El Metal del Diablo
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El 21 de diciembre de 1942, a las 10 de la mañana, los soldados abrieron fuego contra la multitud con
ametralladoras, un mortero de campaña y fusiles. Los 8.000 trabajadores huelguistas de las minas de
estaño de Simón Patiño en Catavi, Bolivia, acompañados por sus esposas e hijos, no tenían ningún
refugio disponible. El fuego continuó hasta las 3 de la tarde. Nunca se supo cuántos mineros, mujeres y
niños murieron ese día. Oficialmente se dijo que hubo 19 muertos y 40 heridos. Sin embargo, un testigo
ocular aseguró que más de 40 cadáveres fueron acarreados en camiones. Y un oficial que estuvo en el
sitio declaró que por lo menos 400 muertos fueron enterrados precipitadamente ese mismo día en un
cementerio cercano, adoptándose precauciones para que no se pudieran contar las bajas. Los gastos de
ataúdes y de entierros corrieron generosamente por parte de la Empresa con sede en Wall Street, lo
mismo que cigarrillos para la tropa y whisky para los oficiales. No se informó que uno solo de los soldados
hubiera sido herido o muerto durante la acción. Los dirigentes del Sindicato de Oficios Varios de Catavi
que organizaron la huelga por un aumento salarial del 100% fueron a la cárcel, y luego enviados a
diversos campos de concentración en las selvas del Beni, infestados de enfermedades y distantes de la
civilización.
La masacre de Catavi marca la culminación de un programa sanguinario de la trilogía de los Barones del
estaño -el propio Simón Patiño, Carlos Aramayo y Mauricio Hochschild-, estratégicamente pensado y
aplicado con el nihil obstat del embajador norteamericano, como corolario de una muy antigua aunque
todavía vigente tesis económica: matar para obtener bajos costos. Los grandes capitalistas de la minería
sostenían que pagaban los salarios más altos de Bolivia, pero eso era muy relativo: efectivamente, eran
los más altos en el país de los salarios más bajos del mundo. A la inversa, las utilidades de la Patiño
Mines eran en valores absolutos las más altas del mundo. Estas utilidades se fundaban en la desnutrición,
la silicosis, la mortalidad infantil, el hacinamiento en chiqueros y cuevas con nombre de viviendas y un
salario máximo que no llegaba ni a 20 dólares mensuales.
Simón Patiño, por fin, accedió a otorgar un aumento póstumo a los obreros de sus minas del 15%,
considerando sin duda que el 85 % restante ya estaba balanceado con plomo. Este recurso sirvió para
hacer firmar a los trabajadores mineros sobrevivientes de Catavi una protesta, publicada por la Empresa
en un aviso de toda una página, en la que declaraban "no estar conformes con el pedido del aumento de
un 100%" y manifestándose "agradecidos por el aumento del 15%".
Solamente el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) se exaltó de indignación y denunció
escandalizado esa inmensa vergüenza nacional. La atrocidad de matar por orden ajena en servicio del
dinero y la utilización del ejército como cuerpo mercenario contra el pueblo trabajador, incubó entonces la
protesta en las jóvenes jerarquías militares. Los sanos oficiales de la reciente guerra en los esteros del
Chaco encontraron entonces más afinidad política con el MNR: un año después, el 20 de diciembre de
1943, un pronunciamiento militar revolucionario puso en el poder a la Logia RADEPA -Razón de Patria- y
al teniente coronel Gualberto Villarroel, quien después de tremendos errores, rigideces, ambigüedades e
indecisiones, terminó asesinado en forma infame y colgado de un farol de la plaza de La Paz en julio de
1946 por el imperialismo, "la Rosca" oligárquica y la masonería. Pero seis años después, en abril de 1952,
el pueblo de La Paz se levantó en una sublevación popular después de tres días de combate contra ese
mismo ejército oligárquico para recuperar el gobierno para el MNR en la persona del exiliado Víctor Paz
Estenssoro.
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Augusto Céspedes (Cochabamba 1904 - La Paz 1998) ha vivido dominado por la pasión política, una
pasión nacionalista con dimensión latinoamericana, y la literatura como actividad estética ha terminado
desapareciendo de su vida. Periodista, diputado, fundador del MNR, embajador, primer escritor de la
Bolivia contemporánea, sus fantásticos libros Sangre de mestizos, El presidente colgado y Metal del diablo
son verdaderos clásicos revolucionarios de Nuestra América.
La descripción en esta última obra de la muerte (20 años antes de ocurrida) y exequias en Cochabamba
(escritas 30 años después) del magnate del estaño Simón Patiño (Zenón Omonte en la novela) es una
obra maestra de la ironía y la fantasía.
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Otra vez juntos, Zenón Omonte. Dejé fluir tu vida desde que te hallé, mestizo adolescente, en las
quebradas de Karasa, entretenido en tirar con honda a los pájaros y directamente a las imillas.
Más de setenta años han pasado. Ahora te encuentro dormitando frente a la chimenea, llenando con tu
presencia de carne y de manteca tu aposento en Park Avenue -alfombras de Persia y colchas de vicuña-
respetado y temible, transformado como una leyenda.
¡Cómo cambiaste, compadre!
Pero no cambiarás más, porque el tiempo ya nada tiene que hacer en éste tu perfil definitivo, con el que
entrarás al lado de los grandes barones del capitalismo, en la galería de intestinos que conduce al
infierno, para posesionarte de tu estatua de estaño, con calefacción permanente...
Como en un estudiado plano cinematográfico Omonte ha quedado solo frente a la lumbre, cuyas vagas
luces como adioses de cadmio le enumeran las arrugas y las papadas, y proyectan la sombra del labio
superior hacia las narices y la de los pómulos en las cuencas de los ojos, desde donde se abultan las
sienes con una curva prolongación que parece sobresalir de su canosa cabeza como cuernos. Máscara
del carnaval minero de la Diablada de Oruro en una fiesta de periódicos...
Los periódicos... Se mueve y los ve a sus pies, con su retrato amorfo. ¿Hablan de la masacre? ¿Hablan
de la revolución?... Se ocupan de espiar su vida. y la de su hijo. ¡He ahí lo que consiguió el maldito por
casarse con una que ni siquiera era duquesa! Medio millón de dólares, ¡porque sí! Los cobra, a él, no al
estúpido que se dejó engatusar, porque la plata es de él, sale de su vientre, por el bolsillo del chaleco.
"Yo no me dejo robar. Jamás me dejé robar... Eso nunca. ¡Que vengan los abogados! ¿Dónde están esos
paniaguados? ¡¡¡Que vengan!!!"....................................................
... ¡Pero si ya vinieron y se fueron! Y al retroceder, uno de ellos casi volcó la Afrodita de porcelana de la
pilastra. Allá está Afrodita incólume, como dentro del agua, bañándose en las llamaradas que le
transmiten movimientos con el fulgor de sus reflejos, cual los rayos de luz que le trasmitían a Georgette
desnuda los pentagramas de las persiana...............................................
Las once de la noche. Nadie puede entrar. Afuera está el respeto acondicionado. De las grutas del
insomnio salen como murciélagos voces temblorosas, manchas que ocupan su cerebro, forman un círculo
que se abre por el centro, para ser sustituido por otro círculo oscuro. ¿Quién asoma ahí? ¿Es un socavón
por el que huye una mujer con un suicida? ¿Es el hijo enfermo?... ¡Despierta, Omonte! Tienes que pagar
al Tesoro de los Estados Unidos impuestos a la renta en dólares… ¡Dólares, dólares! Antes eran libras;
pero ahora la fortuna se calcula en dólares que están acumulados en cuevas de cemento y acero, en los
bancos. La riqueza que salió de la tierra vuelve a la tierra, a los sótanos, en los bancos. Allá está segura,
a cubierto de pleitos, de guerras y de revoluciones. "No me las podrán quitar nunca".
¡Nunca!
Pero, compadre, acumulaste sólo para condes, jumentos y chantajistas…………
Las doce de la noche. Afuera sigue emanando del cielo de los negros el lamento blanco de la nieve, en la
atmósfera neoyorkina de cemento oscurecido y hierro. ¿Acaso puede dejar de acumular? ¿Acaso no está
esclavizado para siempre a ese gigante de innumerables brazos que brotó una tarde lejana del socavón
abierto por Tajuara, arrojando a puñados el estaño de 65 por ciento para llevarlo de las orejas en la
tempestad de los millones para siempre?...................................
Parece morirse la luz de la pantalla, pero es que el millonario ha cerrado los ojos. El hogar de ceniza y de
plomo se apaga, y con él, el alma de Omonte se deprime, como la hoguera ahogada en pavesas negras
después de haber palpitado en el ígneo mitin de las llamaradas.
Va cayendo sentado en un légamo de sombras, donde no aparece nadie que él hubiese amado.
Tampoco la sangre de los obreros de Bolivia se inscribe en su corazón de Kardex. Pero en la ceniza de la
chimenea hay guiños de ojos innumerables. Allá están, en una muda muchedumbre furiosa, sus
consejeros, sus socios, sus directores, sus gerentes, sus abogados, los capitanes de industria, los
presidentes de compañías, los agentes de bolsa, los banqueros, los periodistas, toda gente desconocida
que gesticula y conduce, por fríos túneles revestidos de azulejos, su alma de metal para entregarla al
Diablo. En la cabeza y en el pecho del viejo monarca hay una fatiga tan oscura como si sobre su sueño
pesara el millón de toneladas de estaño extraídas durante cuarenta años de sus minas de Bolivia.
Hasta aquí la novela de Zenón Omonte. Ahora venga el Diablo y concluya con su historia.
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