Gioconda
Arturo von Vacano
Jorge se tomó un minuto para lavarse las manos y la cara antes de descender al sótano y conocer a las
mellizas de Gioconda. Ellas lo miraron sin pestañear con sus grandes ojos de cristal bajo una cabellera
larga y negra como el ala de un cuervo. Parecían orgullosas y distantes. "Buenas noches, hermano", le
ofrecieron una sonrisa doble, burlona, imposible en cualquier niño de seis, tal vez siete años de edad.
Natalia lo acogió con su sonrisa franca. Jorge besó a su hija. Natalia tenía un feroz resfrío, pero había
dejado la cama para cuidar de sus huéspedes inesperadas. Las mellizas jugaban a aparentar que
jugaban. Jorge las miró por segunda vez y sintió un dedo frío en el corazón.
En la sala, Jorge se sentó junto a su esposa y se dispuso a escuchar a Gonzalo, pero tuvo que hacer un
esfuerzo para quitar los ojos de Gioconda.
Gioconda era de una belleza singular y quieta, un ángel pintado por Rafael pero nacido en San José.
Mantenía el rostro inmóvil, helado en un gesto que invitaba a todos a ignorar esa belleza que ella negaba.
Usaba sus manos y su temperamento para desviar las miradas de las gentes. Tenía una Biblia cerrada en
el regazo mientras Gonzalo manejaba la suya y Adriana esperaba con las manos cruzadas sobre ese libro
negro que Jorge había leído noche tras noche hasta que sus acusaciones acabaran por aterrarlo.
"Lo primero es lo primero", decía Gonzalo. "Lo más urgente es que declares tu devoción a Jesús, tu
Salvador".
Jorge trató de explicar su problema. Era un tanto diferente. Había sido rechazado, balbuceó. Ahora estaba
solo en ese universo vacío. No había nadie allá arriba cuando trataba de declarar su devoción. Por no
lastimar más a su esposa, prefirió no dar detalles sobre el cómo ni el porqué había quedado en ese vacío...
Gonzalo se esforzó entonces por convencerle de que Dios estaba y estaría a su lado y siempre le daría Su
perdón, de que sólo pedía su veneración para perdonarlo, pero Jorge no podía creer que todo fuera tan
fácil. Estaba dispuesto a repetir lo que Gonzalo le enseñara pero no podía creer que Nuestro Señor
vendría a salvar a los suyos si cantaba, lloraba e imploraba a coro con sus amigos. Su mirada ardiente en
su rostro pálido y barbado era la de un hombre extraviado.
"Es una historia larga, Gonzalo", dijo Jorge. "Una historia muy larga".
"Ora a Nuestro Señor y sálvate", repitió Gonzalo con los ojos fijos en el tumbado.
"Está enojado conmigo, Gonzalo. No. Está hastiado. Se cansó de mí. Se fue, ¿ves tú? Soy un caso
acabado. Se marchó. Lejos".
"El Señor es la paz y la vida", dijo Gonzalo. "Ora a Nuestro Señor y sálvate".
"No me importa salvarme. Quiero un empleo. Daré mi alma para proteger a mis hijos".
"Ten fe, Jorge. Cree. Cree. La fe es lo importante. Haz por creer. Lucha y esfuérzate por creer. La fe lo es
todo. Lo hace todo".
"Muero de terror. ¡Mi familia morirá de hambre!"
"Ora, Jorge. Reza y ten fe".
"Estoy agonizando de miedo porque sé que mi familia morirá de hambre. He hablado con cientos y cientos
de personas. Nadie, nadie puede ayudarnos. Sé lo que sucederá con nosotros, Gonzalo. Sé cuán lenta
será esta agonía, cuán terrible... Cuán degradante. Tengo tanto miedo que ya ni puedo pensar con
claridad. ¿No lo ves? Él no me escucha. Ya no me escucha. ¡No me escucha! Lo he intentado una y otra
vez..." Los dos niños abandonados entre la multitud que había visto días antes en la esquina de la 42 y
Quinta retornaron en un relámpago a su memoria. Ese terror le asfixiaba ahora. "Pero este miedo es peor",
se dijo, "porque no soy yo quien..."
Gonzalo comenzó pidiéndoles que se pusieran de rodillas, que unieran las manos y oraran. La suya era
una Biblia enorme, un libro dorado y hermoso. Jorge se arrodilló. Adriana se deslizó silente al piso y
Gioconda cayó de rodillas.
Luchó por mantener la mente en blanco. Espió la sombra de sus amigos por
el rabillo del ojo.
"Han venido desde tan lejos sólo para ayudarme", se dijo Jorge tras lágrimas calientes que le cegaban,
"que no puedo dudar de su fe. Esto debe ser la fe, la fe verdadera, si hacen todo esto sólo por mí. Son
amigos nuestros. Están tratando de ayudarnos. Debo creer. Quiero creer. Necesito creer".
Así que elevó las manos en cruz, se humilló de rodillas y se forzó a creer lo que escuchaba y a repetir lo
que oía. Cuando le venció la angustia oró, rogó y aulló pidiendo por su familia, por un pequeño milagro,
por un segundo en toda la Eternidad en que pudiera evitar lo que bien sabía iba a suceder muy pronto,
para eludir esa amenaza horrenda que causaba el sufrimiento que veía cada minuto en el rostro de su
esposa, en las caritas de sus hijos, en los ojos de Natalia, en esos ojos que podían decir tanto con una
sola mirada...
"¡Ellos son inocentes!", gritó Jorge por milésima vez. "¡Inocentes, inocentes, inocentes! ¡No castigues a los
inocentes!"
Como para contestarle, Gioconda comenzó a hablar en un idioma extraño y pareció elevarse y flotar en
medio de la sala. Adriana la miró muda y después espió a Jorge haciendo lo que podía para seguir su
ejemplo. Jorge hizo lo que sus huéspedes, el hombre y la mujer que le trajeran la salvación, y aulló como
lobo, "¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!"
Oraron, pues, todos, chillaron, bailaron y lloraron entre espasmos, elevando las manos unidas al cielo.
Pero cuando sus rodillas ardieron y sus brazos, abiertos en una amplia cruz forzada, cedieron por fin,
Jorge supo que su desesperación furiosa le vencería, que ese pavor negro y horrible terminaría
devorándolo todo. La certidumbre de que nada cambiaría jamás por los siglos de los siglos ahogaba su
mente y el horror que amenazaba a sus hijos latía como una presencia sólida allí mismo, erizándole los
cabellos.
Se esforzó por levantar la vista y cruzó una fugaz mirada con Alejo, su hijo, el muchacho que se había
mantenido encerrado en su cuarto semana tras semana, el joven silencioso que había luchado minuto por
angustiado minuto por estudiar para ganar esa guerra que su padre perdía y prepararse para sus últimos
exámenes. Alejo los miró como si hubiera recibido un golpe en la cara, incapaz de creer que miraba a sus
propios padres, el Papá y la Mamá que conociera durante diez y siete años y que giraban y aullaban como
antropófagos mientras esa señora tan linda allí hablaba en griego y las chiquitas de mirada fatal y experta
espiaban al grupo desde la puerta del sótano con una sonrisa doble y
burlona, como si conocieran muy bien el revés de la trama.
Jorge no pudo soportar el dolor que percibió en la mirada de su hijo y cayó sobre la alfombra, golpeándose
la cara contra la mesa. Adriana acudió para ayudarle y Gonzalo lo miró por un instante, pero Gioconda ya
no estaba con ellos. Con los ojos perdidos tras sus párpados verdes, su voz de matón embriagado rugía
como las olas del mar. La furia de esa presencia fue aplastándolo todo sin prisa hasta reducir al ángel
dorado en una piltrafa en helado silencio.
Jorge sintió un ardor húmedo en los ojos, luchó contra sus lágrimas y vio desde el piso a las mellizas en
sus flamantes vestidos celestes que le sonreían, a Natalia, pálida porque viera fascinada la loca danza de
sus padres, y a Alejo, el hombre quieto de la casa, que movía apenas la cabeza de aquí para allá porque
esto no podía estar sucediendo, jamás debió haberse permitido que sucediera en la intimidad de su hogar.
¿En qué quedaban Voltaire, Sartre y Camus, mudos pero presentes allí mismo, en los estantes tan
respetados de esta casa? ¿Qué iba a ser de Marx y Lenin, de Jesús y del Che? ¿Qué del largo diálogo
racional que él y su padre habían intentado conducir durante más de diez años? ¿Dónde quedaban las
ideas de su padre sobre...? Alejo se permitió un guiño fugaz de rechazo antes de cerrar sin ruido su puerta
contra estos rituales.
Con ojos de cristal, las mellizas invadieron la pieza en un grácil trote sembrado de risas para ofrecer a sus
padres los juguetes que hicieran los días últimos de la niñez de Natalia. Esas muñecas eran un obsequio
que Adriana, generosa en su sorpresa de verlas, les entregara antes de que su hija pudiera impedirlo.
Eran regalos que se llevarían muy felices a casa, juguetes que abrazaban con cariño mientras espiaban a
la familia tan simpática y, ¡oh, tan angustiada!, con esa mirada que retuvo a Jorge de este lado de la fe y
la salvación sólo porque cometió otro prejuicio y recordó en medio de su angustia que ningún grande
hombre lo es para la mujer que duerme con él ni para los hijos que aprenden su oficio al pararse por allí
silentes como gatos, escuchar lo que no pueden entender y ver lo que no parecen estar mirando.