En torno a una geografía histórica de la región Kallawaya/Carabaya

Pablo Cingolani

Me incita el entusiasmo del Dr. Waldir Tuni, plasmado en el armado y la moderación de un colectivo virtual de información,
debate y discusión en torno a temas vinculados a la provincia que lo vio nacer, y por ello no puedo más que celebrar la
existencia del Grupo Carabaya.

Creo que lo más importante para preservar la potencia original de la propuesta que reivindica un lugar en el mundo para una
región postergada en el presente pero que se enraíza en un pasado excepcionalmente rico y poco indagado que puede
cimentar nuevas visiones reparadoras hacia el futuro es, precisa y paradojalmente, que no pierda su carácter ecuménico e
integrador.

Carabaya para el mundo, debería ser la consigna que unifique a todos los participantes, más allá de disensos provinciales,
regionales y nacionales.

Ante todo, porque lo estimulante de ese acervo heredado es, en lo esencial, la recuperación de una historia que desmintiendo y
sobrepasando las fronteras político-administrativas impuestas y conservadas hasta la actualidad en función de esquemas de
dominación, proponga una nueva visión del espacio-tiempo de esta región estratégica del centro-sur sudamericano; una
región, como decíamos, olvidada, pero cuyas potencialidades están ahí y, sobre todo, marcadas por ese pasado que se
pretende recrear.

Esa visión hoy, incluye a dos repúblicas de América del Sur como son Bolivia y Perú, Perú y Bolivia, y armar un grupo que
aborde y profundice problemáticas “transfronterizas”, es, desde un principio, un desafío y un motivo que debe comprometernos
más aún.

Si más temprano que tarde, en el camino que se propone recorrer, advertimos que estamos logrando aunar y compartir esa
visión que, a partir de la superación conciente de las fronteras que dictó la imposición, nos transporte a un escenario de
complementariedad y solidaridad plenas entre los pueblos de un lado y el otro de la raya, entre los pueblos de la escindida
Carabaya/Kallawaya, habremos aportado, así sea una gota en el océano, a la construcción de alternativas reales de
integración, afirmadas en la historia y la cultura, las bases más sólidas de cualquier proceso unificador, la argamasa de la
futura Patria Grande.

No debemos temer ni un poco en proponer desde estas páginas que este núcleo de pensamiento y disposición mental hacia
la reflexión constructiva, proponga esas alternativas de integración.

De hecho, esas alternativas no sólo ya han aparecido en el horizonte sudamericano del siglo XXI (pensemos en el MAP- Madre
de Dios, Acre, Pando (Perú-Brasil-Bolivia) en el corazón de la Amazonía sur occidental, o en la mancomunidad Aymaras Sin
Fronteras que homologa municipios del norte de Chile, el sur del Perú y el occidente boliviano), sino que comienzan a transitar
auspiciosos procesos de consolidación en algunos de los ámbitos de su quehacer.

De ahí, la necesidad de una geografía histórica de la región Kallawaya/Carabaya, una geografía histórica imprescindible para
entender los factores espaciales, ecológicos y geopolíticos, cuya relevancia es imposible de soslayar de cara a romper el
aislamiento y la división impuestas, y buscar fórmulas efectivas para acabar con sus consecuencias: la pobreza y la
marginalidad lacerante de la población.

Aquí la tarea encarada por Waldir, y por varios de los miembros del grupo, de recuperar todas las fuentes históricas disponibles
en torno a un pasado regional y ponerlas a consideración pública a través de Internet, no sólo es loable y destacable, sino
permite suponer ;en medio de esta combinación explosiva que propone la red, mezclando lo antiguo con lo más moderno, la
tecnología de punta con el acceso a archivos documentales antes vedados para el común de los mortales; que ese deseo
manifiesto, ese afán de explorar el pasado, cartografiarlo, nombrarlo ;recuperando, por ejemplo, los topónimos y el sentido de
su significado;, andarlo ;labrando esa necesaria historia de los caminos de la vertiente oriental de los Andes; y un largo
etcétera, y finalmente develarlo y divulgarlo, sin prejuicios, sin espíritu de casta, sin chovinismos ni provincianismos huecos,
puede arribar a buen puerto.

Siempre se repite que la historia la escriben los que ganan y es verdad: los conquistadores y colonialistas de ultramar y las
repúblicas centralistas y oligárquicas, conservadoras de la mentalidad colonial, han restaurado un pasado a la medida de sus
intereses, donde no sólo la verdad fue escamoteada sino hasta las huellas de ese ayer fueron destruidas, quemadas,
desvirtuadas, camufladas, en muchos casos ocultadas en repositorios inaccesibles, permitidos sólo para los eruditos.

Pero también se ha dicho que frente a esa historia de los vencedores, hay otra historia, la historia verdadera.

Esta no es otra que la historia de los pueblos, que debe superar, por un lado la “embriaguez colonialista” (al decir del
historiador aymara Carlos Mamani Condori), así como la tentación y la desviación de la historiografía elitista, esa que abreva en
el mundo hiper especializado y globalizado del presente.

Una historia abierta a todos, a la gente y al debate, una historia escrita por todos, donde quienes hemos tenido la suerte de
haber ingresado a la universidad y conocer valiosas herramientas metodológicas, donde los que tenemos la oportunidad de
conocer y disponer de documentación especializada, actuemos como correa de transmisión no sólo de ese conocimiento que
debe ser democratizado y socializado hasta donde se pueda, sino, y a la vez, en un ejercicio permanente de retroalimentación,
de esos saberes y memorias que atesora el pueblo que son la mejor prueba para desenmascarar y desmentir la “historia
oficial”.

Esa historia oficial está llena de mistificaciones y sin sentidos; esa historia oficial está plagada de vacíos y omisiones, de
errores y horrores, de lagunas y pantanos, por el simple trámite de estar escrita desde Lima o desde La Paz, o lo que es peor
desde París o Londres, y no desde Macusani o Sandia o Pelechuco o Apolo (ignorando, de paso, la labor enorme que realiza el
Profesor Augusto César Machicao Gámez en pos y beneficio de una historia regional caupolicana).

Esto último que afirmo, no debe ser leído de manera unidimensional, ya que eso conllevaría contradecir lo expuesto hasta aquí
con relación al ecumenismo y la apertura que debe primar al interior del Grupo Carabaya. No es que se desee desechar los
aportes de investigadores extranjeros honestos (como mi siempre citado Thierry Saignes, o yo mismo, vamos), sino que lo que
se propugna, en última instancia, es una historia de Carabaya escrita por los que la viven y la hacen en Carabaya; una historia
de Sandia escrita por los sandinos, una historia pelechuqueña, una historia apoleña, una historia regional escrita entre todos y
para todos. Si nuestros esfuerzos, insisto, así sean pequeños, aportan en esa dirección, alguien recogerá el fruto.

Porque es preciso que abramos los ojos de una vez, aunque mucho o poco de lo que se plantea se haya repetido hasta el
cansancio: los manuales escolares están repletos de verdades a medias (o de mentiras a medias), de agresiones
inclasificables, de irrealidad. No hay una pizca del sufrimiento que impuso la mita colonial, ni una mueca de desaprobación por
los abusos y las matanzas en las haciendas republicanas. Ni siquiera se menciona el genocidio de los pueblos indígenas de
la Amazonía. No se escribe la historia desde las comunidades, no se rescata la historia con y a través de la gente. Lo cuento a
quien quiera oírlo: quien escribe nunca hubiera entendido la dinámica que encierra la red de caminos originarios (mal
conocidos como “caminos del Inka” o caminos prehispánicos) sino no los hubiera caminado, en compañía de aquellos
herederos de sus constructores, sino los hubiese recorrido, paso a paso, piedra a piedra, apacheta tras apacheta, con los
comunarios andinos y
amazónicos del presente.

Fue caminando que empecé a sumergirme en la historia y en la arqueología andinas, en su geografía sagrada, en su
cosmovisión: una historia sin comprensión y sin respeto por los valores y tradiciones de la gente es una vulgar impostura; una
historia que perciba el pasado y lo rescate desde la urdimbre que fueron tejiendo los pueblos, de seguro será útil para mirar
hacia delante. No hace falta mirar muy lejos: de varias maneras ;aunque este no es el sitio ni la ocasión para referirlas;, esto es
lo que está Evo Morales desde la presidencia de la República de Bolivia. En cada uno de sus discursos, es dable captar esa
pedagogía esencial, esa historia que también es genética y visceral, microcelular y cósmica. Lo he sentido también recorriendo
los caminos del Perú y hablando con sus habitantes, con sus dirigentes: ahora, Tunupa puede volver y enlazar selvas y
cordilleras con su impulso de liberación.

Creo que estos son los desafíos del Grupo Carabaya. Qhiparu nayraru uñtas sartañani, mirando atrás vamos a ir adelante: tal
vez en esta síntesis de la filosofía de vida aymara esté resumido todo y no haga falta escribir más palabras, que a veces nos
demoran y nos confunden y dividen y mucho nos entristecen y apenan.

O quizás, ¿por qué, no?, de lo que se trate es de intentar recuperar la vitalidad de las palabras, de energizar cada una, de
entramarlas y recargarlas de significados reversibles (ese pasado-futuro del conocimiento ancestral) y volverlas a lanzar al
ruedo, concientes de que el argos televisivo está allí para fagocitárselo todo, para convertirnos a todos en aldeanos globales,
en habitantes de los suburbios de la cultura basura que producen por toneladas los usurpadores y desencantadores del
mundo.

Como sea, en esta encrucijada entre la cultura y las culturas, los derechos de los pueblos y las trasnacionales del consumo, la
globalización a palos y la identidad que merecemos, o la historia la escribimos entre todos, o nos la escriben para que nadie
termine por hacerlo.

Chuquiago Marka, 11 de mayo de 2007