Libros que cometen Traición a la Patria - III
Uno de los prejuicios de que goza la universidad boliviana en general es la de que es
nido de libertades y cuna de democracias cuando en realidad es lo contrario: un reducto
de defensores del “statu quo” tradicional y una gran promotora de las diferencias de todo
tipo que separan a los bolivianos. Es, principalmente, creadora de injustos privilegios y
caprichosos derechos, eternizados por una legión de educadores dedicados a practicar
con gran entusiasmo una meritocracia feroz y mal concebida.
El producto de semejante universidad es el ejército de mediocridades que, habiéndose
hecho de un cartón de “profesional” por las buenas o las malas, defiende durante toda
su triste vida los privilegios enanos que tal cartón le concede.
Vistas las cosas así, es claro que el carnet de “universitario”, primera evidencia del
cambio de estado social de su beneficiario, es ya una señal de prestigio inmerecido: ser
universitario es ser “alguien” y, para los millones de cholos que no fueron nadie durante
dos siglos, es sin duda una posesión valiosa. Ello explica el cambio de mentalidad de los
cholos universitarios que, porque tienen esa tarjeta, se creen ya de clase media y se
estiman enemigos del indio Morales, actitud que une a las universidades con la prensa
“grande” nacional en su guerra racista contra Morales y los indios.
Esta fue una razón de la presencia del grupo de universitarios que armó, alentó y
organizó el asesinato de Gualberto Villarroel en esa hora negra, crimen del que
sobreviven aún testigos, uno de los cuales debe ser el periodista Walter Villagomez, ex
universitario que se dio el gusto en su momento de recordar para mí esa horrenda
jornada.
Nadie ha escrito pero sin duda alguien lo hará en su hora justa la historia de cómo se
apoderó de la universidad boliviana un grupo de “gente bian”, de cómo usó los dineros
del Estado, es decir del pueblo, para atacar al pueblo, mentirle sobre su pasado, sobre
sus sacrificios y sus triunfos y convertir la historia del país en la historia de ese sector
ínfimo, esa “elite” falsa cuya agonía va desenvolviéndose en estos días.
Pocos recintos ilustran mejor la conversión de una universidad que debió ser
democrática en un club exclusivo de damas y caballeros “de sociedad” y apellido de
lustre que el que se refugia tras el nombre de “Literatura”. Hace décadas que se formó
esa hermandad de “expertos” cuya finalidad es la de dictaminar quien puede y quien no
puede entrar la Historia de la Literatura Boliviana y su obra es evidente en obras que,
afortunadamente, no son de lectura masiva.
Me veo en la coyuntura de bautizar a este grupo como la Escuela Montenegro porque mi
sino ha querido que, del modo más extraño posible, haya tenido yo ocasión de observar
de cerca y de lejos la creación y el desarrollo de ese ente fantasma, es decir, de la
muerte del espíritu que alentó a Carlos Montenegro y el triunfo del espíritu contrario, de
la influencia y el poder que esgrime Raquel Montenegro, cabeza de “Literatura” durante
décadas y “jefe” del grupo de “críticos” que falsifica la historia de las letras bolivianas con
fines racistas y clasistas.
Es por azar que ambos somos bachilleres del Colegio Alemán y ambos recibimos durante
doce años el tratamiento psicológico que nos hace creer por derecho nato superiores al
resto del mundo: ello es parte de la educación que imparte ese plantel. Ambos sacamos
del Alemán la convicción de que pertenecemos a una legión privilegiada no declarada
pero evidente e indiscutida. Así piensan de sí mismos la gran mayoría de los 50.000 ex
alumnos del Alemán, y yo debo decir que me gusta ser así, que me ha servido bien el ser
así y que le agradezco al Alemán el haberme hecho así.
Con excepción de un rebelde entre esos 50.000, todos se piensan miembros de la
“crema” social boliviana.
Con lo que casi no es necesario decir que reconozco en Raquel Montenegro ese mismo
rasgo, como le reconozco una habilidad muy pocas veces vista: es la persona más
certera que recuerdo en lo que se trata de juzgar, desde un punto de vista académico,
cualquier otra literaria. Como ella dice que es, así es, sólo desde un punto de vista
académico, cualquier obra escrita.
Esta habilidad innata y su afición a trabajar como hormiga negra le conquistaron
temprano la influencia de que viene gozando desde su juventud y el respeto, en muchos
casos servil, de quienes trabajan con y para ella. Es posible que nadie goce de mayor
prestigio que Raquel Montenegro como maestra y educadora en cuanto a literatura.
Es por ello para otros inexplicable el que haya usado su poder y su influencia en la
universidad para convertir a “Literatura” en su grupo exclusivo, poblarlo de “gente
decente” dedicada a servir a la sociedad caduca de que quieren formar parte y “matar”
para la historia de nuestras letras a sólo Dios y Raquel Montenegro saben cuantos
autores sin más razón que el “gusto literario” que ella enseña y ha impuesto.
Dado su prestigio, es inexplicable la limitada obra que deja escrita. Una razón de ello es,
sin duda, el modo en que ejerce su crítica: lo hace mediante consejos y sugerencias
deslizadas y susurradas para aquellos que escriben y que firman opiniones que en
muchos casos son las de Montenegro.
Para comprobar este modo “diplomático” de hacer crítica sin hacerla bastará con mirar,
por ejemplo, las variadas ediciones de la revista de literatura que publica el Centro
Patiño. Hallaremos allí no sólo las opiniones de Montenegro repetidas y redondeadas por
sus alumnos, sino aplausos abiertos y manifestaciones de admiración que la citan con
nombre y apellido.
El lado oscuro de esta situación se da, claro, cuando Montenegro habla y aconseja
contra un determinado autor o un grupo de historiadores de nuestras letras. Como son
sólo consejos y sugerencias que no se gritan en plazas públicas, tienden a producir un
efecto evidente: tales autores e historiadores simplemente desaparecen de las
publicaciones sobre literatura y “mueren” de modo más efectivo que si hubieran sido
asesinados. (Los “chicos” de Montenegro manejan la universidad y su plata.
Recordemos: hoy por hoy, no hay prensa ni libros de izquierda en Bolivia).
Hoy reconozco los efectos de esta práctica nociva porque, durante cuatro décadas, he
sido objeto de la misma. Mi sospecha es casi tan vieja como yo (conozco a Montenegro
desde la adolescencia) pero sólo este último abril/09 pude confirmarla porque así lo
confirmó alguien que yo consideraba casi como un hermano. Y sólo ahora percibo el
daño que se me ha hecho durante cuatro décadas.
Durante 40 años, jamas pedí su ayuda a Montenegro para promover mis libros ni ella me
la ofreció, pero descuidé el otro lado de esta moneda: a Montenegro le disgustan mis
trabajos, y esa opinión pasó a los críticos que le siguen como pasa sus opiniones, a sotto
voce.
Tal el modo en que los autores que disgustan por lo social o por lo político a esta
eminencia gris hayan desaparecido de las colecciones que publica Plural con ayuda de
los protegidos de Montenegro y de los libros que publican Gente Común (asociada nadie
sabe por qué con San Andrés) y las mismas universidades.
Aquí debemos recordar que las universidades públicas lo son porque se sostienen con
dineros del Estado, es decir, del pueblo boliviano, al que todo empleado de una
universidad pública debe ver como su verdadero y principal empleador. Por ello es que
ningún educador sirve bien a su universidad si deforma, falsifica, recorta o daña de
cualquier otro modo la materia que debe entregar a sus alumnos de la manera más pura
posible, la Verdad sobre su país y su pueblo y la necesidad de un concepto de Justicia al
entregar esa Verdad. ¿Cómo es posible una historia de las letras bolivianas que no
menciona ni recuerda a los escritores de “izquierda” sin los que no habría historia que
escribir?
Cuando una persona o varias se apoderan de la universidad para servir sus propios
intereses creados están traicionando los fines que debe servir esa universidad y
atentando contra su propio prestigio: tarde o temprano se descubre toda mentira y se
devela toda falsedad. Cuando se ignora a conciencia el trabajo de escritores como
Montenegro, Céspedes, Almaraz y otros de esa talla (para no mencionar a todos los de
“izquierda”) se está mintiendo a los jóvenes bolivianos y se está presentando una imagen
falsificada de nuestro país. Esa es una verdadera traición a la Patria porque miente
contra ella. Esa es la imagen que La Escuela Montenegro presenta al mundo mediante
Plural Editores y otras publicaciones.
Cuando se daña el nombre y la obra de autores mediante el chisme, listas de “autores
prohibidos” y difamaciones de las que difícilmente se enteran sus víctimas durante
décadas, se está cometiendo un crimen moral que nunca queda en las sombras.
Por otra parte, no es buen profesional aquel que no enseña todo lo que es necesario
enseñar (separando claramente la verdad histórica de sus preferencias personales) y
reduce su labor educadora a una serie de maniobras politiqueras racistas y clasistas. No
sólo daña así su propio prestigio sino que disminuye y abarata su profesión. Por eso es
que los abogados son despreciados como “segmento” o “clase” social y algo similar
sucede con muchos catedráticos que han perdido sus virtudes, entre ellas la humildad.
Sucede con estos críticos criollos otro fenómeno que es en extremo molesto para
escritores del mundo todo: la universidad sufre generalmente inmensos atrasos cuando
se trata de obras de ficción o “arte” y continúa enseñando como dogma o “canon”
aquello que fue ya visitado por los escritores. Para la universidad no hay más verdad ni
más valores que los “académicos”. Enseña así lo que dice que es la “novela”, por
ejemplo, y trata de imponer sus valores a pesar de que nadie puede definir hasta hoy a
la “novela”. Su dogmatismo es tal que cree que puede “enseñar” a escribir ficción cuando
la experiencia mundial indica lo contrario: una gran mayoría mundial de los autores
reconocidos no ha pasado jamás por una universidad ni las universidades han formado a
esa gran mayoría de autores.
Por su naturaleza misma, la exploración de la expresión escrita es totalmente libre,
rebelde y ajena a todo intento de categorización o definición. Sólo hay un modo de
aprender lo que se puede hacer escribiendo, y ese modo es el escribirlo. Por ello es que
los autores negados ayer son las estrellas hoy del firmamento literario. No puede haber
verdadera amistad entre el talento literario y las disciplinas muertas del aula. Por eso se
dice que el que puede hace y el que no puede, enseña. Y por eso se da esa
animadversión entre quienes enseñan contra los que verdaderamente pueden.
Nuestros críticos, tan pocos ellos, intentan empero defender sin negarse arma alguna los
dogmas y prejuicios que aprendieron y enseñan porque piensan que defienden así su
posición y su empleo: ¿Cuánto duraría en su empleo un “crítico” que se halle en
desacuerdo con Montenegro?
Pero, si la universidad “crea” autores, ¿dónde están las legiones de escritores formados
por Montenegro durante cuatro décadas? ¿Qué talentos puede presentar Montenegro al
país tras tan larga ‘dictadura’ sobre las letras bolivianas?
Vencido el Tercer Milenio, Bolivia es aún el único país latinoamericano que no tiene un
solo escritor de renombre continental, no digamos mundial (Paz Soldán se ha hecho
norteamericano. ¿Hay otro?) Si se ha de creer a la Escuela Montenegro, esta ausencia
tiene que ser atribuida a la principal universidad del país y a la persona que manejó la
oficina de “Literatura” durante casi medio siglo “matando” autores a diestra y más a
siniestra.
¿O es que le vamos a echar la culpa de ello también al indio Morales?