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Dic.09
Arturo von Vacano
Nadie puede negar que Bolivia es un país sin Ley en el que la impunidad para todos los
delitos es un fenómeno tan cotidiano que a nadie sorprende ya ningún acto de
barbarie: la niñez boliviana es víctima de atroces violaciones y crímenes, los
masacradores y genocidas viven todavía en el Legislativo y los ladrones de guante
blanco y negro cometen sus tropelías sin temer castigo ni represalia alguna. Un país sin
Ley es vivienda de una horda, no de una sociedad civilizada, porque sin Ley la
civilización no es posible.
Por ello es necesario recordar una vez más que los cambios que Bolivia necesita con
tan urgente angustia no pueden ser sólo obra de Evo, del MAS ni de ningún otro grupo
casi organizado como la policía y el ejército, sino de la mitad de los bolivianos más uno.
Cuando una mayoría de los ciudadanos aprenda que la defensa de la Ley es
obligación diaria de todos y cada uno, cuando se haya acostumbrado a imponerla en el
hogar y la calle mediante palabras y actos decididos, los cambios que todos anhelamos
serán posibles, pero no antes.  
Por ello, la primera tarea de un régimen cuya autoridad es certificada por dos de cada
tres ciudadanos es la de crear e imponer una Ley que merezca ser vista así, como Ley,
y no como decreto, edicto ni apenas un trozo de papel, sino como una regla de
conducta por la que es a veces necesario arriesgar la vida para preservarla.
Tras cincuenta años de dictaduras militares y sátrapas civiles, el pueblo boliviano es
víctima de una desconfianza, una anomia y un desaliento que son harto evidentes y se
traducen en un cinismo cívico y una abundancia de delitos y crímenes que pone en
riesgo cada vida humana en todo lugar y a cada hora. Es fácil explicar esta actitud, la
pérdida de respeto por los demás y la tendencia de hacerse de comodidades por las
buenas o por las malas.
No sólo el racismo tiene la culpa de la poca consideración que siente cada boliviano
por sus compatriotas; también la experiencia de que no es posible vivir ni comer bien
sin robar, mentir, sobornar o, si el caso se da, asesinar sin vacilaciones es una actitud
que nace en ese tóxico medio siglo creado por dictadores y sátrapas. No sólo robaron
todo lo que pudieron sino que mataron la esperanza entre nuestro pueblo. Antes de
2005, Bolivia era noche cerrada sin esperanza alguna. La vida se redujo a una
competencia desleal e inhumana. La fuerza bruta de las armas y del dinero lo
corrompió todo. Décadas del mismo régimen encabezado por diferentes delincuentes
hicieron posible las legiones de delincuentes que destruyeron la idea de que es posible
vivir con honradez y prosperar con sano esfuerzo. Es decir, impusieron como única la
ley de la bestia.
Tales realidades, si los bolivianos lograran recordarlas ahora que se han conquistado
una nueva oportunidad, señalan claramente las virtudes que debe tener la Ley que
debe crearse ahora con extrema urgencia.
Debe ser una Ley que merezca el respeto del más cínico de los ciudadanos. Una Ley
que obligue a fanáticos de todo tipo a aceptar su vigencia y su valor. Debe honrar a la
Justicia. Debe ser una Ley veloz en el castigo pero clara y simple en su expresión. Y
debe ser dura y contundente. Esto es, debe ser exactamente lo contrario de la feroz
asquerosidad que hoy entendemos por “justicia” y sus sacerdotes, los jueces y los
abogados que maman a su pueblo en lugar de servirlo.
Este observador no vacila en proponer el retorno de la pena de muerte como parte de
esa nueva Ley. Bolivia eliminó ese castigo para aparecer como civilizada ante el mundo
cuando en verdad no lo es. La muerte se aplica de modo cotidiano, cada día del año, a
los inocentes y los humildes. Es una muerte que no sólo se origina en toda violencia
sino también en el robo y la codicia sin freno. En el hambre sembrada por quienes no
saben qué hacerse de sus mal habidos millones. En el tráfico de medicinas falsificadas
y vendidas sin control alguno a precios de usura. En la muda tragedia de las niñas
violadas por energúmenos ignorantes. En el empresario que contrata dos obreros
obedeciendo las regulaciones y cien forzándolos a elegir entre el hambre y la renuncia
“voluntaria” a sus derechos laborales. El hambre mata, sino hoy mismo, tras años de
males y debilidades creadas por esta enfermedad. Quien la causa y la crea para
retirarse a vivir en Miami es un criminal y, pues que da la muerte, merece la muerte.
Sólo la ignorancia de los inocentes les hace creer que la muerte causada por una
metralleta es punible mientras que la que sigue a la miseria y el despojo es digna de
perdón.  
(Es de esperar que Evo no cometa el error de Mandela y su gente en África del Sur,
donde se intentó reemplazar a la Justicia con una serie de tribunales de chiste en que
los criminales confesaron sus delitos a cambio de su impunidad: hoy Sudáfrica es una
de las sociedad más violentas, corruptas y sufridas del mundo: la violación de sus
mujeres hace imposible la presencia de vírgenes, no de 15 años, sino de 12.  Su nuevo
presidente es un criminal simpático cuyos crímenes no son negados por nadie. Es que
nada puede reemplazar a la Justicia y la Ley entre los hombres.)   
Uno de los grandes monumentos a la basura intelectual universal debe ser la colección
de “constituciones” y códigos que han dado de comer a nuestros jueces y abogados
durante 200 años. Esa basura es tal que creó e hizo posible ese sector de la sociedad
boliviana que hizo de Bolivia una monstruosidad social de singular ferocidad. Para
demostrarlo será necesario apenas el aplicarles el dicho muy popular de que “por sus
obras los conocerás”. La Bolivia anterior a 2005 es obra de esas “constituciones” y de
esos códigos que deben quemarse a la brevedad posible. Una “ley” que hizo un país
como lo que Bolivia fue entre 1825 y 2005 es una vergüenza para la raza humana.
Afirma en sucio papel lo que niega en los hechos. Existe para permitir todo delito y
castiga uno solo, el de ser pobre y humilde. Tan pronto destruyamos semejante “ley”
podremos buscar con mejor derecho nuestra dignidad humana.
Más difícil será eliminar ese segmento social que se sirve de la “ley” corrupta para
“mejorar su suerte”. Que es un segmento corrupto es evidente: nadie mejor que tales
jueces y abogados sabe cuán profunda y cruel es la corrupción de esa “ley” que les ha
servido para vivir muy bien. Que es fácil demostrarlo es indudable: inviten ustedes a
cualquier ciudadano a presentarnos un juez o un abogado (un puñado sólo) conocido
por su corrección y su honradez. Si tal hombre existe es porque ya no es juez ni
abogado. Si, suena cómico, pero sólo porque somos incapaces de imaginar todas las
tragedias, abusos y crímenes silenciosos cometidos por esta legión delincuente durante
200 años.
Sólo hay una esperanza para reemplazar a tales jueces y picapleitos: una Ley sencilla y
clara en manos de hombres y mujeres conocidos y elegidos por su pueblo para
interpretarla y aplicarla. Es indudable que otra virtud habrán de tener tales defensores
de la Ley: la juventud. Sólo entre los jóvenes puede darse el idealismo y un espíritu de
sacrificio que hoy parece brillar por su ausencia pero aparecerá cuando la esperanza
retorne entre nosotros. Sólo los ignorantes y los idiotas prefieren vivir bajo la ignorante
idiotez del Bombón y sus secuaces. Son pocos, es verdad, y serán cada vez menos a
medida que la fe en la nueva Ley vaya creciendo entre grandes esfuerzos.
Quienes miraron con cuidado durante los últimos cuatro años a la política boliviana
habrán visto sin duda la presencia de varios jóvenes que han sabido usar la “ley”
corrupta con buenos fines. Cuando sirvan la Ley que debe crearse con urgencia, ¿qué
milagros no lograrán?
Pero si nuestra nueva Ley tarda en aparecer o no aparece nunca, habremos sembrado
en el mar una vez más. Ni satélites ni bonos ni granizadas de palabras pueden
reemplazar esa ausencia. Cuando Bolivia sea gobernada por sabias leyes y no por
individuos sabremos finalmente que hemos creado un país digno de sobrevivir. Hasta
entonces, vivimos y sufrimos entre salvajes.  
Primera Prioridad: La Ley
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