De “El General en su Laberinto”
Gabriel García Márquez

José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de
la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que ése
era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la
deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo. No se atrevió a acercarse, sino
que lo llamó con voz sorda de acuerdo con la orden de despertarlo antes de las cinco
para viajar con las primeras luces. El general emergió del hechizo, y vio en la penumbra
los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida
de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de
amapolas con goma. El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió
de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un
cuerpo tan desmedrado.
«Vamonós», dijo. «Volando, que aquí no nos quiere nadie».
José Palacios se lo había oído decir tantas veces y en ocasiones tan diversas, que todavía
no creyó que fuera cierto, a pesar de que las recuas estaban preparadas en las
caballerizas y la comitiva oficial empezaba a reunirse. Lo ayudó a secarse de cualquier
modo, y le puso la ruana de los páramos sobre el cuerpo desnudo, porque la taza le
castañeteaba con el temblor de las manos. Meses antes, poniéndose unos pantalones de
gamuza que no usaba desde las noches babilónicas de Lima, él había descubierto que a
medida que bajaba de peso iba disminuyendo de estatura. Hasta su desnudez era distinta,
pues tenía el cuerpo pálido y la cabeza y las manos como achicharradas por el abuso de
la intemperie. Había cumplido cuarenta y seis años el pasado mes de julio, pero ya sus
ásperos rizos caribes se habían vuelto de ceniza y tenía los huesos desordenados por la
decrepitud prematura, y todo él se veía tan desmerecido que no parecía capaz de
perdurar hasta el julio siguiente. Sin embargo, sus ademanes resueltos parecían ser de
otro menos dañado por la vida, y caminaba sin cesar alrededor de nada. Se bebió la
tisana de cinco sorbos ardientes que por poco no le ampollaron la lengua, huyendo de sus
propias huellas de agua en las esteras desgreñadas del piso, y fue como beberse el filtro
de la resurrección. Pero no dijo una palabra mientras no sonaron las cinco en la torre de
la catedral vecina.
«Sábado 8 de mayo del año de treinta, día en que los ingleses flecharon a Juana de
Arco», anunció el mayordomo. «Está lloviendo desde las tres de la madrugada».
«Desde las tres de la madrugada del siglo diecisiete», dijo el general con la voz todavía
perturbada por el aliento acre del insomnio. Y agregó en serio: «No oí los gallos».
«Aquí no hay gallos», dijo José Palacios.
«No hay nada», dijo el general. «Es tierra de infieles». Pues estaban en Santa Fe de
Bogotá, a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar remoto, y la enorme alcoba de
paredes áridas, expuesta a los vientos helados que se filtraban por las ventanas mal
ceñidas, no era la más propicia para la salud de nadie. José Palacios puso la bacía de
espuma en el mármol del tocador, y el estuche de terciopelo rojo con los instrumentos de
afeitarse, todos de metal dorado. Puso la palmatoria con la vela en una repisa cerca del
espejo, de modo que el general tuviera bastante luz, y acercó el brasero para que se le
calentaran los pies. Después le dio unas antiparras de cristales cuadrados con una
armazón de plata fina, que llevaba siempre para él en el bolsillo del chaleco. El general se
las puso y se afeitó gobernando la navaja con igual destreza de la mano izquierda como
de la derecha, pues era ambidiestro natural, y con un dominio asombroso del mismo pulso
que minutos antes no le había servido para sostener la taza. Terminó afeitándose a ciegas
sin dejar de dar vueltas por el cuarto, pues procuraba verse en el espejo lo menos posible
para no encontrarse con sus propios ojos. Luego se arrancó a tirones los pelos de la nariz
y las orejas, se pulió los dientes perfectos con polvo de carbón en un cepillo de seda con
mango de plata, se cortó y se pulió las uñas de las manos y los pies, y por último se quitó
la ruana y se yació encima un frasco grande de agua de colonia, dándose fricciones con
ambas manos en el cuerpo entero hasta quedar exhausto. Aquella madrugada oficiaba la
misa diaria de la limpieza con una sevicia más frenética que la habitual, tratando de
purificar el cuerpo y el ánima de veinte años de guerras inútiles y desengaños de poder.
La última visita que recibió la noche anterior fue la de Manuela Sáenz, la aguerrida quiteña
que lo amaba, pero que no iba a seguirlo hasta la muerte. Se quedaba, como siempre,
con el encargo de mantener al general bien informa do de todo cuanto ocurriera en
ausencia suya, pues hacía tiempo que él no confiaba en nadie más que en ella. Le dejaba
en custodia algunas reliquias sin más valor que el de haber sido suyas, así como algunos
de sus libros más preciados y dos cofres de sus archivos personales. El día anterior,
durante la breve despedida formal, le había dicho: «Mucho te amo, pero más te amaré si
ahora tienes más juicio que nunca». Ella lo entendió como otro homenaje de los tantos
que él le había rendido en ocho años de amores ardientes. De todos sus conocidos ella
era la única que lo creía: esta vez era verdad que se iba. Pero también era la única que
tenía al menos un motivo cierto para esperar que volviera.
No pensaban verse otra vez antes del viaje. Sin embargo, doña Amalia, la dueña de casa,
quiso darles el regalo de un último adiós furtivo, e hizo entrar a Manuela vestida de jineta
por el portón de los establos burlando los prejuicios de la beata comunidad local. No
porque fueran amantes clandestinos, pues lo eran a plena luz y con escándalo público,
sino por preservar a toda costa el buen nombre de la casa. El fue aún más timorato, pues
le ordenó a José Palacios que no cerrara la puerta de la sala contigua, que era un paso
obligado de la servidumbre doméstica, y donde los edecanes de guardia jugaron a las
barajas hasta mucho después que terminó la visita.
Manuela le leyó durante dos horas. Había sido joven hasta hacía poco tiempo, cuando sus
carnes empezaron a ganarle a su edad. Fumaba una cachimba de marinero, se
perfumaba con agua de verbena que era una loción de militares, se vestía de hombre y
andaba entre soldados, pero su voz afónica seguía siendo buena para las penumbras del
amor. Leía a la luz escasa de la palmatoria, sentada en un sillón que aún tenía el escudo
de armas del último virrey, y él la escuchaba tendido bocarriba en la cama, con la ropa
civil de estar en casa y cubierto con la ruana de vicuña. Sólo por el ritmo de la respiración
se sabía que no estaba dormido. El libro se llamaba Lección de noticias y rumores que
corrieron por Lima en el año de gracia de 1826, del peruano Noé Calzadillas, y ella lo leía
con unos énfasis teatrales que le iban muy bien al estilo del autor.
Durante la hora Siguiente no se oyó nada más que su voz en la casa dormida. Pero
después de la última ronda estalló de pronto una carcajada unánime de muchos hombres,
que alborotó a los perros de la cuadra. El abrió los ojos, menos inquieto que intrigado, y
ella cerró el libro en el regazo, marcando la página con el pulgar.
«Son sus amigos», le dijo.
«No tengo amigos», dijo él. «Y si acaso me quedan algunos ha de ser por poco tiempo».
«Pues están ahí afuera, velando para que no lo maten», dijo ella.
Fue así como el general se enteró de lo que toda la ciudad sabía: no uno sino varios
atentados se estaban fraguando contra él, y sus últimos partidarios aguardaban en la
casa para tratar de impedirlos. El zaguán y los corredores en torno del jardín interior
estaban tomados por los húsares y granaderos, todos venezolanos, que iban a
acompañarlo hasta el puerto de Cartagena de Indias, donde debía abordar un velero para
Europa.