Como todos saben pero nadie recuerda, el blog fue inventado para ser un libro digital de
bitácora. Porque nadie lo recuerda es que los blogs se han convertido en instrumentos
de absurdos,  mentiras y propaganda a nivel universal.
Ese libro era y es un tomo grueso en el que el capitán de cada barco anota los eventos
de cada día para que las generaciones futuras se hagan una idea sobre cómo fueron las
cosas desde que abandonara el puerto hasta que se hundió en los Sargazos.
En otras palabras, los blogs debían ser cuadernos de viaje personal sobre los incidentes
cotidianos que hacen la vida de su autor. Debían ser, y lo fueron en un principio,
documentos muy personales y en general cortos en los que una persona anotaba las
incidencias importantes y triviales de su vida. Todavía hay blogs que funcionan así y no
es difícil encontrarlos.
El que se convirtieran en “publicaciones” dedicadas a “informar” a sus lectores fue una
transformación fatal e inevitable. Porque el mundo ha perdido la fe en los grandes
impresos dedicados a servir intereses creados, mucha gente decidió usar los blogs para
defender y promover sus propias ideas y opiniones. El que la gran mayoría de esas ideas
y opiniones tuvieran un valor igual o similar al cero absoluto no preocupa a nadie: todo
autor sabe que no hay mejores ideas que las suyas ni opiniones de mayor peso que las
propias. El resultado es el océano de absurdos que inundan el Internet.    
Lejos de informar mejor a las masas, la gran mayoría de los blogs compone un universo
en que los valores que nos sirven para llenar nuestras bitácora personal con episodios
exitosos y satisfactorios escasean o no existen en el Internet: ese es un universo en que
todo puede ser verdad o mentira, todo puede ser malo o bueno y todo compone una
gelatina intelectual que no hace más que despistar al más prudente de los humanos.
Mi propia experiencia me ha enseñado cómo funciona ese mundo amoral y algunos de
los daños que puede hacer.
Comencé mi trabajo de periodista en 1960 escribiendo noticias, reportajes, entrevistas y
columnas de opinión. Mi firma fue apareciendo a medida que trepaba esos escalones: no
firmaba las noticias y la responsabilidad de las mismas era casi siempre del diario que las
publicaba. Firmé los reportajes y comencé a ser en parte responsable de ellos; las
entrevistas también son responsabilidad de quien las escribe. Las columnas de opinión
son total responsabilidad de su autor aunque a veces el medio lo apoya y a veces no. En
el Internet nadie es responsable de nada. Se dice cualquier disparate, se lo publica sin
firma y se evade toda responsabilidad.
No recuerdo ningún comentario ni reportaje ni entrevista que haya publicado yo sin mi
firma, así fuera en el Internet. Tal costumbre me ha dado dolores de cabeza y
satisfacciones. Los disgustos los crean casi siempre quienes me escriben (sin firma) para
comentar mis comentarios en un lenguaje de carretero. Las satisfacciones son obra de
quienes coinciden con mis opiniones y me lo dicen de modo amable. El lector adivina ya
cuales abundan y cuales escasean.
Como algunos recordarán, hace un lustro que vengo opinando sobre temas importantes
o interesantes. Cuando mis notas aparecen en el mismo sitio durante años es porque
esa asociación (entre sitio y autor) es satisfactoria para ambas partes. Esas
colaboraciones son también peligrosas: a diferencia de los impresos, uno va aprendiendo
sólo con el paso del tiempo sobre los sitios del Internet y quienes los manejan. Todos
sabemos en que partido milita casi cada impreso. Nadie puede saber a ciencia cierta cual
es la ideología del blogero, principalmente porque muy pocos blogeros son periodistas e
ignoran, por ello, las más elementales reglas de conducta que respetan muchos
periodistas. No sólo eso: ignoran totalmente el trabajo y las responsabilidades del
periodista y se estrenan de buenas a primeras como “editores” y “directores” sin saber
leer ni escribir.
Esa no es una exageración. Muchos blogs son escritos por gente que no puede escribir
una carta a su mamá. Son tiras infinitas de medias ideas y afirmaciones sin sentido que
pronto aburren a cada lector pero no a su “autor” que por fin se piensa autor.
Ello es común en Bolivia, país en el que nací y que merece por tanto mi mayor interés
porque es como mi familia grande. Es una práctica que se agrava porque muchos de
esos “autores” y “editores” no han descubierto nunca que piensan en aymara o quechua,
el idioma de sus antepasados, y escriben, o creen que escriben, en español, el idioma
que tratan de hablar desde que nacieron. También es común en los países de habla
hispana y es fácil de descubrir en más lejanos horizontes, aunque por causas diferentes.
Además del idioma, que debería ser sencillo y fluente, grato de leer y  amable, los
problemas en cuanto a ética y simple caballerosidad contribuyen también a hacer del
Internet un mundo regido por lo que llamé “una democracia a lo bestia”.
El robo de material es común y corriente y el plagio,  sobre todo de poesía y ficción, es
cosa de todos los días. Es tal la situación que las víctimas prefieren a menudo no tomar
un plagio como lo que es sino como un desencaminado “homenaje”: Si me roban es que
me leen. Entre los editores, y aunque saben que sólo cuatro gatos los leen, la debilidad
más común es la de creerse dueños del New York Times y como tales tienen derecho de
hacer con el material que manejan “lo que me da la gana”.
Entre esas decisiones es corriente la de cortar y alterar material a capricho. Otra, la de
suspender cualquier debate sobre cualquier tema en cualquier momento. Eso es lo que
produjo mi rompimiento con Bolpress, alguna vez lugar obligado de visita para enterarse
sobre la noticia en Bolivia. En un acuerdo que beneficiaba a ambos, Bolpress y yo
colaboramos durante años. Esa costumbre nos dio popularidad y contribuyó a crear
rabietas, risas y sonrisas entre sus lectores.
Fue así hasta el día en que escribí contra los blogs en una nota leída por un numero
récord de lectores de Bolpress (así me lo dijeron y tengo su mensaje en mi archivo) y
Bolpress decidió por puro capricho no publicar una nota siguiente en que intentaba yo
defender mis ideas.  Ello a pesar de que esas mis notas se discutieron en otros sitios
durante tres o cuatro meses y hoy se hallan con facilidad en el Internet. Tras un cambio
poco amable de mensajes se rompió nuestra colaboración. (Si desea conocer ese
debate, mi lector puede visitar mi sitio, http:///avonvac.com)
Nadie puede negar que los blogs dan ejemplo diario de los vicios de la prensa impresa
que tanto se critican, especialmente la censura. Si bien cada editor tiene el derecho de
decidir lo que publica, existe un cierto margen en este aspecto (creado por una
costumbre de siglos) que impresos de prestigio reconocen hasta hoy. Sólo un medio que
se sabe respetado puede permitirse el lujo de publicar una que otra crítica contra ese
mismo medio y sobrevivir tras semejante audacia. Los más respetados dan voz a sus
críticos porque saben que tales críticas difícilmente les harán mella.
Pero un sitio como el socialista Lo Que Somos no pudo alcanzar semejantes alturas y me
cerró sus puertas porque, después de publicarme durante años, escribí una nota que no
coincidía con su línea política. La censuró y dio así fin a una colaboración útil para ambas
partes. Podría dar más ejemplos de este tipo, pero que baste este botón.
Más grave me parece el uso de libros enteros sin autorización. Así me trató Ecdotica, una
librería digital cuya idea sobre la abundancia de sus lectores difiere seriamente con la
realidad.
Es el caso que Comteco, uno de los servicios noticiosos más interesantes, publicó hace
unos años varios libros de diferente tema para ofrecerlos gratis a sus lectores. Fue algo
diferente y novedoso en su momento y fue muy bien recibido por miles de usuarios. En el
caso de “Memoria del Vacío”, un libro que recibió más de 90.000 visitas y 45.000
lectores, fue también una fuente de muchas satisfacciones para su autor.
Poco después, y sin anuncio alguno a sus autores, Ecdotica se apropió de los libros de
Comteco y los ofrece ahora como parte de sus operaciones. Puesto que Bolivia no es un
gran mercado para libros, esos autores decidieron aceptar ese abuso del mejor modo
posible y se consolaron con la idea de que serían leídos por los visitantes de Ecdotica
también. La situación es tal que nadie entre esos autores pensó en ganar un centavo.
Pero nada impedía que la buena educación y la cortesía de Ecdotica le llevara a solicitar
el permiso necesario antes de apoderarse de esos textos.
Para rematar la cosa, Ecdotica publicó otro de mis artículos después de “afeitarle” varios
párrafos y su parte final. Cuando protesté me “castigó” sacando esa nota de Ecdotica y
prometiendo que también sacaría de allí a “Memoria del Vacío”. Una actitud tal dice
mucho sobre la calidad de sus “editores”, humana y profesional.
Como podemos mejorar el Internet? Protestando contra estos abusos, claro. No sólo
cuando somos víctimas de ellos sino cuando podemos protestar a nombre de terceros.


   
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Mar 09
Arturo von Vacano
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