| Sus Críticos |
| Arturo von Vacano |

| Baptista sobre "Sombra de Exilio" |
| El libro de Arturo von Vacano me ha acompañado el último fin de semana trayéndome a la memoria imágenes del pasado reciente, pero dichas como desde el otro lado de la trinchera. Los mineros que él recuerda sanguinarios y el Presidente que recorre sus páginas como "el Feroz" fueron para este cronista como para tantos otros cientos de miles de bolivianos, la encarnación de un país nuevo, y sus actos, el precio inevitable que debíamos pagar todos para reparar injusticias seculares, destruir a los enemigos del país, hacer que, en fin, el sacrificio de esa hora se trocara luego en una alborada feliz. ¿Qué es la revolución?, pregunta Servan Schreiber en "L' Express" al comentar una película de éxito y contesta por boca de uno de los actores: "Cuando termina la violencia los políticos vuelven a tomar el poder y sólo queda, cada vez, una causa perdida. Nada". Y otro replica: "Eso es tan simple. La revolución es como un tema de amor. Al comienzo la mujer amada es una diosa, una santa. Pero el tema del amor tiene siempre un terrible enemigo: el tiempo. Con el tiempo vemos a la revolución tal cual es, ni una diosa ni una santa. Como todas las otras, una cualquiera. Entonces nos vamos. ¿Pero qué es el deseo sin amor, la vida sin una causa? Ya no somos nada". El incidente en torno al que gira la trama, el fallido intento de asesinato del Presidente a manos del protagonista — acaso no fue sino un plan mental alguna vez discutido por el grupo de amigos de Max — pero el resto del libro: la absurda educación que reciben los muchachos en el Colegio Alemán, soñando con la Selva Negra en este paisaje pelado y de indios taciturnos, la atmósfera cargada de electricidad de la hoya paceña cuando empiezan, como en un ritual que no terminará jamás, los disparos, la relación hosca pero al mismo tiempo cargada de ternura con el hermano fuerte y simple que muere a manos de los milicianos, el amor bestial prodigado a la ex sirvienta, la amistad hecha de silencios, de incomprensiones y de lujuria en la casa de la baronesa alemana, el exilio con sus hambres enormes y vergonzantes, constituye un testimonio estremecedor, amargo, profundamente veraz, de la experiencia traumática de la generación que llegaba a la adolescencia cuando eclosionó aquello que, con profunda convicción decíamos otros adolescentes incorporados al "proceso", La Victoria Nacional de Abril, así con mayúsculas. Max, en su ambular famélico por las calles de Lima (¿cuántos bolivianos lo han precedido, cuántos lo seguirán?) encuentra a un compatriota enemigo del régimen revolucionario quien le invita a comer y pontifica sobre lo que debe hacerse en el país. El muchacho descubre que el hombre no es ni mejor ni peor que aquellos que quedaron atrás: "Pienso que he huido de mi ciudad porque no podía aguantar más esa verborrea infantil, estúpida, cretinamente letal. Pienso que he dejado familia, hermanos, agua, tierra, sol y montañas por escapar de esta estupidez monstruosa. Pienso en que desde que nací he visto seis revoluciones, dos guerras civiles, diferentes campos de concentración, varios tipos colgados por el pescuezo, de diferentes y bonitos postes de alumbrado, centenares de muertos, incontables sinvergüenzas, una muchedumbre de vividores, un par de asesinos mercenarios, duelos a tiros en las calles, con balas que matan niños y siembran viudas y miserias…". "Sombra de Exilio" es un libro que debe leerse y difundirse no solamente porque está bien escrito sino porque ayuda a comprender, como sólo puede hacerlo una novela, que es el retrato de la vida, el alma desquiciada de nuestro pueblo que periódicamente se alza en espejismos y se hunde en frustraciones. La revolución, para unos fue un sueño, para otros, una pesadilla. Para el lector que vivió intensamente esos años, el libro de von Vacano tiene un valor de catarsis y purificación. Los jóvenes que quieren ahora repetir el sueño, que mediten sobre estas páginas para no despertar después a una nueva pesadilla. MARIANO BAPTISTA GUMUCIO |
| De CORREO de Lima, Perú Bolivia, Exilio MARIANO BAPTISTA-GUMUCIO Una novela que ha resultado un best seller en buen número de países de habla hispana y cuya primera edición se agotó rápidamente en Bolivia, es el estudio sobre los colegios privados que bajo el título de "Sombra de Exilio" hizo Arturo von Vacano, distinguido periodista boliviano que trabajó en CORREO de Lima. Nuestro corresponsal Mariano Baptista-Gumucio, ex ministro de Educación de Bolivia, la comenta. "Sombra de Exilio", la novela de Arturo von Vacano, resulta cautivante por el retrato que el autor hace de sus años escolares en el Colegio Alemán de La Paz. Doce años ha pasado el protagonista en esos claustros y se pregunta: "¿Pude haber sido feliz en otro colegio?, es decir, ¿más feliz que en este? Por cierto que ponerme a estudiar allí y ponerme entre la clase gobernante de mi país fue la misma cosa”. LA CREMA DEL PAIS Los jóvenes del Alemán son, o piensan que son, la crema del país. Los llamados a gobernar Bolivia. La disciplina es férrea cual corresponde a una clase de Junkers, pero muchos quedan en el camino: "Si salí bachiller de ese colegio y no terminé siendo expulsado, como tantos otros derrotados por las exigencias de los estudios y la dura disciplina, fue por que cada año estudiaba en una noche lo que no había aprendido en un año, y repetía luego la lección como un loro, salvando los cursos como si fuesen una competencia de vallas". En este sistema pedagógico no se cultiva tan sólo la disciplina y los hábitos de estudio, sino las diferencias de clase y el valor de la riqueza: "A nosotros, en el penúltimo año, nos enseñaban esgrima y nuestro sueño era llevar la cara cruzada por una larga cicatriz, como esos amigos del Príncipe Estudiante. Entre nosotros no tener dinero era un pecado que no se perdona. A los pobres se les acepta en el colegio porque, después de todo, es un colegio civilizado, pero se les echa en cara día a día el que su padre no haya reunido nunca muchos centavos". Es norma que los bachilleres viajen a la madre patria espiritual y no regresen sino munidos de un gran diploma profesional. Pero los pocos que logran coronar sus estudios en Alemania se sienten como es lógico absolutamente desadaptados en la pobre tierra de su nacimiento. "Por esas calles andan, caminando como zombies o babiecas, colgados de esos diplomas europeos que atestiguan su capacidad atómica, vagabundeando en un país en el que hay que saber de todo, desde plomería porque no hay plomeros, hasta medicina, porque los médicos son carísimos". Y, ¿el resto? Pues "se ha quedado por allá, renunciando a su patria, la verdadera, de un solo plumazo, y dejando el país en manos de los estudiantes pobres de los colegios fiscales pobres de los colegios fiscales que tanto despreciamos desde que tenemos uso de razón. O sea que, el: buena cuenta, nos educan para que concluyamos nacionalizándonos en cualquiera de esos países europeos tan adelantados o para que, refinados por la educación y preparados para entrar en un mundo de altos estudios especializados y una sociedad organizada, pongamos los pies, apenas dejamos las aulas, en un horrible pandemónium social, en este salvaje batallar de nuestro pueblo, en su llamada revolución nacional". ° SUICIDIOS De veinte condiscípulos que tenia el protagonista, dieciocho han salido del país. Han quedado él, porque su padre no dispone del dinero suficiente para enviarlo al exterior, y otro muchacho, que ingresa al noviciado en Cochabamba y allí se suicida. No es el único. Otro estudiante, tan bueno y tan estudioso como el novicio, enloquece en Alemania y termina matándose en California. Y entonces Von Vacano hace la síntesis deplorable de esa educación enajenada y foránea: "Doce años nos han tenido en esas aulas en que los profesores europeos se pasean como dioses del Olimpo, enseñándonos a usar una serle de por lo menos ocho tenedores diferentes y a orar en cada una de las fiestas religiosas y aprendiendo también a bailar el vals vienés y hasta hay algún levudo que se ha entusiasmado con los pasos de la mazurca. Doce años en que nos han metido entre pecho y espalda la visión de un mundo ordenado, limpio, decente y justo, en el que lo único que hay que hacer para feliz es estudiar como loco, trabajar como mulo, actuar con rectitud digna de un Papa y creer en la justicia, la honradez y el fruto del trabajo limpio. Así se prepararon durante todo ese tiempo el muchacho del deportivo rojo y el de la sotana, para acabar matándose 23 meses después. ¿Dónde está el punto flaco de este tipo de educación? Yo no lo sé. Lo único que sé es que todo esto me asquea". NO SABE HACER NADA De esa fábrica de conformismo social, que educa elites para la exportación, el protagonista es atrojado a la calle para encontrar la experiencia brutal de un país que no conoce, agitado desde sus raíces por el viento de la revolución (la acción está situada en torno al año 1952). En esa vorágine social, él es, por supuesto, un inadaptado, una flor exótica. Le espera el exilio. Pero allí también tendrá que maldecir la educación recibida. Se da cuenta de que al cabo de doce años no sabe hacer nada, “ni llevar una cuenta corriente, ni desarmar un motor, ni vender un tranvía". El junker que debía emular casi a Hindenburg se convierte, por obra de esa misma educación, en el zaparrastroso con hambre que golpea inútilmente todas las puertas, en busca de un empleo cualquiera. La novela de Von Vacano dice más sobre nuestra realidad educativa (el colegio citado es acaso un símbolo extremo, pero el tipo de educación y los valores predominantes son comunes a los demás establecimientos, incluso a los fiscales) que 1os sesudos informes sobre “reformas" y "contra reformas” que publican periódicamente los responsables de esta materia. F.W.F. Pag. 12 CORREO. — Lima, 25 de Mayo de 1972 |

