Entre las novedades que han traído las últimas elecciones en USA debe considerarse
la nefasta influencia del billón de blogs que aquejan no sólo a USA sino al mundo
entero.
En realidad, nadie sabe cuantos blogs pululan por esa red sin límites definidos, pero
nadie (con un algo de educación) duda ya de que la “democracia a la Internet” es una
enfermedad social que podría provocar un caos universal definitivo y violento al
confundir de mil maneras la verdad con la mentira.
Este potencial letal de la Web se debe a la libertad que tienen autores y
administradores de blogs y sitios en la Red de presentar su obra y sus opiniones sin
verse obligados a firmarlas como corresponde a todo ente bien nacido y responsable.
En efecto, la característica principal del Internet como medio de comunicación es el
anonimato que garantiza a todo aquel que mete sus opiniones, su ignorancia y sus
prejuicios en el Web aprovechando que nadie le obligará a firmar sus errores y menos
a pagar las consecuencias de tales errores.
El resultado es la divulgación masiva a niveles jamás vistos de falsedades, idioteces,
canalladas y maldades que convierten la comunicación humana en un océano de
absurdos y conduce a fanatismos y creencias que niegan la principal habilidad del ser
humano como ente pensante.
Los ejemplos que subrayan este mal en USA son numerosos, pero baste citar algunos:
gracias las mentiras y las canalladas de gentes no calificadas millones de personas
creen hoy en día que Barack Obama, el próximo presidente de USA según se dice, es
“musulmán”, “árabe” y “terrorista”, por citar tres de las falsedades que más circulan en
la Web, y el resultado ha sido un primer complot para asesinar no sólo a Obama sino a
88 personalidades negras en USA.
Hace años ya que existe una red mundial de tráfico de niños destinados a satisfacer
los apetitos sexuales de millones de degenerados, tráfico que es posible porque
quienes manejan los sitios en que se comercia con esos niños ocultan su identidad
como mejor pueden. El tráfico de esclavos y mujeres es posible también porque el
Internet protege la identidad de quienes lo manejan.
Pero no es necesario citar esas plagas universales creadas por el Internet para
demostrar los venenos que la Red siembra al difundir mentiras y absurdos sin control
alguno.
El principal cómplice del Internet en la difusión de “información” falsa es, por supuesto,
la ignorancia de quienes hacen y quienes leen esa “información” y no tienen modos
para entender que es falsa y está destinada a engañar a las masas.
Una minoría mínima ha aprendido ya que el material sin firma, los textos que no citan
orígenes claros y precisos, las afirmaciones que se basan en nada más que
generalidades, está destinado a servir fines inconfesables y explotar la credulidad de
las mayorías.
De entre las ideas que hicieron posible esta nueva “libertad” la más perniciosa es la de
que todos tenemos derecho a una opinión y a difundirla sin decir al mismo tiempo que
es nuestra y que estamos dispuesto a responder por ella si tal fuera el caso. Esto es,
apenas unos pocos aceptan la idea de que toda opinión sin firma y toda “noticia” sin
fuente clara y reconocida no es información sino basura.
Por el contrario, una muchedumbre inmensa que se sabe ignorante, conoce su propia
mala fe y su interés por engañar a los demás, grita y reclama el derecho de proteger el
anonimato personal que permite la continua difusión del material que engaña a las
masas y provoca conflictos y discusiones absurdas.
Puesto que es imposible crear leyes universales que garanticen la madurez de los
lectores del Internet, sólo resta la esperanza de que tales lectores aprendan a leer el
Internet de modo responsable para salvar su sanidad mental y dar autoridad a sus
propias opiniones.
Esto es, que aprendan no sólo a ignorar y rechazar las oleadas de basura cotidiana
con que se les ataca sino también a protestar y criticar a quienes crean esas montañas
de basura, tarea que es harto fácil: basta con buscar al firmante de cada nota o la
fuente de cada noticia. Si tal información esencial no aparece por ningún lado, el lector
del Internet está permitiendo que se le engañe como al tonto que probablemente es.
Pero no basta con un nombre y dos apellidos. Como hace toda publicación en papel
que es honrada, todo sitio del Web debe agregar a esos nombres los datos personales
que dan autoridad al firmante y a sus opiniones. ¿Quién creería en la autoridad sobre
música clásica de una persona sorda? Un error similar o peor se comete cada vez que
un lector del Internet se “traga” una mentira absurda porque está bien presentada.
Conocido es el caso de Wikipedia, la enciclopedia universal que nació con las mejores
intenciones y se convirtió con rapidez extrema en el depósito más grande del universo
de falsedades, estupideces, absurdos y difamaciones. Hoy, Wikipedia cuenta con un
ejército de censores que intenta pero no puede mantener “limpio” ese sitio. En otras
palabras, no es la fuente de conocimientos que sus fundadores soñaron y ellos son los
primeros en advertir que hay mucha distancia entre la verdad y lo que Wikipedia dice,
trate de lo que trate. ¿Cuánto mal hacen los sitios creados especialmente para difundir
propaganda, falsedades y mentiras sin aceptar su responsabilidad sobre su contenido?
Sólo una persona de mala fe puede defender a ultranza el anonimato o el uso de
seudónimos en publicaciones de cualquier tipo sean en papel o digitales. Quienes se
niegan a ocultarse tras tales prácticas saben perfectamente bien que nada confiere
más autoridad moral a quienes usan su nombre y apellido para defender sus
convicciones y a quienes pueden demostrar que su experiencia personal confiere más
influencia a sus opiniones. Los defensores chinos de los derechos humanos son
brillantes ejemplos de esta actitud responsable y son beneficiarios de la admiración y
el apoyo que les dan millones de personas que conocen su labor. Varios salvaron la
vida porque firmaron siempre sus opiniones.
Pero la principal motivación que debería guiar a todo lector del Internet en este
aspecto es el respeto que se debe a sí mismo como ser humano. Nada es más trágico
(y estúpido) que morir o vivir ignorante y engañado, incapaz de decidir el lugar que
cada quien ocupa bajo el sol. Es decir, de educarse.
Como Combatir la Estúpida Democracia del Internet
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