Filosofía y literatura latinoamericanas
Luis H. Antezana
Creo que haríamos bien en concebir la filosofía únicamente como un
género literario más en el que se destaca la oposición
clásico-romántico.
Richard Rorty
En estas notas, sólo indicaré una conjetura discursiva relativa a los contrastes entre
literatura y filosofía latinoamericanas. Como se sabe, los discursos son
instrumentales —sirven para hacer ("decir") algo— y, aunque se los supone
aplicables a "cualquier circunstancia", también se sabe que hay normas sociales
que condicionan, en cada caso, los alcances de su uso. En general, el uso de un
discurso no puede evitar la reiteración, pues, aunque instrumentales, los discursos
—cada cuál según su ámbito de validez— ya dicen lo que pueden decir; son como
citas que uno utiliza para redondear un argumento. En algunos casos producen
sentidos locales, es decir, sentidos ligados con sus condiciones de enunciación y,
en el peor de los casos, sólo repiten o imitan sentidos ya producidos en otras
condiciones de enunciación. En el primer caso, los sentidos producidos son tenues
porque, en general, carecen de posibilidades de irradiación más allá de sus
condiciones de emisión, en el segundo caso, los sentidos son prácticamente nulos,
su límite es el plagio. Son las normas discursivas las que condicionan esas
posibilidades. Hay filósofos y pensadores que ven con horror, se diría, los limites de
sentido que acompañan los usos discursivos; muchos tiemblan ante la idea de que,
en el fondo, uno no hace otra cosa que repetir y repetir Lo Mismo de siempre y
entienden esa repetición de Lo Mismo como una especie de cárcel tautológica. No
es tan grave. El uso de los discursos también permite su dominio y, de rato en rato,
se pueden reconocer ‘‘momentos decisivos —‘‘momentos constitutivos,’’ diría
Zavaleta Mercado— que alteran los alcances de un discurso, alterando también, por
supuesto, sus usos y los sentidos en juego. Cierto, después de esas decisiones
comienza otro período, a menudo largo, de reiteraciones pero también es cierto
que las decisiones discursivas son posibles. El recorrido del discurso científico
ofrece muchos casos al respecto —basta con mencionar a Galileo o Darwin o
Mendel o Einstein— y también el discurso pictórico —basta mencionar a la
introducción de la perspectiva en la representación o contemplar un cuadro de Van
Gogh. En suma, los usos discursivos son, en general, sólo reiterativos o reiterables;
pero también es posible darles otros alcances gracias a los "momentos decisivos".
Bajo este marco, mi conjetura es la siguiente: el uso del discurso filosófico en
América Latina carece de "momentos decisivos" localmente producidos, en cambio
el discurso literario si ha podido decidir y su decisión más notable ha alterado los
alcances no sólo de su propio discurso sino de la propia filosofía, en la forma no-
local sino hasta universal de este discurso. Vayamos ahora a la América Latina y  
algunos de sus más frecuentes discursos para luego aterrizar en la conjetura
indicada.

1.        Confieso, de partida, que no sé que es Latinoamérica. Geográficamente no
tengo problemas: es el conjunto de países que se extienden desde México, hacia el
Sur, hasta la Argentina. Creo que la Argentina y Chile incluyen también algunos
pedazos de la Antártida. Entiendo también que la denominación "Latinoamérica" o
"América Latina" implica una distinción idiomática: en esos países, el castellano o
español y el portugués son los idiomas dominantes. Esto de "idiomas dominantes"
creo que basta para no bajar muy rápido a la más concreta complejidad idiomática
que, en rigor, sucede en ese territorio; complejidad que haría trizas el lado "latino"
atribuido a este pedazo de América. No me cuesta tampoco entender el por qué
histórico de esos países y sus idiomas dominantes. Más no sé o, mejor, no
entiendo.

Lo que si entiendo es que muchos discursos han tratado de postular o imponer
algún tipo de "identidad" a ese conjunto de países y sus múltiples culturas. Desde
ya, ahí está el discurso geoidiomático arriba mencionado y que, por su frecuente
uso, en relación a innumerables situaciones, resulta el más comprensible, aunque
es más una etiqueta que un signo o un sentido. Por ahí anda también el discurso
filosófico que, por vocación o principio, no ha cesado de proponer criterios para
fundamentar una identidad latinoamericana, utilizando como referencia la distinción
geoidiomática mencionada. Volveremos a este discurso, pues, mal que bien es
parte del tema de estas notas. También tenemos un discurso político que se arma
en relación al criterio de "independencia". Aquí la identidad es algo así como una
consecuencia de la ruptura con los imperios español y portugués, allá en el siglo
pasado. Este discurso tiene muchas ramas —no en vano es "político"— y su
variable más utilizada es la que considera a esa "independencia" como todavía
incompleta y’ por ahí, concurre en el ámbito de otros discursos. El discurso
filosófico utiliza, a menudo, esta variable, cuando necesita subrayar, por ejemplo, su
propio papel en la construcción, como se dice, de la identidad latinoamericana.
Aunque debe utilizar ámbitos de referencia más amplios como el del Tercer Mundo,
el discurso economicista —no quiero decir "económico" para no perder la
diferencia con la ciencia— también insiste en una independencia incompleta y
figura la identidad latinoamericana como una dependiente. No se sabe aquí si una
independencia económica acabaría o no con este tipo de identidad. Subordinado,
creo, al político hay un discurso nacionalista que busca generalizar el típico "nación"
—relativo, en general, a un país— hacia el conjunto de la llamada, en este caso,
"comunidad latinoamericana". También hay un discurso endógeno que propone una
identidad basada en las culturas precolombinas y sus pervivencias sociales. La
cadena de montañas —quiebres más, quiebres menos— que se reconoce junto a
la costa del Pacífico suele ser el hilo geográfico-referencial para esa identidad; la
cadena de montañas y, por supuesto, las civilizaciones, imperios, en fin,
sociedades, que ahí sucedieron y suceden. Más el literario, del que algo diré luego,
estos son los discursos que, hasta donde reconozco, con mayor o menor irradiación
relativa, proponen, aquí y allá, criterios, principios, argumentos, aún datos, para
entender lo que es o sería una identidad latinoamericana. Muchos son más
frecuentes que otros y los ámbitos de discreción son muy variables. Pero de esto
último no importa mucho pues, en cada caso, nos interesaría su uso independiente
de la cantidad de sus usuarios. pues, las "decisiones discursivas", a menudo, hasta
pueden individualizarse.

Debería también haber mencionado al discurso histórico pero creo que éste,
cuando riguroso, es, sobretodo, un material de referencia para los otros discursos y,
cuando ensayístico o especulativo, es más una gama del discurso político o del
filosófico. Seguro que suceden muchos discurso mas. Así como mencioné el
discurso economicista, relativo a la economía, podría haber destacado un discurso
sociológico o uno antropológico, relativos a la sociología o antropología
respectivamente, pero, pese a algunas globalizaciones, cuando estos discursos
"dicen" (algo) sobre la identidad latinoamericana y sus afines, sus proposiciones no
resuenan —me parece— tanto: los antropólogos, por ejemplo, han estado más
interesados en destacar, empíricamente, diferencias más que identidades
parciales. Otra vez, en estos casos, diría lo mismo que a propósito de la historia:
cuando rigurosos, son material referencial, cuando ensayísticos o especulativos, se
los encuentra subordinados a los otros más extensivos discursos. Eso por un lado.
Por otro, los discursos unificantes mencionados no suceden, por supuesto, solos y,
a la larga, configuran un "caleidoscopio fractal", digamos, donde se leen esas
propuestas y sus posibles sentidos en varias dimensiones —de ahí lo de "fractal".
Como dije al principio, entiendo una buena parte de estas propuestas; lo que no
entiendo es la Latinoamérica que por ahí se diseña; en otras palabras, entiendo los
significados pero no los sentidos. Ahí, demasiados hechos se chorrean
inexplicados, por todas partes, y con ellos se me escapan las identidades
propuestas o impuestas. Hasta aquí, un grueso marco. A continuación, veamos un
par de detalles relativos al discurso literario que también anda por ahí y, luego,
examinaremos al discurso filosófico latinoamericano en relación al literario.

2.        No olvidemos, que las "literaturas" no existen. Existen libros para ser leídos,
las "literaturas" —locales, universales, temáticas— las inventan esos metalenguajes
que se llaman "crítica" o "historia" literarias. Entre nos, Carlos Medinacelli inventó
eso que ahora llamamos "literatura boliviana". El discurso literario, aunque
idiomático en su elaboración, carece de límites geosociopolíticos. Siempre fue un
misterio para los deterministas, dicho sea de paso, entender por qué todavía se
entienden, digamos, La Odisea o Las mil y una noches o La Divina Comedia o El
Quijote fuera de sus ya lejanas condiciones de emisión. Las localizaciones en este
discurso se apoyan en sus condiciones de producción y ahí, la figura del "autor" es,
en general la decisiva. Algo ayudan las denotaciones y referencias, pero, a la larga
son insignificantes: por eso Rulfo puede inventar Comala o García Márquez hablar
de Macondo, Cortázar vagar con Horacio por París, Medinacelli transformar
Cotagaita en San Javier de Chirca o Neruda dedicarse, simplemente, a "escribir
los versos más tristes esta noche", sin tiempo ni lugar precisos. Dada su práctica
carencia de límites, al discurso literario se lo suele caracterizar por contraste: no es
asertivo —Felipe Delgado camina por La Paz pero sólo en la novela Felipe
Delgado (1979)—, tampoco es teórico/operativo como las ciencias o las técnicas—
ni abstracto —como la filosofía. Se dice que en él prima la imaginación y —habría
que añadir— el trabajo productivo sobre su material, es decir, sobre el idioma que
maneja. Se lo suele inclinar no hacia el conocimiento ni la abstracción o la utilidad
sino hacia el placer. Tiene un montón de variables internas que, de acuerdo a la
perspectiva, se denominan "géneros" y "movimientos". En ese campo, la poesía
podría considerarse su arquetipo. aunque los géneros menores (novela policial, de
ciencia ficción y romances) son los más leídos. También se subrayan sus vínculos
con la escritura, aunque se reconoce la posibilidad de las "literaturas orales", lugar
donde este discurso se entrevera con el discurso mítico. El literario es un discurso
poco o nada "discreto", es decir, anda por todas partes y sus sentidos dependen,
sobretodo, de sus lectores. Por eso, dicho sea de paso, porque dependen de sus
lectores y no de sus condiciones de producción, muchas (viejas) obras literarias
todavía siguen vigentes. La literatura latinoamericana se ha armado, como todas las
locales, de acuerdo a los autores de la zona geográfica y, en general, los trabajos al
respecto todavía se limitan a los productos en castellano; curiosamente, cuando
algún estudio incluye al portugués, se inscribe con la categoría de "literatura
iberoamericana". Pese a esa fractura en relación al modelo general de
"Latinoamérica", el fragmento "hispanoamericano , como también se dice, ha
logrado constituirse discursivamente, es decir, muchos de sus productos han
logrado ser decisivos local y hasta universalmente. En lo que nos ocupa, esa
capacidad de decisión todavía no ha aparecido en las prácticas filosóficas en o de
Latinoamérica.

Todo discurso tiene "momentos decisivos", decíamos. Son momentos de
constitución, de renovación o ruptura (internos). No hay que exagerar sus alcances,
aunque los locutores, es decir, los usuarios de los discursos suelen extremar las
constituciones, renovaciones y rupturas —de ahí los "Manifiestos" que nunca faltan
en lo que se llama la "política literaria". No sé si soy un poco sordo, pero, en
filosofía, en el discurso filosófico, ese tipo de actos discursivos —las decisiones—
no suceden en la América Latina, todavía suceden en Europa, por así decirlo. En
otras palabras, poco o nada sucede filosóficamente por aquí. Todavía. Tal vez algo
sucede "latinoamerísticamente" por el lado del adjetivo— pero no filosóficamente —
por el lado del sustantivo. En cambio, el discurso literario en América Latina sí ha
alterado, por lo menos en castellano, el uso general del mismo: España incluida. El
primer "momento decisivo" del discurso literario en castellano, producido en
América Latina, se llama Rubén Darío y su irradiación se conoce como el
"modernismo". Eso arranca a fines del siglo XIX y, aunque esta decisión alteró sin
retorno el uso del lenguaje en español —hasta el al principio rebelde Franz Tamayo
acabó siendo un decidido modernista el propio Darío alcanzó a reconocer sus
límites en el ya (también) clásico "Yo soy aquél que ayer nomás decía el verso azul y
la canción profana" que inaugura los Cantos de vida y esperanza (1905). Por sus
ecos en la filosofía, podríamos subrayar, en otro momento decisivo del discurso
literario en América Latina y que se irradia mundialmente allá por los años 60: es el
momento que podemos denominar Jorge Luis Borges. Paralelamente, como se
sabe, explota mundialmente la novela latinoamericana; pero es Borges quien nos
interesa como referencia discursiva. Agotaríamos varias sesiones de este
Seminario comentando los actuales alcances de la obra de Borges en la literatura
universal. Como un espejo de esa resonancia, no por casualidad, el amplio
Diccionario Enciclopédico Grijalbo (1986), por ejemplo, se abre como un "Prefacio"
explícitamente solicitado a Borges. Ya en la propia literatura y últimamente, la
célebre novela El nombre de la rosa (1980) de Umberto Eco puede considerarse,
sin mayores problemas, borgeana. El propio Eco destaca ese eco en sus
posteriores Apostillas a "El nombre de la rosa" (1983). En estos casos, si me dejo
entender, la flecha discursiva constitutiva, renovadora o de ruptura, el tiempo lo
dirá— parte de América Latina y sacude el discurso literario universal. Otra flecha
que anda alterando el discurso literario, y que sale de estos lares, es César Vallejo.
No entro en detalles, pero abran sus oídos y escucharán más y más resonancias
vallejianas en todo el mundo.

Pero Borges no se queda en la literatura hasta remueve la filosofía europea. Como
puente, volvamos a El nombre de la rosa y a Umberto Eco. En primer lugar, en esa
novela, el discurso borgeano —biblioteca, laberinto, espejos, intertextualidades, el
mismísimo bibliotecario ciego explícitamente nombrado Jorge de Burgos— alterna
perfectamente con el discurso filosófico de Aristóteles, Bacon, Occam y hasta
Wittgenstein, entre los más evidentes. Por otro lado, en su ensayo "La abducción en
Uqbar", Eco recurre al concepto epistemológico de "abducción" —concepto alterno
a los clásicos de inducción y deducción— para explicar el discurso borgeano. Estas
son resonancias de, digamos, renovación, de un renovado diálogo entre filosofía y
literatura; pero, más cerca de una ruptura, el discurso borgeano aparece como un
inevitable leit motif en prácticamente todas las formas del posmodernismo
filosófico, incluida su forma de entender la (pre) posmodernidad. Un arquetipo de
ese impacto es la declaración de Foucault en su Las palabras y las cosas (1966)
donde declara sin problemas que el libro se inspiró en un texto de Borges —se
refiere a "El idioma analítico de John Wilkins" (incluido en Otras inquisiciones,
1952).Podríamos, otra vez, multiplicar y multiplicar los ejemplos, hasta Woody Allen
lo menciona en Mahtattan, como parte del universo intelectual problematizado en la
película; pero vayamos al grano: ¿por qué ahí Borges?

Porque aunque seguramente tan antiguo como el pensamiento, Borges explicitó
con inédita transparencia uno de los principios del discurso filosófico
contemporáneo, un principio que está en Wittgenstein, en Peirce, Popper, Foucault,
Deleuze, Lyotard, Derrida, que es básico en Rorty y, yendo hacia atrás, está
ciertamente en Heidegger, en Kant y que estaría (según Gutiérrez Giradot) hasta en
Hegel, etcétera; en fin, uno de los principios (ahora) inevitables para poder pensar.
Borges dijo que para él, la filosofía era una forma de literatura fantástica, es decir,
una forma de inventar inútiles escaleras —digámoslo con el primer Wittgenstein—
para quizá ir mejor a donde se quiere llegar. En otras palabras, dijo —ya en el
"Epílogo" a Otras inquisiciones— y demostró —por medio de su obra— que la
filosofía es un discurso ficticio.

3.        No conozco —ni escucho— nada en la filosofía latinoamericana que no sólo
haya "decidido" en su forma discursiva —las decisiones en este discurso, reitero,
se producen en el ámbito constitutivo de ese discurso, en Europa (en la Metafísica,
diría Heidegger, en el Logos, diría Derrida, en el poder, diría Foucault)— sino,
menos, que haya alterado la (supuesta) universalidad de sus proposiciones; en
cambio, la literatura latinoamericana si ha podido decidir en su forma discursiva
(Darío, Vallejo) y, más aún, ha sido parte de una ruptura en el discurso filosófico tout
court (Borges). Mi conclusión es la prologal: los alcances de los sentidos
propuestos en la filosofía latinoamericana son prácticamente nulos; en cambio, la
literatura latinoamericana habría demostrado ser capaz de pensar —perdonen la
irreverencia— mucho mejor, es decir, su producción de sentidos es no sólo ya
independiente sino también ha sido decisiva hasta en filosofía. La moraleja de esta
conjetura es que, hoy en día, para poder pensar hay que hacerlo literariamente —
fictiva, ficticiamente y que quizás, por ahí, habría que anudar o desanudar eso que
se anda llamando "Latinoamérica" .
atar la rata
atar la rata