Ahora que el futuro inmediato de la patria parece decidido (una dictablanda de corta
duración, para parecer optimista) sería bueno que los bolivianos, por lo menos los
que se dicen “educados”, dedicaran una media hora diaria a pensar sobre el
problema de la coca, su letal hijastra la cocaína y el sino triste de Bolivia como uno de
los proveedores de la plaga que está• matando al mundo. Ignorar este problema es,
sin duda, un rasgo del carácter nacional: doscientos años de dictaduras y falsas
democracias nos han enseñado a ser fatalistas y a ocultar nuestros problemas en
lugar de buscarles solución.
Lamentablemente, el ignorar este problema (o peor, el negarlo) es una actitud que
conduce hacia las desgracias más grandes que pueda imaginar el más pesimista de
los bolivianos, en este como en otros casos, el suscrito.
A primera vista, pareciera que la cocaína no es un problema boliviano: nadie discute
nunca o casi nunca la adicción boliviana a la droga ni se dan cifras sobre el daño que
la cocaína inflige a la salud de nuestro pueblo.
Durante mi última visita al Chapare (2009) me fue fácil comprobar la abundancia de
la hoja y el muy notable desinterés general por el polvo blanco: la coca es el único
producto comercial importante del Chapare, pero los adictos brillan por su ausencia
en Bolivia toda, o por lo menos así lo afirma el 99 por ciento de los bolivianos, tanto
de palabra como con su indiferencia aparente ante el tema. (De hecho, las cosas no
son tan simples: los habitantes del Chapare conocen muy bien la ley no escrita que
prohíbe el tratar en voz alta este problema; es una ley que mata sin vacilación
alguna).
Así, si en Bolivia no se dan adictos y si la coca es apreciada sólo para el muy
necesario ritual del acullico, parecería que la responsabilidad de los bolivianos sobre
la droga es mínima: la hoja es verde, el polvo es blanco, la hoja es nuestra, el polvo
es foráneo, qué culpa tienen los bolivianos de la adicción mundial al polvo y las
tragedias humanas que torturan a todas las grandes ciudades y no sólo a ellas?
(Cada billete de un dólar en USA lleva huellas de cocaína; así de grave es la
tragedia).
La respuesta puede conducir a un real final de Bolivia como nación soberana (de
soberanía tan vigente como sus bombas atómicas, es cierto, pero respetada todavía
por el mundo exterior) y llevar a su primer Presidente indio a la culminación de su
tragedia personal en el poste de Villarroel.
Una política abierta aunque no declarada de producción masiva de coca parece
gozar del apoyo mundial porque tanto los grandes bancos como los principales
gobernantes del planeta como los dueños de la economía mundial están
decididamente del lado de la producción “ilegal” de cocaína. Si tal industria fuera
legal para el mundo, no crearía ya los billones que engordan a los bancos,
enriquecen a los plutócratas y llegan a los bolsillos de los gobernantes. Es porque la
cocaína es “ilegal” que vale tanto o más que el oro.
Pero ninguna nación puede sobrevivir a la maldición de ser la fuente del veneno que
mata tras mucho sufrimiento a millones de seres humanos. Es cierto que la guerra
colombiana es eterna porque el botín de esa guerra, la droga, no queda ni nunca
quedó en manos de un solo grupo, sea éste el militar, el “izquierdista”, el traficante o
el dinero multinacional, para el que trabajan las mafias europeas y los gángsters
rusos. Colombia se acostumbró a la guerra porque tales grupos se reparten el
negocio de la droga quieras que no, ¿y quién le importa el sufrimiento de los
pueblos?
Tampoco importa mucho la muerte de una nación como México, por ejemplo. Hoy
México es el cadáver de lo que fuera antes del advenimiento de la droga. México es
un “estado fracasado” según su vecino del Norte, el primer adicto del mundo que
sería otro estado fracasado si no fuera porque chinos, japoneses y árabes no
pueden permitir su disolución: serían acreedores sin posibilidad de recuperar sus
billones. La promesa mejicana que alguna vez brillara en 1910 murió para dar lugar a
una pesadilla monstruosa de vicio y violencia en 2010. México es un gran cementerio
creado por la droga y la violencia “legal” e ilegal. Uno de cada dos mexicanos
emigraría a cualquier otra parte si pudiera. 17.000 mexicanos murieron en la guerra
de la droga durante 2009. Y la violencia comenzó ya a invadir el Sur del Norte: las
decapitaciones, los asesinatos en masa y otras características de las guerras por la
droga se hacen parte cotidiana del Imperio en decadencia.
Imperio que no por ello abandona su clásico papel de “policía” mundial: todavía pone
el Primer Mundo el dinero para las guerras en que el Imperio pone la sangre de sus
mercenarios (como dijo Obama en Oslo) y la de las víctimas de esas legiones.
Europa y el Japón (y los estados árabes) “prestan” el dinero necesario al Imperio y el
Imperio invade, ocupa y mata… ¿Dónde? Donde se produce droga, por supuesto. Si
se mira con verdadero interés, se descubre la razón primera de la destrucción de
Irak, las matanzas de Afganistán y el comienzo de los 20 años de la guerra de
Pakistán. ¿Si no la droga, cuál el botín?
Algunos bolivianos piensan que la maldición de Bolivia ha sido su increíble riqueza.
Potosí significó las montañas de cadáveres que sembraron en sus laderas los
españoles “civilizadores”. Nuestro oro negro provocó la Guerra del Chaco. El estaño,
el cobre y otras riquezas nos dieron los sátrapas y los dictadores que hacen nuestra
historia republicana. El oro verde hizo su aparición masiva con Banzer, el
industrializador de la cocaína. Hoy, Morales parece ser el primer gobernante que
intentará reemplazar esas riquezas perdidas con la humilde hoja de nuestros
acullicos. ¿Es posible construir el Tahuantinsuyo II sobre el oro verde?
La devastación, el sufrimiento y la violencia que hoy sufren Irak, Afganistán y
Pakistán son la respuesta. Como en esos pueblos que son víctimas inocentes,
también en Bolivia se verá la guerra inacabable por el control del oro verde y su
pérfida hijastra blanca.
¿Quién iba a creer que acabaríamos como los talibanes?
Arturo von Vacano