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| Augusto Guzmán: "La Novela Situacional en Bolivia", 1985 |
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| (Viene) |
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| Los títulos de las composiciones de este libro no siempre son precisos, directamente correspondientes a los contenidos. Bajo el rubro "De los fastos y de esas cosas" se nos entrega esa pieza ilustre, sentimental y burlesca donde Tony, entre copitas de jerez, escucha las lamentaciones de algún vástago de la nobleza chuquisaqueña sobre el surgimiento insoportable del mestizaje dominante y usurpador. Después de la retahíla racistoide podemos saborear como otra copita de jerez, entre áspero y dulce, la incomparable crónica de observación civil y rural sobre las guagüitas peladas de medio cuerpo, las cholonas de polleras incontables, los deportistas que se refrescan con cerveza hasta derrumbarse. Aquí podemos reír a carcajadas como en la Rayuela de Cortázar, presenciando la peripecia de Tony en la urgencia de orinar, a la orilla del camino, ante la extensión congelada del Altiplano, bajándose de la plataforma de un camión atestado de campesinos emponchados. Es algo peripatéticamente cervantino y quevedesco. Todavía hay más en este capítulo admirable "De la materia prima”. El enjuiciamiento cruel y resumido de lo que es un pueblo abandonado y sin pastor, un pueblo de alacranes se dice en un lenguaje apocalíptico y antoniano: "He aquí el pueblo no elegido de Dios”. Esto no es sin embargo sociología arguediana. Es literatura olímpica y zaharatruztiana. Luego viene esa página escalofriante de diez líneas sobre el desamparo de los niños en las calles pavimentadas de la ciudad. Y en seguida otra carta de Max que ya no firma sino con la M. Viene al parecer de Lima donde el pobre desocupado y forastero nada tiene que agradecer a los que tienen sino al pueblo miserable que por lo menos sabe compartir su miseria con los que nada tienen y se sienten pavorosamente solos en todo el universo. El epistolario de Max el ausente que tarda en volver es por si solo genuinamente valioso por su carga de humanidad experimental y por su belleza literaria. Seguimos en la ruta del libro denso, agitado y nervioso. "De la materia gris" se titula una nota autobiográfica, de cualquiera que dice tener talento, una nota ágil y brillante modelo de sinceridad egocentrista en el eterno conflicto con el ambiente. Siempre el estilo vivamente matizado y sobrecogedor. Nuevamente una página de pocas líneas, en negrita, con un requerimiento lírico de salvar al Pueblo rompiendo fronteras y símbolos sin raíces en marcha hacia la esperanza de los recién nacidos. Después una otra carta del inefable Mar con sus preocupaciones urbanas: los parques, los sacerdotes, los monumentos de una ciudad neblinosa a la orilla del mar por una parte y a la orilla de un desierto infinito, real o imaginario. Es posible identificar a este Max con el personaje de la anterior novela de Vacano Sombra de exilio. Un sobreviviente de la creación literaria. El hombre que cree en Dios está desengañado de su relación con el Hacedor. Cuantas veces lo busca, Dios está ausente, ha salido y no vuelve todavía. Tal vez está ocupado en el universo de al lado atendiendo las demandas de otros seres que también son de su hechura. Lo que es por aquí no regresa, aunque pasen eternidades. No es interpelación ni blasfemia, no. Es solamente extrañeza de sentirse solo, sin culpa y desprotegido. Maneras literarias de buen tono puede permitirse uno hasta con Dios. Digamos sin embargo que Tony desconoce el valor comunicante de la oración. Velad y orad. Otra bella carta de Max hablando de sus necesidades sexuales que no puede satisfacer por falta de dinero; vaya uno a saber cuánto y de qué manera se sufre con estas cosas de caballeros solos y sin plata. Max siempre sabe relatar todas sus cosas. Es un confidente ideal a larga distancia de Tony que es el receptáculo de sus desahogos literarios. Aquí un título optimista y prometedor de alegría, que se cumple lealmente bajo ese anuncio "Del contentamiento y de sus potencialidades”. Puede ser una obra clásica del género de la literatura latinoamericana desenfrenadamente malhablada por acumulación de expresiones groseras cuya manipulación experta en el texto causa el efecto deseado de provocar la risa o risotadas incontrolables. La pieza es rica, cascabelera y fascinante con ese crudo realismo que describe la vida en las minas junto a los socavones lúgubres y hediondos a más de 4.000 metros de altura sobre la alegría del mar. El autor maneja de tal modo las circunstancias sicológicas y ambientales de la situación trágica, atravesada por un frío que revienta a toda hora, que la vuelve cómica de tanto subrayarla con los calificativos más infamantes en su renegado discurso de protesta. Esta manera, aunque venga un poco de españoles y franceses, es una especialidad netamente latinoamericana del siglo XX. Otra carta de Max reúne, a su obsesión de gigantes, esta nueva de los elefantes rosados con los cuales juega hasta dormirse en alguna enfermería. Otra carta de Max con delirios depresivos que oprimen, que desengañan, que desalientan y matan ¡qué joder querido Max! Nada está bien. Todo está mal. Desolación y aburrimiento. ¿Estamos al borde del suicidio? Un pensamiento oscuro y absurdo a toda página, en negrita: "Hay que salvar al pueblo; hay que matar al país". La segunda sección de trece temas está a punto de acabar. Max está loco y escribe desde un manicomio. Su manía de pensar es también su manía de escribir. Escribe, escribe; habla, habla. Ya no es un verbalismo mágico en cierto modo constructivo. Es simplemente un delirio demencial que ha de acabar en el suicidio precipitándose por el balcón sobre la calle obscura, indiferente. Adiós. La tercera y última sección del libro se abre con un pequeño sermón al estilo bíblico. El relato asume un aire ligero de periodismo veloz dedicado a reproducir escenas prostibularias donde figuran en primer término algunos militares. Un día, otro día, un crimen por supuesta venganza personal. Policías entre prostitutas. Una noche, otra noche y otro día. Son apuntes de lenocinio con el lenguaje típico de los clientes y las servidoras del sexo. Un gringo aparece muerto en la cama de una de ellas que lo creyó simplemente dormido. En fin, son historietas costumbristas o impresionistas. "Del bolsillo de una camisa. Notas para cometer crímenes", es un prontuario insólito de invectivas personales al parecer dirigidas a personajes identificables en nuestro medio nacional. Violencia verbal sin precedentes en una obra literaria. Las nueve composiciones restantes conforman un libreto verdaderamente apocalíptico, no sólo por las revelaciones, sino también por el soplo de terror aniquilatorio que circula como una peste fatídica por todo el país, localizándose a momentos en los centros más poblados por gentes vencidas que tosen y escupen los pulmones a trozos. La violencia militar impera, sin orden, con desatada furia anticivil. Masacres, asesinatos, fusilamientos. Una revolución de cien cadetes porque sí. Y la hecatombe, el holocausto criminal dura semanas y semanas hasta una absurda proclamación de la Semana de Fraternidad. El gran escritor latinoamericano al nivel más alto del arte novelístico que es Von Vacano a los 34 años se revela en plenitud y gallardía pese a que sus visiones, como genuinas visiones apocalípticas, no nos dan el más delgado y pálido rayo de esperanza. Visiones, presentimientos, intuiciones, tremendas profecías y predicciones desde el escritorio donde una imaginación fértil y bien cuidada abre sus alas nocturnas y diurnas hasta conformar un evangelio fatal claramente ingenioso, divertido, múltiple, variable, bellamente seductor y estremecedor. Maestro combinador de las situaciones más objetivas que subjetivas, es también un gran señor del lenguaje, nuestro boliviano Arturo Von Vacano. |
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