Arturo von Vacano
Su Opinión
Arturo
Lechin, o la Anarquía Mental
Sus Libros
El último ganador del concurso de novela mas importante (por
ser el único, parece) provocó intensa curiosidad entre los cuatro
gatos que siguen esas noticias porque les interesa la longevidad
de ese evento: permite en teoría que un escritor se haga “rico”
por un lapso además de darle difusión mundial o poco menos.
No habiendo alcanzado aún renombre entre las letras
nacionales a pesar de la ventaja que le da la fama local de su
nombre y el tiempo libre que le compra su buen pasar, es
natural que quienes ponen sus esperanzas en ese premio
supongan que el ganador 2003 podrá ubicarse después de
ganarlo, si no entre los Saramagos, por lo menos entre los Baily,
los Skármeta y los Paz Soldanes del momento continental.
Y, porque la difusión de sus esfuerzos anteriores ha dejado
bastante que desear (¿existen?), esa curiosidad se agudiza con
el dato de que la gestación de la obra vencedora tomó siete
años en las playas del desierto peruano (si fue limeño, debe
haber sido entre los bikinis de Waikiki y Las Cascadas) y con
algunos chismes que dicen que su tópico central es el coito,
actividad cuyas variadas descripciones literarias siempre atraen
a las multitudes. (Aún así: ¿siete años para describir coitos?)
Es entre tales esperanzas justificadas y dudas inevitables que
aparece ante el juicio universal una columna firmada por nuestro
autor comentado (dicen que reincide de cuando en cuando).
Esos siete párrafos lanzan sin gran esfuerzo tales esperanzas y
dudas al tacho de basura más cercano porque resultan una joya
como muestra de la hórrida anarquía mental de que sufren su
autor y millones de sus compatriotas cada vez que abren la boca
o cogen una lapicera.
Dos lecturas de “¡Hablemos de manera directa!” (31/03/2004 La
Razón) firmada por Juan Claudio Lechín W.* (la * dice que se
trata de un escritor) nos empujan a mirar esa muestra con
profunda tristeza, enorme insatisfacción y no poca desesperanza.

Basta con un párrafo, que copiaré, para aprender que Lechín ha
decidido ignorar olímpicamente los diccionarios para dar un
sentido personal y propio a casi cada palabra y convertir su
prosa (y su pensamiento) en un tremedal horrendo que no sólo
extravía a sus lectores sino que les causa horribles vahídos y
disgustos.
Ahora el botón de muestra:
“Desde hace muchos años, y con frecuencia, he escuchado —
sobre todo a la gente culta e informada— el reclamo de ¿por
qué los bolivianos y, por extensión los latinoamericanos, no
hablamos de manera directa y andamos siempre con rodeos?
Siempre tuve esto, que ya se ha convertido en una acusación de
ineficiencia innata o subdesarrollo mental, como una espada de
Damocles”.
Tal, el párrafo primero.
Y el comentario:
“Desde hace muchos años” – este bolivianismo redundante afea
el idioma de modo torpe, además de traicionar la “kultura” de
quien lo usa: “Hace mucho años que...”  es un modo más directo
de decir lo mismo, además de demostrar que el autor en este
caso cree en lo que dice, o pone su plata donde está su
palabra: es más “directo”.
“reclamo” – según el diccionario: “Propaganda, anuncio,
publicidad, especialmente tratando de espectáculos, artistas o
artículos comerciales.”  Lo que quiere decir aquí Lechín es
“reclamación”: “Oposición o impugnación que se hace a una
cosa” (en este caso, una actitud.).
“…bolivianos y, por extensión los latinoamericanos,” – además
de que le falta la coma tras “extensión”, este prejuicio gordo
contra 290 millones de almas es en su fondo un dislate. Sabido
es que sólo las personas educadas pueden crear poemas en
sus diálogos cotidianos. El resto habla a las patadas, que es lo
que Lechín dice preferir aunque hace algo diferente.
“de manera directa” - ¿Qué quiere decirnos? ¿Que todos
debemos ser caballos y no caballeros al hablar, y que debemos
hablar como hablan algunos gringos? ¿Que siempre es mejor
decir “usted es un ignorante audaz” en lugar de insinuar, “vaya a
comprarse un diccionario, poeta”?  ¿Que hay que llamar “gordo”
al gordo, aunque sea simpático y apenas corpulento? ¿Que ya
no es verdad aquello de que lo cortés no quita lo valiente?
“Siempre tuve esto” – otro bolivianismo feroz: ¿a qué se refiere
este “esto”?  ¿Al reclamo? ¿A la actitud? ¿Ala coyuntura
universal y mística creada por ese “reclamo”?
Este “esto” delata flojera intelectual, pobreza de léxico y escasez
de imaginación.  
“acusación de “ineficiencia innata” - ¿Qué es “ineficiencia”?
¿Quiso decir “ineficacia”? ¿Puede ese defecto ser “innato”?
Leamos un diccionario: Eficiencia - Aptitud, competencia. No
debe confundirse con eficacia (fuerza y poder para obrar,
validez).
“o subdesarrollo mental” – que, al mencionarlo, si existiera, se
acrecienta su prestigio, alentando a los “desarrollados
mentales”, si existieran.
“como una espada de Damocles” –  La muy manida figura no
resulta muy útil: la espada que cuelga de un hilo sobre la cabeza
de un rey es apenas ilustración apropiada para la costumbre de
no decir las cosas con brevedad, elegancia, amabilidad y
eficacia, virtudes que, es dable creerlo, intentaba elogiar nuestro
autor.
Invito al lector a analizar el ejemplo siguiente, que inicia el
segundo de esos párrafos  singulares que lastiman todo oído
excepto el que aquí se inventa: “Aguzando el oído gramatical
resulta evidente que una joven en lugar de decir “no”, de
manera frontal, diga “aprecio mucho tu amistad y no quisiera
perderla”….”.  (¿Qué es aquí “oído gramatical”? ¿Y qué,
“manera frontal”?) A este disparate siguen otros igualmente
atrofiados que ya no puedo copiar.
La columna de la que extraje estas perlas es un verdadero collar
de inexactitudes, falsos juegos de palabras y otras maravillas
que confirman mi temor de que Lechín no escribe, es posible, en
español ni en castellano sino en “lechinés” o “lechino”, un
derivado de la lengua de Cervantes al que se arriba después de
muchos años (¿siete, tal vez?) de pensar, leer y escribir sin
preocuparse jamás por aprender el sentido exacto y el sentido
lato de las palabras.
La defensa de que se trata aquí de un innovador del idioma
resulta débil para quienes leyeron a Hemingway (Ernest anduvo
de playa en playa, pero sudó sangre para aprender el oficio) y
recuerdan que nos enseñó: “nadie puede romper las reglas sin
antes conocerlas”.  
Parece que la vida entre almohadones puede conducirnos a
estos feroces desmadres, como dicen en el Zócalo, lo que tal
vez demuestra que no es fácil ser el heredero del sindicalista de
mayor éxito que estas montañas hayan visto, pero explica su
prosa.  
Si así escribe el ganador, ¿cómo habrán escrito los perdedores?
Pero ahora, a gozarse con el libro de los ocho mil dólares
de Lechin
de Siles
sobre Siles
Opine Usted