Como Roosevelt necesitó del Japón para “solucionar” la Gran Depresión, así necesita Obama de
Afganistán-Pakistán para aliviar la agonía del capitalismo salvaje. Sólo las guerras permiten a los
gobernantes la exigencia de “sangre, sudor y lágrimas” necesarios para pagar los crímenes de las
elites plutócratas. Roosevelt armó Pearl Harbor, dicen sus críticos, y Obama está ya dispuesto a una
“larga guerra”, dice la prensa mundial de la fecha, Abril 4 del Año de Nuestro Señor, 2009.
Como todos los grandes errores, Afganistán-Pakistán comienza con un error pequeño, el envío de
4.000 tropas adicionales a Afganistán, donde 38.000 norteamericanos luchan contra un ejército de
sombras cuyo número real es un gran misterio en un país jamás antes conquistado que sufrirá
68.000 invasores gringos antes de 2010. En marzo de 2010 serán 78.000 y la idea es tener allí
134.000 (la mitad, mercenarios que no respetan las Convenciones de Ginebra, torturan) para
mediados de 2011. Como se ve, el Pentágono mira la torta de sangre ya servida.
Lo bueno es que cada minuto de esta guerra cuesta 12.000 devaluados dólares. Lo malo es que
USA hará pagar esa factura al mundo entero, no sólo a la OTAN, club de gordos y vagos que
prefieren pagar por su seguridad al Sheriff y Tío Sam, un club de asesinos profesionales cuyas
invasiones y matanzas comenzaron en 1900 y solo acabarán cuando el mundo acabe.
El culpable de todo ese aparato bélico es un viejo de barba gris llamado Baitulla Mehsud, jefe él de
una tribu en Pakistán cuya fe parece ser la de los Talibanes y cuya lengua debería ser cortada de
inmediato: el muy imbécil anunció que su grupo, doce ancianos escleróticos que las hacen de
gobernantes de su perdido y diminuto valle, lanzarán un ataque contra Washington, la Capital del
Mundo en la que vivo yo, sin decir cuándo, de cómo ni con qué. Quienes han visto “Kim de la Selva”
saben ya lo impresionante que es una carga de caballería afgana contra invasores ingleses bien
afeitados, pero aún así me parece que Obama exagera un tanto al hacer semejantes preparativos
contra un jeque del desierto que no tiene más de dos burros.
De esos burros fue que se agarró el General David H. Petraeus, Héroe de Irak después de haber
establecido la estrategia que está pacificando ese sufrido desierto (consiste en asesinar a todo
dirigente civil, religioso, laico, barbón o afeitado) para insistir en que la “pacificación” de Afganistán-
Pakistán (para no mencionar el control de la exportación de opio) no será posible si no se pone un
gringo armado en cada esquina.
El Almirante Eric T. Olson apoyó a su colega Petraeus y dijo, muy serio él, que la situación en
Afganistán-Pakistán es “crecientemente grave” porque los “extremistas” de Al-Qaeda y los
combatientes “siempre presentes y brutales” del Taliban “intimidan” a las personas. No mencionó el
hecho de que los drones gringos matan nueve o diez civiles inocentes por semana. (Drones,
Juanita, son esos avioncitos sin piloto que se manejan desde California y son usados por los
“héroes” gringos para matar gente en Pakistán. Mira un mapa, tonta.)
Obama no se referirá nunca a Afganistán-Pakistán como tal, sino que prefiere hablar sólo de
Afganistán. La razón es sencilla: Afganistán es un país tan atrasado que no tiene gobierno. El
gobierno de Kabul no alcanza a garantizar ni siquiera la seguridad de Kabul, la “capital”. El resto del
país es tan arisco que derrotó a todos los invasores que intentaron plantar sus tiendas allí desde
que Adán pellizcó a Eva. No es que los afganos sean los mejores guerreros del mundo. Es que no
entienden la palabra “rendirse” en ningún idioma o dialecto. Si añadimos a semejante disposición
la “religión” de los Talibanes, la más bárbara del universo, y la costumbre tan afgana de no perdonar
jamás las ofensas personales (decirle imbécil a un imbécil afgano es hacerse de 14.000 enemigos,
todos sus primos y hermanos), entendemos por qué mordieron el polvo afgano todos los grandes
generales de la historia, desde Alejandro Magno hasta esos brutos de los rusos. No en balde es
respetado Petraeus: su plan de convertir Irak en un océano de viudas podría ser igualmente exitoso
en Afganistán y costaría menos.
Su precio sería menor porque los afganos, como los iraquíes, son apenas 18 millones, en Irak 17
millones ya, dado el millón de muertos que Bush donó a la humanidad. Son, además, dados al
combate personal y a un sentido del honor que los liquida en cada combate como chunchos, sobre
todo frente a las armas gringas que ven en la noche y a través de las paredes. Se necesita de la
imaginación de un Petraeus (“piedra”, como Pedro el primer Papa) para justificar una guerra
atómica contra esas tribus de jinetes valientes y salvajes en eternas guerrillas sobre un desierto
pétreo.
Cosa que Pakistán, con sus 140 millones de habitantes y sus siete bombas atómicas recién
fabricadas, nunca fue. La mitad menos favorecida de lo que fuera la India cuando la dominaba el
Imperio de Victoria Regina, Pakistán es novedoso porque, a diferencia de otros, no es un país que
tiene un ejército sino un ejército que tiene un país. El ejército es el verdadero poder desde que
Pakistán es tal, es la principal industria, es propietario de las demás industrias y, como Pinochet, no
permite la caída de una hoja en sus junglas sin permiso de sus servicios secretos, todos militares
por supuesto, y algunos amigos de Al Qaeda y de los Talibanes.
Por eso no habla Obama de Pakistán, porque ese es el verdadero hueso duro de roer. Esa guerra
contra 140 millones y siete bombas atómicas bajo el poder de un ejercito totalitario y moderno, es la
guerra “larga y sostenida” de que habla Petraeus y permitirá a Obama exigir de los gringos “sangre,
sudor y lagrimas” para salvar a los plutócratas de USA.
Pero aún no es el momento. Con un 60 por ciento de popularidad y una esposa muy atractiva,
Obama el guapo está gozando de su luna de miel con los gringos y ese es un capital político.
Cuando el desempleo haga marchar a los gringos por calles, plazas, ciudades y avenidas y la
policía recurra al uso cotidiano del garrote y la patada, entonces surgirá el salvador de Occidente con
su demanda: ‘para comer, chicos, hay que ir a la guerra primero’ y veremos los primeros hongos
atómicos desde 1945.
Por el momento, por eso, sólo tenemos que preocuparnos por la Depresión II, siempre peor que la
Depresión I aunque sólo sea por la abundancia de gente (seis mil millones de bípedos
hambrientos) y por la infalible Ley de Murphy: todo lo que puede ir mal va siempre mal.
Pakistán, el Vietnam de Obama
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