atar a la rata
literatura boliviana y afines
el jardín de las delicias
Las palabras
Coco Mayorga
Las palabras nadan en las aguas negras del deseo y de la memoria.
Celebratorias y ruinosas, de vez en vez, nos salvan del silencio y nos ahondan en la
desdicha. Como una otra forma de la embriaguez, en horas alargadas hasta el hastío,
nos fijan un instante tras otro al envés de las cosas del mundo: al centro de su piel más
profunda. Son fugaces cuando hacen el amor y permanecen tenaces cuando la ausencia
de algo, de alguien ya no cesa más. Rivalizan con la potestad de los cuerpos y se mofan
de los tristes artilugios de la razón. Abren el día y cierran la noche; los estacan en el
tiempo para siempre. Sin espejar verdad alguna, son sólo la sombra de lo que deja la
voluntad, la conciencia y la enorme perplejidad de ser. Tejen la vida colectiva y la mía;
allá donde antes no había sino un gregarismo torpe y difuso, allí donde me duplico en un
espectro. Nos preexisten y están por detrás de nosotros. Establecen el acto, haciendo y
rehaciendo lo que antes no era, ni estaba. Son un puente hacia el otro y son la celada
que prepara su ruina. Hechas de la materia del juego, nos otorgan el simulacro de la
perpetuidad para darnos luego el destino de lo definitivo. Comúnmente se ponen tristes
con el alcohol y al paso de la resaca convierten, crispadas, el caos en cosmos. Orillando
lo inefable gozan diciendo lo indecible, crean el instante siempre en fuga y cercan
torpemente el silencio. Son artificios que vigilan a la vera del camino nuestro caminar sin
mapas, ni rumbo. Como un líquido elemental y candente marcan un territorio cuya
vastedad sólo el sueño o la pesadilla alcanzan a cubrir. Cuando amables, preparan un
destino común: son la mesa que junta y abraza a los pares, cual presagio de una fiesta
sin fin que otorga la dicha de pertenecer y pertenecerse. Preceden y prosiguen a la
cópula y a la separación de los cuerpos. Al decir el encuentro amoroso y al nombrar los
espejos finalmente quebrados, dan alas y dan cruz al júbilo. Suelen ser, por tanto, de
cuidado. En ellas puede asomarse una sed de sangre: el cuchillazo en la frente del otro,
el puñal en las entrañas de uno. Y, al fin y al cabo, son las que se dicen una a una todos
los días y son las que se callan para siempre.
Arturo
EDITORES: COCO MAYORGA, EIBER BUSTAMANTE
COLABORADORES
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