No concluyen las celebraciones sobre la nueva Constitución cuando comienzan las
críticas contra Evo Morales por haber cedido soga y cabrito en pos de la paz civil en
Bolivia. Las más sonoras vienen de la izquierda extrema, de los hinchas de un
marxismo renacido y de los revolucionarios a ultranza.
Esto es, de un abogado que fue gobierno y hoy teje historias sobre Marx y Bolívar para
un pueblo que aprende apenas a leer o se queja sobre los hidrocarburos. Lo que
quiere es quejarse de que no se hizo lo que él no pudo hacer y por ello está hoy en su
casa y no en el ministerio respectivo. Las quejas vienen también de los revolucionarios
que soñaban con una revolución a la rusa o, por lo menos, a la cubana.
“¡Traición!”, gritan los criticones, olvidando la historia de Bolivia, la trayectoria de Evo
Morales y el hecho simple y sencillo de que el Presidente, porque es el Presidente,
tiene tal vez mejor información sobre la coyuntura boliviana que el conjunto de sus
críticos.
Olvidan, por ejemplo, los 500 años transcurridos desde que Almagro puso el pie
izquierdo en el Kollasuyo y los diversos incidentes que hicieron de Bolivia un modelo
universal del racismo furioso. Creen que el mal que se sembró en medio milenio puede
destruirse en tres años entre bolivianos cuya principal característica es la protesta
contra todo, la rebeldía contra todos y la incapacidad de ver bien lo que a todos
conviene.
Olvidan, más que nada, los ridículos extremos a que los que llegó la política boliviana
durante los últimos mil días. No recuerdan los absurdos que vivieron y que hicieron reír
al mundo entero. Olvidan que si los bolivianos pueden quejarse de Morales, Morales
tiene muchas más razones para quejarse de los bolivianos, ariscos rebeldes que jamás
saben lo que quieren y sólo pueden vivir en un caos perenne.
No quieren ver que la situación heredada por Morales en 2005 no ha variado en nada:
un 40 por ciento de gentes que se fuerzan a ver en el indio un ente subhumano contra
un 60 por ciento que es indio o (la ínfima minoría) es educado y por ello sabe que la
Bolivia anterior a Evo Morales era un inaceptable infierno en la tierra.
Tampoco recuerdan que Bolivia no es Rusia ni es Cuba ni es el México de su
Revolución de un millón de muertos que acabó en nada. Lejos de agradecer a Inti por
el advenimiento de este Morales cocalero, olvidan también que sin Morales estarían
hoy mismo “gozando” de la Bolivia de Tuto, Goni y Jaime y seguirían siendo mulas de
carga.  Y por eso es que Morales es hoy un “traidor” para gentes que deberían
aprender del Ecuador a mirar su propia conciencia y hacer algo más que gritar para
dar a luz una nueva Bolivia.
En pocas palabras, la ignorancia de los críticos de Evo Morales les priva de toda
autoridad moral para ponerse a lanzar voces que más parecen chillidos de niños
malcriados que protestas de entes responsables.  
Habrá que comenzar por decir a tirios y troyanos, pues, que Evo Morales no es Cristo
ni es perfecto. Si fuera Cristo hubiera rechazado la Presidencia y si fuera perfecto
buscaría la Presidencia de USA, país con el que si se puede cambiar al mundo en un
dos por tres.
Habrá que decir, después de estos tres años de Evo, que se pueden contar varios
milagros logrados por el indio de la chompa multicolor sin más armas que sus sesos,
un corazón bien puesto y un tantico de buena suerte. Evo puso a Bolivia en el mapa
del mundo y, tal vez por vez primera, dio motivos a los bolivianos para sentirse
orgullosos de ser bolivianos. Antes de Evo habíamos nacido en el poto del mundo; hoy
decimos con orgullo que nacimos en el país de Evo Morales porque quien ha oído
hablar de Evo fuera de Bolivia le confiere su admiración y su respeto, cosa que no
hacen cuatro de cada diez bolivianos. Gracias a Evo, Bolivia existe hoy para el mundo
y los bolivianos que lo vemos a menudo en la prensa extranjera lo sabemos mejor que
nadie, seamos “socialistas” o fascistas.
Es decir, si alguien falla aquí, no es el cocalero que trabaja de cinco a medianoche
sino el pueblo al que trata de gobernar sin lograrlo. Ese pueblo que permite absurdos
y masacres, que mira y calla cuando se trata a golpes y latigazos a sus compatriotas,
ese pueblo que sigue dividido en ese malhadado 60-40 heredado de la historia. Es un
pueblo tan racista que ni siquiera entiende bien que es racista.
Mientras los bolivianos morían en Pando, otros bolivianos invitaban a fiestas y jaranas,
“presentaciones culturales” y cualquier “distracción de clase media” para negar el
sufrimiento de las víctimas. Es decir, también la barbarie boliviana “progresa”: este es
el primer caso en la historia del país en que un masacrador confeso (Pando) saldrá
libre porque la indiferencia del pueblo se lo permite.
La indiferencia del pueblo que vive en las ciudades, para ser exacto. Ese pueblo de
alma tan huérfana que prefiere la eternidad para un país de esclavos y pobretes antes
que cambio alguno. Ese 40 por ciento que no podría cambiar nunca si no se hubiera
dado un Evo Morales, pero que no cambiará durante esta generación. Los jóvenes de
hoy comienzan a entender que la Bolivia de Tuto, Goni y Jaime era una monstruosidad
que no podía durar, y han comenzando a entenderlo gracias a Evo. Tal vez esos
jóvenes cambien.
Los padres de esos jóvenes, sin embargo, no cambiarán jamás. Han vivido toda su
mediocre vida de la explotación del indio, de un Poder Judicial que es una vergüenza
universal, del constante robo y latrocinio mestizo cometido contra los débiles. Son en
verdad ese pueblo moralmente enfermo que hizo la lamentable historia de Bolivia 1825-
2005. Son vocero y bandera de ese “¡Indio de mierda!” que confiere más mierda a
quien lo grita que al indio cuyos sacrificios dio vida a esta vieja Bolivia que agoniza. No
sólo vida: música, alma, amor a la tierra y coraje para resistir y sobrevivir medio milenio
de salvaje explotación.             
Nada de lo cual cambia ese maldito 60-40. Las ciudades viven de espaldas al campo y
se empecinan en ver en el indio a un enemigo porque por fin reclama el indio su
condición de ser humano y de ciudadano.
A diferencia del campo, las ciudades usan antifaces para ocultar su racismo y su terror
ante la “indiada”. Hacen como Costas, que plantó una horca para Evo junto al Cristo
para jurar luego que recibiría al campo “con los brazos abiertos” porque no le
sobraban las ametralladoras como a Fernández. No lo dicen, pero por proteger sus
diminutos privilegios servirían hasta a un Presidente Branko si Satán les hiciera el
milagro.
Esta realidad, que todo boliviano lleva en el corazón, es la realidad que el Presidente
indio ha conocido durante sus 49 años de vida. Es una realidad que el abogado
marxista (abogado al fin) no lleva en las venas. Es una realidad que los revolucionarios
de escritorio tampoco conocen: estaban “educándose”, como dicen cuando se les
hace la pregunta del caso.
Es la realidad que, apuesto yo, llevó a Evo Morales a aceptar los compromisos que se
le critican a cambio de la paz civil. Con “su” Constitución, Evo abre las puertas de la
nueva Bolivia. De los bolivianos dependerá, como siempre ha dependido, una realidad
que sea esa nueva Bolivia plena. Ellos deberán perfeccionarla, ahora que Evo se la
entregue.
Pero, ¿cuándo se ha visto que un político se niegue a derramar sangre boliviana si tal
sacrificio convenía a sus ambiciones?  De “guerras civiles” está sembrado nuestro
pasado, siempre en servicio de esa “clase media” de bellacos que expulsara a Bolívar
y a Sucre.   
Y, ¿cuándo ha visto Bolivia un Presidente que haya durado tres años sin que le
acusara de corrompido y corruptor, de ladrón y sanguinario, antes de Evo? Ni siquiera
quienes buscan matarlo han podido ensuciar su nombre con difamaciones de ese tipo,
con acusaciones que sólo aparecen en gritos de gentes totalmente desacreditadas por
uno y otro bando. ¿Evo tirano? Sólo Branko, ladrón de vacas y tierras, es capaz de
mancharse así la boca.
Sólo Evo parece entender la vieja perogrullada de que la política es la ciencia de lo
posible. Ante la posibilidad de “aceitar” con sangre el progreso de sus objetivos parece
haber entendido que, antes que indios y mestizos (otras razas no hay en Bolivia),
están los bolivianos como gran familia, y por evitarles un baño de sangre en Santa
Cruz tal vez, en Chuquisaca, quien sabe, o en todo el país, es probable, ha aceptado
una Constitución “imperfecta” antes que una “guerra civil” sin comillas.
Confieso yo que le critiqué cuando pidió al campo que no entrara a Santa Cruz porque
Evo sabía tal vez lo que yo sólo supongo, que Costas no esperaba a los campesinos
“con los brazos abiertos” sino con otras intenciones y que tales intenciones laten
ocultas, cobardes e hipócritas en cada ciudad con el racismo feroz del segmento social
que es en verdad un pueblo enfermo.
Tal vez Evo entiende que el racismo mestizo es tal que no puede morir en mil días
después de haber crecido durante medio milenio y que precisará de dos o tres
generaciones para morir o de un baño de sangre con el que Evo prefiere no
mancharse las manos. Tal vez sabe que los esfuerzos fascistas por sembrar violencia
en Bolivia eran una trampa en la que Evo no cayó y consistía en una invasión gringa
que acabaría con los indios como está acabando con los iraquíes o como acabó con
los pieles rojas. Eso lo saben sólo Evo y Lula. Tal vez este indio que “no estaba
preparado para gobernar” vio con claridad meridiana lo que los profesionales de la
demagogia no imaginaban siquiera y ello le empujó a renunciar a parte de sus
objetivos, si es que en verdad renunció a ellos.
El hecho es que no hubo guerra civil en Bolivia, la oposición fascista se bañó en la
sangre del pueblo, los enemigos extranjeros siguen mordiendo los talones del
Presidente y cada boliviano con una pizca de honradez en la conciencia se ve forzado
a aceptar que, tras un milenio de invasores y masacradores, los dioses han decidido
dar un líder excepcional a un pueblo que ni concibe ni quiere buscar una suerte mejor.
Prefiere seguir persiguiéndose la cola como si fuera un perro ciego. ¡Ah, feroz pueblo
enfermo, ese 40 por ciento!       
     
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Arturo von Vacano