Fin de un Sueño
Arturo von Vacano

     Fue en otro invierno cuando Moisés descubrió en un espasmo que estaba solo en el universo
vacío.
     La joven historiadora no había retornado nunca, no había escrito la larga carta en la que le daría
noticias sobre su largo, ya casi olvidado diálogo sostenido bajo su muy amado arce durante una
tarde espléndida. Había sabido de algún modo que esa sería una promesa olvidada, pero le
sobrecogió el largo lapso que se había tomado para esperar esa carta y la intensidad de sus
esperanzas de que, por última vez, unos cuantos entre los suyos le escribieran como lo hicieran en
días mejores.
     Mirando por la ventana con la escoba en la mano, vio que el mundo era en verdad diferente.
Parpadeó al saber por qué. Su angustia le cortó el aliento y una lágrima le trazó la mejilla. Moisés
culpó a sus primeros cigarrillos por ese ardor nuevo y trató de pensar en nada mientras cumplía su
rutina. Lavó platos, dobló manteles y servilletas, bajó al sótano para lavar la ropa que encontraría en
la canasta. Su nuevo compañero fue con él por toda la casa como una piedra en el pecho hasta que
se halló frente al espejo y un quejido infantil, un lamento simple y transparente, le sacudió el cuerpo.
     El hombre que vio había perdido las voces del mundo. Una tormenta de zumbidos componía una
sordera que le había aislado por más tiempo del que podía recordar. Vio su boca vacía, vio dos
dientes de un roedor y sus manchas de tabaco. No vio cabello en su cabeza. Su pecho era en una
cavidad menuda; no recordó la última vez en que se viera erguido y sonriente. Se vio anciano
porque vio al hombre del espejo como en verdad era y no como lo que pretendiera ver cada mañana
durante tres mil mañanas.
     Moisés se sonó las narices y secó sus ojos como un escolar mimado antes de dar los dos pasos
hasta el dormitorio. Hacía tres semanas que estaba vacío. La mujer que había dormido allí durante
quince años estaba en Italia ahora, en su tercer viaje al Continente. Sonreía su simpatía al mundo
desde su pequeño marco de plata, pero la vida escarbaba ya sus huellas en su  rostro amable y
quieto.
     Yolanda había ganado su desesperada batalla por salvar a los suyos de un destino feroz.
Continuaba trabajando con sus estudiantes año tras año con esta excursión anual como única
compensación. Había cruzado las puertas de la oportunidad y conquistado su lugar en este mundo
nuevo. Era realmente libre ahora. Había conquistado su propia educación profesional y, con ella, su
independencia. Era una profesional muy querida y admirada; luchaba tanto como siempre, pero
había pasado ya el día en que dijera con una media sonrisa que "este es mi país ahora".
     Moisés suspiro, tosió y se sentó en la cama para mirar alrededor de la pieza que mantenía
intocable, fresca en sus sombras y su vacío. No era ya el dormitorio de ambos, como esta casa no
era ya la de una familia. Este era un cuarto silente en el que la tristeza nacía de la soledad. La de
Yolanda, por supuesto, porque había dormido allí sola durante mucho, mucho tiempo, y la que
dejaran sus hijos como un rastro de angustia.
     Moisés paseó la mirada por la pieza; sintió otra vez cómo esos detalles que hicieran un hogar
habían perdido su sentido con la lentitud con que esa mujer que luchara tanto para conservarlo
descubría impotente en su angustia y su sorpresa cómo su amor por el hombre que había seguido a
través de tantos días amargos y tantos peligros cedía ante una compasión muda primero y un
silencio cansado y paciente después.
     No era que Yolanda eligiera dejar de amarle, sabía Moisés. Fue que su amor se murió con sus
esperanzas sobre él y Yolanda nunca pudo aprender a mantenerlo vivo. En su generosidad, a veces
se avergonzaba ella de este proceso natural, y Moisés recordó cómo leyera en sus ojos esa pena
injusta. Repitió ahora su propio tartamudeo de palabras mal elegidas para dejarle entender que ese
vacío no era hechura suya, que un tiempo tan largo junto a un hombre muerto era más fuerte que la
voluntad de cualquier corazón humano, aún un corazón tan admirable y bondadoso como el de su
esposa. El amor puede morir como todo muere, y Moisés lo sabía muy bien. Fue solamente que él
nunca hizo lo necesario para impedir que muriera. Jamás venció la plaga que le había devorado.
     Así fue como supo que ese dolor en el pecho no pudo haber venido de esa mujer que le amara
tanto y le ayudara tan a menudo, que había tomado su lugar en la familia y cuidaba de él como de
otro hijo. Moisés sabía de dónde venía y esta mañana descubrió una vez más que la plaga era más
fuerte que todo. Deambuló de pieza en pieza y siguió la historia del éxito de su esposa mirando las
paredes y las huellas casi olvidadas de los tres niños cuya infancia había sido al fin de cuentas más
corta que un parpadeo.
     Hoy Elena era una maestra también, una joven universitaria que vivía en San Francisco. Enviaba
flores caras y notas a su madre y, cada vez que Moisés veía esos sobres, recordaba la noche en
que su primogénita había abrazado y besado a Yolanda, orgullosa y agradecida: "¡Lo logramos,
mamá, lo logramos!"
     Si, ambas lo habían logrado y Moisés no había hecho nada para ayudarles a alcanzar el día en
que esta niña se fuera para comenzar una nueva vida en California. Nada, sino mirarla y
preocuparse en silencio siempre que Yolanda se tomara su tiempo para solucionar sus problemas de
dinero. Moisés sabía que Elena había sido justa y correcta a lo largo de los años cuando un largo
desempleo provocara un mudo desprecio en la niña por su padre; aunque su silencio lo lastimara,
había preferido aliviar esa pena con la idea de que su hija estaba venciendo obstáculos diarios en su
avance hacia el éxito.
"Está bien, tiene razón y ha sido justa conmigo. En estas circunstancias, ¿qué más podía esperar
yo?",  interrogó una vez más a las piezas vacías mirando en la fotografía a la niña rubia que montaba
los hombros de su padre en un día de sol de otros tiempos y otros lugares.
     El muchacho serio que le miraba tímido desde otro marco seguía un destino similar en Londres.
También había apretado a su madre contra su pecho antes de abordar otro avión y lanzado una
mirada desdeñosa final y una media sonrisa a un padre que jamás entendió pero que recordaría tal
vez como un borracho aterrador que pidiera su hijo de cinco años su revólver porque andaban
persiguiéndolo otra vez. Si, Moisés sabía que su hijo elegiría una senda que jamás cruzara la suya,
pero estaba seguro de que ese muchacho silencioso triunfaría también. Alejo había cerrado esos
cuatro años con una beca que le habría un futuro brillante. Había vencido ya.
     Por supuesto, Alejo nada tendría que agradecer a su padre, bien lo sabía Moisés, y se había
marchado sin tratar de parchar su diálogo roto, pero el hombre esperaba que su hijo siguiera, por lo
menos, su último consejo: Recuerda que tu propia vida comienza hoy. Mata los malos recuerdos que
te he dado, hijo querido, y trata de construir tu vida con tu inteligencia y tu corazón.
     "Si," dijo Moisés, "deja que los muertos entierren a los muertos, por favor".
     Y existía aun una niña que amaba tanto que nunca pudo verla como la joven artista que pasaba
sus días en Nueva York como estudiante. Moisés la había perdido a causa de la más triste broma del
destino; Natalia no hallaría nunca un modo de perdonarle, y también esto lo sabía su padre muy bien.
     Las luchas de los primeros días habían hallado en ella un pequeño testigo sensible, ignorado,
silencioso y observador. Moisés jamás dejó de lamentar la pérdida de la niña de la dulce sonrisa que
viviera una niñez solitaria en un jardín vacío porque su padre libraba sus batallas contra los molinos
de viento del mal y su madre había amado tanto a ese hombre que Natalia no halló casi nunca su
lugar en esas vidas. Sus primeros días, infinitos, y sus recuerdos de esos odiosos errores habían
retornado un mal minuto para explotar en una tormenta de rencor y palabras feas que había
lacerado el alma de su padre y traído muchas horas nuevas de dolor y pena, el precio de sus inanes
esfuerzos por salvar al mundo mientras perdía a sus seres queridos.
     Moisés aceptó sus delitos una vez más y vio el juicio de sus familiares como muy justo y, en un
sentido que él conocía bien, piadoso. Sus deudas eran muchas y algunas pudieron haber sido
crímenes, pero sin duda esta soledad suya, esta alienación, esta conciencia de haber quemado su
alma y perdido todo, venía de alguna otra parte.
     Moisés supo hoy de donde venía. Con un profundo suspiro, descendió al sótano.

     El crucifijo estaba allí, el espejo largo que nunca mudara a otra parte, las pilas de papeles que
crecían alrededor de su cama, un colchón en el suelo y su escritorio con la fiel ordenadora estaban
también allí.
     Una camisa sin mangas colgaba del crucifijo, un hueco en su memoria había matado el espejo
como una puerta hacia la nada y los libros de segunda mano, que le acosaban cuando se sentaba
ante su escritorio, yacían abiertos, marcados, cerrados o rotos, las hojas manchadas por las huellas
que sus dedos sudorosos habían dejado sobre los símbolos que no podía leer ya.
     Moisés permaneció en la puerta, oliendo al enemigo que le dominaba, que le había derrotado y
destruido. Era un olor hecho de humo, sudor, lágrimas y tantas horas de felicidad que jamás pudo
creer en su buena suerte. Había quemado sus últimos cinco años dentro de esta cueva para librar
sus combates contra sus propias limitaciones sin ecos del mundo exterior, y ese era el milagro más
bello que debía a su esposa.
     Moisés se sentó sobre la vieja silla de madera heredada de un basurero vecino y encendió su
vieja amiga para mirar los miles de rostros de su alma en el ojo verde que le enseñara algo de
inglés, le había hablado durante mil ochocientos días, le presentara el abismo entre sus sueños y
sus poderes, le diera, en fin, las mejores oportunidades imaginables de explorar y agotar el laberinto
que hervía en su cerebro.
     Moisés retornó a la vez primera en que había enfrentado este juego de símbolos, el día perdido
en que, sólo por hacer lo que su primogénito mimado le pedía, su padre le enseñara a leer en seis
días con la ayuda de sus nudillos y la promesa de comprarle un libro cada semana.
     Recordó cuan fácil le había sido el perderse en las sendas abiertas en las páginas donadas por
las mejores mentes de la memoria humana. Recordó cuanto había aprendido a amar su vida
después de haber hallado que ese reino era el único donde no necesitaría vencer ni derrotar a otro
niño, la única esfera en que sus anteriores habían combatido para conquistar la belleza y la verdad,
esta soledad en la que se debe explorar y conquistar a sí mismo para alcanzar una victoria.
SIGUE