Epílogo para el Diablo

Este epílogo fue escrito para la edición de "Metal del Diablo" de Eudeba, Iberoamérica en la historia,
colección dirigida por Jorge Abelardo Ramos, Buenos Aires, 1974, 30 años después de la primera. Se
inspira en la crónica del entierro del millonario boliviano Simón I. Patiño, conocido mundialmente como el
"Rey del Estaño", y describe la ceremonia de ultratumba de entrega de su alma al Diablo, conforme a la
última frase del capítulo final de la edición original.
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La historia es que el Rey del Estaño regresó a Cochabamba en 1947. Ausente de su tierra natal las últimas
cuatro décadas de su vida, no dejó de cumplir una vieja promesa y regresó a sus 89 años de edad, vestido
de smoking, cuello duro, corbata negra, la condecoración de Gregorio VII, maquillado con un ligero tinte
rosa en los pómulos y los labios. Y embalsamado.
Retornó triunfante a sellar con su restos inmortales el aplastamiento de la Revolución Nacional abatida el
año anterior por alborozados tumultos de la Democracia restaurada entre banderas norteamericanas,
damas hemófilas y el sanguinario entusiasmo de una banda anónima que invadió el palacio presidencial,
acuchilló al presidente Villarroel y lo arrojó por un balcón sobre la muchedumbre que arrancándole el saco,
la camisa, los pantalones, los calzoncillos y los zapatos lo arrastró hasta colgarlo en un farol poniéndole un
mandil a manera de taparrabos.
Hechos, no palabras. El comentario del señor Patiño a tal acto de purificación consistió en ordenar desde
Buenos Aires a su banco en La Paz que obsequiara un millón de pesos (20.000 dólares) al heroico pueblo
que de ese modo lo desagraviara [El donativo fue de 1.200.000 Bolívares distribuidos así: Simón I. Patiño y
señora, Bs. 800.000, Antenor Patiño, Bs. 100.000, J. Ortiz Linares y señora Patiño, Bs. 120.000, Conde Cuy
de Boisouvray y Condesa Luzmila Patiño, Bs. 100.000. El Diario de La Paz comentó: "A pesar de la campaña
difamatoria de ciertos sectores que prosperaron en el régimen depuesto, los hechos son más elocuentes
que las mezquinas imputaciones generadas por el odio. Hoy, como en otras circunstancias angustiosas de la
vida boliviana, el señor Patiño ha respondido dignamente, como hijo que es de esta patria"].
Sus últimos años los había vivido en hoteles. Desde que huyó de Francia en 1940 en la torre del
Waldorf-Astoria de New York. Y concluida la guerra, en un departamento del Plaza de Buenos Aires, ciudad
a la que se trasladó en barco porque nunca confió en la estabilidad invisible del aire. También por temor a
pleitos potenciales de la servidumbre doméstica abandonó sus mansiones ducales y se hizo pensionado de
hoteles. Los médicos, ellos sí, vencieron su natural desconfianza conservando su existencia de mogul
sagrado hasta los 89 años en que murió, huésped de lujo, en el Plaza.

Como último domicilio Patiño había elegido el mausoleo del castillo que mandó construir al estilo del siglo
XVIII francés en las faldas del Tunari, y que nunca conoció. Regresó cerrado en un cilindro metálico, metido
en un sarcófago faraónico de maderas preciosas, talladas con incrustaciones de marfil y manijas de plata,
una superproducción única de los funebreros de la avenida Santa Fe que, posteriormente, pasaron a la
familia tal factura que ésta les hizo pleito ante los Tribunales.
Patiño no descansó un momento. Del Plaza al necrocomio para la desecación científica; a las oficinas de la
embajada boliviana para el velatorio; a la misa pontifical en San Nicolás de Bari; a la estación del ferrocarril,
seguido por miembros de la familia real, abogados, gerentes y el embajador de Bolivia. Embarcado en una
bodega sellada atravesó la pampa hacia el Norte, subió por la quebrada, en dos días alcanzó el altiplano,
atravesó la frontera. Dentro del territorio boliviano las autoridades civiles y militares formaban en las
estaciones, solícitas ante los ilustres huéspedes que cumplían un penoso peregrinaje, progresivamente
fatigoso por las deficiencias del lavabo deshidratado, del coche-comedor subdesarrollado y con mozos
mugrientos. En Oruro ya no quedaba nadie de los antiguos conocidos. Los sindicatos de obreros habían
sido disueltos, pero en cambio se incorporaron al cortejo el presidente de la República -grato a la
financiación estañífera de su campaña electoral- y los ministros de Estado con lágrimas en los ojos [El País
de Cochabamba publicó el 5 de enero de 1947 la noticia de que el candidato ganador a la presidencia de la
República, Enrique Hertzog, recibió de Patiño la donación de 5 millones de Bs. para su campaña electoral].
El tren fúnebre descendió al valle y llegó a Cochabamba. En la gran concentración de la estación del
ferrocarril sólo unos universitarios antisociales lanzaron gritos de protesta y echaron volantes pero fueron
corridos por la gente indignada. "Es el colmo. No respetan ni la muerte". Ningún cochabambino pudo
conocer personalmente al prócer por prohibírselo el doble envase cuyo hermetismo daba a entender que
don Simón, misántropo en vida, seguía eludiendo en muerto la curiosidad de sus paisanos. Pudieron
admirar únicamente la ebanistería del embalaje, sus argentíferos manubrios, las pirámides de corona, la
pompa incrustada entre las deficiencias lugareñas como la del desintegrado coche fúnebre que, siendo de
primera, tenía los vidrios rotos y un automedonte sin uniforme, guiando dos caballejos desnutridos para
trasladar al magnate de la estación a la Catedral pasando bajo de los alares de tejas y de los herrumbrosos
balcones de hierro donde pendían raídas banderas a media asta en cumplimiento del doble duelo decretado
por el gobierno central y por la municipalidad. Frente a la Catedral el regimiento de guarnición con los
tambores a la sordina. Se inició el certamen oratorio con el Himno Nacional. Veinticuatro discursos que
hacían eco a los editoriales de la prensa: "El gran cochabambino. Por él Bolivia fue conocida en Europa y
Estados Unidos. Incorporó apellidos de la aristocracia europea a su digna estirpe. Regaló el potro árabe
'Liliot' a nuestras Fuerzas Armadas. Por razones de salud no pudo regresar antes a la patria. Pero
desafiando a la calumnia y la envidia ordenó que sus restos vuelvan a su tierra natal. Aquí lo tenemos a
nuestro hijo predilecto".
Los Caballeros de la Cofradía del Santo Sepulcro introdujeron el féretro al templo, doblados por su peso, en
el fuco de la expectación ciudadana. Mitrados y canónigos delante del altar mayor velado por una cortina
negra. En sitiales de ceremonia inmóviles como el catafalco los herederos venidos desde París y, a su nivel,
el presidente y los ministros de riguroso luto con el que habían hecho todo el trayecto desde La Paz. Más
negrura en las autoridades y gentes de la sociedad de pie o arrodilladas y atrás, apiñados en las naves, los
vecinos ansiosos del único contacto que en toda su existencia podían tener con el millonario. Esperaban
algún milagro y la cápsula mortuoria les parecía la reliquia de San Genaro en proporción áurea. El ataúd
cubierto por la bandera boliviana y rodeado de coronas, con tarjetones donde figuraban las siglas de
sociedades anónimas, trusts, bancos, compañías; guirnaldas del presidente de la República, del gabinete
ministerial, de las sociedades culturales, de los partidos Liberal, Republicano Socialista, Socialista Unificado
y del Partido de la Izquierda Revolucionaria.

El heredero del trono era objeto de la curiosidad que despertaría un maharajah asiático caído en la aldea
quechua, aunque la impresión era decepcionante. Simón había durado tanto que dejaba a Antenor ya viejo,
canoso y arrugadito. Insignificante e inexpresivo, con las mismas pupilas opacas e inamistosas del monarca
difunto, cumplía el aburrido rito de presidir la ceremonia, de participar en la democracia de provincia,
rodeado del pequeño círculo criollo pero más envuelto por inoportunos olores a patas, sudores mestizos y a
coca masticada que no lograba disipar el incienso a máximo volumen. Semejante mixtura perturbaba
también el réquiem cantado en el interior de la basílica que se tejía con las notas de la banda municipal de la
plaza: músicos con chaqueta militar y pantalones de paisano tocaban boleros y pasacalles a falta de
marchas fúnebres clásicas que ignoraban. De todos modos, el homenaje no podía reducirse al mundo
decente sino que debía permitir participación al pueblo, como réplica al calificativo de "apátrida" que habían
dado a Patiño algunos intelectuales cochabambinos envidiosos [La revista norteamericana Time publica en
abril de 1947: "Bolivia.- Quema de libros.- En el campus del exclusivo Colegio Inglés Católico de La Paz, las
niñas con uniforme azul marino y largas medias negras cantaron y danzaron alrededor de una fogata. Sus
profesores las miraban y aprobaban sonrientes ese acto de fe. Autores en el fuego: Anatole France,
Goethe, Maurice Maeterlinck, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Blasco Ibáñez, AUGUSTO CESPEDES, autor
boliviano de la novela Metal del Diablo contra el Barón del Estaño].

El pueblo tenía derecho a contemplar el ataúd del hijo pródigo, a recibir a través del metal y la caoba su
reflejo de estrella multinacional apagada. Esta participación popular se profundizaría más aún el día de la
inhumación.
Epílogo para el Diablo - 1
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