La prensa boliviana me censura. Le ruego difundir esta nota si lo cree conveniente. Muchas gracias.
Evo y los Jóvenes
¿Sabía usted que hay más de 65.000 estudiantes en San Simón, CBB?
Son un verdadero ejército, esos jóvenes, y ello se comprueba fácilmente al dar un
paseo por los alrededores de esos pobres edificios. Son en verdad pobres porque
pertenecen al Estado, es decir, a nadie, y nuestra juventud estudiosa los ha convertido
en un verdadero chiquero enorme y hediondo, hecho de turriles de basura, montes de
desperdicios y tufos nauseabundos. Lejos de cuidarlos porque son su propia casa y lo
han sido para generaciones, ese ejército pasa por allí de día y de noche, los ensucia
con notable indiferencia y los desprecia sin recordar que quien desprecia su propio
hogar se desprecia a sí mismo y a los suyos.
Como sabemos, la universidad boliviana ha creado un par de nuevas profesiones,
hijas también ellas de la meritocracia, la de estudiante/dirigente político, de los cuales
hemos conocidos varios nonagenarios, y la de estudiante eterno, muchos de los
cuales vivieron toda su vida en esas aulas sin cosechar ningún cartón de colores.
Por otro lado, tuve esta vez el agrado de conocer al Dr. E.N. (como prefiere que lo
nombre) quien estudió medicina en San Simón, se especializó en medicina tropical,
abrió una farmacia en Ivirgarzama, república del Chapare, y se pasa entre diez y doce
horas auxiliando a sus compatriotas, trayendo chaparritos al mundo, curando heridas,
salvando niñas suicidas que comen raticida como si fuera mote y practicando su oficio
a diestra a siniestra. ¿Debo decir que me dio gran orgullo cuando me declaró su
amigo? ¡Ah, si hubiera más bolivianos de ese calibre!
Los hay, claro, pero desaparecen ante ese ejército de 65.000 jóvenes que serán
mañana un ejército de 59.000 víctimas del desempleo, el desempleo disfrazado, el
medio-empleo y otras formas del fracaso profesional que la universidad boliviana
provocó desde siempre y continuará provocando a menos que desaparezca o cambie
hasta que no podamos reconocerla.
La universidad boliviana debe cambiar porque nos está dando legiones de
profesionales que no sabemos cómo ni dónde emplear. La prensa boliviana (que es
tan buena como cualquier otra excepto cuando hace política) nos decía a mediados de
mayo/09 que las mujeres profesionales jóvenes son las que más sufren del desempleo,
lo cual sólo quiere decir que son el segmento más lastimado por la contradicción
creada por las universidades, esas profesiones que parecen no tener razón de ser en
nuestro país, como la de astronauta.
En realidad, ese no es el caso. En todo país y todo momento hasta un pasado
reciente, quienes se hacían de una profesión no adquirían ese arma en la lucha por la
vida con el fin de hacerse de un empleo sino con el objetivo de crear una industria,
abrir una clínica o estrenar una farmacia; esto es, el objetivo era crear empleos para
los demás y hacerse rey de su propia empresa, por pequeña que comenzara. Esa es
la mejor definición del profesional, un experto capaz de crear riqueza con la ayuda de
un banco, si lo descubre necesario.
Así se crearon los grandes imperios agrícolas, industriales, educacionales (la
universidad es un negocio como cualquier otro) y de cualquier otra actividad humana.
No buscando un empleo sino creando empleos desde un primer día.
Pero la universidad, sobre todo la colonialista, no buscaba ni busca formar creadores
de empleos e industrias; lo que intenta es crear legiones de burócratas, empleados
públicos y pinches que ganen su magro pan en países como lo que fueron y aun son
los europeos: victimas de plutócratas que poseen empresas multinacionales y
necesitan de esos sirvientes como las maquinas necesitan de pernos y tornillos para
funcionar.
A poco de fundadas, las universidades tergiversaron el sistema que las guía, la
meritocracia; en lugar de reconocer méritos legítimos con diplomas muy bonitos, vendió
diplomas más bonitos sabiendo que sus estudiantes no habían hecho mérito alguno
para merecer esos cartones aunque los pagaran en oro.
Hoy, la gran mayoría de los estudiantes cree que la cosa más natural del mundo es
lograr esos cartones usando triquiñuelas y trampas. Muy pocos son los que estudian
en verdad, se educan y hacen méritos que correspondan a su cartón de colores. Esto
es, la gran mayoría se compone de mediocridades que, aunque se digan
profesionales, son incapaces de ganarse la vida porque lo que saben hace un libro
muy pequeño y lo que ignoran hace una enciclopedia de mil tomos. Son esos
papanatas cuyas hazañas, cuando llegan a la presidencia de la corte suprema de
justicia gracias a sus compadres, por ejemplo, nos dejan turulatos por la estupidez con
que manejan sus asuntos públicos: se tiran en una cama sucia de un hospital de poca
fama y se hacen sacar fotos, gordos como parturientas. (Suicídate, Freddy!)
Así, la universidad termina siendo cómplice de los ‘estudiantes’ que poco o nada
estudian pero que la universidad no puede rechazar porque no puede confesar que el
90% de los ingresados jamás egresarán con un cartón y con honores. Egresarán, si,
pero entre gallos y medianoche, con un cartón siempre sospechoso y con una
ignorancia feroz que les convertirá en peligros declarados para la sociedad: son los
leguleyos, los medicastros, los arquitecticos que todos conocemos y sufrimos.
Peor aún, terminan conformando toda una clase social, como sucede con los
abogados. Por razones que tienen mucho que ver con la Colonia, la universidad
latinoamericana ha producido ejércitos de abogados que aprenden apenas ingresan a
esas aulas dos de las reglas que regirán luego su vida toda: “hecha la ley, hecha la
trampa” y “la ley se acata, pero no se obedece”. Hay otras similares, pero todas,
convertidas en reglas de vida, conducen a absurdos feroces que hacen del abogado
un pícaro incapaz de conducirse según lo dicta la ética más elemental.
Pensemos por un momento en los llamados ‘constitucionalistas’, tan de moda estos
días. Tales ‘estudiosos’ se queman las cejas hasta dominar palabra por palabra y letra
por letra una Ley Magna que fue concebida como tramposa, dedicada a estafar y
engañar a los humildes y los pobres, hecha para el timo y el despojo. Es una Ley que
ellos descubren muy pronto como lo que es, un instrumento dedicado a crear miserias
en servicio de algunos pillos. Como la conocen bien, aceptan también, lo digan o no lo
digan, que la usarán toda su vida para enriquecerse cometiendo actos que parecerán
legales pero no son justos.
Esto es, son delincuentes a sabiendas que usan un mal instrumento (y las leyes que
son sus derivados) para crear una sociedad injusta e infeliz. Lo harán porque en ese
proceso está la llave de su propia riqueza. Esto es, no hay abogado que sea correcto
y rico al mismo tiempo. Si es rico es un pillo y si es pobre es víctima de su conciencia,
que nunca pudo obedecer ni respetar una Constitución corrompida de raíz ni las leyes
derivadas de tal “Ley Magna”. Bolivia es tal vez un ejemplo universal de semejantes
niveles de corrupción. Caer en manos de abogados y jueces bolivianos es la mayor
tragedia que puede ocurrirle a un ciudadano. Si es indio, humilde y pobre, su tragedia
será más penosa aun.
La situación de la juventud boliviana y de su universidad es tal vez menos
esperanzada que nunca. Los jóvenes de las universidades han sido abandonados por
un gobierno que habla de revolución y socialismo mientras practica la discriminación y
el privilegio de modos cada vez más caprichosos. Cegado por el absurdo sueño del
Segundo Tahuantinsuyo, Evo Morales, un líder excepcional, ha abandonado
totalmente a la juventud urbana del país, ha descuidado la urgente tarea de hacerle
ver la necesidad del gran cambio social que Bolivia necesita y Morales personificó en
el momento de su triunfo electoral de 2005, y ha provocado la feroz polaridad racial
que hace la historia de nuestros días.
Hijos de pequeños burgueses que consideran un privilegio el uso de la corbata y una
distinción social la propiedad de un automóvil, los jóvenes universitarios han decidido
que lo más seguro es ignorar a su Presidente indio del mismo modo en que Evo ignora
a todo aquel que no es indio. Imitan a artistas negros del Imperio, se mueren por vestir
los harapos que tales artistas han convertido en moda y rechazan cuando no ignoran
los valores de las culturas de las que derivan su propia existencia. Los jóvenes
urbanos detestan al Imperio pero se copian todas sus costumbres y valores. Si hablan
de política lo hacen como si vivieran los días de Tuto y Goni porque ni siquiera han
leído la Constitución que eliminó a la República de Bolivia. Viven literalmente en la
‘media luna’ y no despertarán sino cuando sufran los resultados de Diciembre/09.
Cómo es posible que un Presidente que alguna vez dijera que intentaría una
revolución más profunda y verdadera que la de 1952 haya descuidado así a la
juventud relativamente mejor educada del país y no le haya asignado el papel
imprescindible que debe tener en todo cambio digno de tal nombre es un misterio que
sólo se explica al recordar la raza del Presidente y su actitud contra el mestizaje
después de medio milenio de explotación y sufrimiento.
Parece y es absurdo, pero Evo no parece tener mejor guía que el deseo de venganza
contra las 17 generaciones de ‘extranjeros’ llegados a estas tierras desde el viaje de
Colon. No parece saber o recordar que también quechuas y aimaras fueron en su día
extranjeros y conquistadores. Y menos parece reconocer que el idioma que usa cada
día, aunque foráneo, es también, gracias al mestizaje, propio para Evo y para todos los
bolivianos.
Evo se niega a olvidar ni perdonar medio milenio de explotación y sufrimiento pero se
fuerza a hacerse ciego ante medio milenio de civilización que, taras y todo, hizo el país
que hoy gobierna. Esa actitud hace con Evo lo que Evo quiere hacer con el país: lo
envía al basurero de la historia. La cuestión no es ahora si tiene o no otro destino,
sino el cómo y el cuándo se cumplirá el destino que le espera.
El cuándo debería ser Diciembre/09, cuando las ciudades rechacen al fundador del
Segundo Tahuantinsuyo. El cómo debería ser el voto ciudadano y un mínimo de
violencia.
Así como Bolivia le entregó el poder en 2005 bajo la ilusión de que su revolución haría
justicia al indio, le haría ciudadano pleno, le haría igual a los demás bolivianos PERO
NADA MAS le daría, del mismo modo debe alejarlo hoy del poder porque sabe que su
intención es la destrucción de la Bolivia que amamos todos y el establecimiento de otro
imperio, un imperio imposible porque ignoraría a millones de mestizos si tal cosa fuera
dable e impondría una dictadura racista ignorante y estúpida, tan estúpida e ignorante
como sus enemigos dicen que son los indios.
Por eso es posible predecir un golpe militar, porque hay dentro y fuera millones y
millones de dólares destinados a comprar a los generales que hoy engordan como
amos de las aduanas hasta el momento en que uno y varios de ellos se decidan por el
premio mayor y hagan de Evo Morales aquello para lo que pareció predestinado: otro
mártir en la lucha del pueblo boliviano por encontrarse a sí mismo.