La Cuadratura del Círculo
Arturo von Vacano
Fantástico, la vida muelle. La tarde se había deslizado como si nada. Estaba cansado. Pero sintió por
primera vez en su vida que podía despreciar el idioma. Fantástico. La vida muelle. Detuvo la máquina.
Como de costumbre, la E había saltado al aire, perdiendo la cabeza en el vacío. E descabezada. Y con la
E sucedió: descubrió en ese momentico que podía despreciar el idioma y que ya no podía interesarle
nada de nada. Fantástico, la vida y todo, todo, muelle.
El cansancio, se dijo. No era cansancio de verdad, no era. No era lo que siente el distribuidor de cartas,
póngase por caso. Lo estaba sintiendo desde siempre en el cuello, debajo de la nuca, colgando de los
hombros. No era agotamiento. No era el final de las energías, no era sano cansancio. Era el aburrimiento,
la noia. Aburrirse de estar allí sin tener que estar allí, el desear estar en otra parte y no desear estar en
parte alguna en particular; si se le permite, era estar agotado, eso es, agotado.
El viento se coló entre los cristales de la ventana. (Ah, que tranquilidad, poder por fin decirlo francamente,
y poder despreciar el idioma). El viento hizo Uúúuuuuuú, y estaba bien. Fantástico. La vida muelle. El
hombre lúdico. En Estados Unidos, cuando viajaba de día y de noche, inventó una palabra nueva:
Kennedyana. Entre todos los hombres del mundo, el había sido quien la acuñara estaba dispuesto a
jurarlo aún ahora. Después, cuatro semanas después, tal vez seis semanas después, vio la palabrita en
tipo ocho y en negra en una revista. Pero él había sido el primero en usarla en una conversación seria. Ni
medallas ni nada hubo, sin embargo. La vida nos devora sin pedir permiso ni expresar gratitudes. La vida
muelle.
La dolió el pecho un poco. Antes de irse, visitó un prostíbulo, bebió formidablemente, bárbaramente,
brutalmente y empezó a arrojar los billetes como hojas de almanaque obsoleto. El hombre lúdico.
Los pensamientos vacilaron, no hallaron tema para nutrirse. Escuchó algo afuera. Y, pues, escuchó. Los
tacos de una mujer. Hubo un tiempo, se dijo, en que no podía soportar por mucho tiempo los tacos de una
mujer, tacos taconeando en la noche, en la calle, en las sombras, allí afuera. Sueños eróticos, esperanzas
vanas: Ella viene, Ella viene, aleluya. Ahora ya no. Ahora le daba lo mismo. Antes, se imaginaba un rostro,
unas manos muy personales, un cuerpo que seria para siempre y por siempre, el Cuerpo. Pero ahora,
desde la E que saltó al espacio, ya no, ya nada. Supo mientras escuchaba sus taquitos que la conocía,
fuera quien fuera. Sabía quién era, fuera quien fuera. Y sabía que era la que él esperó desde siempre y,
por esto, la conocía. Y, pues que jamás reconocería el rostro desconocido que esperaba, mejor ya no:
cerró los ojos y recibió bien el silencio.
La madre, puerta de cristales esmerilados de por medio, hipaba entre pulgar e índice sus sintonías de
Mozart, un zamba, un violín aterrador y entristecido, tediosas clases de japonés. El, ya no. Había vivido
veintidós mil horas sin radio, sin voces humanas, apelando a todo su amor por la humanidad para no
aullar huyendo al silencio. Amor filial, amor bueno. Fantástico... (punto aparte).
No estaría agotado, le decía su mente funcionando como un aparato que aceza rebelde, no estaría
agotado con el color del ojo dulce y con el alma de gusto incoloro si no fuera volver al mismo punto y los
dedos, libres, locos, fantásticos, liberados, independientes porque, lo había descubierto allí mismo,
mientras fumaba mirando la calle desierta, todo habría de, no estuvieran huyendo otra vez para deletrear:
Fantást... La madre se quedó con Mozart. Le gustaba, uno lo sabe. Le ayudaba a dormir. Se alegró al
dejarse vencer por la ira una vez más: estaría vivo un buen rato. Los hombres son islas. Los hombres
preguntan a los hombres: nunca te preguntes por quién doblan... Y doblan y el hombre es una isla.
Paradoja, paradojita.
Otra cosa, antes: el reloj pulsera. Siete minutos adelantado. No ocho, no diez, ni nueve, ni seis, sino siete.
Siete sobre siete clavados en la eternidad, siete para adelante viviendo la vida que aún vendría cuando
todo estuviera en orden, siete minutos después. Sentido armónico de la vida. O, como dijo el lama de la
novela de US$ 00.95: vivir moderadamente. Pero no, siempre, toda una muchedumbre de días, viviendo
siete minutos adelante, siete minutos antes, viviendo lo que aún no fue tiempo de vivir: hay un tiempo
para.... Ahora, después de fumarse ese cigarrillo mirando a la calle desierta, se quitó el reloj pulsera, le
dio vida con todo cariño, sintió su palpitar renovado y lo dejó suavemente en el fondo del cajón, remedo
respetuoso de exequias animales en la infancia. Nunca más. Qué sensación de libertad. Qué grande
desprecio y, por tanto, dominio del mundo y de las cosas, y de las pasiones, sólo a cambio de un gesto, la
muerte de la posición de avanzada. Si antes fuera siete adelantado, ya ni siete atrás ni siete hacia el
horizonte: la libertad es la negación de la fraternidad humana. Adiós, me estoy bajando del tranvía y he
dejado de caminar.
Ahora, se aterró por un momento ante la sensación: sin desearlo, estaba aprendiendo a no pensar. Ni
inventar cuentecillos que jamás crecían hasta hacerse cuentos. Ni tener nada en las circunvoluciones.
Nada. Que suave sensación de tiniebla. Cuán corta, porque uno tiene orejas: la madre asfixió a Mozart y
dormía. Se diría, ni dormida ni despierta: Padre Nuestro, que estás en los Cielos, bendice a mi hijo, que
trabaja tanto, que lee tanto, y piensa tanto, y... Oraciones sin razón de ser. ¿Cómo decir alguna vez a la
madre que él mismo, ahora mismo, estaba en el proceso de aprender que nunca había trabajado tanto y
que jamás se había sentido cansado (hay un cansancio de descanso reparador) y que aprenderlo era no
desear ya el esfuerzo de tratar de decirlo?
Aleteó por allí el recuerdo de su hijo, el recién venido, y el deber de llamar a la esposa para preguntarle
por ese hijo, hijo primero, único, sublime desconocido, y saber cómo fue que llegó desde el limbo. Pero no
sintió agitársele ni un sístole: grandes espacios le separaban de la vida anunciada, y ella no podría
hacerle llegar ni su voz ni su mensaje ni su noticia. Lo terrible, se dijo, debería ser que sea así. Pero lo
terrible es que siendo así, no haré nada contra lo terrible: lo mismo da, santas palabras.
Decidió, en otro acto de liberación, prescindir allí mismo de las mayúsculas, porque son otro prejuicio
tradicional. Pensó, pero no pudo. ¡Hopla! no se pueden vencer 18 años de prejuicios así como así. A ver:
otra vez. Puedo escribir las cosas más tontas esta noche, escribir por ejemplo, adiós a la mayúscula,
adiós, adiós, adiós, adiós, que bueno, poder despreciar el idioma, que se amaba antes tanto, y decir, de
dientes para adentro: fantástico, fantástico, fantástico, la vida muelle.
Pudo al fin, y se liberó de las mayúsculas, se dijo que hubo un tiempo en que quiso escribir cosas
sublimes. Ahora, después de fumar el último cigarrillo mirando la calle desierta, se hizo la luz; no podría
jamás, porque no sabía de nada sublime, no había visto nunca jamás antes, nada sublime. No podía
concebirlo. Duró. Posiblemente, dijo, dijo que posiblemente, había visto algo sublime, pero no había
podido reconocerlo. Un día leyó que no hay nada tonto, ni insulso, ni aburrido, ni vacío, el tonto, leyó, cree
que todo es tonto porque todo lo tiñe de tonto cuando le tocan sus tontas manos, pero, cómo quien puede
evitar el ser tonto, quien puede evitar los ojos azules, quien puede evitar el nacer con un espíritu débil
(expresión:?) otra vez, miró llorar a una mujer que le había amado y no sintió nada de nada de nada en un
momento dado, y se marchó... no se marchó, se encerró en un cuarto oscuro durante ocho meses,
mientras duró la plata para que le metieran la comida por la ventanilla.
Al fin —Dios ha vuelto la mayúscula— al fin, como decía diciendo, el hambre le hizo desear a la mujer
cuya mano introducía la bandeja, y la tuvo, y la poseyó, la derribó y le mordió los labios para que no
gritara, y después pasaron muchas veces y sus vértebras se estremecían de asco porque la mujer era
asquerosamente asquerosa.
O... otra vez —dios, la mayúscula ha vuelto—... . . bueno, abreviar: no había descubierto nada mejor en el
mundo entero que el coito. nada, nunca jamás, nada mejor que el coito. pero era debilucho, de hombros
estrechos, y tímido. qué puede hacer en esta vida un hombre tímido de hombros estrechos que no ha
hallado nada mejor en esta vida que el coito (expresión: ?) nada. cómo había sufrido tantos años,
paseándose solo por las calles desiertas de diecinueve ciudades sudamericanas y veintiocho ciudades
norteamericanas y ciento tres pueblos — dónde está la libreta azul— arrastrando su deseo, sin un dinero
el bolsillo, sin atreverse a asaltar más mujeres, sin atreverse a decirles cosas, sin atreverse sin atreverse
sin atreverse. lo malo, se dijo luego después, es que se tiene una conciencia barroca, cristiana, burguesa,
natural, educada, misa de domingo. uno sabe que no, que no debe… hacer caso de la conciencia, se dijo,
pero le hace caso, se come los intestinos de deseo y después, nada. había hecho el amor toda la vida,
pero nunca con una mujer real, de cara real, de cara de carne y respirar real y manos de verdad y amor
real.... descubrimiento: jamás amaba mejor que cuando amaba a la desconocida de siempre, la sin cara,
la sin voz ni nombre, la que nunca llegó, la que se atrasó tanto, que ahora pasaba la mujer de tacos por la
vereda y taconeando en la calle vacía y en la noche tibia, y él ya sabia que no era ella, que no podía ser
ella, ya sabía, ya lo. sabía . . . uno se pone viejo.
finalmente, lo descubrió sin saber cuando: la desconocida no existe, el coito será siempre eso, nada más,
el coito, no miró desde entonces a las calles vacías ni a los ojos de las mujeres porque no eran ella, no
existía, no existe, no está.
después, un día, en marruecos, descubrió que habían empezado a hacer los fósforos muy delgados, y
que no podría jamás nunca hacer nada contra los opresores. frotaba la cabeza de los fósforos contra las
cajas de fósforos y la cabeza se encendía pero cada fósforo se rompió una y mil veces y, finalmente,
descubrió que no podría hacer nada nunca jamás contra los opresores. pero escribió el reportaje, lo
envió, se afeitó y volvió la voz de Víctor—dios, ha revuelto, ha vuelto la mayúscula—con diez dólares más.
descubrió que fabricaban las máquinas de escribir malas y decidió ponerse al servicio de los oprimidos.
hubiera hecho carrera al servicio de los oprimidos pero descubrió que siempre había estado al servicio de
los oprimidos, siempre había hablado por los oprimidos, siempre había escrito por los oprimidos, pero
jamás hizo carrera y, pues, se aburrió de los oprimidos. después de todo, los conocía y hedían. hedían
siempre, y no podía soportarlos. despertaba por la mañana, solo, y sentía el hedor de los oprimidos. Fue
cuando descubrió que odiaba su propia cara.
después se había paseado por diez semanas por el Greenwich Village... ya no se puede, hay que aceptar
la mayúscula, esto es una jaula, una jaula. ¿habrá fuerzas para rebelarse? en el greenwich village no
habló con nadie, descubrió sus fotografías, las que tomara en el callejón de huaylas, en el perú, y
descubrió que tenía 114 fotografías sin un rostro humano, ni uno solo, porque tampoco había hablado con
nadie durante esas cuatro semanas. se sentó una tarde en cubierta para mirar colón, y nada; panamá le
descubrió la verdad: no podía comunicarse con nadie, jamás había hablado con nadie, el mundo le miraba
con desconfianza y .con horror a pesar del english leather y a pesar de que los miraba él a ellos con cara
de conejo triste, implorando piedad, amistad, calor, cristianismo.
ahora descubría que la mayúscula, después de todo, como el acento y el punto y coma, son prejuicios, y
que . lo mismo da el usarlos o no; la libertad no es cosa de puntos ni comas.
entonces, descubrió que un hombre que no habla con nadie durante diez semanas en el poblado más
habitado de la tierra, no ha nacido; no ha estado vivo nunca, es un fantasma. 30 años, pensó.
tristemente, se dio una palmada en la espalda, había que felicitarse: no todo el mundo vive muerto
durante treinta años y lo soporta y sobrevive y se las arregla para sonreír al vecino, Sólo que....
Ahora, estaba descubriendo que el idioma es más fuerte que uno y que jamás podría escribir nada bueno
ni nada estable, es decir, digno de permanecer, si no podía descubrir palabras diferentes de las que
usaba, si no descubría palabras nuevas, frescas y virginales, domeñar los verbos, adquirir cierta
disciplina, hallar algo que decir, es decir, para decirlo y creer en el decirlo, Finalmente, escribió con
mucho cuidado porque había descubierto que amaba el idioma, amaba el decir cosas, amaba el fijarse en
los rostros y por eso había pasado como 19 días saliendo al parque, para mirar a los niños y
acostumbrarse a la idea de que tendría un hijo, pero no había podido porque la idea era absurda: él, un
hijo.
Finalmente comprendió que seguía usando el jamás, el finalmente, el definitivamente y todo eso, aunque
nunca jamás juró, sabiendo que no podía. Nadie podía usarlos y, después de todo, jamás nadie nunca
precisaría usarlos, ni decirlos, porque no hay nada a qué aplicar el nadie nunca jamás siempre eterno
irrevocable siempre.
Antes, había esperado hallar la amistad y se había metido en los callejones. No era cobarde; había
pasado por la sodomía y la homosexualidad lo más campante y la cosa no le dejó huella. no lo deseó otra
vez ni tampoco se sintió sucio. pensó, tal vez, si, por qué no decirlo, allí se podría hallar otra clase de
amistad, diferente, pero amistad; que tal vez allí, por fin, estaría oculta la amistad: uno lee libros de lo más
extraños. Pero nada. se acordaba, claro, pero no sentía nada. fue como beberse un vaso de agua.
rascarse, orinar,
Finalmente se había sentado en una silla, después de reunir algunos pesos, y había dicho al doctor en
Santiago: estoy loco. el doctor aceptó la idea. cuando pensaba en todo el dinero que le fuera tomado a
cambio de píldoras verdes, se sentía enfermo. pero nada. NO estaba loco, y no había nada que hacerle,
sólo precisó un cambio de aires. fue porque lo mandaron y dijo al médico en río: estoy loco, pero el
médico aceptó la cosa porque no sabía quien está loco y quien no, y en río tomó píldoras azules hasta
que se aburrió y dijo: es lástima, no estoy loco. parece imposible, pero es así; consuélate.
nunca quiso aceptar que todo había comenzado con una visita a la loquería y con el gusto que le había
tomado al jardín aquel, tan bien cultivado, tan tranquilo, tan dulce, tan tumba elegante.
Una noche, tendido en la playa en río y pensando en las preguntas que preguntaría al primer ministro, se
dijo que todo debería estar en el centro de su cerebro y que la solución, la cuadratura del círculo, tenía
que estar dentro de uno mismo y no a dos pulgadas de la punta de cada nariz, no podía ser de otro modo,
se dijo, y pensó en las guerrillas del norte, y en los cangaceiros, y todo eso. se durmió tranquilo, y pasó
diez días sentado en la playa y sin hablar con nadie, buscando la manera de hallar la cuadratura del
círculo dentro de si mismo, pero nada. ¿Qué decir?
Por fin se dijo que la solución, la paz del alma, la liberación, debían de estar en la piel, y pasó dos meses
trabajando en un bar en Acapulco, tomando luna de noche y amando desesperadamente hasta el último
centavo de sueldo, y hasta hubo veces en que sintió simpatía en ellas. pero no; salió de allí más triste que
antes y para entonces había vuelto a la religión porque la soledad le laceraba hasta arrancarle lágrimas
por la madrugada.
Hasta que retornó y estaba sentado en la misma silla en el mismo balcón frente a la misma máquina de
escribir vieja donde comenzara todo 18 años antes, y se sentía tan igual, tan joven y tan viejo como
entonces y se sorprendió porque nunca antes nada le había sorprendido jamás.
Entonces comprendió que había terminado por morderse la cola y que la madre, simple, bondadosa,
sencilla, tonta, increíble, inmortal, humana, se lo había estado diciendo dentro de cada fruslería que le
contaba al tomar te con leche y pan.
Halló que nunca, supo que jamás, descubrió que finalmente, sintió que no, descubrió que nada. Así que
fue hasta la cama, apartó las frazadas y las sábanas, se desvistió cumpliendo con el ritual, se persignó
por costumbre, se dijo que: Fantástico, la vida muelle, y fue, cruzó el cortinaje, ni miró siquiera la calle
vacía y oscura, y se estrelló allí abajo.