solo, Evo llegó y dominó la escena con
una seguridad en sí mismo que competía con su sencillez pero no ocultaba su coraje:
había venido sin abrigo, protegido sólo por su cabellera y ese saco liviano que hizo
famoso en todo el mundo, su fama y su bonhomía; saludó a todos como si fueran sus
primos.
Una nube de fotógrafos lo rodeaba como moscas a la miel, pero el mandatario, tal vez
acostumbrado ya a esa plaga inevitable, los ignoró como si fueran invisibles y evitó
pisotearlos como se lo merecían. Ciegos y sordos ante la solemnidad de la ocasión,
ametrallaban el cinematográfico rostro del visitante sin darle respiro ni pausa.
Pasando entre ellos con habilidad inaudita y pasos breves pero elegantes, Evo siguió a
un ramo de flores de esos que usamos en Bolivia para los entierros de segunda e hizo
una pausa para hallar en el piso de mármol la marca que le señalaba su lugar.
La halló, miró hacia la enorme estatua tras los fotógrafos, decidió que más fácil le sería
fingir que la veía y, sin más ni menos, recitó el discurso que debe haber dicho ciento
treinta y dos veces antes, esta vez contra un viento enfurecido, entre las breves
traducciones de una esforzada y amable señora y acosado siempre por sus enemigos,
esa prensa que le mete en las narices micrófonos, cámaras de TV, grabadoras
minúsculas y libretas con lapiceras verdes.
Evo dijo lo que vino a decir, el viento se llevó sus palabras, Evo se volvió para retirarse,
misión cumplida, y el cielo le regaló una nevada de tres segundos sólo para él con copos
blancos y diminutos que le cubrieron hasta hacerlo heroico.
Prensa y diplomáticos lo rodearon con renovado entusiasmo mientras buscaba los modos
más directos de salir de ese edificio en mal estado cuando un indio boliviano metido en
una chamarra de plástico que quería imitar a la bandera de USA, una gorra de lana que
había visto tiempo mejores y unos lentes de ciego que no podían ocultar su cara de
Trucutú presentó al mundo su mensaje de dos segundos, un cartón rojo con papeles
blancos que acusaban a Evo Morales sabe Inti de qué cosas sería. Nadie pudo leer el
mensaje y el indio protestador desapareció como por encanto a pesar de que breve no
era, más bien grande y macizo, acompañado de su señora, la que agitaba la cabeza
como diciendo ‘a este no lo cura nadie’.
Un parpadeo más y Evo había desaparecido, el cielo decidió cerrar sus cortinas de
nubes negras y las gentes se alejaron del lugar como cucarachas huyendo de un
zapatazo.
Habiendo cumplido su misión, la de ver y escuchar al Presidente por primera vez en
persona y voz, el reportero veterano se marchó caminando solo las doce cuadras que lo
separaban de su Honda 94.
Tras dejar atrás la capital del mundo se sorprendió no poco al comprobar que la voz de
Evo no podría nunca haber sido más boliviana y que hacía harmonía con los demás
rasgos de este hombre singular que parece tener más carisma que Barack Obama.
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Arturo von Vacano