Aunque todos la conocemos como un malestar pasajero, pocos tenemos una idea
clara del hambre como peste o enfermedad. Tal vez ello explica nuestra indiferencia
ante el sufrimiento de quienes la sufren, muchas veces ante nuestras propias narices.
Considerando la importancia que damos a la salvación de nuestro alma inmortal y a
nuestra ardiente fe religiosa, así como la indiscutible caridad y la generosidad singular
que nos distingue como individuos y como grupo humano, he deseado hacer mi parte,
mínima, es cierto, pero voluntariosa, para dar a conocer esta plaga, así sea de modo
muy superficial.
Si como cristianos recordamos que un hambre eterna sería uno de los tormentos
preferidos para hacer pagar sus deudas a quienes no merecerán los cielos (una
minoría ínfima, no tengo duda) en lugares de insoportable calor, tal vez el conocer su
variedad mortal nos pueda ayudar un tanto a reformar algunas de nuestras
costumbres menos virtuosas y a compartir nuestro pan con extraños cuya angustiosa
necesidad sería invisible sólo para los bellacos o los imbéciles. Es con estas sanas
intenciones con que me permito incluir las líneas que siguen, tomadas de un texto cuyo
título he preferido olvidar por razones obvias.
Entre 1919 y 1922, mientras cinco millones de personas morían de hambre en Rusia,
algunos profesores de la Universidad de San Petersburgo — miembros del grupo de
seres humanos más civilizados y de mayores cualidades personales en todo el
mundo— comenzaron a comprender que todos iban a morir de hambre. Durante esta
crisis la “intelligentsia” rusa inició un cuidadoso estudio de sí misma, como informó el
Profesor Pitirim Sorokin en su monomaníaca historia mundial titulada “El Hambre como
Factor en los Asuntos Humanos”, libro que escribió mientras el hambre le mataba.
Sorokin detalló sus categorías del hambre mundial en una estricta taxonomía: hambre
de deficiencia absoluta, hambre de deficiencia relativa, hambre individual-comparativa,
hambre social-comparativa y hambre de deficiencia relativa cuantitativa-cualitativa.
Así fue como la facultad de San Petersburgo supo con precisión lo que le esperaba:
dolores, debilidad, dolores de cabeza, mareos, malestares estomacales seguidos de
nausea y terribles dolores en las coyunturas. Supieron que luego, cuando un hambre
sin alivio les nublara la conciencia, olvidarían donde estaban, donde vivían y, al final,
sus nombres propios. Una apatía aburrida y sin esperanza les dominaría y por fin
reinaría la infame “psicosis del hambre”: depresión, parálisis, una sensación irresistible
de vacío existencial. Las ex¬presiones patológicas de hambre y furia seguirían pronto,
junto a un delirio de hambre y paroxismos alucinatorios como los experimentados por
San Antonio, San Ignacio de Loyola y Jesús en el desierto, cuando Satán le tentara
para que convirtiera piedras en pan.
Mientras los profesores esperaban con calma su final, el resto de Rusia se volvió loco.
En Moscú, un marido hambriento asesinó a su esposa, sacó un trozo de carne de su
cuerpo, hizo una sopa con sus miembros y una gelatina con sus pies. En Minsk, dos
niños mataron y comieron a otro poco a poco. En el pueblo de Esipovka, una mujer
cortó en trozos el cuerpo de su hija de siete años y se lo comió. “El hambre hace
normal la anormalidad," escribió Pitirim Sorokin. "Tiende a alterar nuestra ideología."
Los profesores se sentaban cada tarde alrededor del refectorio de la universidad para
compartir su única comida del día, una sopa de agua con cáscaras de patatas.
Mientras comían, los biólogos del grupo indicaban a cada quien cuánto tiempo iba a
sobrevivir. Los estudiosos de la conducta informaban sobre la cantidad de perros que
habían muerto en su laboratorio ese día mientras los filósofos comentaban la creciente
ola de suicidios causados por el hambre. Familias enteras se envenenaron con
monóxido de carbono, otras se infectaron para morir de fiebre tifoidea, otros se
colgaron o se ahogaron. "Casi siempre la conversación giraba sobre quienes habían
sido arrestados o ejecutados, quienes habían muerto”, informó Sorokin. "de un modo u
otro, todos se convirtieron en ladrones y pillos”.
Arturo von Vacano