2030 en la Institución Lopezsiana
Día Uno: Un Guía Turístico responde Preguntas al Azar
— Nuestra Washington apenas era una avenida oscura y sucia a fines de la penúltima década del milenio—
seis, tal vez diez manzanos.
— Quise decir dos docenas de comederos oscuros con débiles luces neón en cada puerta junto a varios
edificios de departamentos en franco deterioro, dos supermercados y un cine de viejas épocas.
— Vería mejores días pronto, sin embargo: varios empresarios estaban desplazando ya a sus inquilinos
antiguos para ofrecer dormitorios y restaurantes lujosos a burócratas jóvenes y afluentes, algunos de los
cuales siguen allí, viejos pero afluentes.
— El español, aunque muy corrupto, conquistaba nuevos conversos por todas partes. Un famoso Senador
republicano se refirió un 2 de Marzo cualquiera a "El Presidente" durante el noticiero de las siete, y no lo hizo
por error.
— Los trescientos mil habitantes buscaban con renovado sentido de urgencia nuevos y diversos modos de
obedecer una nueva ley y desleírse en leves brisas al tiempo de conservar juntos alma y pellejo mediante
una mínima comida diaria.
— Esta contradictoria disyuntiva era por cierto harto difícil, como leemos hoy en cartas, periódicos y libros, y
vemos en cintas y otras piezas legadas a los estudiosos.
— No sólo enfrentaban esas gentes simples y sonrientes tres horribles plagas - el hambre, el SIDA y el crac
- sino que aquellos fueron también los días en que, tras doscientos años de constantes desembarcos
pioneros, una nueva amenaza, jamás antes vista ni oída, desplegó su inescapable sombra sobre sus labores
cotidianas.
— Era una ley de tres párrafos que declaraba su total inexistencia.
— Los poderes del día se disponían a imponerse para hacer un hecho de tal declaración.
— Porque esas gentes no existían, proclamó el documento aquel, no podían estar aquí. Porque no podían
estar aquí se halló necesario hacer evidente y obvio que no estaban en Washington.
— De modo que, para poner fin al incidente, una acción última restaba por adoptarse aquel año, la de
cazarlos para enviarlos a cualquier otra parte, cuanto más lejana mejor.
— Aquellos no fueron los mejores días que conociera esa multitud trabajadora y desesperadamente
optimista, la verdad sea dicha. Tendrían que alcanzar niveles jamás vistos en esa práctica siempre tan suya,
la de ser una comunidad de fantasmas transparentes y capaces de sobrevivir día a día en base de dos
salchichas y una manzana.
— Una habilidad tradicional, esta hazaña no parecía difícil para ese pueblo armado de diez siglos de
recuerdos. Provenía de familias que la habían practicado desde tiempos inmemoriales para evitar otros
poderes que fueron, o que habían sido, siempre los mismos: el Ejército, la Iglesia, los Ricos y todo aquel que
rechazara un lugar entre los llamados (aunque nadie sabe quién inventó esa mofa) Los que Heredarán la
Tierra.
— Por otra parte, no fueron esos sus días más tristes, tampoco; acosados, cazados y diezmados desde
tiempos inmemoriales, su común memoria no olvidaría otras amenazas diversas, viejas y nuevas, periódicas
o eternas, que hicieran casi en forma exclusiva su historia. Los poderes que eran los eternos poderes en
su tierra natal libraban contra ellos una guerra incesante y muy cruel, guerra secreta que duraba ya
quinientos años. Apenas podían recordar cosa que no fuera masacres, revoluciones, asesinatos masivos, y
(esta, la clave de su éxito) nacimientos masivos que les daban diez recién nacidos para reemplazar a cada
víctima anónima, diez nuevas víctimas que de algún modo vivirían hasta concebir otros diez niños—
derrotando así mediante este truco, el menos ingenioso, el más fácil y placentero, los oscuros designios de
sus enemigos.
— Comparados con las antiguas plagas, los ya mencionados párrafos legisladores no les parecieron tan
amenazadores como una dictadura militar de ocho décadas o, por poner otro ejemplo, cómo hacerla de
minero en los Andes durante seis generaciones.
— Habían llegado a conocer a los autores y a los defensores uniformados de los tres párrafos y se
inclinaban a creer que casi todos eran, a la hora de la verdad, buena gente. Después de todo - tenían el
pálpito, no lo pensaban - muchos habían aceptado su música, los menos aprendían, aunque sin desearlo, su
idioma, y—algunos casos se han documentado—unos cuantos habían ofrecido su ayuda generosa, su
techo y su pan, para salvar vidas arriesgando su propia libertad y paz de espíritu.
— Unos cuantos entre estos trescientos mil sintieron de algún modo que existía aún otro escudo en el que
podrían confiar. Era un instrumento indescifrable y maravilloso mencionado por sus hijos nacidos aquí, una
serie de palabras que apenas podían entender o concebir, otra ley que parecía hecha para ellos porque
comenzaba diciendo: "Nosotros, el Pueblo..."
— Fue, pues, con una estudiada mixtura de alegría e indiferencia que comenzaban cada noche de trabajo,
usualmente durante horas avanzadas, caminando breves o largas cuadras hasta el paradero más cercano
de buses. Viajarían luego por una hora o dos desde sus humildes (y peligrosos) vecindarios hasta las salas
de higiene y los largos pasadizos de mil monstruosas masas oscuras y verticales donde transcurría gran
parte de su vida.
— Dentro y debajo de esos laberintos parecían haber hallado su misión en esta tierra: la de mantener
inmaculados los tronos más íntimos del mundo.
— Muchos de ellos bendecían esas funciones porque devinieron, tal vez, en el único oficio que permitió su
peculiar hazaña: trabajaban entre diez y doce horas, pero quienes se beneficiaban de los frutos de su sudor
jamás los verían. Cuando entraban en sus centros de trabajo, esos montes de piedra y vidrio yacían
silentes, vacíos, dormidos. Tan pronto los abandonaban cada amanecer, una vida diferente y afiebrada
hervía dentro de esos templos de trabajo o de placer.
— Las cosas se habían hecho de modo tal que una multitud jamás percibiera a la otra, ven ustedes. El
desencuentro se dio durante tanto tiempo que ninguna existía para la otra aunque ambas compartían los
mismos tronos, su único, aunque caprichoso, punto de contacto. Así fue como nuestros antepasados se las
arreglaron para estar aquí sin ser percibidos durante casi veinte años.
— Si no eran vistos en hogares, oficinas o despachos, tampoco los veían en las calles: cuando usaban las
calles, sus buses eran reyes del pavimento y de las avenidas porque, además de los locos, los adictos y los
delincuentes, ¿quién iba a atreverse a cruzar este lugar a la hora cotidiana del crimen?
— Era necesario un temperamento audaz para intentar esos cruceros oscuros... Oh, sí: el año había
agotado apenas 23 de sus días cuando 32 asesinatos se habían perpetrado y registrado en los tribunales.
Mil muertes similares serían registradas antes de la Navidad.
— La gente usaba una docena de cerraduras y candados para proteger su propiedad. Dispondrían de
ametralladoras, bazucas, pistolas llamadas Saturday Night Specials, rifles de asalto, hasta Panzers y
Pattons (comprados al abrigo de la credencial de cualquier club de caza y pesca) cerca de sus machetes,
cuchillos, bates de béisbol y latas de Mace y pimienta letal.
— Los perros eran entrenados para mutilar y matar a cualquiera que pronunciara mal su nombre. El Karate,
el Kungfu y muchas artes marciales eran practicadas noche a noche por niños de cinco años y una legión de
abuelas.
— El mejor modo de acoger a un extraño era por entonces, si no un plomo .45 o un manazo letal, un rostro
agresivo, furioso, un gesto tallado por una larga práctica para que pudiera expresar un estado mental
homicida originado por una perenne y severa plaga de ictericia.
— Con tales hechos en mente, nuestros antepasados hacían sus viajes nocturnos en series de dos, tres o
hasta cuatro autobuses con diversas paradas en oscuras esquinas para cada bus: cada servicio estaba
obligado a enviar un ómnibus cada hora, pero lejanos eran ya los días en que pudo confiarse en itinerarios
de algún tipo.
— Tales condiciones convertían en una labor de 15 horas una pega de ocho. Considerando los estómagos
a medio llenar, los pulmones agujereados y una mudez forzada por el idioma, buena parte de los estudiosos
tienden hoy a concordar en que la vida no era un lecho de rosas para nuestros antepasados.
— Dura y difícil como era, como debió haber sido, era una vida mejor que cualquiera de sus pasadas
experiencias. Lejos de marcharse por voluntad propia, continuaron viniendo en secreto y llegando a razón
de unos cuantos miles cada semana, como bien sabemos hoy.
— Retenían su peculiar tradición de traer al mundo más y más niños, tal vez porque la mayoría llegaba
desde ambientes rurales y creía con sus abuelos que los niños y los bueyes son riqueza. Además, no todos
podían permitirse un televisor por ese entonces.
— Recuerden por favor que habían dejado sus valles y montañas porque los poderes perennes desolaban
su tierra mediante la más brutal y larga guerra silente jamás librada. Baste decir que fue esta guerra lo que
por fin puso nuestros países de origen en el mapa del mundo como se lo conocía entonces.
— Debe decirse como acerto final y definitivo que vinieron como todos y cada quien había llegado antes, y
siempre por las mismas razones: eran refugiados legítimos en un país de refugiados. Así que, (y sólo ahora
podemos permitirnos el decir esto) si al llegar creyeron que necesitaban una excusa, fue así porque eran
débiles, no porque estuvieran en error.
— Fueran cuales fueran sus razones, jamás perdieron su alegría ni su amor a la vida. Gozaban de cada
minuto de esos crueles días y silbaban, cantaban, bailaban y chillaban su amor por la vida. Tanto así, que
sus ritmos furiosos fueron el primer puente lanzado y firmemente anclado aquí por sus esfuerzos porque se
comprendiera su alma. Una vez implantadas sus canciones, su palabra cálida comenzó a levantar ecos casi
en todas partes. Y sus palabras en rima fueron otros puentes para que se escucharan sus sueños y
ambiciones.
— Pronto, y muchos lo experimentaron no sin temor, comenzaron a materializarse. Esta experiencia jamás
fue fácil. Algunos la describieron en gran detalle, escribiendo equilibrados relatos sobre la primera
oportunidad en que se les vio, se les miró, y hasta se les habló como si hubieran ahorrado un millón en el
banco.
— Lo que alteró las cosas con rapidez fue el simple e inevitable impacto de su número: ningún cincuentón
nacido en cualquiera de las grandes ciudades podía reconocer ya su propio vecindario. Tampoco aquí. La
piel que, como todo lo demás, había sido por lustros negra o blanca en nuestra ciudad, tomó de pronto
todos los tonos imaginables; la lengua, usada en sencillas y bárbaras variaciones del idioma inglés hasta
entonces, vibraba ahora en todos los sonidos y sílabas posibles porque no todos nuestros antepasados
vinieron del Sur. Muchos vinieron del Oeste, muchos del Este y aún otros desde el Norte.
— Así fue como, entre estos peligros, esperanzas y privaciones, y junto a sus esposas, hijos, abuelos, tíos y
sobrinos, padrinos y ahijados, los habitantes de nuestra querida urbe hicieron su mejor esfuerzo para burlar
los peligros y riesgos del año en que no existieron.
— ¿No hay más preguntas hoy? Bien, gocen de su visita y sean cuidadosos. Pasen un buen día.
Día Dos: Un Guía Turístico responde Preguntas al Azar
— El interés actual en los humildes pero audaces pioneros que hicieron nuestra historia para fines del siglo
es paradójico. Cuando se detiene uno a mirar cuantos preguntan día a día sobre nuestros antepasados,
cuan diferentes pueden ser estas preguntas y cuan intensa, incansable es esta curiosidad, uno no puede
menos que contemplar un sentido amargo, un cruel sentido de la justicia inherente a todos los asuntos
humanos.
— Cuan olvidada, cuan negada fue nuestra gente entonces. Cuán bien recordada es hoy, y cuan a menudo
se la recuerda. Pero los contrastes tampoco pudieron ser más notables entonces. Tanto así, que uno
apenas puede adivinar por donde comenzar a satisfacer, al menos en un nivel menor, estas innumerables
consultas.
— La ciudad era conocida entonces por sus cerezos japoneses y su temporada florida, tan corta, era un
gentil pero efímero toque de color y belleza que bendecía nuestras calles como un suspiro casi
imperceptible. Esas flores renovaban contradicciones que, hubieran sido las gentes conscientes de su sutil
mensaje, habrían cesado por un día, al menos, la fiebre constante de comprar cosas que hacía el pulso de la
urbe.
— Siendo japonesas, esas flores traían a la memoria las dos guerras contra los diligentes isleños que habían
asignado a su sencillo obsequio florido el papel de gesto nacional de buena voluntad.
— La primera concluyó en una aparente victoria cuarenta años antes; es evidente hoy que la segunda
estaba perdida para fines del siglo.
— La victoria militar se celebraba aún año tras año mediante ceremonias solemnes que incluían las amplias
sonrisas de los derrotados. Estos eran para entonces más saludables, altos y fuertes que nunca. Venían de
la segunda nación más rica del mundo. Pero, dada su natural cortesía, eran aún incapaces de expresar en
coherentes sonidos ingleses sus sinceras impresiones sobre la peculiar experiencia de haber sido forzados
a modernizar su archipiélago por medios tan brutales como el hongo de nubes que dividió el Tiempo para
siempre.
— La derrota económica no fue reconocida aún porque estaba compuesta de hechos menos sutiles que
fáciles de tragar. Estos hechos eran representados a menudo mediante los rostros de esos mismos
caballeros (menos la sonrisa) a través de amplios escritorios que dominaban tantas fábricas de autos y
computadoras, tantos centros comerciales, rascacielos, emporios y oficinas, que sólo los ciegos dudarían
por entonces de que el país todo había sido comprado por los sobrevivientes de semejante modernización.
— Es tal vez errado usar la expresión "traer a la memoria" cuando se mencionan ambas guerras, la militar y
la económica. A fin de que tal proceso fuera dable, debe suponerse la habilidad y el deseo de recuperar
hechos y actos para la memoria, una disposición tan distante de los alcances de nuestros buenos vecinos
como lo eran sus bases en el Antártico.
— La memoria no era un instrumento útil por ese entonces. Era una carga muy pesada, un doloroso mal
contra el que ninguna cura estaba prohibida. Para demasiados, el tener que digerir un inescapable
bombardeo cotidiano de imágenes, palabras y ruidos era devastador. Hallarle un sentido a lo que voluntaria
o involuntariamente escuchaban y veían era pedir demasiado de sus capacidades intelectuales... Entre ellas,
podríamos mencionar el promedio de su límite de atención ante cualquier tema o tópico, sin evaluar la
importancia del mismo: 86 segundos. Este lapso fue establecido mucho antes por los comerciales de radio y
televisión que hoy podemos ver o escuchar en cualquier museo.
— Recordar con coherencia y relacionar cualquier par de hechos complejos eran, por tanto, procesos casi
imposibles. Es decir, si alguien hubiese intentado tal esfuerzo, lo cual no era casi nunca el caso.
— Recordar era pensar sobre hechos desagradables, hechos sobre los que nadie parecía tener influencia ni
poder. Era un acto de masoquismo marcado por la estupidez. Inútil y tonto, fue reemplazado por las llamadas
"instantáneas mentales", imágenes y palabras inconexas que devinieron en partes fugaces de demasiados
laberintos mentales insolubles.
— Esas "impresiones" como las llaman hoy algunos estudiosos, hallaron su impacto y reflejo en el lenguaje
cotidiano. Lejos de desarrollar nuevos y más sutiles tonos y gradaciones del pensamiento para evaluar
nuevas y más abstractas experiencias, el habla se vio reducida a sonidos primordiales, a gruñidos derivados
de un hábitat desalmado y artificial, imitaciones del ladrido de una máquina, del silbido de un artefacto, a la
onomatopeya de explosiones, chirridos y zumbidos.
— El idioma hablado se hizo casi inútil como instrumento de cualquier diálogo coherente. Precisaba del
"lenguaje del cuerpo" para funcionar porque, como se decía entonces: "No es lo que dices; es el modo en
que lo dices".
— Se prefirió evitar un lenguaje claro. Nadie tenía certidumbre sobre nada y todos odiaban el riesgo de
cometer un error. Era mejor usar sonidos sin sentido o abusar de los sonidos conocidos hasta quitarles todo
significado, un arte desarrollado en extremo por las figuras públicas e imitado con avidez por las masas. El
lenguaje cotidiano, así, fue reemplazado por clichés, eslóganes, lemas y, sobre todo, órdenes: pare, siga,
duerma, coma, beba... Muchas otras.
— El modo en que el idioma educado fue preservado por una elite muy pequeña y las razones por las que
devino en un secreto sacro y prohibido no son parte de nuestro relato. Sólo podemos imaginar cuan bello y
vivo debe de ser, cuan musical, completo y exacto es, cuan poderoso. Lo que tenemos hoy es esta pepitoria,
este pesado yugo que debemos esforzarnos por preservar y desarrollar aunque sea y suene tan feo, denso
y difícil como lo hablamos. Las alternativas serían cien veces peores.
— El lenguaje se limitó a sonidos ladrados o sibilantes. Las ideas se redujeron para apelar el interés de
cerebros de no más de diez o doce años de edad y venderles millones de cosas inservibles, peligrosas y de
corta duración, todas disfrazadas de necesidades. Las modas y las costumbres se despersonalizaron hasta
el extremo en que se hizo difícil, sino imposible, una diferenciación entre el hombre y la mujer, (los
hermafroditas parecían ser el sexo preferido entonces) el joven y el viejo, el rico y el pobre y el loco y el
cuerdo.
— Tal proceso no devino de un deseo de imponer una saludable aunque infantil democracia a las relaciones
cotidianas. Comenzó en la necesidad de un camuflaje social, entre diversas armas, contra una generalizada
sed insaciable de "tenerlo todo; y todo, ahora mismo" en un ambiente de decadencia sin leyes.
— Se desarrolló también para proteger el cuerpo contra los letales aunque aún lentos efectos de la
atmósfera urbana. Porque las calles oscuras y las avenidas sucias hacían ese ambiente, todos excepto los
pobres adoptaron el mismo disfraz—el uniforme de los pobres—para eludir asaltantes y asesinos.
— Los pobres vestían siempre así: una gorra, un sacón sucio con músculos de algodón para simular un
pecho amplio y brazos de gorila, jeans o pantalones de corduroy que debían ser o debían lucir lo más viejos
y usados que fuera posible, y zapatos pesados, botas o calzados de caucho, mortales si se aplicaban a una
patada de karate.
— Mucho agregaron un cuchillo o (y este uso se legalizó pocos años después) un arma corta, una lata de
gas paralizador, un paraguas o un bastón convertido en espada por un leve giro de la muñeca. La idea
general era la de eludir los ataques personales mostrando o simulando un disuasor físico convincente
además de una evidente carencia de bienes materiales.
— Si, se necesitaba el dinero aún, aunque no como instrumento de comercio: la gente necesitaba portar
efectivo, billetes viejos si posible, porque hubo asaltantes famosos por sus expresiones de frustración ante la
ausencia de billetes constantes y sonantes en los bolsillos de sus víctimas. La expresaban mediante
caprichosos cortes que deformaban el rostro, sistemáticas palizas que paralizaban o cegaban pero no
mataban casi nunca, o simples y veloces asesinatos.
— La cara humana resultó el arma más efectiva: distorsionada siempre, se entrenaba para expresar una
constante actitud de agresividad y fría ferocidad, un profundo desdén por quien fuera que se atreviera a
poner pie en la misma vereda o cruzar el mismo camino de cada peatón. Otro requisito: un odio latente,
tenso y constante, y una disposición plena para afirmar ese odio mediante la aniquilación de cualquier cosa
en movimiento por cualquier medio, cuanto más cruel, mejor.
— Si, la gente caminaba muy de prisa, aunque no supiera a donde iba. Sólo los débiles caminaban con
lentitud y eran, por tanto, las presas más fáciles.
— Los ricos que gustaban de recorrer las calles adoptaron el mismo aspecto, si. Si necesitaban las calles,
los ricos usaban cómodas camas blindadas sobre ruedas para viajar desde una fortaleza, su hogar, hasta
las fortalezas donde se divertían o trabajaban.
— Tales fortalezas eran barrios enteros, pueblos y hasta ciudades, mencionados pero jamás visitados por
los pobres.
— No. Porque los ricos viajaban detrás de vidrios ahumados en veloces vehículos, sus rostros, gustos y
modas eran misterios muy bien cuidados. Revistas y periódicos publicaban imágenes sobre el modo (según
decían) en que vivían y vestían los ricos, pero sus textos eran simples suposiciones. Sólo los ricos anónimos
sabían lo que vestían, comían o bebían los ricos, y sólo quienes lucían prósperos pero no eran en verdad
ricos permitían que sus perfiles aparecieran en los medios de masas.
— La improvisación algo deprimente de hoy no debería concluir sin alguna mención de los locos. Si, los
locos. Todos saben que la locura es tan antigua como la humanidad; hay unos cuantos que juran que es
anterior a ella. Porque aquellos fueron tiempos de consumo masivo, plagas masivas y dictadura de las
masas, la locura se hizo también un fenómeno masivo y evidente. La locura se elegía con deliberación como
alternativa de la muerte y como una fuga y evasión ante una angustia y una tensión intolerables, tan propias
de la época.
— Locura inducida, si.
— Hubo quienes enloquecieron porque su mente no pudo soportar el cambio, plural y absoluto. Los cambios
eran muchos y muy veloces. Y otros hubo que eligieron su propia ruta hacia la locura. La locura involuntaria
era rara. Generalmente no era dañina. La locura voluntaria era legión y era increíblemente perjudicial: al
elegir las rutas y los síntomas de su mal, algunos, relativamente pocos, pudieron disfrazarla y ocultarla
durante muchos años.
— Esos pocos eligieron los senderos voluntarios hacia la locura, algo caros, porque podían pagarlos.
Gozaban de los privilegios necesarios para sentirse seguros tras una nube de poder y silencio. Tales
privilegios incluían una total inmunidad contra las leyes del país y contra lo que sus practicantes llamaban
aún el Cuarto Poder.
— Este poder, ya reconocido por entonces como parte de la industria del llamado entretenimiento, jamás
apuntó a las alturas que debió haber alcanzado para investigar esos casos. Mencionaba apenas y en forma
incoherente las consecuencias de las acciones adoptadas, ordenadas o ejecutadas por los pocos insanos
poderosos. Tales historias conducían invariablemente a los mismos comentarios de los humildes y de los
buenos: "¡Dios mío, este mundo está cada día más loco!"
— Si, algunos entre los locos voluntarios eran tópico cotidiano para los medios de masas. Uno se pregunta
hoy si la idea principal por entonces era la de prevenir o la de promover los alcances de esa plaga. Los
medios decidieron publicar sus textos sobre esos casos presentando a los VIPs, como se acostumbró
llamarlos, en la cumbre de su popularidad cuando, por algún descuido, habían permitido que su inclinación
por este mal se conociera y, como se decía tan gráficamente, se expusiera al ojo público.
— Esas historias equilibraban con gran cuidado la imagen pública de esos personajes con la confesión de
sus debilidades, inanes (alegaban) y las consecuencias y efectos de las mismas. Los medios jamás
siguieron a ninguna de estas personalidades desde el momento en que fueran descubiertas tales
debilidades hasta sus horas finales, sus horas de dolor, desesperación y frenética locura.
— Las gentes, por tanto, no leyeron ni vieron mediante documentos gráficos el deterioro de esos VIPs, no
vieron sus víctimas ni los daños a largo plazo causados por sus poderosas acciones: ciudades destruidas en
la otra faz del planeta, guerras semisecretas libradas durante medio siglo, aunque demasiado lejos de la
metrópolis para ser recordadas por cierto tiempo.
— Como dices tú, las masas terminaban siempre con una imagen distorsionada de la locura voluntaria.
Tomaron esta debilidad como una señal del éxito personal, como un privilegio de los triunfadores.
Alcanzaron su propia conclusión: no todos podían ser ganadores, pero perdedores y ganadores, pobres y
ricos, podían elegir el tipo y el modo de su propia debilidad, de su propia locura.
— Y así sucedió. Fue entre esos entes anónimos que habían elegido una ruta barata hacia la enfermedad
que los medios hallaron la mayor parte de sus relatos. Si los medios hubieran tratado esa plaga como
trataban generalmente a las víctimas de algún mal político, tal vez nuestra historia hubiera sido algo diferente.
— Ese es un hecho.
— Incapaces de cambiar la marejada, los medios pudieron, sin embargo, cambiar algunas palabras: los
locos voluntarios eran pervertidos ilegales cuando los medios comenzaron a referirse a ellos como una
minoría; se convirtieron en víctimas incomprendidas menos de dos años después, cuando conformaron los
ejércitos de la noche. Fueron por fin ciudadanos privilegiados. Pudieron evitar cualquier castigo bien
merecido mediante la lectura en alta voz de un texto simple: "Lo lamento; no fue mi intención hacer lo que
hice", creyeran en él o no.
— Tal fue el sencillo ejemplo usado pocos años después para eliminar en la práctica todos los delitos, y
pronto no quedó más de un crimen punible: la pobreza.
— Con esa facilidad se hicieron los insanos - voluntarios e involuntarios - amos de las calles. Las grandes
ciudades, si. No, no esa grandeza. No, grande no es... grandiosidad. Grande digo, porque... Si. Si. Tienes
razón. Perdóname.
— Y ahora las buenas noticias: debido a su pobreza, la mayoría de nuestros antepasados se las arregló
para evitar casi todos los males antes mencionados. La familia fue la gran defensa contra esa plaga. Hubo,
claro, estadísticas dirigidas a demostrar lo contrario, pero para entonces las estadísticas y las encuestas
habían sido bien definidas como instrumentos más o menos sofisticados aplicados a la venta de mentiras.
Esos juegos de números eran usados a menudo para la promoción de hombres inapropiados, malos
productos y hechos fabricados. Sus días estaban contados porque casi invariablemente se demostraron
errados al final.
— Y el final, como sabemos ahora, estaba a la vuelta de la esquina.