Sáenz y la Roña

El 21 de agosto de 2016 se publicό un nuevo intento de hacer del autor de ‘Felipe
Delgado’ un ídolo de la literatura local como si no lo fuera ya. El intento se hizo usando tres
cartas del autor dirigidas a un verdadero ídolo de la literatura nacional, el muy respetado
Cachín.
En sí mismas, las cartas no tienen interés alguno, a no ser el de demostrar que Sáenz no
era el más limpio de los corresponsales: son papeles improvisados, sembrados de errores
y correcciones; se publicaron sin mas fin que el de regar otro poco la maceta de Sáenz. Se
refieren a incidentes mínimos que tal vez serían ignorados por autores serios de historia de
la literatura boliviana. “Ved – sugiere el artículo de prensa - estos papeles fueron tocados
por Sáenz. Preservadlos para las generaciones futuras”.
Es irόnico, pero ya existen otras notas en que se pone todavía tímidamente en duda la
imagen falsificada de Sáenz como hombre y como autor.
Son notas escritas justamente por miembros de las generaciones futuras en las que se
dice o sugiere que (a) apenas un puñado de bolivianos han leído la obra de Sáenz; (b)
existe un evidente contraste entre el Sáenz que aparece en viejas fotografías como un
enemigo feroz de las duchas frías y el Sáenz educado y sofisticado que se presenta hoy en
la prensa; (c)  se denuncia una tendencia paceña no tan reciente de hacer de Sáenz un
sacerdote de la roña y del aparapita un símbolo de la capital boliviana. (d) los intentos
locales de dar a Sáenz una imagen  internacional duraron 30 años pero fracasaron hasta
hoy.
No es difícil demostrar que, fuera de personas con intereses creados, los lectores
bolivianos han ignorado siempre a Sáenz y sus obras: Bolivia vive un momento interesante
que dura ya casi dos décadas y es un fenómeno sui generis como tantos entre nosotros:
nuestra literatura en su totalidad es ignorada por el lector local hasta el punto en que
Alfaguara hizo público el hecho de que apenas vendía cuatro copias de los Premios
Nacionales y decidiό hacerse humo después de retirar del mercado todos sus títulos. En
dos palabras: el lector boliviano ha dado la espalda a la literatura nacional durante años.
Tal vez porque los autores bolivianos hicieron lo mismo con su público: la ciencia-ficción
falsa y los himnos al orgasmo jamás hicieron masa crítica en parte alguna.
Fue en ese vacío que un grupo de escribientes inicio una nueva religión literaria paceña, la
sacralización de la roña y su ídolo reconocido, Jaime Sáenz. ¿Cuál roña? La que hace el
mundo literario de Sáenz, las cloacas de La Paz, los residuos humanos de La Paz, su
basura física y espiritual, esas fuentes de asco que rechaza todo lector medio que busca
solaz y belleza.
Esta actitud es la misma que ha embarrado al futbol nacional hasta lo increíble: sin valores
reales, la decisión de hacer héroes de mediocres y aplaudir lo negativo – trastornar
totalmente los valores – termina en el caos y las vergüenzas que todos vemos: los
dirigentes corruptos hunden más y más ‘su’ futbol y los fanáticos no hacen otra cosa que
forzarse a no ver ni hacer nada.
Para fines del siglo pasado, los ‘expertos’ sobre literatura descubrieron que Bolivia no tiene
a nadie, simplemente, del prestigio de un Roa Bastos… Lejos de trabajar en las
universidades para formar nuestro Roa Bastos, esos expertos decidieron ‘crear’ un ídolo
usando a Sáenz, cuyo libro no será grande pero es voluminoso. Tampoco su mensaje es
claro ni admirable como el de Neruda. Tampoco su presencia es amable como la de García
Márquez: sucio, alcohólico, drogadicto e incapaz de ganarse la vida – su tía legendaria le
daba la papa – era, además, ignorante. Así lo vio el suscrito en casa de su tía legendaria y
en la librería Difusión, donde aparecía como ave de mal agüero con su larga bufanda.
Persona e imagen aceptables para quienes creyeron que bastaría con repetir hasta el
cansancio las virtudes literarias inexistentes que este grupículo aplaudía y aplaude para
conseguir el día dorado en que la Patria y el Universo aceptarán a su ídolo como lo que
nunca fue.
Sáenz fue y es ignorado, ya digo, por las masas inexistentes de lectores bolivianos a pesar
de las exageraciones ridículas y las loas extravagantes que usan sus promotores, dueños
de la prensa local; han llegado a inventar palabras porque el español no les alcanza, pero
continúan publicando sus alabanzas para leerse mutuamente.
Este esfuerzo tuvo su proyección internacional cuando algunos entre los amigos de Sáenz
con conexiones en universidades gringas lograron la publicación de sus poemas y su
prosa. Fuera de los elogios publicados por los amigos de los amigos de siempre, hoy es el
día en que Sáenz goza de una popularidad internacional igual a su imagen local: cero.
Para ser el genio que dicen que fue, tales resultados deberían apelar al sentido común de
sus acólitos o, tal vez, a su honradez. Los verdaderos genios no son ignorados por la
crítica internacional que, por lo demás, anda en busca de tales genios porque de ellos
viven los grandes editores.
Si criticar esta actitud inexplicable de sus acólitos en La Paz por absurda y exagerada no
bastara, será necesario recordar la imagen negativa de Sáenz y de otro autor adelantado
cuya labor fuera dilapidada por críticos extranjeros carentes de intereses que les
empujaran a escribir algo diferente a su honesto juicio.
Es este honesto juicio el que aparece (o no aparece) cuando catedráticos y editores
extranjeros intentan navegar las aguas literarias internacionales en busca de referencias
honestas sobre la literatura boliviana vieja o nueva.
Y este honesto juicio encuentra que nada encuentra sobre el genio literario que canta a la
roña de La Paz; halla en cambio líneas dedicadas a dilapidar autores bolivianos que no
contaban con amigos de amigos entre los críticos extranjeros, lo que le lleva a ignorar – tal
vez durante otro siglo – al país que no tiene ningún Roa Bastos en el horizonte universal
de la literatura.
Y es por eso que cuando se topa con otro autor nacido en estas alturas, autor que llega
solo con su libro y diez dólares, no vacila en  mencionar a los adelantados anteriores (uno,
falso, y el otro, menos que mediocre) antes de dar con su puerta en las narices del recién
llegado.
Ese es el daño mayor que provocan los acólitos de Sáenz contra los autores bolivianos de
ayer, hoy y mañana que salen solos – nuevos Quijotes – en busca de su estrella literaria y
se ven aplastados por la huella silente de Sáenz en Amazon y la crítica despiadada que
cosechό el otro héroe de la roña paceña que hoy, ya de cobre, se cubre las narices en un
parquecillo del Montículo.
Ese es el daño que sufriό durante casi cuatro décadas el suscrito en sus intentos de
publicar en el exterior sin ayuda de padrinos. Esa es la huella que dejan Sáenz y su colega
mediocre a los jóvenes que persiguen su destino y se dan de narices contra los editores
que conocen el silencio que merece Sáenz y el duro juicio que otros autores bolivianos
merecieran.
Verdad es que en Bolivia este asunto no merece la menor atención: la literatura  es
maltratada de modo tal que un matutino se contenta con publicar cada domingo el mismo
material, sabedores como son de que nadie en verdad se interesa en estos temas. Basta
charlar con cualquier librero para averiguar las razones del éxito de los libros traídos de
contrabando. Y bastaría con charlar con algún autor local (si alguno hubiera que se
preocupara de estas cosas) para descubrir ese otro fenómeno: los autores locales se
dejan enterrar por el silencio y la indiferencia y se contentan con su fama de barrio:
siempre es lindo decirse ‘autor’.
Pero si La Paz dejara de idolatrar la roña y el asco, tal vez las cosas mejorarían un poco:
después de todo, hay autores jóvenes que merecen ser leídos.
Su Opinión
08-22-16
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