Como sabe todo lustrabotas ilustrado, un periódico, un impreso de circulación diaria,
no es lo mismo que una fábrica de salchichas o una heladería. Porque no es lo mismo
es que su propiedad, la propiedad de ese periódico, cualquier periódico, tampoco es lo
mismo que la propiedad de cualquier salchichería.
De un modo que ningún lector ni ningún periodista puede negar, un periódico es, así
sus dueños lo nieguen, también propiedad de sus lectores. Así es como lo sienten y lo
conocen sus lectores, sobre todo los que los han leído durante muchos años, porque
han hecho una inversión espiritual verdadera en ese impreso. Por eso sienten que ese
diario es “suyo” y por eso es suyo en gran medida.   
Esta propiedad pública de todo impreso, esta propiedad espiritual que ejerce un
pueblo lector sobre los diarios que le sirven (o dicen servirle) es lo que diferencia
profundamente a un periódico de cualquier otra propiedad material que pudiera tener
un pueblo. Un diario es reflejo de su alma colectiva y es un reflejo más fiel cuanto más
leal y honrado sea ese diario con su pueblo lector.
Por esa razón es que las multitudes han llorado la muerte de algún periódico como si
se tratara de un pariente muy querido. Y por una razón inversa es que hay veces en
que los pueblos atacan y queman los diarios que les han traicionado y que vierten
veneno a diario contra el pueblo al que dicen servir.
Muchos bolivianos de media edad recuerdan aún la más reciente experiencia nacional
en ese sentido. Recuerdan como decidió el pueblo el eterno conflicto entre la “libertad
de expresión”  y el “derecho comprado” de mentir día tras día en defensa de intereses
mezquinos hasta forzar el día de la gran solución en forma de una tea. El que tal
suceso se haya repetido antes y después en otras latitudes que permitieron también la
presencia de impresos antinacionales y servidores de intereses extranjeros parece dar
la razón a ese pueblo aquel día enfurecido.
La idea de que todo ricachón puede comprar su derecho de atacar en un impreso al
pueblo del que vive y que le permite vivir es hoy un absurdo rechazado
universalmente. Y los gobiernos prudentes del mundo impiden que los diarios que se
publican en esos países prudentes sean propiedad de intereses extranjeros o
enemigos que a menudo ni se preocupan por disfrazar su desprecio por los pueblos a
los que mienten y atacan. Por esa razón debe ser que se dice que La Razón se vuelve
a España con la cola entre las patas.  
El actual fenómeno universal que ha situado a la gran prensa mundial – impresos, TV,
cine, etc., etc. – de los plutócratas que siguen dominando al mundo en contra de todos
los pueblos de la tierra (Europa es tan víctima de esta verdadera guerra entre la
verdad y la mentira como nuestro continente) está siendo librado de modo sencillo
pero lento: ya nadie cree en la prensa impresa y pocos son los idiotas que miran la TV
como fuente de la noticia: el cine y la TV son manufacturados para adolescentes
ignorantes y la escasa gente pensante del mundo busca con angustia alimento para
sus células grises en el Internet. Se anuncia ya la muerte del New York Times, ejemplo
mundial de la prensa al servicio de la plutocracia internacional, mientras se busca la
creación de un nuevo Internet que no dependa ya de las redes telefónicas para unir al
mundo entero.     
Pero los pueblos, aunque tienen en sus manos la solución para este grave problema
(no leer esos diarios malos, o quemarlos) no pueden liberarse de su fidelidad hacia
impresos que, en muchos casos, fueron leídos por los abuelos y los padres de sus
actuales lectores. Los leen todavía, permitiendo que tales impresos les mientan y
engañen hasta que actúan contra sus propios intereses.
Tal el ejemplo del pueblo norteamericano, el ejemplo más patético a nivel mundial de
un pueblo imbecilizado en lo político que ni siquiera hoy, cuando el Imperio agoniza,
logra entender que la plutocracia que le gobierna es su enemigo desde la fundación
misma de su país.
Aún así, hay señales de optimismo: los diarios dedicados por sus dueños a mentir y
engañar a sus lectores están muriendo a toda prisa aunque se gasten billones para
“salvarlos”. La verdad sobre un millón de temas se hace más y más evidente y se da
por fin el espectáculo, aunque no a diario ni en todas partes, de las masas a las que
se les ha caído por fin el antifaz de la ignorancia.
Esas masas son las que hoy reclaman la verdad a los diarios que quieren leer y se la
reclaman con una mano abierta como amigo y una tea en la otra como agente de
justicia.
¿De quién son los diarios del mundo? Son de los pueblos del mundo. Los impresos
que intentan ignorar esa verdad evidente han puesto sus barbas en remojo porque los
pueblos no toleran ya las mentiras.
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Arturo
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¿De Quién son los Diarios?
Ene 09