Los más despiertos, o los más indignados, observan con la boca abierta la singular
habilidad del primer Presidente indio de Bolivia para transformar las victorias que el
pueblo boliviano conquista con sangre y sufrimiento en derrotas vergonzosas que sólo
pueden atribuirse al miedo ancestral indígena ante los viracochas mestizos.
En efecto, después de 500 años de sentir las botas del conquistador majándole las
costillas y sufrir las pasiones del cristiano violándole las hijas, no es muy extraño que el
indio de hoy sienta empotrado en el alma un ciego terror ante la violencia ejercida por los
mestizos, más si son bastardos salvajes como la “patriótica” Juventud Cruceñista, el club
de asesinos fundados por el croata nazi Branko Marinkovic. De sólo ver al energúmeno
blanco el indio se mea, dice este prejuicio.
Es un prejuicio que parece justificado estos días, cuando la feroz matanza de ciento
treinta seres humanos indefensos (niños, entre ellos) hizo posible la reunión de
Presidentes en Santiago para apoyar totalmente al Presidente indio y darle así una
oportunidad de oro para dar paz a su tierra mediante el relativamente sencillo expediente
de enjaular a los mercenarios y sus patrones, pero Evo prefiere “negociar” con ellos.
Tras el histórico espaldarazo internacional de Santiago y hasta el tibio apoyo de Lula
(Brasil no quiere en el corazón de Sudamérica una isla de esclavos ocupada por
yanquis), Evo Morales puede ver bien que la “oposición” que le molesta no es más que
una banda de criminales financiada por la Embajada y por los ricachos de Santa Cruz,
cuya plaza principal es campo de violencia para los fanáticos más descarriados y cuya
ciudad de un millón de habitantes es un manicomio donde nadie garantiza la vida de
nadie.
Con el apoyo de siete de cada diez bolivianos y la ira muda de un pueblo que observa
como viene desangrándose ante la barbarie fascista y la timidez del gobierno durante
dos años ya, con la opinión del mundo entero de su lado y la mercenaria prensa mundial
desacreditada y despreciada, nada parece impedir la hora en que Morales cumpla su
deber de gobernante y aplique la Ley como debe aplicarse: todo Bolivia ha sufrido los
desmanes de quienes hacen “política” practicando el crimen y el bandidaje con excepción
de La Paz, donde bolivianos originarios de todo Bolivia viven en harmonía, trabajan y
progresan gracias a un gobernante prudente con el que Dios e Inti parecen haberle
bendecido.
Los bolivianos, herederos de una larga tradición rebelde y revolucionaria, se preguntan
hoy: ¿Qué habría hecho la Revolución Nacional de 1952 en una coyuntura como la
actual? ¿Cómo habrían actuado gobernantes como Paz Estenssoro y Siles Suazo
(burgueses ellos, sin duda) en una hora como esta?
Y los humildes se preguntan: ¿Por qué vemos morir a nuestras gentes a cambio de
nada? ¿Por qué nos matan sin una voz ni una mano que detenga a los asesinos? ¿Por
qué nos traicionan así?
Cuando la indignación universal empuja al gobierno a “arrestar” al  culpable promotor
confeso (escuchen sus declaraciones para la radio y la prensa argentina) de la última
matanza y cuando la indignación local exige justicia para las víctimas, el Presidente indio
“confina” al criminal en una celda situada al alcance de sus compinches que lo “liberarán”
apenas el pueblo “olvide” este feroz episodio y se sienta, como si nada hubiera sucedido,
a “negociar” con los compadres del criminal.
Cuando seis de cada diez bolivianos exigen justicia y claman por la paz social, el
Presidente indio obsequia al país otros dos años de violencia y anarquía al tratar a locos
reconocidos como Costas, el “gobernador” de Santa Cruz, ladrones magníficos como el
“gobernador” de Tarija y nuevo millonario a nivel latinoamericano, Cossío, y el jefe
billonario de las Camisas Pardas responsable de la violencia que ahoga a Santa Cruz,
Branko Marinkovic, como si todos en esa mesa fueran iguales. ¿Desde cuándo son
iguales el pueblo y sus asesinos?
Esa es la derrota que Evo Morales inflige al pueblo boliviano tras darle casi mil días de
angustia y anarquía.
Pareciera que Evo Morales espera que Inti haga desaparecer al saldo de su “oposición” y
que está dispuesto a dejar morir más bolivianos humildes, todos los que sea necesario,
antes de cumplir su deber y obedecer las demandas del país al que ha sometido ya a
demasiados días de sufrimiento y muerte.
Los muertos de Tarija, de las minas, del Valle y del Oriente que jalonan el gobierno de
Evo Morales, bolivianos humildes cuya muerte nadie debe olvidar, niegan hoy a Morales
un lugar en las “negociaciones” con los asesinos. Hace mucho que Morales y su pueblo
pasaron su propio Rubicón y no existe ya modo de retroceder y entregar el país a
quienes hicieron de él una monstruosa satrapía.
Y sucede así que es necesario repetir lo ya dicho tantas veces: el nuevo horizonte que
persiguen los bolivianos no puede ser obra de uno ni de diez Evos; sólo puede ser obra
del pueblo, ese pueblo humilde pero decidido y valiente que, llegada la hora, deberá
empujar a Morales hasta conquistar lo que Morales prometiera pero no quiere alcanzar,
tal vez porque ese temor íntimo y ancestral ante los bárbaros de piel más clara le ata las
manos.
No será, pues, Evo Morales quien haga de Bolivia un país civilizado y miembro del Siglo
XXI, sino ese pueblo que parece abandonado de todos desde siempre pero que jamás
dejó de luchar  con denuedo y coraje por dar un día mejor a sus hijos. Será así, o la
tragedia de Bolivia no tendrá fin.
Su Opinión
Arturo
Sus Libros
Nuevos Textos
Barata es la Sangre Boliviana
Sept - 17 -08
Arturo von Vacano