Amanecer en Sykesville
Arturo von Vacano

      Hoy cumplo 50 años. Soy zurdo. Tengo ojos verdes. Me gustan mis ojos. Me gustan mis
pestañas. A las mujeres les gustaban mis pestañas, tan oscuras. Lo que me queda de cabello es
oscuro también. Me quedan ocho dientes. Mis dientes son cómicos: tengo cuatro allá arriba, como
grandes granos amarillos de arroz, cada uno solo y lejos de los demás. Tengo cuatro acá abajo,
todos juntos, débiles y amarillos. Tengo un hueco negro entre los dientes, uno arriba y otro abajo.
Luzco decente si no sonrío, diría yo. Nunca sonrío. Creen que odio a la gente, pero no. Sólo es por
estos mis dientes, pero nunca se lo dije a nadie. Mi nariz es grande, larga, redonda en la punta. No
me gusta mi nariz. Tengo una cicatriz larga, negra y azul, que corre desde la punta del ojo hasta la
punta del labio superior derecho. No me gusta esa cicatriz. Tengo un buen mentón. Luce bien y es
fuerte. Me gusta. Mi frente es muy buena. Es amplia, y me gustan las arrugas de mi frente. Me
gusta una entre todas, la que sube recta desde el medio de los ojos.
Me gustan las orejas. Tengo manos pequeñas, dedos largos y piernas delgadas. Piernas peludas.
Pecho limpio. Tengo pies largos, también. Odio mis manos. Tengo zapatos oscuros. Zapatos
oscuros y viejos. No me gustan mis zapatos. Tengo un pantalón vaquero y un sacón azul. Tengo
una bolsa de lona grande, un cepillo de dientes, una maquinilla de afeitar. Una toalla. Una caja de
fósforos. La tengo oculta. Tengo una medalla pequeña. Jesús Salva, dice.
      No tengo nada más.
No soy nada.
Duermo en un cuarto vacío, sobre una cama de metal alta, vacía. Sobre un colchón y dos sábanas.
Una almohada, pequeña y sucia. Estas cosas no son mías. Las cambian cada dos semanas. Si miro
al techo, veo un foco dentro de una rejilla de alambre. No necesitan esa rejilla. Nadie puede
alcanzar el foco. Si miro hacia la ventana veo las rejas de acero. Si miro por la ventana veo la nieve.
Es blanca. Es azul y blanca. Puedo ver la luna sobre la nieve. No me gusta la luna. Nadie duerme
bien cuando puedo ver la luna, cuando podemos ver la luna.
      Me basta el foco para ver estos papeles. Tengo tres lápices. Este es un cuaderno escolar. Es
negro, y lo primero que escribí en él es mi nombre. Escribí mi nombre porque me gustaría recordar
mi nombre siempre. Siempre. Siempre. Escribo esta palabra y la leo, y la escribo otra vez y no la
entiendo. Siempre. Nunca la entenderé. Nunca. Nunca. Jamás entenderé siempre ni nunca. O tal
vez.
      Escribo porque el Dr. King me dijo que escribiera.
      Dice que me gustaba escribir. Dice que esto puede ayudarme.  
Apenas puedo entender lo que escribo. Me parece que no tengo costumbre de escribir a mano.
Una máquina de escribir aquí es imposible. También lo es un procesador de palabras, dijo el Dr.
King. Un procesador de palabras. ¿Por qué necesito un procesador de palabras? Yo soy un
procesador de palabras, ¿no es cierto? Heme aquí, procesando palabras. Palabras de un idioma
ajeno al mío. Proceso palabras porque no puedo dormir. También, porque me gusta procesar
palabras. Porque el Dr. King lee todo lo que proceso y trae estos papeles de retorno y hace las
mismas preguntas cada mañana.
Son preguntas difíciles para las que no tengo respuesta. “¿Por qué?”, pregunta una y otra vez.
“¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”
“¿Por qué por qué?”, contesto, preguntando por qué.
“¿Por qué?”, contesta, y así sigue.
      El debería tener las respuestas y yo debería hacer las preguntas.
      Me mira cuando se lo digo, y me siento incómodo con este hombre negro. Es joven y muy, muy
pobre. Su auto es viejo. Veo su auto por la mañana, cada mañana, pero nunca los domingos. Es un
auto viejo con el lado izquierdo destrozado. No puede pagar la reparación, lo sé. Lo miro cada
mañana y puedo mirarle los pantalones, limpios pero viejos. Puedo ver los pespuntes, el hilo negro
y, un par de veces, la piel negra debajo los pantalones. No usa ropa interior. Es un pobre hombre
negro sin ropa interior y con un terno oscuro y viejo. Un terno descosido aquí, aquí y aquí. Y con
calcetines negros cortos que estira a cada rato como su miseria. No me gusta su cara. Odia a
todos. Nos odia a todos y cada uno de nosotros.   
Me lo dijo una vez.
      "¿Usted cree que la gente puede morir de hambre en esta sociedad?’, le pregunté.
“Por supuesto que sí”, me dijo después de tomarse unos segundos para seguir el vuelo de una
mosca.
      Lloré esa mañana. Lloré como un niño. Me dejó llorar. Se puso de pie, dejó su lápiz sobre su
cuaderno amarillo y me miró, con la espalda contra el espejo que es ventana y usan en este lugar.
      "¡Oh, como odio todo esto cuando lloran!”, dijo en un suspiro. “Como odio todo y a todos... Ya
vuelvo”.
      No volvió aquel día. Se tomó una semana para volver.
      Para entonces todos sabían que nos odia. Y se lo dije, y me miró y no dijo una sola palabra.
      Así es como trabajamos ahora. Yo sé y él sabe. Pero trabajamos. Necesito este trabajo para
saber por qué lloro, me dice, cuando lloro como lloro. Necesita este cuaderno para sacarme de
aquí algún día. Puede ser que me retenga, pero también lo retengo yo. Eso es seguro. Me
necesita. Este hombre silente y odiador me necesita.
      Miro por la ventana y veo la nieve. Miro el foco y me basta. Así que escribo tendido en el piso y
escribiré así hasta que pueda dormir. Esto es bueno para dormir, dice.
      Lo he escrito todo tantas veces ya que podría dormir y dejar que mi mano derecha escribiera
sola. Podría escribir mientras duermo. Si pudiera dormir.
      Comenzamos otra página ahora.


      Alfonso se arriesgó y miro por el ojo de la puerta. Amanecía en Sykesville.  Abrió amplia la boca
y parpadeo, incapaz de creer en sus propios ojos. La Srta. Patricia Galbraithe, una abogado muy
hermosa que esperaba a su cliente, lucía su elegancia admirable desde el borde una silla vieja y
amarilla.
      La Srta. Patricia recortaba el retrato perfecto de la profesional de éxito totalmente fuera de
lugar. Era una diosa treintañera y digna salida de una producción multimillonaria de Hollywood. Sus
pechos eran magníficos. Su cuerpo era dolorosamente voluptuoso, aun dentro de su severo traje
color perla. Su cabello era un recorte ideal de la campaña publicitaria nacional multimedia para
“Honey, the Shade of Money” o, como diría Alfonso, “Miel, el tono del oro en papel”. Sus ojos
celestes traicionaban la poderosa y totalmente saludable condición de la que goza la menos
conspicua de las minorías, esa que hereda la riqueza de las naciones sólo porque si.
      Una mano de la Srta. Patricia acariciaba una larga boquilla para cigarrillos de maneras que
podrían desencadenar los indomables pero cortos y en general fatales orgasmos de los viejos
afortunados hasta el punto de adorar con la vista a esta inocente e involuntaria femme fatale. Sus
piernas eran piernas norteamericanas: increíbles por lo largas, indecibles por lo bellas, simplemente
increíbles para ser piernas. Su trasero era grande, redondo y perfecto, blanco como la leche y más
dulce aún por su pelusa rubia de bebé (seca); la ranura rosada y tibia (cara), era muy pequeña
pero fuerte y latente, capaz de abrazar o estrangular hasta descabezar de un mordisco cualquier
objeto extraño que cometiera allí el inoportuno error de perder su largo, su impulso o su poder
golpeador.
      Alfonso pestañeó dos veces. La mitad de lo que creía estar viendo era producto de su propia
imaginación, diría luego el Dr. King. La otra mitad era muy bella, sin duda, pero estaba lejos del
ángel lascivo instalado en su cabeza por un hambre inesperada y exigente: La Srta. Galbraithe fue
el gatillo ignorante de una fantástica y poderosa eyaculación que forzó a Alfonso a dedicar varios
minutos a saltar y agitarse como una bruja desnuda en su escoba o un burro en celo en una
dorada mañana primaveral y romana. Nada más, dijo el Dr. King.
      Tendido en su lecho, ardiente y exhausto, sudando frío pero plácido y sorprendido por este
inaudito regalo de cumpleaños, Alfonso espió otra vez por la puerta y otra vez vio a la Srta.
Galbraithe sentada en su silla, perfecta en su aplomo y limpia como un silbido, mirando con ojos
fijos y celestes a su inexistente y atento interlocutor, hablándole con labios color sangre que movía
con gran cuidado para no articular sonido alguno.
      Para las seis, cuando los enfermeros comenzaron a golpear puertas y Alfonso salió medio
desnudo y descalzo, La Srta. Galbraithe ignoraba a esa pequeña multitud y continuaba su silente
discurso.
      Para las ocho, Alfonso vio por un instante el fantasma de esa mujer bella entre el humo de los
cigarrillos hasta que golpe del portón central lo dispersó sin la menor piedad.