El Fin de la Física Unificada
Arturo von Vacano

Estimado Profesor Sperling,
Muchas gracias por su carta reciente sobre Hawking. Abundan en ella, como siempre, las ideas novedosas
y audaces que yo, pobre lego, difícilmente puedo evaluar en toda su profundidad. Pero admiro una vez
más su amor a la vida y su interés por los mundos que afirma usted mediante sus intricadas ecuaciones.
Aprecio mucho su cálida amistad y sus sabios consejos, como sabe usted. Tanta vitalidad me hace
optimista sobre su salud y sus proyectos futuros.
Yo, la verdad, he vacilado antes de confiar al papel las razones por las que perdí la fe en Hawking. Había
decidido no hacerlo nunca hasta que recibí su nota. Ahora creo que, dada su perspicacia, tal vez pueda
ver usted en estas líneas datos que escapan a mi ceguera científica. Tal vez hay algo latente detrás de las
palabras de Anthony Deutsch que tan bien recuerdo y tan poco sentido tienen para mí. Es con esa idea
principal que me daré el trabajo de registrar para usted, ya que no para la posteridad, los días que me dio
la fatalidad junto a ese trotamundos solitario.
Conocí a Deutsch en Puerto Villarroel hará tres años. Había decidido añadir el Chapare a mis paseos por
mi país natal para disminuir en algo mi ignorancia sobre su geografía. Las ironías del azar y la política me
hicieron conocer mejor las capitales del Continente de la Desesperanza que su corazón mismo, hecho de
selvas y misterios. Dediqué dos días a Villa Tunari, uno a Shinahota y otro a Ivirgarzama.
En Villa Tunari conocí una anciana de 82 años que administra un local y alquila ordenadores, 25 centavos
de dólar por cada 15 minutos, y sostuve con ella una amistad incipiente disfrazada de torpe cortesía antes
de descubrir que Evo Morales no vendría a la villa ese domingo como había prometido; en Sinahota conocí
a un médico graduado en la Universidad de Cochabamba que me enseñó un poco de patriotismo: sus
horas de labor eran las 24 y no pasaba día sin que salvara alguna vida. Lo vi rescatar una suicida por
amor, traer a ese mundo ardiente a un pequeñuelo de envidiables pulmones y cerrar los ojos de un
muchacho victima de dos balazos, todo ello simple rutina, como me explicó sin darle importancia. Me habló
luego del terror silencioso con que gobiernan la zona quienes negocian su principal producto (el único, a
decir verdad) y la costumbre que tienen por allí de morir de crueles modos o desaparecer sin reclamo
alguno. Viniendo de sus labios, esos peligros se me aparecieron muy reales y aterradores, a diferencia de
lo leído. Pero, como usted sabe, Bolivia y sus gentes humildes son mágicas y es muy difícil evitar un
aprecio por ellas que se mete en nuestras venas sin quererlo ni notarlo. Son la mar de interesantes
aunque sean bárbaros.
De Ivirgarzama nada especial recuerdo, a no ser un “hotel” despreciable y sucio, error mío en un mal
instante. Busqué a varios dirigentes de los productores locales (mi turismo no es de lugares; es de gente)
y mi español altiplánico me sirvió de mucho para evitar malos entendidos. Cambiaban de actitud apenas lo
escuchaban, pero les costó romper el divorcio entre mi aspecto y mi acento. La cerveza, siempre
abundante, me ayudó un tanto y pude pasar algunas horas midiendo y sopesando las personalidades que
me rodeaban. Uno olvida a veces que el asesinato es una de las ocupaciones más antiguas de la especie
y fue natural durante varios pasos del camino hacia la civilización.
Sin nada que lamentar decidí concluir mi visita en Puerto Villarroel antes de retornar a Cochabamba. A la
orilla del Ichilo, sobre una silla enana de lona y debajo de una sombrilla verde y enormes lentes oscuros,
encontré a Anthony Deutsch.

Los apátridas tenemos un triste aire de abandono, pienso yo. Deutsch no es diferente. Nuestro primer
encuentro fue corto y silencioso, dedicado a medirnos por fuera y por dentro hasta concluir en que éramos
mutuamente inofensivos. También, que nuestro aspecto ocultaba mucho de lo que llevábamos como
experiencia. Juzgué que su compañía sería interesante durante tres días y añadí dos a mis planes
originales. Recuerdo muy bien que me arrepentí de haberlo decidido apenas lo decidí, pero aún hoy no sé
por qué. El caso fue que el diálogo nos resultó harto fácil en inglés, alemán, francés o español. Lo inició
confesando que es un fugitivo de la ley británica.
-        Me acusan de intento de asesinato contra Hawking, dijo mirando al sol que se ponía.
-        ¿Stephen Hawking?
-        El hombre de Cambridge.
-        ¿El cosmólogo?
-        Prefiere definirse como teórico de la física.
-        ¿El de los huecos negros?
-        Disculpe. Le creí mas educado de lo que es…
-        No es nada. En realidad, me enorgullezco de mis ignorancias. Como viejo periodista, se algo sobre
todo y nada sobre algo.  Puedo conversar sobre todo, pero sólo generalidades, lo superficial, lo que odian
los especialistas, esos ignorantes sobre todo pero sabios sobre algo. Me imagino que usted es otro entre
esa especie.
-        Tal vez. Me violenta usted. ¿No le sorprende mi confesión?
-        Para mí, Hawking es un marciano. Usted, un espejismo y su confesión un cuento chino, pero he
decidido dedicarle algo de mi tiempo sólo el diablo sabe por qué será.
-        El diablo y yo… Un anciano sin nadie en el mundo, agachado ante este rio de chocolate junto a un
espejismo extraño espera de mí lo que más le interesó durante toda su  vida: una historia sensacional y la
posibilidad de ser el primero en publicarla. Pero sé que no la publicará.
-        También en eso acierta. No me interesan ya las primicias ni tengo donde publicarlas. Es más, creo
que no tendría la menor influencia sobre las masas.   
-         Bueno, pues. Alquile allá una silla como ésta y ayúdeme a matar el tiempo. Mi nombre verdadero es
Anthony Deutsch.
-        Ah.
-        Soy otro teórico de la física. Dediqué treinta de mis sesenta años a aprender lo que Hawking
descubría y a discutirlo con él. Nunca fue una tarea fácil.
-        No veo por qué. Todo debe consistir allí en jugar con las matemáticas.
-        No imagina usted cuán grande es esa verdad, sobre todo en el caso de Hawking.
-        En ese trono monstruoso que le han inventado… Debe ser un santo para haber sufrido durante
sesenta…
-        Setenta y tantos…
-        … setenta años persiguiendo sus quimeras. Una víctima de una horrible enfermedad…
-        Esclerosis amiotrófica lateral.  El mal de Lou Gehrig, lo llaman. No estoy seguro de que sea una
maldición… Es lo que le hace legendario, único.
-         Solo, sin familia…
-        Casado dos veces, tiene tres hijos.
-        Inmóvil sobre esas cuatro ruedas…
-        Ha viajado por todo el mundo para ganar una fortuna con sus conferencias. Su “Historia Breve del
Tiempo” vendió diez millones de ejemplares. Tiene varios libros más.
-        Condenado a vivir dentro su cabeza…
-        Esa es la parte que duele… Por lo menos a mí, su más intimo colaborador, su amigo y su sirviente.
-         Hasta aquí, parece que no es usted un impostor. Salud.
-        Salud.
Bebimos y lo miré y vi que estaba perdido en la puesta del sol, un ojillo diminuto en un cielo negro. Cuando
el disco de oro desapareció descubrí que estaba dispuesto a creerle. Nos perdimos en otros temas del
modo más natural hasta que las estrellas nos anunciaron la medianoche. Caminamos en silencio hasta
separarnos en una esquina que no pude reconocer.

Por la mañana me dediqué a coleccionar diálogos pero pronto descubrí que sólo pensaba en Deutsch y
Hawking. Lo único que supe hasta entonces era que ambos fueron colegas, si es que no me había topado
con un impostor. También supe que estaba dispuesto a creerle hasta el último detalle de su historia.
Cuando creí que el calor disminuía un tantico me dirigí al río. Allí estaba él, inmóvil en su silla alquilada.
Alquilé la mía y fui a sentarme a su lado sin decir palabra. Noté que tenía media docena de cervezas entre
los pies y en el agua.
-        Lo peor de todo era la monotonía.
-        Me imagino… Un pizarrón grande y varios trozos de tiza.
-        En esa pared de Cambridge descubrimos el universo, él y yo. Algo horrible y monótono.
-        Monótono… ¿Cómo?
-        Su costumbre es trabajar dentro de su cabeza. Arma y desarma sus ecuaciones y no dice palabra
hasta que las piensa acertadas. Hubo veces en que se tomó horas y hasta días antes de una serie. Las
dicta con una lentitud atroz que hace sospechar finales macabros e invita a estirar el brazo para abrirle
una pestaña y averiguar si se ha muerto. No lo hice nunca, por supuesto, pero estuve a un paso de
hacerlo. Los británicos somos flemáticos pero humanos, aunque hay quienes no lo creen.
-        Yo imaginé algo diferente. Imaginé que descubrir los huecos negros sería algo… ¿Cómo decirlo?
Algo conmovedor. Algo como el descubrimiento de América… Un pasaje entre los tiempos y los
universos… Los viajes por el tiempo…
-        Los demás dimos rienda suelta a nuestro pasmo. Por supuesto, sin armar ningún alboroto. Después
de todo, era…. Es una teoría, tan sólo.
-        Pero para ustedes es como la Biblia.
-        Si. Nadie duda de lo que nos enseñó. Desde entonces hubo cientos de especialistas que siguieron
sus intricadas ecuaciones y nadie pudo hallarles un error. Nadie, ni yo.
-        ¿Usted?  
-        Soy una de las autoridades universales de las matemáticas. Mis contribuciones, aunque menores,
han sido reconocidas en todo el mundo. Son el lenguaje de los universos, y yo lo hablo mejor que él,
aunque ese es un punto en el que no estamos totalmente de acuerdo. No porque Hawking se crea
superior sino porque yo le niego varias de las libertades que se da.
-         ¿Cómo cuáles?
-        Varias. Ya llegaremos a ese momento, si es que no se aburre usted con este tema. Después de
todo, debe parecer chino a los extraños. ¿Le interesan a usted las matemáticas?
-        Como instrumento cotidiano, nada más. Para pagar facturas.   
-         Uno de los puntos que nos gustaba discutir es que son inexactas. Hay lugares que nunca tocan y
que me parecían ser expresiones del Trono de Dios. 33,33.
-        ¿Dios?   
-         Si, Dios. No el de las barbas y su horrendo temperamento, sino el Numen.
-        Me sorprende grandemente usted. Pensé que Dios no era para la ciencia más que un dato. Un dato
indemostrable y por ello nada científico. Inaceptable, si se quiere. Nada molesta más a la ciencia que la
incertidumbre, y nada hay más incierto que Dios.
-        ¿Cree usted en Dios?
-        Si, por pura precaución…. Ya sabe usted, Descartes… el otro francés…
-        Apuesta que existe porque si no existe, nada pierde usted.
-        Esa es la idea.
-        Pues yo se que existe. Es lo que único que se sobre Dios, del que nadie puede afirmar nada, ni
siquiera su nombre. Por eso se escriben tantos libros sobre El.
-        Hawking lo menciona a menudo en su “Breve Historia”, ahora que lo recuerdo.
-        Ah, lo leyó usted.
-        Lo intenté. No creo haber leído todo el tomo. En parte, porque me perdí en el laberinto de sus
matemáticas. Tiene páginas en que parece un libro religioso. Si sus respuestas terminan en un “porque si”
como hacen las religiones, no parece muy científico.
-        Recuerde que escribe para las masas. Cuando se habla a las masas, Dios es muy útil para
simplificar cualquier ecuación. Pero también puede usarse como un símbolo, un símbolo vacio, sin
contenido.
-        Yo creí que todo científico que se respeta rechaza la idea de Dios. Después de todo, lo asesinaron
hace un siglo. No sólo les es molesto, es odioso para ellos. No es un concepto elegante, es una
imposición.       
-         Pues a mí me parece necesario.
-        ¿Por lo del diseño inteligente?
-        No tanto… Por la armonía que encuentro en todos sus universos.
-        Visto desde acá, este universo parece un caos. El 98 por ciento esta vacio, dicen quienes lo
estudian. El nacimiento y la muerte de las estrellas parece un concierto feroz y salvaje.
-        Pero es un concierto. Brutal para nosotros, tal vez, pero y después de todo, ¿qué somos nosotros?  
Ahí acabo nuestro diálogo de la noche. Ante semejante pregunta, optamos sin añadir palabra por las
cervezas que Deutsch había puesto a enfriar apenas ocupara su puesto de centinela abandonado sobre el
rio dormido.

-        Esta mañana se presentó el Cabo Arguedas para dejarme saber que ha llegado un papel donde me
tiene de frente y de perfil. Ello significa que esta es nuestra última conversación.
-        Sería una lástima. Por supuesto, la prudencia aconseja evitar a los Cabos y a todos los uniformados
en estos casos. Déjeme darle mi dirección por si alguna vez pasa cerca de allí y necesita una cama. Uno
nunca sabe…
-        Voy a memorizarla, con las dos docenas que tengo ya en reserva.
-        Magnifica memoria, Deutsch.
-        Llámeme Tony. Me hace sentir mejor.
-        Decía usted que Hawking y las matemáticas…
-        Si. Abusa de ellas. Comete errores porque usa valores a los que no tiene derecho.
-        ¿Como cuáles?
-        Infinito, por ejemplo. Eterno, es otro. Habla del tiempo como si en verdad existiera.
-        ¿No existe el tiempo?
-        Cada quien tiene su tiempo, su propio tiempo. En realidad, en vez de llamarlo tiempo deberíamos
llamarlo duración. Pero el Tiempo, como valor absoluto, no existe. Un segundo no dura lo mismo para dos
seres vivientes. Para uno será un instante, para otro, una vida.
-         Ah, pero un segundo es un segundo para todos…
-        No lo es ni nunca lo será. Siente usted a siete personas, cúbrales los ojos y pídales que levanten la
mano en el momento en que creen que pasó un segundo… O un minuto, será mejor. No hallará dos que
coincidan. Cada cual tendrá su propio segundo.
-        Pero entonces, ¿para qué sirven los relojes?
-        Un invento caprichoso que sólo nos da su versión del segundo. Lo inventamos para poder charlar
sobre el tiempo y nos ha servido para difundir esta confusión. Para Einstein, cada quien tiene su propio
segundo, sabe usted.
-        No puedo discutir la idea. No tengo mi Einstein a la mano, y yo jamás discuto sobre aire. Pruebas al
canto, siempre lo exijo.
-        Hace bien, pero como no lo tiene, no podemos continuar este desacuerdo, aunque quisiera
proponerle un par de ideas.
-        Le escucho.
-        El Tiempo, como tal, no existe, pero la negación del Tiempo, la Eternidad, sí. Imagine usted la
Eternidad como una pizarra infinita. Imagine que nace usted, y al nacer apoya su trozo de tiza sobre la
pizarra. Avanza usted por la vida y su trozo de tiza va trazando una raya sobre la Eternidad. Es su vida. La
traza hasta su muerte. Al morir, su trozo de tiza desaparece como desapareció usted. Esa raya de tiza es
su duración y usted y todos pueden medirla con la unidad de tiempo que prefieran. Unos elegirán los años,
otros los días, algunos los minutos. Un marciano la medirá con sus propios años, diferentes de los
nuestros. Cada observador la medirá con su propia unidad, parte de su propio tiempo, de su propia vida, y
así, usted habrá durado tanto o tan poco como lo decida cada observador. La vida humana es casi eterna
para algunos insectos.
-        Bien. Tomo nota y seguimos otra charla porque…
-        Si, si. Ya le entendí. Algo parecido sucede con Infinito. Hawking lo usa como valor, como usa la
Eternidad en sus ecuaciones. Porque usa tales valores, indefinibles, sus ecuaciones se pierden en
absurdos.
-        Pero no. Habrá notado usted que progresa…
-        No progresa. Retrocede.
-        Me parece temerario, usted.      
-         Mire lo que hizo con los huecos negros. Para comenzar, no existen más que en su pizarra. Y hablo
de la pizarra de Cambridge donde trabajamos los dos. Una pizarra real y material, aunque inmensa. El
dictaba y yo anotaba. Los mundos y los universos, las ecuaciones, iban apareciendo con una lentitud
insoportable, pero al final del día no eran más que eso: ecuaciones. Un grupo de ellas lleva por nombre el
de huecos negros. No sólo los huecos. También sus propiedades, que consistieron en devorar todo lo que
se ponía a su alcance, la energía, la luz, todo lo imaginable. Años después descubrió que no es así.
Descubrió que los huecos negros regurgitan algunos entes. Dudará un día de que son pasajes por los que
se puede viajar en el tiempo y el espacio, como antes lo anunciara, porque sus ecuaciones negarán lo que
antes afirmaban. En ello estaba y en ello hubiéramos continuado si no le daba por buscar la Solución de
Todo, como llama a la Teoría Unificada.
-        Einstein casado con los quantum.
-         Si. Una sola teoría para explicarlo todo.  Un todo absoluto. Para usted y otros legos: todo, todo, todo.
-        El fin de la ciencia, como tal. El principio de la Utopía. La Edad de Oro. La Inmortalidad.
-        Un día me dejó saber que había dado en el clavo. Una frase corta en esa voz de robot que la ciencia
le ha dado. Una promesa que me hizo sin traicionar los nervios que nunca tuvo: ‘Te dictaré la solución
después del almuerzo’. Usted no puede imaginar, mi querido amigo, la desesperación, la angustia con que
esperé ese dictado.
-        Me imagino que se cumplió la Ley de Murphy.
-        ¿La Ley de Murphy?
-        Si. “Siempre que algo puede salir mal, sale mal”.
-        Su insensibilidad me lastima.
-        Digo, como el mundo sigue igual, Hawking jamás dictó esas ecuaciones.
-        No, pero están en su cabeza. Lo sé porque las primeras doscientas son perfectas.
-        Pero entonces…   
-        Mientras sudaba yo a mares anotando con gran cuidado, de pronto se quedó mudo.
-        ¿Mudo?
-        Mudo, literal, brutal y definitivamente mudo. Incapacitado de comunicarse conmigo o con nadie para
siempre jamás. Mudo, mudo como una piedra, como Dios, como… Como…
-        ¿Pero, cómo fue posible semejante desgracia?
-        Hawking usaba el párpado del ojo izquierdo para comunicarse conmigo y con todos. La enfermedad
le había quitado todo otro medio de comunicación. Es una mente prodigiosa en un cuerpo asesinado por la
enfermedad. Un cuerpo destruido y muerto. Después de esa ecuación perdió el uso del parpado. Quedó
totalmente aislado. Cuando comprendí que es ahora una mente presa dentro de una cabeza que nada
puede hacer para conectarse con el exterior…
-         Usted también perdió la cabeza.
-        Salté sobre Hawking y empecé a golpearlo con gran furia. Había perdido la salvación de la
humanidad al no negarse un almuerzo. Tiene la Solución de Todo en la cabeza pero no hay poder humano
que pueda comunicarse con ella. Vive solo y preso de su cráneo. Lo mantienen vivo, si es que eso es vivir.
-         Usted, claro…
-        Entendieron mi angustia y mi frustración, pero la ley es la ley en mi país. Aproveché el caos que su
desgracia originó para desaparecer. Desde entonces he intentado continuar con este trabajo desde el
punto en que Hawking lo dejó, pero es imposible. No hay dos Hawking.  
Su quedó mirando la luna que había hecho fantasmal nuestro mundo y me alejé lento y silencioso. Me
pareció que molestarle con más preguntas sería como interrumpir un entierro. Cuando me volví para
despedirme agitando un brazo, la silla estaba vacía, las botellas también y dudé por un instante de haberlo
conocido.  
He leído esta nota, mi apreciado Sperling, y no decido si pertenece a la realidad o a la ficción. Tal vez el
siguiente recorte del New York Times le ayude a usted a decidir esa cuestión.
Antes de copiarlo, un abrazo.


El New York Times sobre Stephen Hawking – Mayo 9, 2011
A los 21 años, el físico británico fue diagnosticado como víctima de una esclerosis lateral amiotrófica, el
llamado mal de Lou Gehrig. Aunque los pacientes con ELA no viven más de cinco años, el, Dr. Hawking
vivió algo más y, entre sus logros, produjo varios de los descubrimientos cosmológicos más importantes de
su época.
Durante los 1960s y con Sir Roger Penrose, usó las matemáticas para explicar las propiedades de los
llamados huecos negros. En 1973 aplicó la teoría general de la relatividad de Einstein a los principios de la
mecánica quantum. Mostró que los huecos negros no son negros por completo sino que filtran radiación y
explotan eventualmente para desaparecer, un descubrimiento que aún reverbera en la física y la
cosmología, la teoría sobre el origen del universo.
El Dr. Hawking intentó en 1988 explicar al público en general lo que sabía sobre los límites del universo en
su "Una breve Historia del Tiempo: desde el Big Bang hasta los Huecos Negros". El libro vendió más de 10
millones de copias y fue un best-seller durante más de dos años.
Hoy en día, a sus 69 años, el Dr. Hawking es uno de los sobrevivientes del ELA que más tiempo ha vivido y
es tal vez el de mayor influencia. Totalmente paralizado, puede hablar sólo mediante un simulador de voz
computerizado.
Palabras de uso común desfilan ante sus ojos por una pantalla montada sobre su silla de ruedas. Con un
músculo de una mejilla, con un tic, el físico señala la palabra que necesita a un sensor electrónico fijado en
sus lentes para dar instrucciones al computador. De esa manera construye lentamente sus frases: el
computador transforma el mensaje en la voz metálica, de otro mundo, que es familiar ya para las legiones
de admiradores del Dr. Hawking.
Es un proceso agotador que consume mucho tiempo. Y sin embargo, así es como se mantiene conectado
con el mundo, dirige las investigaciones del Centro de Cosmología Teórica de la Universidad de
Cambridge, escribe constantemente para especialistas y generalizadores y presenta conferencias a sus
extasiados oyentes del mundo todo desde Francia hasta Fiyi.