Marlboro
Arturo von Vacano

Si nosotros llegamos el 91, debemos haberlo visto por primera vez ese mismo año, por agosto o
septiembre. Un negro alto y agachado, silencioso como fantasma y enemigo de la humanidad hasta el
punto de ignorarla a cada paso. Por entonces yo no entendía su actitud, que hoy me parece lo más
natural. Yo lo veía desde mi ventana, situada justamente frente a la suya, calle de por medio. Lo veía
salir cada mañana a eso de las once, jubilado como era en camino de las amistades de la niñez que
debe conservar todavía, o tal vez no.
El caso es que lo vi salir y entrar de su casa, idéntica a la mía como lo son las 250 casas que componen
este lugar hasta que, como siempre sucede, desapareció de un día para otro.
Recuerdo que comenté su desaparición porque me hizo recuerdo a los primeros días que pasamos aquí
y vimos desaparecer de un modo parecido a un vecino que vivía en la casa de al lado.
Era abogado o vendedor o algo que precisaba de un terno bien puesto y una corbata llamativa. Era
uno de esos gringos simpáticos de cara y gesto hasta que uno descubre que nunca conviene confiar
en ellos.
Con él nos sucedió sin embargo que sufríamos todavía del síndrome del recién llegado y deseábamos
hacer amistades en nuestro nuevo vecindario. Así que lo saludamos con especial empeño durante las
semanas en que lo vimos salir al amanecer y llegar al anochecer, pero nunca logramos más de un
gesto apenas percibido.
Fue así hasta que lo despidieron y lo supimos al verlo llegar agachado y aplanado como si hubiera
perdido la familia en un incendio. Entró a su casa, dio la noticia a su esposa y salió para tomar aire sin
saco ni corbata mientras la mujer sellaba cada ventana con gruesas cortinas y apagaba todas las luces
menos la de la puerta de calle. Cuando el hombre volvió a entrar apagó también ese foco.
Pocos días después vimos casi a medianoche el éxodo de la familia y comprendimos que nuestro
desempleado permanecería allí hasta vender la casa. Le tomó un mes pero la vendió. Lo último que
vimos de él fue la silueta de un hombre envejecido con una maleta de chiste y un paraguas amarillo en
la misma mano. Se fue caminando, dio la vuelta a la esquina y desapareció para siempre. El día
siguiente llegó la mujer sola de edad indefinida que aún vive allí.
Durante todos esos años espié a mi vecino negro cada mañana y pude observar el proceso siempre
interesante por el que se convirtió en un negro de paso cansino con la cabellera blanca del Tío Tom.
No variaba de rutina aunque ya por esos tiempos apareció a su lado una negra que por sus gestos y
maneras deduje que era una enfermera o cuidadora de ancianos, oficio que en este país abunda.
Ambos hacían contraste porque alto como era él tanto más baja parecía ella, gorda hasta lo increíble
contra la silueta de Quijote de su paciente. Marchaban ambos a paso cansino desde su puerta de calle
hasta un auto nada notable por la marca, color ni factura y salían en un avanzar lento hasta perderse
en la avenida que apenas podemos ver desde aquí.
Recuerdo perfectamente su silueta, su gesto indiferente y su cabellera blanca porque casi siempre se
detenía a media marcha para darle un pitazo a un cigarrillo que parecía llevar con grande aprecio. Lo
recuerdo porque muchas veces bajé a nuestro jardín para fumar sólo porque le había visto darse ese
gusto.
Así fueron las cosas una infinidad de días hasta que, como el vecino anterior, mi Tío Tom desapareció
como si se hubiera muerto. Pasé más de sesenta días sin percibir su blanca cabellera desde mi
ventana. Fue justamente cuando había empezado a olvidarlo que lo vi otra vez, aunque mejor sería
decir que vi lo que quedaba de él.
Había perdido el pie izquierdo y cada paso le costaba un mar de dolor. Apoyado en un grueso bastón y
en el hombro de su enfermera, caminaba su vía crucis de modo que provocaría piedad entre los miles
de vecinos que hubieran podido verlo si abandonaban la costumbre tan local de vivir como fantasmas
con las ventanas tapiadas y aparecer sólo cuando cae la noche.
Desde entonces fue cosa del azar el volver a verlo. Repetía esa rutina con la precisión de un reloj y no
variaba nada nunca, ni siquiera el cigarrillo que acompañaba su marcha entre la casa y su auto. Pero
salía a cada muerte de obispo. Verlo así, de mes en mes, era como espiar un enorme helado de
chocolate con una bola de Chantillí derritiéndose bajo el sol.
En una cosa nos parecíamos, sin embargo, creí adivinar. Ambos gozábamos de nuestros dolores con
verdadera fruición y ambos explotábamos nuestra decadencia sin permitir que la depresión nos
convirtiera en cargas públicas.  
Todo eso lo observé yo con el interés impersonal de un sociólogo jubilado, como estudian los
exploradores a las gentes de las junglas lujuriantes. Hasta que descubrí que en este país uno no es
dueño de su vida, de su libertad, de sus brazos ni de sus pies.
Lo descubrí cuando mi propia debilidad por el tabaco me condujo al mal día en que precisé de una
ambulancia para ver a un médico nacido en Sri Lanka cuyo humor de perro arisco le había ganado
varios de mis insultos preferidos unos cuantos años antes, durante mi primera visita.
Fue cosa de mirar mis pies enfermos, cuyos ardores infernales había mantenido yo en doloroso secreto
durante muchos meses, y condenarme allí mismo a una visita de urgencia al quirófano más próximo.
Envuelto en un trapo viejo de diluidos colores que las hacía de mandil al revés, desesperado porque no
entendía el inglés inglés del cirujano maldito (soy sordo como una tapia, habrá que decirlo también),
intuí más que adiviné lo que su antipatía me reservaba y me puse a chillar como chancho en matadero.
Mi esposa, buena como un ángel y siempre desesperada por darme lo mejor, se dejó convencer en dos
sílabas por el medicastro aquel, horrible como un chimpancé canceroso, trazó su millonaria sobre un
sucio papelucho y escuchó mi último quejido antes de que me sumiera en un sopor corto que me
condujo al mundo de los muertos.
Retorné dos horas después y tuve el raro privilegio de ver mis pies, los mismos que me habían
acompañado durante 72 años, verdes por partes y azules por otras dentro de dos frascos enormes
llenos de formol o qué cosa sería eso.
Para hacer corta una historia que es siempre demasiado larga, debo decir que hoy, cuando veo salir al
hombre ese cojeando sobre su pie de metal y observo la actitud culpable con que liquida un cigarrillo
mientras salta desde la puerta de calle hasta su automóvil, detecto una sensación grata de superioridad
como una ola de calor tibio que me recorre el cuerpo siempre pesado en esta silla de ruedas. No tardo
mucho en reconocer que esa satisfacción Íntima se debe a que ahora, después de un divorcio en Las
Vegas y antes del síncope que espero de día en día, puedo fumar por fin en mi ventana con toda
libertad.