Andrés Solíz Rada
Abogado y periodista y ex parlamentario. En los últimos 30 años fue uno de los más destacados defensores de los
recursos naturales en Bolivia. Fue el primer ministro de Hidrocarburos de la gestión de Evo Morales.

La construcción de los Estados nacionales en las colonias y semicolonias es una tarea heroica. La consecución de este
objetivo en las naciones que emergieron de sociedades feudales estuvo supeditada a la derrota de terratenientes y
castas aristocráticas, casi siempre respaldados en tradiciones eclesiásticas. En los países oprimidos, en cambio, son
los centros de poder mundial los que impiden el surgimiento de nuevos estados soberanos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las corrientes anticolonialistas adquirieron renovada fuerza. Ya no era fácil
justificar la ocupación y saqueo de las regiones periféricas por un puñado de países plutócratas, que exhibían el lujo y el
derroche en las metrópolis y que atribuían la desnudez, la miseria, el atraso y el analfabetismo a taras de los sojuzgados.
El dominio en las colonias estuvo garantizado por el uso prioritario de la fuerza. En las semicolonias, en cambio, en las
que existen atributos formales de independencia: Presidencia de la República, Parlamento, Fuerzas Armadas, himno,
escudo y bandera, la necesidad de garantizar la succión de los excedentes económicos obliga a los centros de poder
mundial a multiplicar formas de alienación. A manera de ejemplo, los periódicos en las colonias sólo pueden difundir lo
que autorizan las autoridades coloniales. En las semicolonias, en cambio, los comunicadores sociales tienen que ser
persuadidos (o corrompidos) de las bondades de la dominación extranjera. En ese panorama, son pocas las mentes que
consiguen desmontar los discursos ideológicos de los imperios, requisito ineludible para que la semicolonia encuentre
su ruta liberadora.

En Bolivia, fue Sergio Almaraz Paz quien explicó con mayor lucidez y coherencia, y la acertada edición de sus obras
completas así lo demuestra, las causas de nuestro atraso y sometimiento, generadas por la acción conjunta de clases
sociales intermediarias, consorcios internacionales e imperios mundiales. En el otro extremo, están los "condenados de
la tierra" (Fanon), para quienes los sufrimientos parecerían ser castigo de los dioses y no resultado de la succión del
excedente económico y de movimientos bursátiles digitados por el capital financiero. Las luchas populares no tienen
destino en tanto los pueblos no toman conciencia de la dominación foránea. Este es el punto de partida de Almaraz,
expuesto en El Poder y la Caída, editorial Los Amigos del Libro, 4tª edición, Oruro-Bolivia, 1980.

"Este trabajo... es una tentativa de definición de la estructura del poder en Bolivia. Mientras no sea examinada esta base
de la realidad nacional, la historia y la política quedarán envueltas en una opaca niebla. Una conciencia nacional débil y
evasiva, mortecina en sus expresiones, impide a los bolivianos responder ante su propia historia. No están al margen de
la historia, pero frecuentemente no hacen la suya. El porvenir boliviano en el sentido de la realización exclusiva y auténtica,
está subordinado al descubrimiento del ser nacional... La búsqueda de una nueva conciencia nacional cuya fuerza
obstinada sea tan grande como la que alteró el cauce de la historia en María Barzola (*), no depende tan sólo de la
investigación del pasado. Hay un presente ante el cual los resultados de la praxis cuentan más que el análisis teórico. La
combinación de estos factores, y exclusivamente ella, posibilitará el retorno al cauce ascendente de la historia".

El análisis de la estructura de poder permite a Sergio identificar las especificidades de la Bolivia semicolonial, las que
consisten en la enajenación de sus recursos estratégicos: minería e hidrocarburos. La pérdida del control de los
hidrocarburos opera mediante transnacionales. Los oligarcas de la plata eran, al mismo tiempo, gobernantes. Los
barones del estaño prefirieron hacerlo a través de testaferros. De ellos decía Sergio que "no están en el poder, pero
poseen el poder. Sus hombres pueden caer. Ellos no caen. Son el poder mismo". En la superestructura, se afianza una
oligarquía que se siente dueña del país, pero lo desprecia. Los oligarcas simulan patriotismo, pero son como termitas:
"nos comen por dentro, luego nos venden". Pero la dependencia colonial no sólo enajena los recursos naturales de los
pueblos, sino que también les roba la memoria, de ahí la necesidad de reescribir la historia con mirada propia, lo que
conlleva refutar la escrita por quienes nos desprecian, como Alcides Arguedas.

Almaraz afirma que si los bolivianos no entendemos la estructura del poder "la realidad nacional, la historia y la política
quedarán envueltas en opaca niebla". El desconocimiento de la estructura del poder impide identificar los intereses
económicos que condicionan la conducta de los gobernantes. No resolver esta incógnita ocasiona que tengamos "una
conciencia nacional débil y evasiva, mortecina en sus expresiones e incapaz de responder ante la propia historia". Nos
asemeja, añadimos nosotros, a febriles gladiadores que descargan palos de ciego a sombras que pululan en noches
tenebrosas, invisibles a nuestros ojos, pero que provocan resultados fatales. Hegel sostiene que los americanos
estamos en la prehistoria porque no tenemos autoconciencia, razón por la que nos compara con hormigas y jabalíes.
Sergio considera que no estamos al margen de la historia, pero cree que la hacemos sólo en forma ocasional. Veamos el
momento en el que, a su juicio, sí hicimos historia:

"Parecía imposible que un día el país encontraría fuerzas para afirmar su existencia. Sin embargo, esas fuerzas se dieron
con la nacionalización de las minas. Hasta entonces una existencia de degradación inexorable enseñó a los bolivianos
que la historia hace a los hombres; el 31 de octubre, un verdadero milagro les hizo comprender que a veces los hombres
pueden hacer su historia".

La nacionalización de las minas es consecuencia de la Revolución del 9 de abril de 1952, el acontecimiento más
importante de la historia boliviana. Es un parte aguas que explica lo que acontece antes y después de ese suceso. Estas
sus palabras en el Réquiem para una República (UMSA-1969. La Paz-Bolivia).

"La experiencia boliviana desemboca en el punto más ardiente del debate sobre la revolución en nuestro tiempo. Los
bolivianos hicieron la suya y su instrumento fue el MNR. La observación de que hubiera sido posible otro tipo de revolución
es pueril, porque la historia no es un escaparate. La revolución fue esa y no otra, sin márgenes de elección. La izquierda
tradicional, enfrentada con los hechos, fue incapaz de superar sus insuficiencias; al rechazar la única posibilidad que le
brindaba la historia para vencer su propia alienación, perdió el camino" (Los subrayados son de SAP)

Los grandes sucesos previos al 52, prepararon su advenimiento. Hasta entonces, los bolivianos tuvimos "una existencia
de degradación inexorable". La dominación minero-feudal estaba blindada por la inconciencia. Su granítica estructura,
heredada de la colonia, pero que adquirió tonalidad modernizante con la minería del estaño, fue debilitada, de manera
progresiva, con sangre indígena y proletaria. La dispersión de las protestas aseguraba la continuidad del oprobio. Los
asalariados del subsuelo apenas se enteraban de las matanzas campesinas y los campesinos ignoraban las
dimensiones de las masacres mineras. La fratricida Guerra del Chaco, al mostrar que los sufrimientos populares
estaban concatenados, permitió identificar a los responsables de las tragedias del país.

Paz Estenssoro y el 4 de noviembre

El final de la conflagración con el Paraguay posibilitó que los anhelos de cambio se canalizaran a través del Ejército, la
única fuerza con presencia nacional, pese a sus miserias y debilidades. El general David Toro protagonizó, el 7 de junio
de 1936, la primera nacionalización del petróleo en América Latina y la segunda a nivel mundial, después de la soviética
de 1917, sin olvidar que la primera empresa petrolera estatal del continente se gestó en la Argentina en 1907. El Teniente
Coronel Germán Busch dispuso, en junio de 1939, que las divisas de la exportación minera fueran centralizadas en el
Banco Central. El coronel Gualberto Villarroel trató de modificar los "contratos inmejorables" suscritos por su predecesor,
el general Enrique Peñaranda. Pero Villarroel hizo algo más atrevido aún: convocó al primer congreso "indigenal",
presidido por el aymara y ex combatiente de la Guerra del Chaco, Francisco Chipana Ramos, lo que rebasó la indignación
de la "rosca" (**). A nadie podría extrañar la coalición de la Embajada de EEUU, "barones" del estaño y terratenientes para
colgar a Villarroel de un farol de la plaza Murillo, de La Paz, el 21 de julio de 1946. Sin embargo, lo aberrante fue la
entusiasta participación en el ágape plutocrático de la "izquierda tradicional".

El desatino se repitió el 4 de noviembre de 1964, cuando el Pentágono norteamericano impulsó el golpe del general René
Barrientos Ortuño contra el claudicante Paz Estensoro, con el respaldo de la derechista Falange Socialista Boliviana
(FSB), el vetusto Partido Liberal y una fracción del MNR, integrada por Hernán Siles Zuazo, Juan Lechín y Walter Guevara
Arce. La "izquierda tradicional" estuvo otra vez coadyuvando en semejante entuerto, en su reiterado propósito de encontrar
"Kerenskys" a diestra y siniestra, en tanto sus dirigentes se sentían los inminentes "Lenines" de procesos
contrarrevolucionarios que acaban, de manera inexorable, por devolver la globalidad del poder al Imperio y sus acólitos
nativos.

Muchos se preguntaron si no era lícito sumarse al derrocamiento de Paz Estensoro, si se tiene en cuenta que había
traicionado prácticamente a todas las banderas de abril, al entregar el petróleo y ocasionar la virtual quiebra de COMIBOL,
lo que facilitó la ingerencia del FMI y del Plan Triangular para la minería (EEUU, BID y Alemania Occidental), la persecución
a dirigentes sindicales y la reorganización del Ejército con asesoramiento estadounidense. Nada de lo anterior, pensaba
Sergio, justificaba coadyuvar a que tomara el poder un representante directo del Pentágono y de la mal llamada "minería
mediana" que, en realidad, es la nueva gran minería privada. En consecuencia, derrotar al golpismo de la derecha y del
imperialismo abría la posibilidad de que Paz Estensoro, con los sectores populares movilizados contra los planes del
Pentágono, retomara posiciones nacionalistas. Sustituirlo por agentes directos de Washington, como efectivamente
ocurrió, sólo colocaba al país en situación aún más desesperada.

Quienes desde la izquierda tradicional participaron en los golpes del 21 de julio y del 4 de noviembre no entendieron la
estructura de poder. No advirtieron que la semicolonia Bolivia era (y es) un país oprimido por naciones opresoras, cuyo
asfixiante yugo requiere unir a todas las fuerzas sociales interesadas en la liberación nacional. La preocupación de Sergio
por dejar precisado este concepto se refleja en estas palabras:

"El 4 de noviembre (la izquierda tradicional) tuvo la última postura aberrante; pensaba estar haciendo la "verdadera"
revolución; en realidad era un acoplado más en el carro de la reacción"... Al hablar de la "izquierda tradicional" nos
referimos al Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), Partido Obrero Revolucionario (POR) y a los dos partidos
comunistas (pro ruso y por chino ASR), descendientes ambos del viejo PIR. La muerte de Villarroel es el estigma de esta
izquierda..." (Réquiem....).

La dimensión del error hace que Almaraz ni siquiera salve la conducta del Partido Comunista Boliviano (PCB), en cuya
dirección tuvo un papel preponderante en 1951. En esa oportunidad, el PCB apoyó a los candidatos Paz Estensoro -
Hernán Siles Zuazo, lo que marcó una diferencia cualitativa con el PIR que, en 1946, derrocó al gobierno Villarroel. Los
retrocesos de la Revolución de abril no justifican, en opinión de Almaraz, acuerdos con el imperialismo, a partir de lo cual
desarrolla su pedagogía antiimperialista con estas magníficas expresiones de Albert Camus:

"Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta"... "Para sacar de la
decadencia de las revoluciones lecciones necesarias, es preciso sufrir con ellas. No alegrarse de esta decadencia"
(Réquiem...).

Desde la izquierda tradicional se sostiene, a fin de encubrir su miopía, que, "finalmente", Paz Estensoro y Barrientos eran
lo mismo. Almaraz refuta esa apreciación de la siguiente manera:

"La revolución no se derrumbó de un solo golpe; cayó poco a poco, pedazo a pedazo. La contrarrevolución no pasó sobre
el país como una aplanadora y si sus efectos fueron demoledores, necesitó varios años para echar abajo lo que
encontraba a su paso. Porque se resistió. Se resistió mal, con debilidades y aturdimiento, pero se resistió" (Réquiem...).

Lo anterior no implicaba silenciar los retrocesos y aun traiciones del MNR. Petróleo en Bolivia (Editorial Juventud, 1958. La
Paz-Bolivia) denuncia la desnacionalización del petróleo dispuesta por Paz Estensoro, Siles Zuazo, Lechín Oquendo y
Guevara Arce. El agotamiento del proceso de abril es descrito por Sergio sin concesión alguna. He aquí sus expresiones:

"El impulso constructor de la revolución estaba agotado. La revolución fue achicándose hasta encontrar las medidas
señaladas por los americanos, cuyas proporciones las descubrieron a su vez en la propia miseria del país. Se
consideraba posible hacer la revolución sirviéndose de su dinero" (Réquiem...)

Sin embargo, lo dicho hasta aquí no puede llevarnos a engaño. Uno es el Paz Estensoro hasta su derrocamiento el 4 de
noviembre de 1964 y otro el que llega al poder, por cuarta vez, en agosto de 1985. La nacionalización de la Gulf y la
instalación de hornos de fundición, llevadas a cabo por el proceso Ovando-Torres (1969 - 1971), terminaron de convertir al
líder de la revolución de abril en instrumento directo del imperialismo. No es casual que el plutócrata Gonzalo Sánchez de
Lozada pagara las facturas más caras de las campañas electorales de Paz Estensoro de 1978, 1979, 1980 y 1984, como
demuestra Augusto Cuadros Sánchez en su libro Ocaso de la Revolución Nacional Boliviana (Editorial Los Amigos del
Libro. 2004. Cochabamba-Bolivia). Almaraz criticó a Paz Estensoro no porque no instaurara el socialismo o la dictadura
del proletariado, sino por incumplir el programa nacionalista. Es innegable, sin embargo, la existencia, en esos años, de
una línea nacional, aunque minoritaria, dentro del MNR. Así, por ejemplo, tres diputados, Augusto Céspedes Patzi, Mario
Pando Monje y René Zavaleta Mercado lograron que la fundición de estaño sea una de las metas a cumplir en el Plan de
Desarrollo del MNR de 1962. Sin embargo, ese propósito fue una voz aislada en medio de un coro de enajenadores del
patrimonio nacional.

Sergio puntualizó que la Revolución del 52 fue tan profunda que atravesó al conjunto de la sociedad boliviana, es decir a
civiles y militares, profesionales y vendedores callejeros, empresarios y amas de casa, trabajadores del campo y las
ciudades, mineros y estudiantes. Al no comprender esta premisa, la izquierda tradicional cometió un nuevo error. Si antes
había confundido a Paz Estensoro con Barrientos, después confundirá a Ovando con Barrientos. No entenderá que
Ovando representa los esfuerzos militares por rescatar y profundizar lo mejor de la Revolución de abril. Barrientos, en
cambio, es la encarnación agravada de sus desaciertos. Es la contrarrevolución en grado superlativo. El MNR quiso
modernizar al país mediante créditos del erario público en favor de sus militantes, a fin de convertirlos en capitalistas
nacionales. El fracaso fue rotundo y la corrupción generalizada. Ovando impulsó el capitalismo de Estado, a través del
fortalecimiento de YPFB y COMIBOL, como única alternativa viable al capital extranjero. Barrientos se esforzó por borrar
todo vestigio de intervención estatal en el manejo de la economía y suscribió el denominado pacto militar-campesino, con
el que cercó campamentos mineros y desató matanzas de asalariados del subsuelo. Ovando postuló la unidad de la
nación oprimida para retomar el camino de la revolución nacional, extraviado por el MNR.

Es verdad es que el concepto "capitalismo de Estado" está marcado por la polisemia. Fue usado por Lenin para explicar
la Nueva Política Económica, luego en la Europa oriental, ante la creciente deformación estalinista de sus regímenes
políticos, y en procesos de liberación en las semi colonias. Esta última caracterización es válida en tanto los países
oprimidos suelen usar a su Estado nacional para disputar a las transnacionales el control y destino del excedente. Se
trata, en consecuencia, de una situación transitoria, lo que no quiere decir que sea necesariamente corta, para rescatar
soberanía económica, sin la cual todo intento de impulsar regímenes socialistas caen en la utopía. Por esta razón,
consideramos errónea la afirmación de James Petras, en "rebelión.com, del 21-10-08, cuando dice que "no queremos
intervención estatal para salvar al capitalismo". Los países periféricos, al nacionalizar sus recursos estratégicos, no están
ayudando a "salvar al capitalismo", sino que están contribuyendo a debilitarlo, ya que, como dijeron los clásicos del
marxismo, el imperialismo existe por que existen países coloniales y semi coloniales". En América Latina, es el
fortalecimiento del "capitalismo de Estado", en mayor o menor grado, que tiene lugar en Venezuela, Ecuador y Bolivia, el
que incentiva la integración bolivariana, ya que esa tarea no puede ser encabezada ni por burguesías nacionales
timoratas, ni por organizaciones de trabajadores que aún no tienen la fuerza para hacerlo. Debe enfatizarse, sin embargo,
que el capitalismo de Estado es inviable sino está acompañado de eficiencia y transparencia.
.Almaraz en la construcción del Estado Nacional
Andrés Solíz Rada
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