Un periodista cochabambino con enormes bigotes á la Zapata y tendencias de derecha tan extremas
que las dijeron fascistas cuando pregunté por él a mis amigos vallunos ha perpetrado (en este caso, la
palabra encaja) una hazaña formidable, casi increíble, pero a todas luces sensacional que me obliga a
cambiar mi opinión de sesenta años sobre la limpieza de los premios literarios:
Claudio Ferrufino Coqueugniot, columnistas de Los Tiempos, ha ganado la versión del medio siglo del
Premio Casa de las Américas de Cuba dejando con la boca abierta a cada quien que lo conoce y, tal
vez, con las orejas mojadas a quienes le dieron el premio.
Ese triunfo, hablando en lengua futbolera, no es un gol de media cancha; es un gol de arco a arco y
debe ser aplaudido con entusiasmo por todo aquel que sea boliviano, que guste de las novelas, que
pueda apreciar lo que es estar escribiendo durante diez años un libro y que entienda que hay cosas
ante las cuales las diferencias de opinión política importan un pito y sólo queda, brillando como una
estrella, la obra de arte.
Más aún en el caso boliviano, país mágico y maravilloso que, por caprichos del azar y otras influencias
nefastas, es tanto o más pobre en cuanto a letras como lo es en otros aspectos: Bolivia comenzó el
tercer milenio sin un solo autor de prestigio que la pusiera en el mapa continental de la literatura,
carencia que, sin duda alguna, se subsanará de modo evidente cuando la obra de Ferrufino salga a
confirmar el renombre que ya le ha dado el simple anuncio de su triunfo. Difícilmente pudo la Casa de
las Américas haber hallado un modo mejor ni más amplio para difundir las ideas y opiniones de su
más reciente premiado.
Es tal la hazaña de Ferrufino que yo, viejo de izquierdas que nunca leo Los Tiempos y por tanto no
puedo opinar por mí mismo sobre la posición política de este “fascista” de bigotes mejicanos, me saco
aquí la gorra parisina con la que ando desde 1992 y saludo su éxito sensacional sin la menor reserva
aunque con su poquitín de envidia porque soy tan humano como el que más. La explicación de mi
envidia viene luego.
Saludo el triunfo de Ferrufino no sólo con entusiasmo sino también con la satisfacción de ver que los
dioses han sido buenos con nuestro país y nos han dado a alguien al que venía buscando yo desde
hace más de dos décadas, como saben quienes leen mis notas: una voz boliviana para el diálogo
internacional de famosos autores. Debo haber escrito sus buenas 20 piezas denunciando esa
ausencia. El que otra de nuestras plumas de mayores oportunidades haya decidido justamente en
estos días un abandono tal vez definitivo del tema y la tragedia boliviana para buscar su suerte entre
los millones de gringos que escriben policiales noir viene, también y a su modo, a subrayar la
ausencia que anoto y la importancia del triunfo de Ferrufino.
Será necesario decir, tal vez, que Ferrufino contribuye y mejora la imagen de todos los escritores
bolivianos, los que se encierran tierra adentro y los que salen a conquistar mundos, y de este modo
ayuda sin duda a la mejor suerte internacional de los más jóvenes que le seguirán. Su influencia,
pues, que recién comienza, no se limita a la literatura; también se proyectará hacia los valores
humanos.
Y así es como veo buenas razones para agradecerle sus esfuerzos literarios como sin duda verá
Ferrufino razones buenas para agradecer a Evo Morales la hazaña de salir en chompa para poner a
Bolivia en el mapa del mundo. Exiliado desde siempre, no hay mejor testigo que yo de ese milagro de
Evo: sólo desde que salió en su primera gira apareció Bolivia en la prensa internacional, y esa hazaña
es la que permitió al mundo su real descubrimiento de Bolivia y sus gentes.
Es difícil, pero debo referirme también a mi cambio de opinión sobre la limpieza de los premios
literarios. El premio de Ferrufino me lleva a alterar esa opinión y debo decir que La Casa de las
Américas debe manejar el premio más limpio del universo. Sólo así se entiende (y muchos siguen
comentándolo en cien partes diferentes) el conflicto entre la ideología de la Casa y la posición política
del premiado, y sólo al considerar una pulcritud excepcional y una honradez a prueba de fuego entre
quienes manejan el Premio pudo alcanzar esta coyuntura sensacional. Creer que ignoraban las
tendencias políticas del autor o suponer que son idiotas todos ellos sería una maldad. Pensar
cualquier otra cosa es imposible. Ferrufino es columnista de un diario de ultra derecha desde hace
años. Nadie puede decir nada sobre una pretendida ignorancia cubana de este hecho. Es tal la cosa
que no se puede llegar más que a una conclusión: la calidad de la obra es tal que forzó al jurado a
premiarla ignorando olímpicamente que es obra de un “fascista”.
Y por ello habrá que aplaudir a la Casa de las Américas casi tanto como a Ferrufino, quien ganó el
premio en esas casi inconcebibles condiciones.
Lo ganó en días que me certificaban que Dios es, como Ferrufino, hombre de derechas, y de allí
emerge mi no poca envidia ante su triunfo.
Me sucede como a aquel mini-partido político que nunca tocó las puertas de los cuarteles, nunca
aceptó pactos secretos ni compromisos dudosos, jamás manchó su buen nombre ni violó la limpieza
de su conducta: como consecuencia, jamás llegó al poder y hoy nadie recuerda ni siquiera sus siglas.
Habiendo cometido el mismo pecado y habiendo criticado no a medio mundo sino al mundo entero,
me desespero a veces porque muero de viejo sin haber hallado un editor para mis obras y me aterra la
idea de dejarlas tan huérfanas como yo.
Ese terror permitió la siguiente nota que, como mil otras similares, jamás mereció la cortesía de una
respuesta. Yo la envié el día en que el triunfo de Ferrufino se anunciara. Hable usted de coincidencias.
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Roberto Fernández Retamar
Presidente
Casa de las Américas
Señor Presidente,
Me permito escribirle esta nota en la esperanza de que Casa de las Américas quiera rescatar mi
carrera, la de un escritor boliviano de renombre nacional forzado a salir de su país por el régimen
militar de García Mesa y traído por el azar a los Estados Unidos, donde continúo escribiendo notas de
prensa y libros, ayer como crítico del Imperio y de los regímenes dictatoriales latinoamericanos y hoy
como simpatizante del Presidente Evo Morales.
Menciono el azar porque al salir de Bolivia en 1980 con la idea de buscar asilo una vez más en el Perú
fui advertido por colegas peruanos en el aeropuerto de Lima de que los militares peruanos me
entregarían a sus colegas bolivianos, una accidental advertencia que me llevó a continuar el vuelo
hasta Nueva York e iniciar allí mi exilio.
Desde entonces he estado escribiendo y publicando mi trabajo a un precio muy caro: rechazado por la
“clase media” boliviana porque soy de izquierda e ignorado por los movimientos sociales porque no
tienen todavía una “clase intelectual”, me encuentro con que los bolivianos ignoran mis últimos libros
porque no puedo publicarlos en Bolivia y, perdido entre millones de competidores en el mundo, corren
el peligro de desaparecer cuando yo desaparezca, momento que veo próximo a los 71 años de edad.
No me atrevería a escribir al Sr. Presidente si no fuera porque hice una carrera breve pero notable en
el Perú y en Bolivia antes de mi exilio y creo que puedo probarlo: nunca he visto una critica o un
comentario negativo sobre mi trabajo. Por el contrario, he conservado una veintena de opiniones que
son respetables tanto por sus autores como por sus expresiones. Tanto mis libros como esas
opiniones están al alcance de todo lector gracias al Internet en mi sitio, http://www.avonvac.com, que le
ruego visitar.
Esa no es, pero, la razón principal por la que me atrevo a escribirle. Como muchos bolivianos de buena
conciencia, he seguido los esfuerzos de Cuba en servicio de la salud, la educación y la cultura de
Bolivia, esfuerzos de calidad excepcional y muy generosa presencia en nuestra vida cotidiana.
Es en el campo de la cultura y de la lucha política como la difusión de las ideas que sustentan a la
Revolución en Latinoamérica que mi Presidente Evo Morales no logra desarrollar todavía su más
mínima defensa. Como es de general conocimiento, Morales tiene en la prensa “grande” local y
mundial a su peor enemigo. Sin instrumento alguno para combatirlo, pues no tiene ni libros ni
impresos ni redactores que lo promuevan, Morales confía apenas en su propia voz para sus combates
en cuanto a ideología.
En su voz, y tal vez en algunos libros escritos sobre su persona y su lucha, dos de los cuales son “¡Evo!
El Experimento Evo – 1,2”, libros que siguen su trayectoria desde antes de su triunfo electoral de 2005
hasta 2008 y dan una visión global de esa etapa a través de mis artículos escritos durante ese lapso.
Como todos mis libros y con una excepción, “Biting Silence”, también “Evo-1” y Evo-2” fueron
publicados usando las técnicas digitales que permiten ofrecer libros mediante la librería Amazon.com,
trabajo en el que soy el único boliviano que logró ese medio sólo para verme reducido a vender mi obra
libro por libro porque no dispongo de medios para una campaña apropiada de publicidad.
Siete meses después de la publicación de “Evo” tengo comentarios y mensajes que me permiten creer
que ambos libros tienen la calidad de los anteriores, pero no me ayudan a publicarlos y difundirlos en
Bolivia y fuera de ella. Mis libros simplemente no existen para Latinoamérica.
Y es así como, porque creo firmemente que Casa de las Américas estaría colaborando también en el
campo de las ideas al Presidente Morales, me permito rogar la protección de su editorial para salvar a
"Evo-1,2” del olvido y usarlos para combatir las mentiras y los absurdos que escriben hoy periodistas y
autores contra su Revolución y contra Bolivia.
Mi única ambición es ver mis libros publicados en Bolivia. Renunciaré a mis derechos de autor y a
cualquier otro derecho con ese objetivo. La idea de que, porque me vi forzado a vivir en el exilio, mis
libros no llegarán jamás a manos de sus destinatarios, mis compatriotas, por un capricho del azar y de
la política, me resulta injusta y cruel.
Pero lo que no puedo hacer yo por falta de medios está sin duda al alcance de Casa de las Américas y
su distinguida trayectoria al servicio de la cultura latinoamericana. Es con esa esperanza que me he
permitido escribir esta nota al Sr. Presidente, a quien ruego aceptar este medio de comunicación
usado porque no confío en el servicio postal desde Washington.
Mucho agradezco al Sr. Presidente por su tiempo, su paciencia y por unas líneas sobre esta nota.
Con este motivo y con mi mayor respeto, le saludo
Atentamente,
Arturo von Vacano
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Creo que, si mi amable lector hubiera perdido cincuenta años para concluir escribiendo una carta así
sin merecer una línea de respuesta, también se alegraría al ver el golazo de arco a arco que Ferrufino
le ha hecho a La Casa de las Américas. Hasta creo que entendería la sombra de la envidia que me
pica al concluir estas líneas.
Una Hazaña Literaria Sensacional
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Arturo von Vacano