Fin de un Sueño – II
Moisés dejó transcurrir la memoria de sus días por el ojo verde, las horas fáciles en que hallara sus
héroes y sus ídolos, los gigantes que le habían llevado de la mano durante paseos largos o cortos por
el universo de las ideas, los días duros en que esas ideas trajeran dolores y penas para los suyos
cuando chocaran contra ambiciones ajenas y con los hombres de poder por esgrimirlas desde sus
propias líneas dichas o impresas o reclamar su propio, pretendido, poder, casi siempre mediante tinta
negra y barata.
Sonrió ahora ante sus pequeños triunfos, recordó con ternura los rostros jóvenes, dos, tal vez tres,
de quienes vinieran a estrecharle la mano para agradecerle las palabras impresas que habían creídos
suyas cuando en su propio pasmo no pudo hacerles saber que sólo habían sido un eco, y se mordió los
labios cuando sintió otra vez el fuego que devoraba su pie derecho, las patadas, los golpes, el alambre
eléctrico que le quemara la mente ardiendo en sus genitales, la insensata brutalidad de sus enemigos.
El ojo verde le decía hoy que había traído todos esos días negros sobre su familia porque buscara
atrapar cada día de su vida y retenerlo vivo para siempre y latente en sus propias páginas. Supo con
claridad simple que había seguido su vida de pobreza, violencia y protesta porque amaba esta actividad
tanto que no restaba lugar para nadie ni nada más; nada podría tomar ese lugar en su corazón. Este
era su crimen y su pecado, y Moisés pudo verlo claro y simple, poderoso como siempre fuera,
avasallador y cruel como todo vicio.
Lo había creído vocación alguna vez, pero era un vicio. Había guiado sus acciones antes de que
pudiera entender que corría por sus venas. Le apartó de su hermano menor cuando le fuera más
necesario, un primer crimen que lamentaría pero no admitiría en voz alta, y erigió una muralla alrededor
suyo, un pared de palabras muertas que le enfriaba el corazón y no permitió excepción en su egoísmo
excepto una, el amor que guardaba ahora como un secreto y sobrevivía a todas sus pasiones perdidas,
este nuevo, tierno amor por su esposa, el único ser humano que aprendiera a amar y admirar… muy
tarde.
Moisés dejo desfilar rostros y voces por el ojo verde de su mente y aceptó sin vacilar que amó a los
suyos sólo si no significaban una amenaza para esta pasión. Vio a sus hermanos y sus amigos, a los
que aceptaran su silencio y su distancia impuesta. Todos le amaron bien alguna vez y aprendieron
también a dejar morir ese amor porque Moisés jamás estuvo donde debió estar, donde le habían
necesitado, donde su deber le exigiera estar. Nunca. Si, este vicio le había matado mucho antes, y sólo
Yolanda y su amor por él, su inexplicable amor por un hombre muerto, era su último vínculo con los
vivos mientras disecaba sus recuerdos para apaciguar las urgencias de su vicio.
Se tranquilizó al recordar ese largo combate. Dio la bienvenida con una sonrisa amarga a la idea de
que jamás fue libre porque jamás halló una oportunidad de desarrollar lo que creyera su talento. El día
en que llegara a hacerse periodista descubrió que no había lugar en su Tercer Mundo que pagara ese
oficio. Cuando se hiciera un maestro local del humor ligero con sus cuentos y columnas no encontró
audiencia para su trabajo a menos que lo tomara como una afición por la que nadie daría un centavo, y
el día en que luchó por sus libertades con su palabra impresa fue perseguido como perro rabioso.
Moisés halló que nunca había conocido un lugar que fuera suyo porque esas oportunidades
primeras fueron negadas por las miserias de su cuna y sus oportunidades últimas fueron destruidas por
su carencia de una lengua nueva con la cual buscarse una nueva audiencia. En este sentido, jamás
había sido libre porque nunca tuvo una oportunidad de hallarse y ser quien naciera. Libertad era en
verdad oportunidad, o por lo menos así le pareció hasta que su amada hija menor le enseñara que su
vicio no requería en verdad de glorias, famas ni renombres que dejar a la posteridad: exigía todo lo
demás, pero en nada contaban esas vanidades.
Moisés conservaba dormida en la memoria otra idea nebulosa, la de que ningún hombre puede
sentirse libre de amar y ser amado a menos que hiciera de sí mismo el mejor hombre posible. Había sido
bien amado y no mereció ese amor pero vio hoy, y sólo pudo enunciarlo ahora, no como excusa sino
como una ley de la vida que nunca pudo explorar, que ningún hombre incapaz de amarse a sí mismo
puede amar ni ser amado.
Moisés no podía amarse a sí mismo. Los hombres pueden hacerse ángeles o monstruos, y el fracaso
seca las almas sobre las que se ceba. Además, las dudas y los misterios, pensados mucho y al azar,
hacían feos a los hombres por dentro y por fuera. Cuán fácil le era verlo ahora en su propia cara. No
era el hombre que había deseado ser; era este otro hombre, el que espiaba desde el espejo cuando las
voces del mal llegaban a seducirlo y engañarlo, esas dulces voces del mal… Sus pecados habían sido
muchos, pero jamás había renunciado a su poder de ver y observar, ser un testigo y buscar su hermoso
sueño.
Había entregado en verdad lo mejor de sí mismo a… esto. Moisés estudió su trabajo, extendido
alrededor suyo, el montón de papeles en el que trabajara desde el mismo día primero en que había
elegido esta celda, rechazado la idea de terminar sus días como taxista, portero o lavaplatos,
oportunidades únicas que esta estupenda América del Norte le ofrecía y, porque Yolanda podía tomar
su lugar, había abusado de su forzada generosidad para usar esta celda y hacer de sí mismo el hombre
que debió ser.
Vio esa decisión como correcta y obvia aún ahora; había esperado alguna vez que su familia
coincidiera con él: había pan en la mesa y tenían un techo sobre sus cabezas. ¿Pudo un puñado de
monedas agregar algo a sus vidas, algo tan importante como sus potenciales contribuciones al mundo
de los libros? Tanto como pudieron ellos aceptar esa idea. La ley era simple. Su primer deber era
trabajar en cualquier cosa y ayudar a su esposa y a su familia. Ningún hombre es tal si no puede ganar
su propio pan. Ninguno merece ser considerado como tal si no sale cada día para hacer su lugar bajo el
sol.
Fue sólo porque le habían amado tanto en lejanos días anteriores que habían logrado aceptarlo
bajo el mismo techo pero no en el mismo papel, y sólo fue porque él amaba tanto su vicio que se hizo un
viejo amo de casa que trabajaba entre fiebres cada noche. Invirtió esos años sintiendo que moría para
todos, que su lugar en la mesa era ocupado por un vacío a pesar de todo el amor del mundo, que los
ojos ajenos aprendieran con paciencia a aceptar a ese fantasma silente que no podía escuchar ni podía
hablar mucho; había hallado, pues, un castigo peor que la muerte, y era esta lenta agonía diaria que le
empujaba más y más hacia su cueva.
Esta cueva en la que el destino y el amor de su esposa le habían concedido todas las oportunidades
que necesitaría para comenzar una y otra vez, para laborar, sudar y llorar por una página, una corta
página en la que pudiera retener un destello de vida como una faceta bella e inmortal de su alma, una
cueva en la que había gastado cada minuto tratando de rescatar las voces y los rostros que habían
hecho su vida, su vida excepcionalmente única, sólo para quemar cada minuto para nada, para
aprender con sus propios ojos que no podía hacerlo, que nunca habría de hacerlo, que no fue
bendecido, como se había engañado tan a menudo, por el poder mágico concedido a unos pocos
afortunados, a esa diminuta hermandad que había alimentado sus esperanzas por medio siglo sólo al
yacer aquí, ante el tacto de sus dedos, al alcance de sus ojos, en sus libros viejos.
Moisés levantó su obra como levanta un niño el cadáver de un pájaro y sus lágrimas ahogaron un
desesperado gemido de desesperanza. La verdad cayó sobre él como un lobo negro oculto entere sus
sombras.
La sintió venir y helarle la nuca y el cuello, bañar de sudor sus manos sobre las teclas. Entendió el
ardor que le había oprimido el corazón en el jardín y pudo verla clara y simple, pudo tratar y fallar otra
vez en su intento de fijar en palabras el monstruo que le había destruido.
Cayó de rodillas para buscar las hojas que significaban su felicidad porque una vez o dos había
estado cerca de capturar su alma inmortal en una red de palabras; y sí, esas páginas estaban allí. Sí,
había tocado la vida una o dos veces, tal vez varias otras, pero se había deslizado luego hacia la nada
como un leve destello. Nunca la había visto exacta; había adivinado tan sólo que estaba por allí, muy
cerca pero jamás en su poder, que fue sólo un relámpago en las sombras, nunca una luz en su puño.
Moisés trató de hallar la clave de sus días en esas páginas, pero sus ojos le traicionaron una vez
más: sólo pudo ver manchas oscuras, débiles borrones que había sido antes bellos símbolos y su mejor
esperanza de construir su vida con ellos.
Su derrota final llegó como una nueva y aterradora libertad cuando la percibió en el fin de esta celda de
huesos que acarreara sólo para destilar sus días espiando y vigilando vidas ajenas, de esta carne que
le enseñara el placer y el dolor, de este trozo de barro que precisaba retornar al polvo, estos ojos que
se ahogaban ya en oscuridades infinitas y esos violentos rugidos que rompían sus palabras dentro de
su mente, esta mente que se ahogaba en una tormenta de miedos, ruidos y furia.
Y fue así como este anciano lloró en la noche hasta que una fatiga simple redujo su cuerpo y una
red de pesadillas se disolvió en un punto negro como la última faceta de un sueño que durara todas sus
horas.