Jose Saramago: de LA BALSA DE PIEDRA

Cuando Joana Carda hizo una raya en el suelo con la vara de negrillo, todos los perros de
Cerbere empezaron a ladrar, llevando el pánico y el terror a sus habitantes, pues se creía
desde los tiempos más antiguos que, al ladrar allí animales caninos que siempre habían
sido mudos, estaría pronto a extinguirse el mundo universal. Sobre cómo se había formado
la arraigada superstición, o convicción firme, que es, en muchos casos, la expresión
alternativa paralela, nadie hoy recuerda nada, aunque, por obra y fortuna de aquel
conocido juego de oír el cuento y repetirlo con aire nuevo, las abuelas francesas solían
distraer a sus nietos con la fábula de que, en aquel mismo lugar, comuna de Cerbere,
departamento de los Pirineos Orientales, ladró, en eras griegas y mitológicas, un can de
tres cabezas. que al dicho nombre de Cerbero respondía si lo llamaba el barquero
Caronte, su contratante. Otra cosa que tampoco se sabe es por qué mutaciones orgánicas
habrá pasado el famoso y altisonante cánido hasta llegar a la mudez histórica y
comprobada de sus descendientes de una sola cabeza, degenerados. No obstante, y este
punto de la historia pocos lo ignoran, sobre todo si pertenecen a la vieja generación, el
Cancerbero, que así en nuestra lengua se escribe y debe decirse, guardaba terriblemente
la entrada del infierno, para que de él no osaran salir las almas y, en consecuencia, quizá
por misericordia final de dioses ya moribundos, se callaron los perros futuros para toda la
restante eternidad, a ver si con el silencio se apagaba la memoria de la infernal región.
Pero, no pudiendo lo de siempre durar siempre, como explícitamente nos ha enseñado la
edad moderna, bastó que en estos días, a cientos de kilómetros de Cerbére, en un lugar
de Portugal cuyo nombre más tarde recordaremos, bastó que la mujer llamada Joana
Carda hiciera una raya en el suelo con la vara de negrillo, para que todos los perros del
más allá saliesen vociferantes a la calle, ellos que, repito, jamás habían ladrado. Si alguien
le preguntara a Joana Carda a qué venía aquella idea suya de hacer una raya en el suelo
con un palo, gesto más bien de adolescente lunática que de mujer cabal, si no había
pensado en las consecuencias de un acto que parecía sin sentido, y ésos, recordadlo, son
los que mayor peligro comportan, tal vez respondiera, No sé qué me ocurrió, estaba la
vara en el suelo, la cogí e hice la raya, Y no se le pasó por la cabeza la idea de que podría
ser una varita mágica, Para varita mágica me pareció grande, y siempre he oído decir que
las varitas mágicas están hechas de oro y cristal, con un halo de luz y una estrella en la
punta, Sabía que la vara era de negrillo, De árboles sé poco, luego me dijeron que negrillo
es lo mismo que olmo, ninguno de ellos tiene poderes sobrenaturales, ni cambiándoles el
nombre, aunque para este caso estoy segura de que el palo de un fósforo que Medor
muriera de la albóndiga preparada por su ama bienamada, la cual, bueno es que se sepa,
tenía en el pensamiento una cierta perra de la vecindad que no le alía del jardín. El mayor
de los veterinarios dijo ante el fúnebre despojo, Vamos a hacer la autopsia, y realmente no
valía la pena, pues cualquier habitante de Cerbere podría, si quisiera, testimoniar la causa
mortis, pero el móvil oculto de la Facultad, como en la jerga del servicio secreto le
llamaban, era proceder, disimuladamente, al examen de las cuerdas vocales de un animal
que entre la mudez por muerte ahora definitiva y el silencio que parecía ser para toda la
vida, tuvo unas horas de habla y pudo ser igual al comán de los perros. Esfuerzo baldío,
Medor ni cuerdas tenía. Se quedaron los cirujanos asombrados, pero el alcalde dio su
opinión, administrativa y sensata, No es extraño, tantos siglos estuvieron los perros de
Cerbere sin ladrar, que se les atrofió el órgano, Y cómo es que, de repente, Eso no lo sé,
no soy veterinario, pero nuestras preocupaciones se han acabado, los chiens han
desaparecido, allí donde están no se les oye. Medor, descuartizado y mal cosido, fue
entregado a su llorosa ama, como un remordimiento vivo, que es lo que son los
remordimientos incluso después de muertos. Camino del aeropuerto, donde tomarían el
avión para París, los veterinarios acordaron pasar por alto, en el informe, el intrigante
suceso de las cuerdas vocales desaparecidas. Y parece que definitivamente, pues aquella
misma noche empezó a rondar por Cerbere un can de tres cabezas, alto como un árbol,
pero silencioso.
Arturo