Diablo en el Cuerpo
Arturo von Vacano

Una sorpresa harto desagradable fue la llegada de buenas a primeras y bajo una nevada nocturna
de una caja de documentos, cartas, fotografías e impresos varios como aditamento a una exigencia
no expresada pero ineludible en una angustiada mirada celeste.
Lo fue más porque esa demanda muda conminó a estudiar tales objetos para luego intentar una
interpretación de la singular historia que relataban con su mera presencia accidental. Su destinatario
era, tal vez, el único testigo capaz de “leer” esa historia latente al estudiar esas cosas. La sugerencia
de que de esa “lectura” dependían una vida humana si no dos y la suerte de varios terceros que no
por desconocidos serían ignorados añadió cierta urgencia a un esfuerzo sobre el que nadie pudo dar
garantías de que concluiría así fuera en un éxito parcial.
Si se añade a tal disgusto el que esa caja negra hubiera llegado en brazos de una mujer niña de
mirada nublada por una pena atroz que la depositó ante el anciano para obligarle a recordar a un
compañero de primeros estudios (el que menos apreciaba pero mejor recordaba) con una sola
palabra expresada como suspiro, se entenderá el agobio que cayó sobre el anfitrión apenas se vio
ante esos materiales traídos a toda prisa. Una campana tímida y lejana le recordó que disponía de
media hora de lo que le restaba por vivir para dedicarla al mensaje latente que componían las cosas
a las que debería aplicarse de inmediato forzado por el nombre de pila de su viejo conocido.
El índice y el medio le sirvieron para extraer sin esfuerzo un antiguo cuaderno que reconoció al
instante. Desmentía su misión de Cuaderno de Cálculo con una imagen trazada a lápiz sobre la
cubierta para sugerir las ampulosas formas que hicieran cinco siglos antes los placeres prohibidos
de los comerciantes holandeses. No sonrió al recordar que su autor la trazara para seguir las
abundancias de las mujeres mestizas de humilde origen con que ambos escolares descubrieran y
experimentaran las ventajas del sexo cuando se lo practica de salvaje manera.
Las circunstancias le forzaron a rechazar la memoria, tan diluida ya, de los placeres y orgías
compartidos bajo una selva amenazante y más furiosa que una tormenta de verano y buscar, más
bien, algún recuerdo que le conectara a este trazo capaz de provocarle tantos recuerdos sin más
virtud que la vivacidad de la imagen, inocente pero erótica como sólo puede dibujarla un niño.
Pensó entonces sin saber cómo ni por qué en el instante aquel en que, reunidos ambos amigos en
Madrid, este niño artista hecho embajador por el tiempo le confesara que, entre los sonidos,
canciones, coros masculinos y femeninos, truenos y bombas que le lastimaban los oídos lacerados
por un mal invencible estaban empezando a distinguirse los quejidos apenas mascullados de un
recién nacido de piel de cobre y ojos rasgados al que había visto apenas dos veces, una cuando
naciera y la otra cuando murió.
“Recuerdas a la Balbina”.
El embajador lo había dicho dándolo por cierto sólo para verlo negado. De entre los rostros de aquel
entonces, ¿quién si no Su Excelencia podría recordar a la mestiza Balbina? Tal pregunta engendró
una breve e increíble historia que el diplomático mascullara angustiado.
“La Balbina me enseñó a amar. Yo apenas era un mostrenco. Tendía una sábana enorme en el
jardín y retozábamos hasta agotarnos. Éramos dueños de la mansión, nadie podía venir a
interrumpirnos. Pero alguien vino por fin, y la Balbina desapareció. Sólo cuando escuché los quejidos
del niño y mi abuela me mandó a ‘buscar ese gato’ pero me topé con el que nació, comprendí mi
castigo. Y luego, cuando lo escuché tirado en el callejón hasta que lo hallé y agotó sus quejidos,
comprendí nuestro castigo. Pero jamás dije nada. Jamás, hasta hoy. Ahora, ese niño ha vuelto”.
El anciano recordó el rostro acongojado del hombre y halló inevitable la conclusión de que aquel
niño mestizo gimió constante en los oídos del diplomático durante más de tres décadas.
La idea de que el tinitus se cura sólo con la muerte le indujo un pálpito de lástima que se perdió al
dibujársele el mismo rostro tres lustros más joven, dominado por una sonrisa que intentaba disfrazar
un temor nuevo. Esta era una escena del carnaval provinciano en los Yungas y en la jungla que
había sido fondo de muchas de sus fiestas y jolgorios. Disfrazado de mosquetero con unos bigotes
improbables bajo un sombrero y una pluma de gigantes, su amigo le miraba cara a cara, un tanto
bebido, para confiarle otro secreto:
“Mi hermano dice que he perdido todo el  karma que tenía”.
Karma era, para este hermano, para su amigo y para él mismo, el aura que garantiza la existencia de
un alma inmortal y amable con la que nacemos. Karma es, como saben todos, ese céfiro espiritual
que se va perdiendo a medida que los placeres y las ambiciones con que nos tienta el mundo van
consumiendo nuestros días y nuestras almas.
Antes de preguntarse si creía todavía en el karma, nuestro testigo recordó, no, vio más bien en su
recuerdo los ojos del mosquetero que le miraban de tan cerca que parecieron espejos y que, supo
ahora que aquella fue la vez primera, le presentaron dentro de esos ojos verdes la presencia de
otro, la de uno de ojos harto oscuros y rasgados.
El anciano se tomó la barba con la zurda, parpadeó para atrapar esa memoria y decidió que tal
presencia fue ajena a la persona del mosquetero que así lo miró. Ató cabos en un mal instante y
asoció ambos recuerdos para justificar las supuestas esperanzas de la niña muda de los ojos tristes.
Sólo yo, dueño de estas confidencias, pude haber alcanzado esta conclusión, se dijo, alentado para
continuar la exploración de su memoria.
Buscó pues, entre sus propios papeles, un retrato. No el del embajador que fuera mosquetero en los
Yungas, sino el de un muchacho rubio de ojos negros y brillantes, un niño tan joven entonces que
nunca le mereció la atención que los adolescentes merecen entre adolescentes. Arrepentido ahora
por no haber cruzado palabra alguna con el muchacho cuyos ojos veía arder entre sus dedos,
descubrió allí la mirada de quienes han visto y pueden ver lo que él mismo se había negado siempre
a ver.  
“Es tan difícil ser un hombre, que nunca me atrevería a ser un dios”, el vuelo de la memoria le dejó
escuchar su propia frase, indistinta, jocosa, tan joven entonces, cuando renunciara para siempre al
contenido de esos libros gruesos y secretos que enseñan a ver cosas que otros no pueden ver. El
muchacho del retrato había optado por el otro camino, decían entonces, y de él se contaban cosas
misteriosas, mágicas, a veces aterradoras. Podía ver el futuro propio y ajeno, decían, y podía dejar
su cuerpo para visitar otros universos. Podía ver la vida de cada quien del primero al día postrero y
se la había resumido a más de uno para provocar locuras, ira o miedo cerval. Podía, ahora quiso
creerlo al recordarlo, ver el karma de su hermano mayor o certificar que lo había perdido. Sopesó la
idea por un instante y no vaciló en creerla certera. Se preguntó si una vida tan corta, la del futuro
embajador, pudo haber agotado ya su medida particular de vicios y placeres en aquel lejano día.
Mirando la propia, no vaciló en decidir que si, que así pudo haber sucedido.   
Pero, perdida su alma ya, ¿para qué podía necesitar aquel embajador de este anciano? ¿Es que
había olvidado el día en que su amistad naufragara? ¿Qué carrera política no está hecha de
convenientes traiciones?  Valorando la sufrida a manos de este amigo perdido, nuestro testigo se dio
por satisfecho ante la situación entre ambos como la veía esta noche: una amistad rota a cambio de
mayor paz y tranquilidad. Como tantos otros, también el anciano se había quedado solo pero no lo
lamentaba; de mis soledades vengo…, afirmó su manida convicción.
Pero entonces vio con claridad meridiana el Tetragramaton de Salomón. Lo vio dibujado a tiza sobre
el piso de cemento bajo la luna del Altiplano, grande y generosa, lo vio limitado por las cinco velas
enormes que robaran aquella misma tarde, lo vio perfecto en su simetría, obra de días de esfuerzo.
Había trabajado toda la tarde en revisar el ritual, leerlo cien veces, vacilar y dudar antes de ejecutar
el experimento, y ya listo y dispuesto, de pie en medio de la estrella en la circunferencia y con su
amigo espalda a espalda, ansioso de abrir puertas prohibidas con un encantamiento que le permitiría
derrotar a la muerte con un gesto sencillo de prestidigitador.
Y se vio hecho un mago de cuento que empezara sin la menor vacilación la letanía que debería
atraer a la Corte del Señor de las Moscas y que entendió a medida que recitaba su texto embrujado
que aquella ceremonia era otro de los sublimes disparates de su enfermiza imaginación. Con gran
urgencia y a medio camino entre este mundo y el que negaba suspendió la oración maldita sólo para
descubrir a espaldas suyas que su amigo de infancia había creído en él más que él mismo y se había
tragado la lengua y se asfixiaba y el experimento amenazaba con terminar con un cadáver auténtico,
novedad espantosa que se apresuró a combatir aplicando violentos puñetazos en el pecho de su
víctima hasta que ésta escupió un salivazo verde y enorme para recuperar la sana costumbre de
respirar.
Suspiró ahora al entender que esa fidelidad canina le ataba al hombre sin karma y que debería
continuar buscando entre los objetos que azuzaban su memoria para cumplir el deber que acababa
de descubrir. Aquel muchacho embajador había puesto su vida en sus manos y reclamaba ahora que
se la devolviera. Por eso había llegado esa niña triste a tocar su puerta. Venía a reclamar el pago de
una deuda adquirida cuando ni uno ni otro pudo entender todavía esos compromisos.  
Dispuesto ya a liberarse de esta carga rebuscó entre papeles y recuerdos aquellos datos que
pudieran guiarle hasta el episodio que los había traído a su escritorio. No había necesitado de ningún
otro para informarse sobre su deuda, pero más allá de esos recuerdos, nada ataba ya a ambos
destinos. Nada tampoco emergía de lo que miraba con el ojo o con la memoria. ¿Qué más pudo
haber sabido sobre este amigo de infancia? ¿Dónde podía mirar para encontrarle otros rasgos?
La hora más negra y anterior al amanecer le ofrecía su indiferencia nevada cuando entendió que no
había perseguido todas las facetas de este pedido de socorro. También la mujer niña era parte de
este singular llamado. Se dispuso a conocerla.
Su visitante había tomado asiento en un cómodo sofá y lo había transformado en lecho cuando la
fatiga la dominara al fin y se entregara a un sueño nervioso del que la sacó la mano fría del hombre
al que creía médico de oscura fama.
Leyendo la pena profunda en su mirada, el anfitrión no halló sombra de temor ni en los ojos ni en el
gesto. La angustia se debía, concluyó, a la historia que traía consigo y que pudo no haber relatado
nunca si nadie se la hubiera pedido. Alerta y nerviosa, escuchó las palabras con que la alentó a
explicar su presencia en esta extraña noche.   
“He sido loca durante 20 años”.
Parpadeó al escuchar tan original comienzo. No descubrió cambio alguno en la mirada triste que se
hizo helada. Se sorprendió apenas cuando la voz monótona y susurrante le trasladó a una playa del
Pacifico fría y agresiva con sus piedras negras bajo el cielo siempre nublado de Lima, playa fea que
yace detrás de un manicomio privado con cien pasos entre orilla y muro.
Sana durante un lustro, Mariana había sufrido un mal desconocido que se tomó otro para enterrarla
viva dentro de su cuerpo de niña. Privada de sus sentidos a no ser la vista, vivió inmóvil años
incontables ante una ventana amplia de cortinas verdes y entre los cuidados de una familia
sacrificada que fue dilapidando sus pocos bienes en la esperanza de hallar la llave que le permitiera
fugar de su prisión de carne. Maniquí que respiraba apenas, siguió los pesares de los suyos sin
parpadear siquiera pero muy consciente de cada tragedia, cada muerte y cada pena hasta que un
mal día dedujo que nadie vendría ya a visitarla. Olvidada de todos pero dueña de un ingreso ínfimo
que costeaba su dieta de canario, pasó de una vieja silla de ruedas a la función a la que le condenó
el humor tétrico de un médico que terminaría como paciente: convertida en mueble, coleccionó
sombreros extraños en un rincón ante la indiferencia o las risas de internos y practicantes durante
una serie divina de inviernos.  
Como muda percha vieja hecha de huesos pudo haber concluido sus días si al cerrar uno de tantos
no hubiera sido hallada entre sus sombras por un hombre de medios, de sonrisa audaz y de mirada
extraña que, clavada en la suya, le confesó su secreto: alguien  dominaba al intruso, alguien cuyos
diminutos ojos negros y rasgados atisbaron a la enferma desde los ardientes ojos verdes del
visitante con más odio que curiosidad, con destellos de muda furia. Se lo dijo en dos palabras porque
la creyó ciega a pesar de sus ojos celestes de porcelana. Fue una confesión resignada que incluyó
en detalle los crímenes cometidos desde el fin de una corta infancia, cuando viera dos veces sin
conocerlo al muerto recién nacido que ahora le escupía su perenne odio desde cada espejo. La hizo
confiado en el silencio garantizado de la sordomuda bella de brazos albos que imitaban a un
candelabro del que colgaban dos o tres sombreros ajenos y que jamás la repetiría y fue preludio de
otra que nunca tartamudeó aunque la mujer niña la adivinó como adivinan las mujeres esas cosas.
Tras mostrarle el monstruo que le había abierto el infierno, el hombre de la sonrisa audaz repitió sus
visitas puntuales durante incontables veranos que añadían arrugas y suspiros a un rostro que
degeneraba sus rasgos de visita en visita hasta que este amante sin esperanza y su amada inmóvil
descubrieron mil portentos porque, antes de sentarse, Mariana habló.
“Son las cinco y hace frío”.
El pasmo de los presentes se proyectó como cordel de pólvora negra en un estallido de voces, gritos
y alarmas que atrajo a medio centenar de jovenzuelos y estudiosos no tan jóvenes en un torrente de
incrédulos o azorados testigos. Hubo un paciente anciano o dos que recordaron casos parecidos y
coincidieron en que la frase dicha no sería milagro sino excepción: otros habían vivido antes el mismo
portento sólo para seguirlo con décadas de nuevo silencio.
Mariana, sin embargo, curó como antes había enfermado, sin que nadie pudiera explicar ni el mal ni
su ausencia ni la claridad meridiana con que relataba sus recuerdos, las penas vividas y
presenciadas desde dentro del cuerpo que debería aprender a manejar. Mimada por especialistas y
legos, propiedad ahora de una institución que recogía prestigio de los relatos ciertos o falsos sobre
su vida y su salud, abusó de la ventana de cortinas verdes y de las puestas del sol cruel sobre el
desierto y el mar para interrogar a propios y extraños sobre el mundo ese que asomaba en otras
ventanas y para recibir cada tarde, capricho tan femenino, al hombre de la sonrisa audaz y los ojos
verdes malditos.  
Poco le duró el verano de sus alegrías sin embargo, porque el hombre que la amaba le apagó el
alma cuando le gritara entre lágrimas que jamás repetiría las visitas que la habían hecho tan feliz.
Cogiéndole las manos, le forzó a clavar una vez más la mirada celeste en sus ojos malditos y en los
otros, los oscuros que merodeaban allí dentro como ratas enloquecidas, para afirmar que el
monstruo que le había poseído desde el instante mismo en que naciera y muriera le ordenaba ahora
que la matara del modo más cruel después de apagarle la mirada triste con punzones de acero.
“Pero no ha de ser así, Mariana mía, porque Dios me envía su auxilio con estos amigos tuyos que
saben de mis terrores”.
Dos hombres de blanco, enormes y tan tristes como quien les pagaba, apresaron las manos de su
nuevo paciente y lo arrastraron entre gemidos y suspiros hasta sacarlo de la habitación.
“Allí sufre ahora, dándose de cabezadas contra los muros, gritando que  sólo uno hay que puede
liberarle del deber de acabar consigo para acabar con el huésped que le domina y tortura, uno que
puede cambiar el infierno mudo de angustia y violencia que ha sido su vida toda, uno que sabe y
aprendió con él una palabra, La Palabra, uno que vivió con él sus días primeros cuando fuera libre
todavía. Un niño que puede liberar a ese niño, como dijo que yo le dijera”.
“Pero yo… Pero cómo, si yo apenas…”
Suplantando a la luna helada y enorme tras los copos de nieve, el anciano vio la descomunal e
inconcebible máscara negra de dientes feroces y orejas de lagarto, boca de fuego y aliento de
sulfuro que había enterrado durante veinte mil días en el recinto más íntimo de su corazón, y esa
máscara titánica del satélite blanco creció hasta cubrir el cielo negro y cayó a velocidad inaudita
sobre el planeta que le cobijaba, dispuesta a devorarlo todo en un bocado horrísono.
En aquel último instante develó el anciano el más negado de sus recuerdos y se vio cara a cara ante
el Señor de las Moscas dispuesto a devorarlo con el amigo que le acompañara en aquella cita
frustrada. Cubriéndose el rostro con ambas palmas proyectadas contra la noche incendiada, el
anciano lanzó un aullido desesperado que la mujer niña entendió como su palabra de salvación. El
silencio de la nieve suplantó en un destello al rostro del Enemigo y al huir Mariana no atinó siquiera a
mover la cabeza del anciano que dañaba su mesa y sus papeles con una baba verde regada por sus
violentos espasmos y temblores.
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Cuando el sol asomó por fin prometiendo un nuevo día alegre en las canciones de las aves que
visitaban su jardín, el anciano descendió cojeando las tres gradas y se acercó a la fuente de piedra
que había protegido contra los desmanes del tiempo.
Sumido en una tranquilidad nueva que jamás antes conociera, cruzó las manos y se empeñó en un
grato ejercicio para abrir su corazón antes de mirar al sol y decir la Palabra que era tanto escudo
como oración.
“Jesús”, saludó al día.

   


Sept. 09