Memoria del Crononauta
Arturo von Vacano

Llegado desde un país utópico donde es necesario caminar hasta la fuente de la plaza para beber agua
fresca, cosechar con las propias manos el trigo dorado que da la cotidiana hogaza de pan, hilar el
vellón de la oveja propia, tejerlo, teñirlo y adornarlo antes de cubrirse con él, despertar con el sol y
dormir cuando oscurece después de haber dado las buenas noches al primo que nunca se casó, al
abuelo, la abuela, el bisabuelo, la esposa, los hermanos, los hijos, los sobrinos y las cuñadas, el
hombre afortunado que salvó el pellejo porque supo escuchar a tiempo los ecos de las botas de sus
frustrados asesinos, el elegido, el refugiado nuevo, tomará cierto tiempo - entre dos semanas y el resto
de su vida - para comprender que el destino le deparó el papel de testigo y tardío combatiente en la
más espectacular batalla humana jamás emprendida: en furiosa lucha que  dura ya dos siglos contra la
Naturaleza, el artífice de este ambiente cibernético no sólo intenta dominarla y transformarla, sino
destruirla y negarla.   
   
¿Quién no ha visto las caras pasmadas - las bocas, literalmente abiertas, y los ojos, entre curiosos y
esperanzados - de los que llegan trayéndose en sus canastillas de mimbre y sus atados de trapo el
alma de su patria, y salen por primera vez a la luz del nuevo sol débil que ilumina apenas el continente
de cemento?    
   
No es para menos, como se dice en cada pueblo: la primera ausencia que contribuye a sus  inquietudes
es la del olor virgen de su cuna rural; lo reemplaza el tufo acre de un monstruo azotado, sudado y
sudoroso que jamás duerme, el vaho de la espalda torturada de ese titán en eterna factura y
construcción sobre la que está poniendo ahora mismo los pies.  

Tampoco hay ya horizonte; ya no hay montañas azules o verdes a lo lejos, no hay río ni aguas claras, ni
el cielo advierte aquí sobre lluvias, granizos ni sequías. Aquí, el cielo gotea ácidos, el aire transpira
venenos; en vez de su montaña hallará una cadena infinita de montes verticales dentro de los cuales
adivinará de algún modo la presencia de otras gentes aunque intuirá también que tales gentes ni son ni
pueden ser como él.   
   
La otra ausencia que contribuirá a sus temores será la de la tierra: la tierra desfallece aquí  debajo de
una capa hedionda de petróleo petrificado y emerge apenas en algún rincón lejano, sucia y violada,
maltratada y enclenque: alguien depositó un tarro de barro auténtico en una tinaja de plástico para
apuntalar una hermosa planta de grandes hojas verdes que ni huelen ni crecen, ni mueren ni viven...
Sólo dicen "Made in Taiwán" en su base, un tronco falso de metal forrado en papel madera sucio.    
   
Ausente también estará el agua, como él la recuerda: no tiene gusto a nada, dirá, descubriendo su
primera fobia nueva en el fondo de esos vasos de papel que se le deshacen entre los dedos; extrañará
el apetito: desde hoy aprenderá a comer siempre intranquilo, de prisa y sólo porque tiene hambre,
como hacen las fieras.   
   
Extrañará los senderos de su valle allí mismo, recordándolos por contraste apenas vea la red nada
caprichosa de vías blancas y elegantes trazadas en el aire y a 22.000 pies de altura por cientos, miles
de silenciosos pájaros de metal que en milagrosa cuestión de minutos se convertirán en bellas aves
furiosas que vomitan hileras de nuevos y exóticos ejemplares de sus hermanos hombres.    
   
Extrañará más aún el olor de sus campos al amanecer porque en este amanecer en que llega le hiere
ya las narices el eructo de azufre - "¡Contra, Satanás, contra!" - creado por los cien mil vientres del amo
de este mundo, amo que ruge, hipa, gime y late, corre y truena, tose y eructa, empuja y aplasta, reduce
al bípedo parlante a la mera categoría de esclavo: la máquina ya no es el simpático camioncito de las
verduras y los periódicos que llevó el progreso al dormido villorrio de su juventud; ahora es un
monstruo desvergonzado, abusador, brutal y violento, amenazador siempre en su millón de versiones
que han cubierto el cielo con sus negros vapores.    
   
¡Oh, sí: y cuántas otras sorpresas y sustos le deparan los siguientes mil días!, comentará con
inexplicable orgullo el amigo o el pariente que será el mismo no siendo ya el mismo y que ha venido a
recibirlo y darle la mano para guiarlo como a un ciego en sus vacilantes pinitos.   
   
A diferencia del corredor de valores que ha tomado un safari para aniquilar a los últimos elefantes de
Uganda - y que así retorna, en verdad, a la memoria de la especie - nuestro explorador está rompiendo
literalmente barreras sin precedentes. Si se siente extraño, ajeno, solo en su angustia, estas son
novedades que, lejos de establecer fraternidades como le sucede al cazador con sus guías nativos,
crearán un helado vacío en su alma, negándole desde ya una comunión natural y simple con los
hombres que ve por la ventanilla mientras lo meten sin  que él lo perciba de modo muy claro en el
vientre de ese dragón postizo que tal vez jamás lo regurgite. No lo comprende, pero en ellos se está
mirando a sí mismo tal y como será dentro de tres generaciones, y ahora sólo murmura que, como
dicen las personas de más de 40 años, "Esto aquí no me gusta, aunque nunca se lo diré a nadie", error
craso que ningún emigrante, legal o ilegal, anciano o joven, de este aquel, aquel otro o, aún, de ese
otro sexo, debería cometer nunca más.   
   
Porque los que el Crononauta mira circular ante su ventanilla ya no son como él: son mutantes, y si
bien él podría aceptar con cierto esfuerzo todos los cambios de todas las cosas - los de las horas, los
del día y la noche, los olores, los colores y los sabores - lo que le cuesta tal vez demasiado es aceptar
estas presencias siempre anónimas que ni lucen ni son como él, que no quieren serlo y que se
esfuerzan más bien y se desviven por ser como esos monstruos agresivos, eternos y rugidores, las
máquinas.   
   
Unos días después nos dirá que "la gente aquí es muy torpe", que le empujan, le gritan, jamás  le
hablan y menos le ceden el paso alguna vez. A él, que a veces se saca el sombrero en presencia de las
señoras, como se hacía en su pueblo. A él, al que siempre le costó tanto la fácil operación de sentarse
sin pedir antes permiso. A él, en fin, que tiene una natural y abierta disposición de ver en cada cara un
amigo potencial con quien echarle un párrafo inconsecuente para maravillarse ante la vida cotidiana de
ese vecino. A él, que ha iniciado su propia mutación sin darse cuenta.   

Hombre acostumbrado a servirse de las manos para ganarse el pan, verá ahora que hay muchas, tal
vez demasiadas manos para hacer lo que él saber hacer... Si es que no descubre pronto que ya nadie
necesita lo que él sabe hacer. Buscará entonces medios para entrenarlas en nuevos menesteres y, por
supuesto, los hallará en un mundo donde todo se puede hallar. Si no puede pagar por su aprendizaje,
se lo darán gratis. Si puede, pagará una porción: la cuestión urgente es ayudarlo a incorporarse,
ayuntarse lo más pronto posible a la máquina, y aprender a gastar.    
   
Pronto mutará sus manos, esas que hacían pocillos en la tierra fresca para que anidaran las semillas, y
las verá cubiertas de aceites verduscos y de cicatrices, acostumbradas al movimiento en tres etapas
eternamente repetido que resulta más barato si lo ejecuta un hombre y más incierto si lo hacen dos
palancas. Pronto también descubrirá que los demás tenían razón: que es ridículo pedir permiso con dos
 palabras antes de sentarse en cualquier parte; lo apropiado es gritar un rugido y vencer así el
estruendo que le rodea. Por supuesto, rugirá también en ausencia de los estruendos, pero
posiblemente ello se deberá a que él todavía los estará escuchando.     
   
El día en que pierda la costumbre de imitar a las gallinas para guiarse por el sol y pueda dormir a
cualquier hora y despertar a cualquier otra porque la máquina vive una sola, larga jornada, sabrá
finalmente que ha dejado atrás y para siempre el mundo de sus gallinas y es, por fin, ente de la
metrópolis: se habrá convertido en su propio nieto y habrá dado en dos años un salto de tres  
generaciones. Descubrirá también que menuda gracia le hace ese descubrimiento pero, siendo lo que
ahora es, hará como los demás y gritará que nunca quiso ser otra cosa.    
   
Ese día se mirará por accidente en un espejo y sabrá entre dos gruñidos  que ha ejecutado, finalmente
y casi por completo, su mutación: no podrá soportar la idea de los soles limpios y las lluvias claras bajo
los que nació y preferirá los callejones negros u oscurecidos en los que ahora se mueve, ese ambiente
gris ya natural para él; hombre nacido para gozar del día, preferirá dormir esas horas y buscará una
vigilia inquieta en la noche, a cuyas sombras añadirá las de sus cristales negros, soldados por siempre
a su rostro; su estómago de campesino, duro y resistente, hecho a los años flacos, no aceptará jamás
ya el agua pura de la montaña - recuerdo infantil apenas vislumbrado - sino que preferirá el compuesto
de azúcares falsos y gases y sales y tintes que, entre dos y doce veces por jornada, hará su felicidad
signada de eructos.    
   
Mirará con sospecha los frutos frescos de la tierra, cosas sucias que rechazará siempre que pueda
beneficiarse del contenido de una lata sin abollar; habrá dejado atrás las frágiles sandalias de su niñez
para preferir las botas indestructibles del que pisa aceites, ácidos, grasas, azufres y aguas turbias,
habrá canjeado la camisa abierta y amable de algodón blanco y fresco por la camiseta resistente que
se asocia con la camisa dura pintada de un arco iris esquizofrénico y la casaca que calienta pero deja
pasar la lluvia, el amplio pantalón anudado a la cintura por el jeans indestructible que es ya su segunda
piel y el sombrero panamá por el casco de metal con el que a veces hasta puede dormir y que protege
portentosos monumentos capilares sin los que se sentiría desnudo.   
   
Sólo a veces, cuando lava un puñado de uvas, por ejemplo, y encuentra en el fondo del platillo    un
jugo raro que, no es difícil descubrirlo, se usó para pintar de maduras las uvas verdes o para    hacer
rojos los rábanos podridos, o cuando abre una naranja y su olfato, aunque dañado, descubre    un
suspiro petroquímico, permitirá por algunos segundos la sospecha de que la mutación no entrañó las
bendiciones que él proclama; percibirá de inmediato las tendencias suicidas de semejante duda y
preferirá ahogarla entre los chillidos de sus auriculares antes de convencerse de que hoy dormirá
satisfecho.    
   
No dormirá satisfecho, por supuesto, porque los mutantes nunca duermen satisfechos, si    duermen;
para reposar prefieren ciertas obleas o ciertos polvos a los que él mismo se acercara un    día con gran
miedo pero que le darán justamente lo que necesita cuando lo necesite: las ciudades doradas en las
que se pierde babeando las noches de los viernes, sagrado ritual del fin de semana.   
   
Verá ahora que su piel, que baña cada vez que despierta, adquirió el tono de los brazos de    plástico
de la muñeca de su hija; será piel limpia, pero le extrañará verla de caucho; verá también que su rostro,
que él conocía tan bien, ha dejado lugar a una máscara, y que es el rictus de la agresividad, la
belicosidad, la suficiencia, el desprecio cierto o fingido para los demás; se verá lupino; su nueva cara
habrá adoptado el duro gesto de quien alcanzó una conciencia cierta de que los demás, todos los
demás, son nuestros enemigos, y de que el deber propio y prioritario estriba en estar siempre listo para
vencerlos, para reducir esos enemigos a polvo bíblico o, como dice ahora él mismo, tan groseramente
exacto, a caca de canario.   
   
Se verá solo también, tan solo como nunca lo estuvo antes; con él aprendieron las mismas    lecciones
y aceptaron la misma mutación las gentes que llevan su sangre y su nombre, y ahora no    podrá
intentar un gesto de ternura ni siquiera con su propio hijo, ese extraño que le devuelve la   mirada de
acero que él aprendiera a ponerse el día en que le dieron su primer jeans; habrá aprendido que la
ciudad, su mundo adoptado, demanda la soledad y facilita el avance del ente solo, el que no tiene
cadenas ni dependientes, el que puede moverse constantemente, el que carece de estorbos que le
cuelguen del cuello, los brazos o el corazón.   
   
Habrá aprendido, no sin dolor, que todos los lazos humanos son pasajeros, y que en realidad es tonto
valorar nada que no sea el placer propio, es insulso el propio sacrificio periódico a cambio    de
ambiciones ajenas por sanas que parezcan, que nada es más valioso que el tesoro de sensaciones que
ofrecen las cosas y las substancias, desde el olor del auto salido ayer de la fábrica hasta el perfume de
la niña que cambió anoche y mientras dure por la mujer buena pero vieja ya que llegara con él; por otra
parte, es bueno que así piense porque así piensan los demás y, de no poder cambiar, será pronto el
abandonado y no quien abandona; andaría por allí con un gesto triste y se vería perdido, sería presa
fácil de los que le empujaban por las veredas en sus días primeros y que hoy, porque no hay mal que
dure cien años, pueden leer en sus ojos y en sus puños dispuestos los riesgos del simple intento de
empujarlo.   
Así eran este hombre, sus coyundas y herederos, infinitamente multiplicados.