COCA
Enrique López Albujar


“Al hacer tu catipa (ruego, oración, pedido) debes hacerla con fe, con toda la fe india de que tu alma mestiza
es capaz. Te ruego que no sonrías. ¿Tú crees que la palabra es un don del bípedo humano solamente y que
únicamente con sonidos articulados se habla? También hablan las cosas. Las montañas hablan. Las plantas
hablan. Las piedras hablan. Y hablan los vientos, los ríos y las nubes.  ¿Por qué la coca, esa hada bendita,
no ha de hablar también?
¿No haz visto al indio debajo de esas chozas tras las tapias, en loa caminos, junto a los templos, dentro de las
cárceles, sentado impasible con el wallque (chchuspa) sobre las piernas en quietud de fakir, masticando y
masticando horas enteras mientras la vida gira y zumba en torno suyo cual siniestro enjambre? ¿Qué crees tú
que está haciendo?
Está orando. Está haciendo su derroche de fe en el altar de su alma. Está haciendo de sacerdote y creyente
a la vez. Está conformando su cuerpo y elevando su alma bajo el imperio invencible del hábito.
La coca viene a ser entonces como el rito de la religión, como la plegaria de un alma sencilla que busca en la
simplicidad de las cosas la necesidad de una satisfacción espiritual. Y así como el hombre civilizado tiende a la
contemplación, al refinamiento por medio de la ciencia, el indio tiende a la simplicidad, a la sencillez por medio
de la chajcha (acullico o pijchu). El hombre civilizado tiene la superstición complicada de los oráculos, de los
esoterismos orientales; el indio, la superstición del cocaísmo, ante la que somete todo y todo lo pospone.
La coca es un vehículo, un inapreciable medio de abstracción, de liberación. Lo que hace el indio es
nirvanizarse cuatro o seis veces al día. Sabe por propia experiencia que la vida es dolor, angustia, necesidad,
esfuerzo, desgaste y también una serie de actos volitivos más o menos penosos, una contribución intelectual
más o menos enérgica, un examen continuo de experiencia y rectificación; el indio es el yugo de la rutina que
odia la esclavitud de la comunidad y prefiere, antes que todos los goces del mundo, esquivos, fugaces y
traidores, la realidad de un chajcha, humilde pero al alcance de su mano. El indio es pesimista. Su pesimismo
es esperanza y desdén. Para él la vida no es ni bien ni mal, es una triste realidad, y el indio tiene la gran
sabiduría de tomarla como es.
¿De dónde ha sacado esa profunda filosofía el indio? De dónde había de sacarla, sino del wallke? Del wallke,
arca sagrada de su felicidad. ¿Hay nada más cómodo, más importante y perfecto que sentarse en cualquier
parte, sacar a puñadas la filosofía y, con simples movimientos de mandíbula, extraer de ella un poco de
ataraxia, de suprema quietud?
La coca rebela verdades insospechadas, venidas de mundos desconocidos. Es la casandra de una raza
vencida y doliente, una biblia verde de millares de hojas, y en cada una de ellas duerme un salmo de paz. La
coca es virtud, no es vicio, como no es vicio la copa de vino que a diario consume el sacerdote en la misa.
Catipar es celebrar, es poner al hombre en comunión con el misterio de la vida. La coca es la ofrenda más
preciada del Jirk’a, ese dios fatídico y caprichoso que por las noches sale a platicar en las cumbres andinas y
a distribuir el bien y el mal entre los hombres.
La coca es para el indio el sello de todos sus pactos, el auto sacramental de todas sus fiestas, el manjar de
todas sus bodas, el consuelo de todos sus duelos y tristezas, la salva de todas sus alegrías, el incienso de
todas sus supersticiones, el tributo de todo su fetichismo, el remedio de todas sus enfermedades, la hostia de
todos sus cultos...
Arturo
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