Con el final del horrendo período que aquejó al mundo bajo la locura tiránica de Jorge
Bush, un puñado de viejecitos pretende ahora devolver vida y vigor al marxismo así como
otros lo intentan en cuanto al catolicismo y varios “ismos” que han hecho mucho daño al
mundo. También se dan algunos “ismos” nuevos que no serán tan peligrosos como los
mitos viejos pero que deben ser destruidos o eliminados a la brevedad posible en
servicio de la salud social de nuestra desvergonzada especie.
Una razón por la que no se hace mucho turismo dentro y alrededor de la antigua Unión
Soviética es el mapa de horrores que dejaron sobre ese triste país los marxistas,
socialistas y comunistas que hicieron del pueblo soviético el único del universo que no
sólo no entiende sino que rechaza la simple idea de democracia.
El Chernobyl real tiene por camaradas a varios monstruos intelectuales, sicológicos y
espirituales que no serán tan fáciles de ver como las huellas físicas de ese desgobierno
de un siglo pero que se traducen en la situación actual de los pueblos antes dominados
por esa tiranía: es consenso universal que el pueblo ruso viene agonizando a pasos
adelantados, que sus hombres y mujeres disminuyen y son víctimas de enfermedades
relacionadas con el alcohol y las malas dietas (léase hambre), que cada vez les nacen
menos niños y que Rusia es un país medieval en muchos sentidos menos en uno: tiene
bombas-A.
Moscú es un reino de ciencia ficción más parecido a “Blade Runner” la película que a
cualquier utopía humana: no hay Ley en Moscú, hay orgías, esclavitud, lujo increíble y
degeneración, violencia, gangsterismo y un alto índice de criminalidad bajo una granizada
de millones originada casi toda ella por el petróleo que ahora nadie quiere comprar.
Putin mismo, heredero putativo del Zar, es un gángster que habla como camionero, gusta
de la violencia porque si y proviene de un pasado nebuloso como espía y torturador de la
ex KGB. Su dictablanda establecida con la complicidad de sus gobernados (que prefieren
delincuentes “oficiales” antes que delincuentes a secas como regidores de su patria) es
una opereta que a nadie engaña excepto a quienes tienen motivos para dejarse engañar.
Uno de esos motivos es la esperanza de que las izquierdas tengan la vigencia en
Latinoamérica que, se dice, alguna vez tuvieron aunque en verdad fueron sólo
fenómenos de grupos mínimos. Allende no es Allende porque fue comunista, socialista o
marxista; sobre todo para los chilenos, que lo entienden mejor, Allende es Allende porque
es simplemente Allende, un hombre bravo y decente que no necesitaba de ideología
alguna para alentar su coraje ni su sentido de justicia.
Otra cosa fue, y es, la coyuntura política que empuja a los gobernantes de pueblos
débiles a “tomar partido” porque nadie es más débil que quien camina solitario, otro mito
que debemos destruir a la brevedad posible: ¿sabe mi estimado lector cómo se llama y
qué ideología sirve el partido político de Mandela?
El gobernante más famoso que se vio obligado por su coyuntura política a “tomar partido”
es, sin duda, Fidel Castro. Después de su revolución triunfante transcurrieron muchos
meses y varias fintas destinadas a medir una posible amistad entre cubanos y gringos
antes de que Fidel decidiera por fin que con los gringos todos los caminos llevan al
infierno. Pero antes de ello hubo una cálida amistad entre Fidel y Nueva York, otra
menos cálida entre Castro y Washington y finalmente una guerra fría entre los bastardos
profesionales gringos y este “barbón” que jamas sería otro bastardo comprado por el
dólar. Entonces, y sólo Fidel sabe en su corazón por qué dio ese paso, Fidel se declaró
comunista. Personalmente creo que la vieja política exigía como ineludible esa opción: o
con dios o con Satán, porque solo no se llega a parte alguna. Hoy, en un mundo
multipolar, tal elección no es necesaria: podemos enviar al cuerno tanto a dios como a
Satán.
Es decir, podemos recordar que las ideologías se hacen para servir a la especie humana
y no para sacrificarla, como sucede con casi cada “ismo”. ¿Cuántos europeos perdieron
la vida en servicio del nazismo? ¿Cuántos europeos y asiáticos en servicio del
estalinismo? ¿Cuántos gringos pobres en servicio del capitalismo desde 1779?
Hoy más que nunca esos “ismos” míticos son muy pesados en hombros de algunos
gobernantes que porque creen aún que se suben al carro de cualquier “ismo”:
¿necesitaba Chávez del “socialismo” cubano? ¿Necesita Morales del “chavismo”
venezolano? ¿Cuántas son las mentes resfriadas latinoamericanas que, como un Moisés
caduco y agotado, invocan todavía el ABC de esa religión política, el marxismo?  
No es necesario ser comunista, socialista ni marxista para hallar en cada corazón el
punto de equilibrio que nos guía hacia actos y pensamientos justos y correctos en política
y en todo aspecto. Como se sabe, a ningún capitalista le interesa hallar ese equilibrio
moral: lo que le interesa es llenar sus sótanos de dólares aunque asesine al género
humano, pero aún entre ellos no todos carecen de esa brújula moral que les lleva a
servir a la especie en lugar de oprimirla.
Lo que nos corrompe no es que no sepamos lo que debemos hacer en cada coyuntura
sino nuestra cobardía, ese temor a los demás que nos impide actuar con justicia y
corrección. Sabemos casi siempre lo que debemos hacer aunque somos cobardes para
reconocer que sabemos también por qué no lo hacemos. Esto es, basta con consultar
nuestra conciencia para saber lo que debemos hacer en cada caso y con nuestro coraje
y convicción para saber si lo haremos o no. Cada quien puede medirse a si mismo y no
necesita más que de su soledad para conocerse bien.
Pero si tratándose de un individuo es vencida nuestra conciencia a menudo por nuestra
conveniencia, ¿cuál es el mejor camino cuando se trata de todo un pueblo?
Bien puede decirse que a ningún gobernante le fue bien cuando se subió a un “ismo”
ajeno. Para Morales, el precio de su “chavismo” se hace cada vez mayor y las ventajas
cada vez más distantes; para Chávez, el de su “socialismo” (que no necesitó ser más que
una amistad personal con Fidel, dado el prestigio personal del cubano) es, básicamente,
que nadie se lo cree. Y hasta para los cubanos resulta que son mas simpáticos por que
son cubanos a secas y no “comunistas ortodoxos”. El rasgo principal de su Revolución es
que son “cubanísimos” y no su marxismo tropical.
Simón Bolívar, cuya visión sobre la barbarie europea era aguda y exacta, no vaciló en
enviar al demonio a los “pensadores” de la política europea y en reclamar para el Nuevo
Mundo el tiempo necesario para cometer sus propios errores, que siempre serían menos
bárbaros.
Tal vez de ese concepto emergió la tendencia general en las Américas de ignorar las
ortodoxias políticas para obedecer una decencia esencial que aparece como rasgo
primero del “buen salvaje” y es el amor por la Naturaleza y el respeto por los hermanos
hombres. Ese desprecio instintivo por las ideologías postizas nacidas en distantes
bibliotecas es sin duda más saludable que los mentirosos edificios intelectuales que
bañaron en sangre al Viejo Mundo durante siglos.
El marxismo, esa religión caduca cuyos sacerdotes son tan impostores como los de
cualquier otra, debería yacer ya entre los experimentos humanos errados y sanguinarios
de nuestra memoria. Lo mismo sucede con el cristianismo de este milenio, un catolicismo
fascista y las ramas sueltas de protestantes y otras hierbas que adoran a Charlton
Heston porque lo ven en figuritas de colores y le creen Cristo. ¿Cuánto idiota anda por
allí con la piel de cobre, los dioses viejos en la sangre y su nuevo “dios”, Heston,
predicando que su cristianismo” consiste en llenarse la panza y los bolsillos, perseguir
pollitas y agarrar la Biblia como disculpa de todos los pecados?
Por supuesto, tales “religiones” son partidos políticos en realidad (cuando no agentes de
la CIA) y nada tienen que ver con Dios, al que podemos encontrar con gran facilidad en
nuestras oraciones cada vez que nos domina la angustia o el temor. Para hablarle no
necesitamos de intermediarios impostores, y el mejor modo de comprobarlo es orarle
aquí mismo y ahora: nunca dejó de contestar a nadie desde antes del Big Bang. Si con
Él, ¿para qué necesitamos de falsos “intérpretes” de Dios?
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Arturo
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Nov. 08