La Celda Diez
Arturo von Vacano

Doña Dorotea ha pasado los cuarenta años. Se pasea todo el día y toda la noche, cuidando la cuna.
Limpia los muebles con su trapito de desempolvar. Y juega con el niño, niño, niñín, haciendo de sus
brazos un botecito de nubes que navega con suaves murmullos entre las olas de olor de retamas que
levantan sus codos vestidos de azul por su imaginación. Doña Dorotea juega en los verdes con su niño,
niño niñín, y persigue con el abanico de tonos verdosos los insectos inexistentes de verde tejidos por su
vista suave de brillos de añil. Doña Dorotea se agita asustada ante la amenaza de color carmesí que traen
sobre su niño, niño, niñín, las luces de tantos colores que caen del techo sin poderlo decir. La vaca se
inquieta y mueve la cola blanca y le dice queda que es hora de dar la lechita al niño niñín. Doña Dorotea,
muy pulcra y muy limpia, enrolla las mangas de su blusa gris y exhibe rumbosa dos brazos regordetes que
giran en jarras y bailan con ella y su alegría acosando a la vaca. Sus dedos muy fuertes de mujer
campesina hacen sin quererlo impedir el uno, dos, uno, que vierte la leche caliente en la ollita de lata que
trajo de Segovia. Y termina, se pone de puntas de pies, y bailando con gran picardía se acerca al fogón
donde parpadea el fuego muy claro de su limpio hogar, y canta bajito para que la leche haga su cloqueo
de fuego y vapor. Doña Dorotea prepara el gran biberón. Y toca con el codo desnudo el cristal blanco y lo
toca otra vez con su mejilla que parece un ciruelo.
Y lo toca de nuevo con la piel de su barriga y luego, ya es hora, levanta a su niño, lo arrulla cantando sus
aires de amor y vierte la blanca dulzura de la vaca entre las mantitas de amarillos y azul, y entre las uñas
muy recortadas de sus dedos, y sobre su amplia falda de tul negro y limpio, y sobre sus zapatos de
hebillas de oro y sobre el piso, finalmente, empedrado con piedras de lija y redondas.
Los tonos bermellones saltaban de cosa en cosa siguiendo un ritmo constante. Cuando pegaban en las
pupilas humanas, las convertían en brasas.
El niño, niño niñín, quiere dormir. Tendido en su cuna y con las mantitas de rojo y de verde que Doña
Dorotea le puso ahora mismo, el niño, niño, niñín reposa tranquilo, y ni eructa ni ventea ni llora ni hubo
caquita en los blancos pañales que Doña Dorotea arrojó al canastón de ropa para lavar.
Cruzando en silencio la alfombra de su celda, Doña Dorotea se frota las manos y pone en "ON" la plancha
redonda que le trajo ayer el bueno del Padre. Va la plancha nueva, viene la plancha blanca sobre los
pañales de su niño, niño, niñín. Y cuelga la cola eléctrica de la plancha, como ramita de otoño azotada por
el viento, sin poder introducir los machotes de su enchufe en la hembra de ninguna pared. Doña Dorotea
es feliz, y reza bajito, bajito.
Flotando en medio de la celda, como colgada de un hilo de araña, la boca de la anciana se abre en una
sonrisa rara y deja caer suavemente una lluvia de dientes. Asusta no poder escucharlos rebotando en el
piso de piedra.
Se abre el reloj de pared y emerge un Winston Churchill de barro mirando hacia adentro y cagando hacia
afuera, y anuncia la hora: ter, ter, ter, cinco pedorreos. Doña Dorotea se alarma y se agita y queda
extrañada del mudo galope del tiempo y los días. Como un elefante bailando la marinera con un trompo
viejo, corretea queda y en puntas de pies y luego prepara agitada y trémula, la papa del niño,
retorciéndose los dedos de tanto esperar.
Las colas de los saurios agitan la laguna que no ha visto nadie.
Pero sigue contenta porque no se ha atrasado, y pone cuidado en la papa que vierte en un platito rojo
que tiene pintado un perro escocés. Y limpia luego con gran esmero la cuchara grande y la cucharilla y el
palo de naranja y elige las servilletas de papel de china y va y se sienta y dispone todos los limpios platitos
y corre en puntas de pies y levanta el niño y vierte con su cucharita la papa en las mantas, en sus brazos
muy rollizos, en su falda muy limpia, en sus zapatos de grandes hebillas de oro, en el mantel y las flores
del gran cristal de roca y en las servilletas y en la alfombra que tiene un cruzado con barba dorada y un
dragón que ha perdido la panza bajo las pisadas de Doña Dorotea. Doña Dorotea le habla bajito a su
niño, niño, niñín, y luego le cambia los blancos pañales aunque no haya caquita ni queden perfumes de
vida en la tela tan fina.
Doña Dorotea llora muy quedo porque no hay ventana en esta celda fría por donde su niño pueda ver el
sol. Doña Dorotea llora con pena porque no hay césped en su celda estrecha en donde su niño pueda
juguetear. Doña Dorotea ya se desespera porque no hay potrillos en su celda chica en los que su niño
pueda galopar. Doña Dorotea gime y alariza porque no hay aviones en su celda diminuta en los que su
niño se pasee en jet. Doña Dorotea sufre en silencio porque no hay rueditas en su celda pobre con las
que su niño pueda andar jugando en monopatín.
Y se escucha a Alfredo: ¿no habrá un poco de piedad para mí?
Doña Dorotea sufre todo esto mientras va llevando a su niño, niño, niñín, en el azul barco que va
navegando entre codo y codo de sus brazos blancos. Niño, niño, niñín, ¿quieres mucho a mamá?,
pregunta. Y silencio. ¿Niño, niño bueno, amas mucho a mamita?, dice. Y silencio. Doña Dorotea calla
apesadumbrada, pero vuelve luego a bailar quedito. Canta: duérmete mi niño, duérmete mi sol... vacila:
qué le pasará. Sigue: duérmete... no se escucha nada. Doña Dorotea, asustada un poco, deja a su niñito
sobre la cuna azul. Aletea luego, moviendo los brazos y recorre el cuarto en puntas de pies.
No es nada. Levanta las mantitas de rojo y de azul, y canta bajito con grande dulzura: arrorró mi niño,
arrorró mi... ¿qué le pasará? ¿Por qué no le dices nada a tu madre? ¿Por qué no contestas, hijo de mi
amor? ¿Por qué no me cuentas con tu vocecita cuántas palomas negras pasaron bajo ese tul? ¿Por qué
no me susurras, mi niño, niño, niñín, dónde habrá quedado toda mi ternura?
Doña Dorotea camina suavecito. Con esos dedos muy regordetes deposita al niño sobre esa mesa en que
yace el cristal de roca bañado con la papa de su niño, niño, niñín. Doña Dorotea está apesadumbrada,
mira a la vaca con lágrimas en los ojos y la vaca le mira también, con los mismos ojos. Junta las manos y
las enjuga en su falda y descubre entonces las manchas de leche. Y se agita, mirando las manchas
manchando su falda muy negra. Y corre hacia la cuna y abre las mantitas y sólo encuentra allí una bota de
militar, de esas de caballería. Doña Dorotea lanza un alarido, coge un cuchillo de carnicero y asesta a su
niño, niño niñín, doce puñaladas furiosas.
La puerta de la celda se abre y el Hombre dice:
—Ya es la Hora.
Doña Dorotea cae de rodillas, levanta llorando amargamente a su niño, niño, niñín, y lo arrulla con dulce
ternura. La bota, hecha tiras por cientos de puñaladas furiosas, cuelga silente e inerte. Doña Dorotea llora
en silencio y acaricia tiernamente a su niño, niño, niñín.