Su Opinión
Arturo
Los Dioses y sus Bromas - II
Sus Libros

Decíamos ayer que El Alto, la ciudad más portentosa y singular del Continente de
la Desesperanza, urbe creada hace menos de dos décadas por la desesperación
de millones de indios aymaras y quechuas decididos a no morir de hambre en
minas y eriales, ciudad de avanzadas instituciones en la que cada noche mueren
congelados diversos ciudadanos, amenaza con anegar el Sagrado Lago Titicaca,
símbolo y refugio de los dioses, con su entusiasta producción de heces, pues
carece de un sistema civilizado que elimine tales desperdicios.
Anotábamos que no hace nueve meses desde que Tiahuanaco, testigo silente de
civilizaciones americanas más viejas que la injusticia, fue escena de la celebración
del ascenso a la Presidencia, si no al Poder, de uno entre los nacidos en esa
puna inclemente, el primer indio Presidente de Bolivia. Recordábamos que tales
celebraciones, entusiastas y masivas, tuvieron por testigo no sólo a cientos de
periodistas llegados de todos los puntos cardinales, sino a varios dioses que se
dignaron cerrar ese histórico momento con un espectáculo digno de ellos mismos,
el final de un día de lluvia torrencial sellado por un arco iris portentoso y un sol
que no pudo ser menos que el mismo Inti que ponía el ojo en tales asuntos
humanos.
Decíamos que la producción fecal alteña, entusiasta como todo lo que hacen los
alteños, está asesinando el Lago a paso de vencedores, y que ha acabado ya
con la población de patos salvajes que era especial orgullo de quienes viven en
sus riberas y las cañas de totora de noble fama, pues con ellas se construyó la
Kon-tiki, balsa gigante que navegó por el Pacífico como sus hermanas menores lo
hacen por el Titicaca.  
Tras un intento fracasado de crear la visión monstruosa del Lago convertido en
una bacinilla de El Alto, sugerimos que el cegado de ese ojo titánico de agua
cristalina y limpia como alma de recién nacido puede evitarse, aunque no dijimos
que la solución resulta más portentosa que la creación de El Alto, esfuerzo que
merece el de muchos historiadores y por lo menos el de dos cineastas italianos.
Sucede que El Alto se ha establecido en lo que llamaríamos el hombro derecho de
La Paz, Cuna de la Libertad y Tumba de todo Tirano, ciudad que hace honor a
muchos actos y entes heroicos del pasado pero no a su nombre: ha sido escena
de una muy violenta historia republicana y sigue siendo ámbito de marchas,
contramarchas, encuentros y encontronazos, patadas, puñetazos, balazos,
cuchilladas y golpes altos y bajos, para no mencionar guerras civiles, la
Revolución más importante después de la de México y más partidos de fútbol de
los necesarios.
Las cosas han llegado a extremos tales que, no hace mucho, los taxistas
decidieron marchar por toda la ciudad para protestar contra las marchas de todo
tipo y ritmo que impiden un tráfico regular en la urbe, sin el cual los taxistas no
pueden ganarse su plato paceño de cada día.
La Paz es, como sabe todo el mundo, una ciudad construida en un pozo de
dimensiones inconcebibles cavado por los dioses en la mesa pelada de billar que
es el Altiplano, hercúlea tarea para la cual eligieron como testigo al Illimani, bello
monstruo de tres cabezas heladas y gemelas, una montaña más hermosa que la
promesa del paraíso que viene presenciando los disparates que hacen los
hombres con una paciencia digna de un dios y de todos los santos.
La Paz es, también, un pozo lleno de gente hasta el borde mismo de sus límites y
aún más allá. La punta de cada cerro y el tope de cada monte han sido ocupados
por una vivienda improvisada y dos familias de seis hijos cada una, lo que ha
convertido a las calles paceñas en perennes desfiles de gentes envueltas en
sólidos abrigos, botas de montaña y bufandas de colores más grises que
coloridas, un millón de gentes que andan dándose de codazos y zancadillas
mientras intentan ganarse la vida luchando con el medio y con los demás. Es una
ciudad asfixiada por sus gentes.
Vistas así las cosas, es evidente que El Alto no fue ni es más que una solución
temporal para el problema de la migración rural hacia la urbe, fenómeno que no
es solución sino problema. No pudiendo ni queriendo meterse todos a la hoyada
paceña, esos quechuas y aymaras, más de un millón, prefirieron crear su propia
ciudad tan pronto vieron que no cabrían  en La Paz. Hoy ven que sus esfuerzos
atacan los deseos de los dioses, asesinan al Lago Sagrado y convierten los
proyectos urbanos de La Paz y El Alto en una pesadilla divina. Toda ciudad es
una utopía, se dice, pero esta utopía doble ha acabado en un hormiguero humano
que traba su propia existencia.
Por otro lado, Bolivia es un país vacío. Las selvas y junglas de su Noreste, vecinos
del Amazonas, esperan en gran medida las exploraciones que puedan meterlas
por fin en un mapa digno de confianza. Los llanos y las selvas de su Este, sobre
los que dizque reina Santa Cruz, la otra ciudad de un millón de habitantes, son
tierras todavía feraces que pertenecen a un puñado de ricachos sin cara que
esperan algún comprador para hacerse más ricos aunque nunca pusieron pie en
esas “propiedades”: las consiguieron como prebendas políticas y sus “derechos”
no aguantarían el examen de un tinterillo de quinta clase. Es entre esas grandes
“propiedades” desiertas que deambulan los campesinos Sin Tierra, gitanos que
no pueden trabajar la tierra para alimentarse porque ya todo tiene “dueño”, así
sea invisible. Y es en ese mundillo en el que trabajan los pocos colonos y
productores que en verdad trabajan la tierra y dan de comer a sus empleados y
obreros.
Ese mundillo es La Vorágine e imita a Texas en sus feroces tiempos de grandes
terratenientes y a Miami, la Casablanca de América con sus gángsters cubanos y
con Jeff Bush, su mejor cómplice. Allí, la idea de los Derechos Humanos es un
absurdo idiota, el cuero de los humildes vale menos que un caballo y la vida es el
Carnaval, exceso de desnudos y lujos, y los “negocios”, el siempre renovado arte
de explotar a los pueblos y robarles sus riquezas.
Allí es donde debe trasladarse El Alto. No sólo para salvar al Lago, deber religioso
ineludible de cada aymara y cada quechua, sino para llevar, por fin, un hálito de
verdadera civilización que reemplace a la actual actitud local de desprecio
increíble por los pobres y amor desenfrenado por la angurria.
Sucede que los habitantes de El Alto, en su gran mayoría, no sólo son trilingües
sino que forman el segmento de mayor madurez política del Continente. Son
mineros, hijos y nietos de mineros. Es decir, tienen más de un siglo de experiencia
en sus luchas bravías y muy corajudas por sus derechos humanos y su simple
derecho a existir. Son sobrevivientes de incontables masacres e intentos de
genocidio, son quienes dieron de comer al país todo durante toda su existencia y
demostraron una vez más de lo que son capaces al fundar, crear y desarrollar El
Alto, cuya mera existencia se acerca al milagro para quienes conocen el medio y
las dificultades que entraña un país arisco como el Altiplano boliviano.
Y son cocaleros, los hijos y nietos de mineros que decidieron enfrentar y dominar
el trópico cuando la Revolución Frustrada los traicionó. Son gentes que,
desnudas y descalzas, salieron caminando un día de las minas abandonadas o
exhaustas y, sin ayuda de nadie, crearon la nueva riqueza que alimentó al país
desde entonces, la coca y su derivado occidental, la cocaína. Hoy no es muy
aconsejable recordarlo, pero hay que recordarlo. Los cocaleros crearon una
fuente de riqueza comparable a las minas de antaño y de sus manos salió el pan
que necesitaban miles, sino millones, de bolivianos condenados al hambre y al
desempleo por la política. Que los gringos viciosos añadieran valor a la hoja
sagrada nada o muy poco tiene que ver con el esfuerzo civilizador y creador de
riqueza de los cocaleros. O con su conciencia social.
Mineros y campesinos, obreros y cocaleros, los humildes hicieron El Alto. La
hicieron una vez y pueden hacerla dos veces. Tal el desafío divino para quechuas
y aymaras: una migración relampagueante en todo comparable con los éxodos
bíblicos (si alguien perdiera el tiempo en ese ejercicio idiota) y la llegada, por fin,
de una conciencia social a los eriales humanos que son los llanos del Este del
país.
Tal el desafío de la hora planteado por dioses y hombres a El Alto. ¿Es posible
soñar con esa nueva utopía tropical? Parecería que no, hasta que se recuerda
que el primer Presidente indio es un cocalero, un dirigente cocalero, un
combatiente de las luchas sociales de su país desde el destete, un hombre que
no puede ni jamás podrá imitar a su antecesor en el Palacio Quemado, ese gringo
de segunda que lleva la marca de la CIA en el glúteo y se oculta, mudo y
aterrado, de la justicia que le reclama mil muertes.
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Sept. 06