He tenido la desgracia de recibir una jeremiada escrita me parece en la Argentina porque la
distribuye argenpress y dedicada a hacer lo que mejor hacemos desde siempre los habitantes del
Sur, llorar (o cantar) por las revoluciones que no pudimos ni podemos librar.
Lamento que esa “Carta desde el Sur” sea extensa hasta el grado de no poder copiarla aquí. No
reúne más de dos o tres datos interesantes pero repite la infinita serie de abusos y maldades de
que son víctimas los humildes del Sur hasta demostrar que sólo puede servir para aliviar la “cólera”
que su autor (anónimo, por supuesto, como todo cobarde) dice sufrir.
Por eso, y  porque creo que tengo un ínfimo derecho a contestar esa malhadada misiva después de
70 años de andar atacando al Imperio, quisiera comentar apenas algunas de las frases que  
componen esa “Carta” que es fácil de hallar en el Internet.
Antes de hacerlo, empero, quisiera afirmar que ese documento puede encontrar una respuesta
clara y definitiva en una sola frase del himno nacional boliviano, esa que dice “morir antes que
esclavos vivir” y que los bolivianos venimos cumpliendo de década en década desde 1825. Esa es
la explicación sencilla y evidente de nuestra violenta historia.
Esta “Carta desde el Sur” es firmada por un burgués cuyo aparente humilde origen no le impide
serlo. Ser burgués y pobre es la contradicción íntima y propia de quienes nunca hicieron
revoluciones pero las cantan o las añoran o hacen como este autor hizo para concluir su Carta
preguntando en busca de alguien que “se la haga” su revolución, “Querido lector: ¿no ha llegado ya
la hora de cambiar todo esto?”. Es decir, “a ver si lo cambia usted, porque yo me contento con
comentar ‘todo esto’”.
Pero ya voy al grano. Comienza el hombre afirmando un disparate:
“No soy blanco”, dice, como quien confiesa, “maté a mi madre”. Es necesario sacarlo de inmediato
de ese estúpido error y exculparlo por no verse blanco y por haber permitido su brutal complejo de
inferioridad. Es necesario, primero, porque ya nadie es, si vamos a ser exactos, “blanco”, “negro”,
“gris” o “café”, excepto quien usa el color de su piel para atribuirle sus desgracias. Generalmente, la
suerte de los hombres depende menos de la piel que de órganos que son generalmente símbolo
de coraje y valor y que unos usamos y otros no. Será bueno, en segundo lugar, recordar aquí que
Bolívar, el General Simón Bolívar para usted, autor de la Carta, era mestizo y lucía zambo, lo cual no
le impidió ser el General Simón Bolívar. Toussaint es un ejemplo de mayor contraste tal vez, pero de
igual coraje.
Después de copiar cientos de ilustraciones de la “mala suerte” del Sur y las fortunas del Norte,
nuestro anónimo cierra una parte de su Carta afirmando que “representamos mucha gente, la
enorme mayoría de la población del mundo”.
Este es otro prejuicio que los habitantes del Sur deben eliminar a la brevedad posible si es que
desean cambiar su suerte. El primer error de esta frase estriba en creer que porque somos mayoría
nos asisten la razón y la justicia. Esto es, creemos que, por ser los más, no merecemos morir de
hambre ni ser quemados por una Bomba A. La mayoría no tiene más que un derecho: el de la
chusma que lo pisotea todo sin saber lo que hace. Nunca ha tenido otro, y por eso es instrumento
eterno de todo demagogo, desde Julio Cesar hasta Hitler y Bush.
Un otro prejuicio es ese “representamos”. ¿A quién podrá “representar” este autor, cuando no puede
representarse a sí mismo siquiera?  Ello no le impide otra frase absurda: “Ser del Sur es una
maldición. Sí, sí… así como oyen, con todas sus letras: ¡una maldición!”. Debe ser esa una
maldición burguesa porque no le impide sentarse a un escritorio día tras día e improvisar
documentos como el que no firma. Habla del poderío atómico del Imperio y termina: “Pero esta
supuesta proeza técnica no impide que cada siete segundos muera de hambre alguien en el Sur.
¿Les parece que no es motivo suficiente para estar hondamente encolerizado?”
Por supuesto que me parece que sólo el hijo mimado de una madre tonta se contenta con “estar
hondamente encolerizado” ante esas muertes. Otros, como el comandante Guevara, buscaron
incendiar un continente para impedir más muertes por hambre. Pero con tontos “hondamente
encolerizados” hasta el Che pudo fracasar.
Tras negarnos su nombre, el autor comete otro disparate desmedido: “Podrán decir, quizá, que
hablo con resentimiento. No es así. Hablo con mucha cólera, muchísima. ¡Y no lo oculto!”, dice al
ocultarla tras su anonimato.
“En general, desde las sociedades dominantes, hay un desprecio por lo del Sur… ¡siendo que aquí
(¿dónde, “aquí”?) florecieron las grandes culturas de la Humanidad! (Y desaparecieron también.)
¿Somos acaso unos 'incivilizados' los que nos vestimos de otra manera que los del Norte, los que
tenemos otras costumbres, los que profesamos otras religiones? El primer ser humano, estimado
lector, fue negro, ¡no lo olvidemos nunca! (Pero no fue culpa suya. O es  que eligió su negrura? No.
Se la dieron por azar, como nos sucede a todos. Fue el primero por mero azar y no fue ninguna
hazaña).
“¿Con qué derecho -o con qué cuestionable arrogancia- pueden tratarnos de sub-desarrollados
quienes nos diezmaron, quienes llevaron el planeta al borde de una catástrofe ambiental, quienes
pusieron en marcha un modelo de vida que valora por sobre todas las cosas la propiedad privada y
considera que la tierra, el agua, el aire que respiramos o las plantas y los animales de los que nos
valemos pueden tener dueño?”
La respuesta es sencilla, pero sólo para adultos: el derecho son los cañones, como decía
Napoleón, y el derecho de Bush son sus bombas A. Se necesita ser idiota para negarlo al comenzar
el Tercer Milenio. Idiota o infantil. Esa es una buena definición de toda muchedumbre, pero lo es
más para las muchedumbres del Sur, tan dadas a llorar o cantar sus revoluciones traicionadas.
El daño que misivas como la que comento cometen contra las esperanzas de los pueblos es
inmenso y feroz. La idea de que la Historia, entendida como la aventura de la especie en el tiempo,
puede ser justa o moral es infantil y venenosa, producto de la educación que los vencedores dieron
a los vencidos. Ya muchos han dicho que la religión es la fórmula del fracaso. En el Sur, la religión
que los vencedores dieron a los vencidos es la garantía del fracaso. Ello se lee con claridad en esta ”
Carta desde el Sur”.
Todo cambio, toda revolución o Revolución comienza en el individuo. Ese individuo debe aprender
en carne y sangre propia lo que dice el himno boliviano, “morir antes que esclavos vivir” y convertirlo
en regla y demanda de práctica cotidiana. Si el individuo no aprende que nadie, ni Jesús ni Marx, le
harán libre jamás y que sólo es libre quien se hace libre a sí mismo, ni ese individuo ni su pueblo
serán jamás libres. Quien acepta las pequeñas injusticias y los pequeños abusos intentando
ignorarlos abre las puertas a los grandes crímenes y los abusos feroces.
Quien pregunta a otro, “¿No es hora de que esto cambie?” en lugar de cambiarlo él mismo no
merece cambio alguno, y ello vale tanto para el no firmante de esta Carta desde el Sur como para
todo su pueblo, un pueblo que parece que dejó de luchar porque la lucha era “demasiado” bárbara.
Los militares no eran la guerra toda. Eran sólo otra batalla. La guerra se libra todos los días y nunca
tiene fin. Por eso hay tan pocos hombres libres en el mundo.
Los bolivianos eran propiedad de tres personas cuando nací. Eran propiedad de 20 cuando me
marché a los 17 por primera vez. Es propiedad de 200 ahora que he decidido no retornar. Pero hice
“mi” revolución. No nací para liberar pueblos ni comandar ejércitos (sólo escribo un poco, y mal)
pero viví libre casi toda mi vida y libré mi guerra particular cada día como la libraré hasta mi último
día. El precio fue el exilio y la soledad. Fue perderlo todo varias veces. Fue conocer toda la América
porque no parecía haber refugio alguno. Fue a veces no tener dónde dormir. Fue escaparle a la
muerte en un juego injusto: soy incapaz de matar. Pero la revolución, por lo menos la mía, fue
posible. Acabo como comencé, con nada, pero hallé una verdad:un hombre puede ser destruido
pero no derrotado. Cada hombre que necesita ser libre puede ser destruido pero no derrotado. Es
simple. Es “morir antes que esclavos vivir” cada día. O estar dispuesto a morir a cada instante
(como el Che) si no hay otra opción que ser esclavo.
(Sobre este tema me permito citar un libro, “Hombre Masa”, que es también la Solución de Todo.
Hasta puede ser la solución de este anónimo autor que no es blanco sino gris).     
Arturo
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Respuesta a una “Carta desde el Sur”
Feb 08
Arturo von Vacano