Lechín y Siles (3)
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Tremedal
(31/03/2004)
¡Hablemos de manera directa!
Juan Claudio Lechín W.*

Desde hace muchos años, y con frecuencia, he escuchado —
sobre todo a la gente culta e informada— el reclamo de ¿por
qué los bolivianos y, por extensión los latinoamericanos, no
hablamos de manera directa y andamos siempre con rodeos?
Siempre tuve esto, que ya se ha convertido en una acusación de
ineficiencia innata o subdesarrollo mental, como una espada de
Damocles.

Aguzando el oído gramatical resulta evidente que una joven en
lugar de decir “no”, de manera frontal, diga “aprecio mucho tu
amistad y no quisiera perderla”. Ocho palabras para sustituir
una. O en lugar de “¡está despedido!”, un jefe término medio
diga: “Querido Ordóñez, apreciamos enormemente su trabajo,
usted es un empleado ejemplar, pero la situación de la
empresa…”, y el rollo se extiende hasta concluir diciendo:
“Somos conscientes que usted tiene nueve hijos, por lo que le
daremos una carta de trabajo ajustada a su calidad y
desempeño”. No entraré en mayores narraciones porque habría
que escribir un libro voluminosísimo, que además no tendría
ninguna posibilidad de ser premiado por nadie y ni siquiera leído
por la “vanguardia”.

Empero, a pesar de estas breves narraciones sigue la
preocupación, plagada de ribetes de automancillación, a las
cuales somos tan dados. Pero si en lugar de flagelarnos y de
encontrarnos defectos nos miramos con el fin de entendernos,
podremos descubrir que esas vueltas son propias de los
refinados lenguajes de corte. Y nosotros somos herederos de
dos culturas de corte: la española y la incaica. Los modales, las
formas finas de decir las cosas, las vueltas, hijos de las intrigas
cortesanas y los gestos vigilados, son sofisticaciones que nos
son propias.

Y no olvidemos que de “corte” viene la hermosa e importante
palabra: cortesía. Es verdad que hay que estar prevenidos
contra la enfermedad de esta hermosa condición, y es
precisamente la del “latero”, el que nos da lata sin misericordia,
y del vivillo, otra viruela de la lengua. Pero ya vemos que se
trata de la enfermedad de una condición y no de la condición
misma. Aunque por otro lado, existe la enfermedad inversa, la de
una sorprendente cortedad, pero es el extremo sublime: la
poesía, gracias al bello y profundo trabajo de un ser excepcional
que significa tanto en tan pocas palabras.

Fíjense que los japoneses que son desarrolladísimos, y por
pertenecer también a una cultura de corte, no tienen la torpeza,
que equivocadamente hemos llamado “lenguaje directo”, para
decir las cosas. Por ejemplo, entre ellos está mal visto y casi
prohibido decir “no”. En los norteamericanos es comprensible
pues la ocupación europea de esos territorios la hizo gente
desplazada de Inglaterra, con baja o ninguna educación. Ellos
esgrimen, seguramente con mucha utilidad para sí, este tipo de
coloquio directo. Pero se trata de otra cultura.

Hoy vivimos un momento fundacional y muchos quieren que este
complejo problema se despeje con slogans y fórmulas “directas”.
Pero crear y concordar una nación es un largo proceso donde lo
único que tenemos son las palabras. Si lo hacemos bien nos
daremos cuenta de que fueron las necesarias.

De esa manera, no se trata de largar un cohete lingüístico para
hacerse entender, sino llegar al punto con gracia y distinción,
propias de nuestra cultura, y, claro, con sentido.

*Juan Claudio Lechín
es escritor.   

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