Aunque tarde tal vez, siempre es agradable leer el pensamiento de un hombre educado
sobre un tema de singular importancia como es la Nueva Constitución de Bolivia.
También es grato ver que hay personas en este mundo que recuerdan y honran a
Zavaleta, uno de nuestros más honestos e importantes pensadores, ignorado por
supuesto durante las discusiones locales de recova que hacen el “debate” sobre la CPE.
Firmado sólo por una dirección email, este comentario aparecido en una publicación
valenciana debería ser leído tres veces por cada boliviano con una pizca de
responsabilidad.
Este es el comentario:      
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Bolivia: algo termina y mucho empieza

Por: martinezdalmau@gmail.com
*Profesor de Derecho Constitucional de la Universitat de València

Hace poco más de un mes, en Valencia, quizás por primera vez en Europa, se reunieron
representantes de las cuatro asambleas constituyentes latinoamericanas que están
marcando un hito en el constitucionalismo. Los asistentes pudieron, en una oportunidad
como pocas, escuchar a Antonio Navarro Wolf sobre los errores cometidos en la
constitución colombiana -junto con la anécdota nunca resuelta del robo de la espada de
Bolívar-, a Isaías Rodríguez relacionando el proceso constituyente venezolano con el
intento de golpe de Estado de Carmona y las oligarquías venezolanas, y a Fernando
Cordero relatando detalles de la aprobación de los 444 artículos de Montecristi, la
Constitución ecuatoriana que aprobó el pueblo en septiembre pasado. Pero la
intervención que posiblemente más argumentos provocó fue la del Ministro Héctor Arce.
Sus palabras dejaron claro lo que muchos intuían y algunos habían vivido en carne
propia: que el proceso constituyente boliviano seguramente ha sido no sólo el más
complejo, sino el más difícil del último siglo.

Para algunos, la dificultad del proceso constituyente boliviano está intrínsecamente
relacionada con las condiciones de Bolivia. El pensamiento más conservador lo ha
planteado en una expresión que ya ha recorrido el mundo: Bolivia como país inviable.
Pero la realidad, también en este caso, es mucho más compleja. El pensador orureño
Zavaleta Mercado decía que los pueblos o los sujetos no son lo que creen que son, sino
lo que son capaces de hacer. Esta aseveración, mucho más avanzada que la supuesta
inviabilidad boliviana, plantea como trasfondo que la posibilidad de transformación social
no está tanto en la forma como en el fondo. Lo que no significa, desde luego, que las
formas no importen; sólo que no en determinadas ocasiones requieren un grado de
flexibilidad para facilitar lo que realmente importa: lo que se es capaz de hacer.

Muchos pueblos latinoamericanos han demostrado en los últimos años lo que son
capaces de hacer, pero entre ellos destaca de manera prominente el pueblo boliviano.
Pocas oligarquías han manejado con puño de hierro el país como lo han hecho en
Bolivia, todo un manual de dominación económica, social y política. Pocas minorías han
tenido tanto éxito a la hora de mantener posiciones extremadamente racistas ya entrado
el siglo XXI, de someter durante décadas a las clases pobres, de obstaculizar
procedimientos democráticos de decisión y de buscar desesperadamente el
mantenimiento de privilegios de todo tipo en un país donde sólo se distribuye la pobreza.
A pesar de los programas sociales puestos en marcha por el gobierno de Morales en los
últimos años, décadas de empobrecimiento y falta de políticas públicas comprometidas
siguen dejando mella en el pueblo boliviano. El informe del PNUD hecho público hace dos
meses alertaba sobre el aumento de la pobreza en el país, fruto de décadas de
dependencia de los hidrocarburos y de la polaridad entre ricos y pobres. El 80% de la
población sufre tasas de mortalidad infantil más altas que Haití o Camerún, mientras que
el 20% más rico viven en condiciones semejantes a las del mundo desarrollado.

A pesar de estas condiciones, donde lo que parece urgente en el día a día es encontrar
la forma de subsistencia, el pueblo boliviano ha sabido aprovechar, con paciencia pero
con firmeza, la oportunidad del cambio. Ha pasado más tiempo del que pareciera desde
que las calles de ciudades como Cochabamba o La Paz se llenaron de gritos
reivindicando un cambio revolucionario, que sólo podría venir por el estremecimiento de
la estructura del Estado y la consolidación de unas nuevas bases de convivencia en el
país. Fue el inicio del proceso constituyente, cuyo primer gran paso culminará hoy
domingo 25 de enero de 2009. Un proceso que contó con capítulos no siempre
agradables: agresiones, persecuciones, fotografías de constituyentes acusados de
traición en la plaza de Sucre? Esos mismos constituyentes fueron capaces de poner en
riesgo no sólo su futuro, sino sus vidas y las de sus allegados -y en Bolivia no es una
afirmación gratuita, como el tiempo se ha encargado de demostrar- para redactar un
texto de avanzada, transformador, fruto de las reivindicaciones de la mayor parte de la
población.

Un texto que, con los cambios introducidos durante el proceso de negociación del
Ejecutivo para encontrar una solución a la mayoría requerida del Congreso, será
sometido a la voluntad del pueblo boliviano. Es cierto que las formalidades no se
guardaron en esos días en que se decidió proceder a la negociación del texto aprobado
por la asamblea constituyente, y que el resultado retrocede en varios temas que habían
sido de avanzada en el proyecto. Pero también lo es que los procesos no son los mismos
en todos los casos, y que lo que convierte a un texto escrito en Constitución es
justamente su legitimidad. Por eso, no es casualidad que éste sea el primer proyecto de
Constitución votada en Bolivia. Ni que haya estado liderada por el primer presidente
indígena del país. En política no existen las casualidades, y en Bolivia menos si cabe.
Tampoco es casualidad que el proyecto de Constitución boliviana plantee cambios
radicales, como la creación de un Estado plurinacional, la elección democrática del
Tribunal Constitucional o la búsqueda de nuevos elementos de fortalecimiento
democrático. Mientras en España, por ejemplo, se es incapaz de reaccionar ante un
Consejo General del Poder Judicial deslegitimado en su esencia, los bolivianos tendrán la
oportunidad de elegir democráticamente a su órgano de gobierno de los jueces. O
mientras ya sabemos quién será nuestro próximo Jefe de Estado cuando falte el actual
rey, los bolivianos podrán revocar el mandato de su Presidente en la mitad de su periodo
si así lo decide la mayoría del pueblo. Así son las cosas: en algunos lugares se avanza y
en otros no.

El referéndum de hoy 25 de enero de 2009 marcará un hito en la historia boliviana. No
sólo por lo que termina -una batalla de años a favor del triunfo de la voluntad de las
mayorías- sino, y quizás principalmente, por las muchas cosas que empiezan, y que
puede resumirse en una: el reto de aplicar una Constitución de avanzada en una
sociedad que necesita de ella para acabar con el racismo, con la pobreza y con la
desigualdad. Vistos los enemigos que ha sufrido el proceso constituyente, no parece un
desempeño fácil. Pero con la determinación, la paciencia y la claridad de ideas que ha
mostrado el pueblo boliviano, es un reto que, cuanto menos, se va a intentar con todas
las fuerzas. No por nada, como decía Zavaleta, los pueblos son lo que son capaces de
hacer.
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