El Gesto
Arturo von Vacano

Miércoles  23 de Mayo
A las 6:30, Jack Torrance tomó un desayuno liviano como de costumbre. Vestía un uniforme militar camuflado,
llevaba una Beretta y una Colt en el cinto y una UZI bajo el sacón. Ocultaba una Derringer bajo la manga
izquierda. Había atado un cuchillo de caza a su pierna izquierda y una granada de mano colgaba del bolsillo de
su camisa.
A las 7:00, Jack Torrance salió de su casa y dio siete pasos hasta la puerta de su vecino, Mike Spratt. Como
de costumbre, golpeó la puerta dos veces.
A las 7:02, Mike Spratt abrió la puerta y sonrió a Jack Torrance como de costumbre. Murió sonriendo para
Jack y fue arrastrado en silencio hasta la sala, la cocina y, poco después, hasta su sótano.
A las 8:30, Jack Torrance salió de la casa de Mike Spratt, subió a su auto y manejó durante media hora.
Sonreía de aquí para allá, a derecha izquierda, a sus amigos y conocidos, siempre el mismo vecino simpático,
buen mozo e inteligente.
A las 9:04, Jack Torrance entró al edificio de Star Enterprises como de costumbre. Caminó de prisa hasta la
oficina de Ed Douglas, un cubículo oscuro de cuatro por cuatro. Jack cogió el pescuezo de Ed y se tomó unos
tres segundos para cortarle la yugular. La sangre goteó sobre su bota izquierda y Jack no pudo ocultar su
disgusto. Escupió dos veces en la cara de Ed y salió del despacho.
A las 9:13, Jack Torrance entró al tercer ascensor, su medio acostumbrado de alcanzar el octavo piso. Jack
usó su pequeña Derringer para liquidar a Jimmy Driscoll, un negro que había pasado sus últimos diez y ocho
años subiendo y bajando en el mismo ascensor, día y noche. Jimmy murió sin lanzar un pío.
A las 9:21, Jack detuvo el ascensor tan rápido como pudo, sacó el cadáver de Jimmy de una patada y siguió
subiendo hasta su propio piso. Nada más sucedió durante unos seis minutos, pero Jack comenzó a sudar.
A las 9: 27, Jack Torrance emergió del ascensor. Sin una palabra, Jack distribuyó las balas de su UZI entre sus
colegas de quince años. Tumbó así a John Weiss, tan querido por todos porque todo lo hallaba "fascinante",
Janet Mendoza, que sería madre en un mes o dos, Mr. Desmond Briggs,  el mismísimo Jefe, Lily Pomeroy,
sonriendo hasta el final para su batería de teléfonos, y Luis González, el mensajero del café.
A las 9:35, Jack Torrance caminó hasta su oficina y la encontró vacía. Se sentó ante su escritorio y esperó
unos ocho minutos. Harry Black, su camarada de Vietnam, entró con la boca abierta y el rostro pálido.
— Jack, — preguntó – has visto…
Jack Torrance destrozó la cabeza de Harry con su Beretta. "¿Cabeza de dingo, he?" preguntó a su amigo, una
masa de sesos grises sobre un elegante terno azul. "Cabeza de dingo, te voy a dar".
A las 9:45, Jack Torrance había dado un paseo por el octavo piso sin que nadie le diera los buenos días ni
cosa parecida. Disparó contra Bobby White, el otro mensajero, no dio en el blanco, lo supo y supo también
que no le importaba, qué diablos.
A las 10:00 en punto, el Sheriff Tom Boggs salió del ascensor, giró sobre sí mismo y dijo con su voz más
atronadora:
— ¡Escúchame ahora, muchacho! Tú…
A las 10:01, Jack Torrance usó otra vez su Beretta y el Sheriff Boggs terminó sin una palabra más una brillante
carrera de 34 años. Tendido de espaldas, miró al tumbado, babeó como una criatura hasta que dejó de
respirar y terminó como cualquier otro lastimoso cadáver humano.
A las  10:09, Jack Torrance supo por fin que nadie más vendría a su piso a menos que trajera toda clase de
armas. Jack se sintió muy mal porque Douglas Firt, el hombre al que más odiaba en esta empresa, no había
mostrado la nariz. Jack Torrance miró por la ventana y vio muchos autos de la policía allí abajo, tronando sus
sirenas, tocando sus bocinas y haciendo un espectáculo de los mil diablos para la prensa.
— Mierda –  dijo Jack.
A las 11:05, Jack Torrance abrió una puerta estrecha en el fondo del salón principal y subió un piso. Se
detuvo ante otra puerta estrecha, idéntica a la primera, halló que estaba sudando otra vez y empujó la puerta
con sumo cuidado. Se encontró en la agradable compañía de seis de sus colegas. Conocía sus caras, pero en
verdad no sabía quiénes eran. Jack Torrance no era ningún tonto. Con una sonrisa leve, invitó a esas
personas ahora muy incómodas a pasar a un salón de conferencias tres pasos a su izquierda y tomar las
cosas con calma. Nada habría de suceder a menos que… Les ofreció la mejor y la más cálida de sus sonrisas
profesionales.
A las 12:03, Jack Torrance miraba  a la Sra. Graciella Banas, una viejita amable que concluía sus rituales
católicos de una buena muerte en paz consigo misma y lista para emprender el último viaje. Ella lo miró con
sus ojos cansados y Jack pudo leer en ellos, "haz lo que debes hacer, hijo. Para lo que me importa a mí…",
como si se lo estuviera diciendo en un inglés victoriano en lugar de su maldito dialecto italiano. Jack Torrance
no podía entender a esta dama. La Sra. Banas cruzó las manos y pareció que dormía. Jack Torrance halló que
no sabía qué más podría hacer.
A las 12:36 trinó el teléfono sobre la mesa. Porque lo había estado haciendo durante catorce años, Lucy
Kildare—Jones tomó la llamada, "Briggs & Bros. Inc.", con su mejor tono profesional, y dejó caer la bocina
sobre la mesa y sin un susurro antes de desaparecer debajo del enorme artefacto de caoba.
— Si. Habla Torrance. –  Jack Torrance olía el polvo acre pero no permitió que interfiriera con su tono
masculino, suave pero poderoso. – No fue mi intención. Pudo haberse callado, como se lo pedí. Las mujeres
jamás escuchan cuando se les habla. Yo les dije que… Bueno… ¿y ahora, qué?
A las  12:38, Jack Torrance comenzó a negociar por su vida como si no le interesara un ardite. La otra voz le
llegaba en tonos urgentes y con palabras claras, sonidos profundos que apelaban a su angustia espiritual
para pedirle que dejara escapar a esas personas. Después de todo, Jack nunca había trabajado con ellas,
¿verdad? Jack Torrance miró a Lucy Kildare—Jones, esa pobre cosa que destilaba un hilo de sangre roja,
casi negra, sobre la alfombra sin estrenar, y estuvo de acuerdo en que no había tenido la menor intención de
matarla. Había sido sólo un reflejo, lo mismo que cuando uno se mantiene silencioso en la jungla y escucha
que una rama se rompe… "Entonces hay que hacer algo, y bastante rápido, ¿sabes?", dijo.
— Lo sé, dijo la voz en el teléfono. Yo también estuve en Vietnam.
— Ni mierda. — Jack Torrance se preguntó por qué habrían de poner un veterano al teléfono. ¿Pensarían que
iba a derretirse al escucharlo? Muy bien...
— Pues sí, y yo digo que eres un cobarde. ¿Por qué retienes gente inocente allí arriba?
— Bueno, si están aquí, es que no son del todo inocentes, y yo lo sé. Yo trabajo aquí.
— Déjalos salir. Deja que salgan las mujeres. Deja que salga una de las mujeres.
—  O.K.
A las 12:51, Jack Torrance dio un vistazo a la Sra. Graciella Banas y halló que la idea era chistosa. La mujer
rogaba y pedía a su… a su cualquier cosa por su vida mientras él, Jack Torrance, tenía todos los naipes en la
mano y en su poder. "Le voy a mostrar. Les voy a mostrar a ella y su…’ Jack Torrance despidió a la mujer con
un gesto displicente de la mano izquierda, como si espantara a una mosca. La Sra. Banas saltó de su asiento
como un colegial y se esfumó tras la puerta más cercana.
— Para allá va – dijo Jack Torrance – ¿Qué me dan a cambio?
— No puedo prometer nada.
A las 12: 58, Jack Torrance se puso furioso e hizo pedazos la cabeza del Sr. Jason Hinds con una bala que
atravesó exactamente la cruz diminuta que Hinds llevó durante 67 años en el puente de una nariz bulbosa. El
Sr. Hinds se desplomó sin un ay, pero la explosión pareció una bomba a través del teléfono.
— ¿Quién fue ese?
— ¿Cómo diablos voy a saberlo? — Jack Torrance estaba menos furioso ahora. – Hazme un favor, ¿quieres?
— Ya. ¿Qué?
— Haz que venga mi amigo Douglas Firt. Es el único al que creo digno de recibir mis armas. Es un amigo. Un
verdadero amigo. Si, traigan aquí a Doug, y se acaban todos estos líos. ¿Lo traerán?
— Bueno… Siempre se puede intentar… Ahora vengo.
—  Gracias, hombre.
A las 13:18, Jack Torrance recibió otra llamada. Era Firt. Firt había temido siempre a Torrance. Torrance
despreciaba a Firt. Firt sabía que Torrance lo odiaba. Firt temió siempre un acto violento de Torrance y había
soñado dos veces su propio asesinato a manos de Jack. Estrangulado una vez y despedazado por una bomba
la otra. Era sólo porque no podía permitir que la gente se enterara de este secreto suyo inexplicable y absurdo
que Firt había llamado a Torrance.
— ¡Doug, amigo mío, mi querido, muy querido amigo!
Torrance gritaba en la oreja de Firt. Firt no lo pudo entender. Nadie puede ser amigo de una abeja del jardín o
una mosca en la cocina, y así era como Firt sabía que Jack pensaba de él. Así que dijo al oficial Pinkus de
modo que Torrance lo escuchara también: "Está loco. ¡Oficial, ese hombre está loco!"
A las 13:28, Jack Torrance disparó contra Monty Granite, el contador, pero falló el tiro. Granite era un buen
contador porque había tartamudeado toda su vida. Los contadores pueden permitirse un tartamudeo pero los
pilotos de aviones a reacción no, como siempre lo recordaba Monty. Ahora, con el hueco enorme de una bala
en la pared y a tres centímetros de su cabeza, Granite descubrió por fin que podía dominar su minusvalía y
saltó como un tigre sobre Torrance, maldiciéndolo como una vieja prostituta. Ello sorprendió a ambos hombres
y permitió a dos mujeres, jóvenes y bonitas, que alcanzaran la puerta de la Sra. Banas y se esfumaran en tres
segundos.
A las13:35, Jack Torrance destrozó por fin la cara de Monty Granite con un magnífico puntapié de su pierna
izquierda y Granite escupió su dentadura postiza. Jack Torrance usó su Derringer para cerrar el episodio, el
último del día, o así lo creyó por un momento. Torrance tomó asiento en un magnifico sillón ejecutivo capaz de
acomodar dos hombres de su tamaño y halló que estaba sudando un agua fría y enferma. Esperó hasta que
su corazón pareció tomar las cosas con más calma y miró a la calle allí abajo.
A las  13:36, Jack Torrance supo que este sería el último de sus días en este planeta. Vio una multitud allá
abajo. Contó no menos de seis camiones de televisión completos con su reportero y un equipo de cámaras
cada uno, todos mirando hacia su ventana. El Departamento de Policía lo miraba también, todos con armas
que  apuntaban a su ventana listas para explotar en una fiesta fenomenal. Jack Torrance tomó el teléfono y
escuchó algunas voces.
— OK, dijo. ¿Cómo va a ser la cosa?
— Jack, ya es hora de que bajes. Baja y deja tus armas allá arriba, ¿me entiendes? No queremos matarte,
Jack. Por favor, baja con las manos sobre la cabeza y acaba con esta tragedia.
— ¿Quieres decir que Doug no vendrá? Si no viene, mataré a esta gente también, te prevengo.
— ¿Qué gente? Ya no queda nadie allá arriba...
— Oh, ¿si? Escucha, hombre.
A las 13: 41, Jack Torrance disparó su última bala e hizo una imitación admirable de una dama en agonía.
Hasta gimió un par de veces y dejó que un soplido agónico se colara en el teléfono.
— ¿Qué me dices ahora? Envía a Doug. Por favor envíalo rápido, ¿quieres? Ni siquiera sé quien era esta
mujer.
A las 13:52, Jack Torrance escuchó varias voces detrás de la puerta. Se puso de pie y dejo su Beretta sobre
la mesa, dejó que su ametralladora se deslizara junto a la pistola y admiró su Colt, su mejor arma, antes de
abandonarla. Se acercó a la puerta y esperó.
A las 13: 58, Douglas Firt abrió la puerta y mostró la cara. Jack Torrance jamás había visto una cara más fea.
Era realmente fea ahora, con esos ojos grandes y celestes sobre una piel casi verde.
— ¡Doug, amigo mío! ¡Mi querido amigo!
A las 14:00 en punto, Jack Torrance abrazó a Douglas Firt entre sus poderosos brazos. Desplazó la granada
con la mano izquierda de modo tal que Firt jamás adivinó lo que le vino encima. Jack Torrance ni siquiera
escuchó el ruido.


Martes, 22 de Mayo
A las  6:30, Jack Torrance tomó su desayuno liviano de costumbre. Vestía una combinación perfecta de azul
(el terno) rojo (la corbata) y blanco (la camisa). Sonrió ante el espejo y usó el peine por última vez. Pensó en
su trabajo y se felicitó de que todo fuera tan bien. Este día también sería bello.
A las  7:00, Jack Torrance salió de su casa y caminó los siete pasos de costumbre hasta la puerta de su
vecino, Mike Spratt. Como de costumbre, golpeó dos veces.
A las  7:02, Mike Spratt abrió la puerta y sonrió para Jack Torrance. Torrance halló que la sonrisa de su vecino
era diferente hoy. No era la sonrisa clara, sincera de costumbre. Mike parecía mofarse de él. Vio una sombra
de pena en esa sonrisa. Para cuando subieron al coche, Mike era el mismo de siempre. Jack no encontró
ninguna sombra de piedad en esos ojos celestes. Así que se olvidó del asunto, qué tontería, se dijo, y manejó
por media hora. Sonreía de aquí para allá, a derecha izquierda, a sus amigos y conocidos, siempre el mismo
vecino simpático, buen mozo e inteligente.
A las  9:04, Jack Torrance entró al edificio de Star Enterprises como de costumbre. Caminó de prisa hasta la
oficina de Ed Douglas, un cubículo oscuro de cuatro por cuatro. Ed le sonrió pero no le miró a los ojos. Le
pasó una copia de su diario acostumbrado y se volvió para saludar a otra persona. Jack sintió que Ed no era
la misma persona que había conocido durante tantos años. Ed tenía siempre un chiste o dos para Jack, y
siempre comentaba la suerte de los Mets. Jack pescó los ojos de Ed en el espejo con el que vigilaba sus
revistas. Los ojos de Ed lo miraban, es cierto, y Jack halló una extraña piedad en esa mirada. "¡Derrotado!", le
decía.
A las  9:09, Jack Torrance entró al tercer ascensor, su medio acostumbrado de alcanzar el octavo piso. Sonrió
a Jimmy Driscoll, apenas una sonrisa. Estaba preocupado. Tal vez estaba volviéndose loco. Primero Mike....
Jack atrapó el vistazo en la cara negra de Jimmy Driscoll y, si. Era de pena. Hubiera jurado que Jimmy le tenía
lástima. Jimmy evitó mirarlo por el resto del viaje y Jack Torrance prefirió no abrir la boca. ¿Qué diablos pasa
aquí?, iba pensando.
A las  9:15, Jack Torrance emergió del ascensor y, sin decir palabra, cruzó entre sus colegas de quince años.
No miró siquiera a John Weiss, pero John le dedicó su calificativo preferido. "Fascinante", dijo. Jack halló que
John miraba el diario. Janet Mendoza, que sería madre en un mes o dos, le dedicó una sonrisa, pero Jack dejó
que se perdiera. Mr. Desmond Briggs, el mismísimo Jefe, le dio la espalda apenas vio entrar a Torrance. Lily
Pomeroy, sonriendo para su batería de teléfonos, se empeñó en escuchar sus mensajes. Luis González, el
mensajero del café, miró a Jack con hielo en los ojos.
A las  9:25, Jack Torrance entró en su oficina y halló que estaba vacía. Se sentó ante su escritorio y esperó
unos diez minutos. Algo andaba mal. Muy mal, ya lo sabía. Cuando pensaba en subir un piso y averiguar las
cosas preguntando al Jefe, Harry Black, su camarada de Vietnam, entró con la boca abierta y su cara de
tomate.
— Jack, — preguntó – Haz visto…
Jack Torrance  miró a Harry esperando las malas noticias. Eran malas de verdad, pero Jack no esperaba nada
parecido.
— Pareces la cabeza de un dingo — dijo Harry, y miró a Jack sin añadir palabra.
El diario yacía abierto en doble página sobre su escritorio y la foto parecía dirigirse a él a todo color en un
instante mágico. Era una instantánea de una rubia espléndida que cruzaba la calle mientras tres o cuatro
miembros del sexo opuesto la miraban como si hubiera llegado de Marte. El primero, elegante en su terno azul,
camisa blanca y corbata roja, era Jack Torrance. Su rostro, usualmente atractivo y simpático, lucía totalmente
distorsionado. Parecía un adolescente dopado babeando detrás de una pizza de seis capas. Parecía un
caníbal tras una mujer gorda. Parecía… Jack Torrance no pudo seguir mirando. Cerró el diario y lo tiró al piso.
Le puso ambos zapatos encima y dejó escapar un suspiro enorme.
— Cabeza de dingo, ¿he?
— Pues sí. Eso es lo que pareces allí. ¿Cómo pudo suceder? ¿En que estabas pensando? Esto puede… Esto
hará que… ¡Oh, Jack!
A las  9:40, Jack Torrance había estado dando vueltas por su oficina sin que nadie le dijera "cabeza de dingo"
ni nada. Harry había salido tras un último, triste vistazo y Jack no había hallado palabras para despedir a su
amigo. Bobby White, el mensajero, entró por un segundo pero salió huyendo del ladrido que le dedicara Mr.
Jack.
A las  10:00 en punto, el Sheriff Tom Boggs salió del ascensor, se volteó y dijo en su voz más sonora:
— Escúchenme ahora, muchachos, Ustedes…
El Sheriff Boggs cerró su broma con una carcajada estruendosa. Jack Torrance no pudo oír el chiste pero
sabía cual era el tema. Jack Torrance, el Tonto, mostrando su lengua de dingo al mundo… Jack Torrance, el...
Jack Torrance siguió dando vueltas en su oficina con la cara roja y el corazón hirviendo.
A las  10:12, Jack Torrance se sentó ante su escritorio y murmuró tres palabras. No podía respirar. No podía
cerrar los puños. Yacía tendido mirando al tumbado y respirando como un bebé hasta que pareció que dejaba
de respirar y terminaría como cualquier otro lastimoso cadáver humano.
A las  10:19, Jack Torrance supo por fin que nadie vendría a su oficina a menos que vinieran para reírse de él  
y se sintió enfermo porque Douglas Firt, el hombre que más odiaba en esta empresa, no había mostrado la
nariz todavía. Jack Torrance espió por la ventana y halló que el mundo no daba un pepino por él.
— Mierda – dijo Jack.
A las  11:05, Jack Torrance abrió una puerta estrecha en el fondo del salón principal y subió un piso. Se
detuvo ante otra puerta estrecha, tres pasos a la izquierda, idéntica a la primera, halló que estaba sudando
otra vez y empujó la puerta con sumo cuidado. Se encontró solo en un salón de conferencias. Se sentó y se
dijo que necesitaba calmarse. Nada sucedería a menos que… Su rostro adoptó un gesto grotesco, el de un
niño abandonado en la entrada del Infierno.
A las  12:03, Jack Torrance miraba a la Sra. Graciella Banas, una anciana, mientras terminaba de limpiar el
noveno piso. La Sra. Banas trabajaba en paz consigo misma, lista para terminar su día. Lo miró y Jack leyó en
la mirada, "Eres un tonto, muchacho. El tonto más feo del mundo", como si se lo estuviera diciendo en un
inglés victoriano en lugar de su maldito dialecto italiano. Jack Torrance no podía entender a esta mujer. La
Sra. Banas cruzó las manos y pareció que le bendecía. Jack Torrance halló que no sabía qué hacer.
A las  12:36, trinó el teléfono. Escuchó a Lucy Kildare—Jones afuera tomando la llamada, "Briggs & Bros.,
Inc.", con su voz más profesional. Jack Torrance halló que odiaba a  "Briggs & Bros., Inc." y dio un puñetazo
feroz a la mesa redonda de caoba. Lucy entró, señaló al fono con una mano bonita, manicurada, y
desapareció.
— Si. Torrance. –  Jack Torrance escuchó ruidos tras la voz y supo que tenía miedo de esa gente allí afuera. –
No fue intencional. Era espectacular, la verdad… Ni siquiera yo… Lo siento. Lo siento mucho. ¿Qué más
puedo decir?
A las  12:38, Jack Torrance comenzó a negociar por su empleo como si no le interesara un ardite. La otra voz
le llegaba en tonos urgentes y con palabras claras, sonidos profundos que apelaban a una vergüenza
ancestral para pedirle que se marchara y olvidara todo este terrible asunto. Después de todo, a Jack jamás le
gustó trabajar con ellos, ¿verdad? Jack Torrance vio a Douglas Firt  en su memoria, recordó en un relámpago
sus quince años en este lugar y aceptó que jamás había sido feliz trabajando para  "Briggs & Bros., Inc".
— Lo sé — dijo la voz en el teléfono. — A mí también me ha llegado el Jefe hasta el cogote.
— Ni mierda. — Jack Torrance se preguntó por qué pondrían a Doug Firt en el teléfono. ¿Creerían que iba a
derretirse al escucharlo? Muy bien…
— Oh, sí. Y además, creo que eres un cobarde. ¿Por qué no sales de allí y acabas las cosas como un
hombre?
— Bueno, si eso es lo quieren, no lo haré. Renuncio si aceptan que soy totalmente inocente de… de…
Después de todo, no podía saber que alguien estaba haciendo fotografías…
— Olvídalo. Olvida todo. Déjalo todo y renuncia. Hoy mismo.
—   O.K.
A las  12:51, Jack Torrance miró a la Sra. Graciella Banas y encontró que la idea era muy chistosa. Ella oraba
y pedía por Jack a su… su cualquier cosa, mientras él, Jack Torrance, lo había perdido todo en cinco minutos
de charla con Doug Firt. ‘Ya verá esta mujer y su…’. Jack Torrance despidió a la mujer con gesto lánguido de
su mano izquierda, como si espantara una mosca. La Sra. Banas ignoró a Jack Torrance y continuó
trabajando con su escoba.
— Allá va. —  se dijo Jack Torrance. – ¿Qué hay aquí para mí? No puedo ver nada.
A las  12: 58, Jack Torrance salió y se cruzó con Mr. Jason Hinds. "Ya vuelvo", dijo, pero Mr. Hinds no le oyó.
Hinds se tocó el puente de una nariz bulbosa con el índice y se preguntó: "¿Y ahora qué?"
— Ya vuelvo, digo.  — Jack Torrance estaba enojado ahora. — Hágame un favor, ¿quiere?
— Si. ¿Qué?
— Traiga a mi amigo Douglas Firt. Es el único al que puedo entregar mis papeles. Es mi amigo. Si, traiga a
Doug. ¿Lo traerá?
— Bueno… Puedo intentarlo. Ahora vengo.
— Gracias, amigo.
A las  13:18, Jack Torrance recibió otra llamada. Era Firt. Firt había temido siempre a Torrance. Torrance
despreciaba a Firt. Firt había soñado dos veces que moría a manos de Jack. Era sólo porque no podía permitir
que esta gente se enterara de su secreto absurdo e inexplicable que Firt había llamado a Torrance.
— ¡Doug, amigo mío, mi querido amigo!
Torrance gritaba hablando a Firt. Firt no pudo entenderlo. Así que dijo, de modo que Torrance también le
oyera, "Está chiflado. ¡Este tipo está loco!" Jack Torrance dejó caer el teléfono sobre la mesa.
A las  13:28, Jack Torrance miró a Monty Granite, el contador, y le sonrió. Granite era un buen hombre, y
siempre estaba perdido entre sus números. Había tartamudeado toda su vida. Jack apostó a que no sabía
palabra sobre su foto en el diario. Granite le sonrió, se rascó la cabeza, alcanzó la puerta de la Sra. Banas y
desapareció.
A las  13:36, Jack Torrance supo que este sería su último día en este lugar. Vio una muchedumbre allá afuera.
Contó no menos de seis jefes de sección.
— OK, dijo. ¿Cómo ha de ser?
— Jack, es ya hora de que te marches. Vete hoy y quedamos todos como amigos. ¿Qué te parece? Vete por
favor con las manos limpias y acaba con esta comedia.
— ¿Quieres decir que Doug no viene? Si no viene, yo no me voy, ¿entiendes?
A las  13: 42, Douglas Firt abrió la puerta y mostró la cara. Jack Torrance decidió que jamás había visto una
cara más fea. Era realmente fea ahora, con esos grandes ojos celestes y su piel violácea.
— ¡Doug, mi amigo! ¡Mi querido, apreciado amigo!
A las  14:00 en punto, Jack Torrance saltó para golpear a Douglas Firt entre los ojos. Firt nunca supo lo que
se le vino encima. Cayó como un muerto.