En Noviembre veremos el día en que George Bush dejará el sillón del Presidente del
Imperio y planteará así el dilema moral y político más grave que haya visto esa
plutocracia: ¿qué hacer del criminal de guerra que terminó su devastador abuso del
poder con la “socialización” de una deuda de tres trillones que sumerge al mundo entero
en una era de miseria y escasez?
No es necesario comentar ya los defectos personales ni los vicios del hombre más
detestado del planeta. Como resumen incompleto de sus crímenes bastará con citar los
1.200.000 muertos que provocó su aventura en Irak. Tal vez convenga recordar que
CADA caso de tortura en Guantánamo, Irak, Afganistán, Egipto, Jordania, Yemen,
Inglaterra, Francia y otros países “aliados” fue precedido de un documento especial que
lo autorizaba con su firma y rúbrica.
Hasta hoy, USA se ha dado el gusto de restregar las narices del mundo con los crímenes
de un hombre que, porque es Presidente del Imperio, los cree impunes. El costo moral de
ese cinismo gringo es tan evidente como la repugnancia que siente el mundo contra USA.
Precedentes como el de Kissinger, otro criminal de guerra que se burla del mundo
exterior y goza de sus millones pero no se atreve a dejar USA demuestran el desprecio
de esa plutocracia por los pueblos del mundo.  Cheney y Rumsfeld, criminales que ni
siquiera se preocuparon de negar sus delitos contra USA y contra el mundo, son otros
ejemplos de ese cinismo.
Y así, es dable preguntarse: ¿ahora que USA ha infligido al mundo otro Hitler, hará algo
para castigarlo? ¿Hoy, cuando todos vemos la obra nefasta de este criminal, veremos
también cómo se burla USA del mundo y construye monumentos para Bush como si fuera
otro Lincoln? Gracias a la complicidad de la prensa “grande” mundial, parece que el
mayor castigo que Bush podría sufrir es el olvido de los pueblos del mundo.
Esa actitud, la indiferencia ante la nueva criminalidad política, es otro rasgo del
portentoso Tercer Milenio. Si el Siglo XX nos dio un Hitler y un Stalin, este siglo comienza
con un Bush impune, ejemplo de los dictadores de Burma, Corea del Norte, varios ex-
estados soviéticos y Alan García, quien está destruyendo las comunidades indígenas del
Perú con violencia extrema y la ayuda de la ceguera mundial ante sus tropelías, obra
también de la prensa “grande” que miente y distorsiona.
Pero algunos habrá que no podrán olvidar tan fácilmente porque son la conciencia de la
especie, una minoría ínfima que dedica su vida a aliviar, pues que nada más pueden
hacer, los horrendos efectos de los crímenes de Bush.
Mahvish Rukhsana Khan es uno de ellos. Su “Mi Diario de Guantánamo: Los Detenidos y
las Historias que me Contaron” es su testimonio. Es un libro que demuestra que
Guantánamo es, sin duda alguna, escena de crímenes que nada tienen que envidiar a
los cometidos por Stalin. El gulag de USA no alberga millones pero en esos cientos de
seres sin cara ni nombre se han encarnizado los modernos torturadores como lo hicieran
hace un siglo los comisarios rojos.  
Khan es una abogado que se ofreció como voluntaria para representar a las víctimas de
Guantánamo. Nacida en USA, sus padres son de Afganistán. Domina por tanto los
idiomas que le permiten comunicarse con sus defendidos. Presenta en su libro el lado
humano de quienes han esperado durante años en condiciones que enloquecieron a
muchos el día en que conocerían los delitos de que se les acusa y la fecha, si se da, en
que se les devolvería la libertad. De varios de ellos ha dicho el Pentágono que jamas los
liberará.
Khan describe con sencillez extrema los sufrimientos de los presos de este gulag. Relata
con las palabras del mismo Sami Al-Haj, cuyo crimen fue ser reportero del canal árabe Al-
Jazeera, sus días de tortura y el método en que fue forzado a tragar alimentos; relata la
tragedia de la familia de un joven preso cuya familia jamás pudo confirmar su muerte
porque su cadáver fue devuelto en pedazos y privado de varios órganos. Un octogenario,
Haji Nusrat Khan, analfabeto y víctima de parálisis cerebral, describe las feroces palizas
que sufrió en la Base Aérea de Bagram y su peor tortura: la hora en que fue forzado a
desnudarse ante una mujer soldado gringa. El libro presenta, en fin la carta escrita por
una niña a su padre, uno de los presos, en la que los censores militares borraron con
gran cuidado la frase “te amo, papá” escrita doce veces en un trozo de papel de envolver
carne.
El libro tiene 302 páginas y casi el mismo número de testimonios. Como otra hoja al
viento, desaparecerá en un mundo en que el cinismo y la indiferencia parecen ser el
mejor refugio para las masas ignorantes y sufridas que son el rasgo más notable de
estos tiempos portentosos.
Para los privilegiados que gozan del poder que da una computadora, sin embargo, la
potestad de expresar la indignación natural que provocan los crímenes de Bush debería
expresarse en cientos si no miles de emails enviados día a día a conocidos y extraños
para alentar una protesta universal que defienda la dignidad humana.  Hasta mi estimado
lector debería robar unos minutos diarios a sus importantes ocupaciones para enviar
esos emails con el fin egoísta de poder dormir mejor todas las noches.
  
Su Opinión
Arturo
Sus Libros
Nuevos Textos
Guantánamo, El Gulag de USA
Oct. 08