Ahora que critico la dictablanda de Evo antes de que se muestre como tal, las gentes
que me leen (apenas 200 lectores muy apreciados) me critican a veces porque
critico a Evo. Esas personas creen que, porque fui  evista durante años tengo el
deber de serlo a ultranza y para siempre.  Creo que esa es una posición errada,
infantil e imposible.
Es imposible porque, si ni con mi esposa puedo estar de acuerdo siempre, menos
voy a estarlo con un Presidente al que vi un par de veces o, ya que estamos, con
cualquier otro ser humano. Es infantil porque me llega generalmente como furiosa
protesta contra mi supuesta “traición” o como tonta suposición de que mis críticas me
alinean con la oposición política: “ahora que por fin se ha dado cuenta usted de que
Evo es el malo de la película…. Etc.etc.”
Es errada porque contribuye a la polarización política que continúa dañando al actual
proceso de modernización. Pocos bolivianos tienen una idea cabal del retraso y del
subdesarrollo tanto económico como cultural que vive el país: puede decirse sin gran
exageración que vivimos en el Siglo XIX en muchos aspectos y que muy pocos lo
entendemos así; hay quienes llegan al extremo de preferir esta situación y algunos
hasta desean retornar a la Colonia. Tales tendencias no pueden atribuirse más que
a intereses personales absurdos o a una ignorancia apenas concebible.
La polarización, lejos de empujar a los ciudadanos conscientes a alejarse de nuestra
vida política cotidiana o a tratar de ignorarla cerrando ojos y oídos, debería forzarnos
mas bien a (a) intervenir de día en día en política, y (b) aprender un modo nuevo de
hacer política.
(Aquí cabe, tal vez, una cita tomada de un autor que aprecio por el libro ‘The Time of
the Generals’ de Frederick M. Nunn, que anota el diálogo siguiente:
“Nunca te metas en política porque no es cosa de gente decente”.
“Pero si dejas la política a gente indecente les entregas todo el país”.)
En teoría al menos, o como expresión de un ideal, todos deberíamos trabajar para
evitar el control que logran siempre algunos pillos sobre la vida de la nación. Para
parafrasear a otro autor cuyo nombre no recuerdo, basta que los “buenos” no hagan
nada para que los “malos” se apoderen de la nave del Estado y la conviertan en un
burdel o algo peor.
Una costumbre heredada de la Republica es la de ignorar la vida política del país
hasta que los abusos y los crímenes del momento empujaban a expresiones
populares masivas que concluían casi siempre en un feroz salvajismo. Esto es, los
bolivianos aguantaban los actos de dictadores, asesinos y canallas hasta que les
llegaban a la coronilla y trataban de “solucionar” años de bandidaje político con una
jornada o dos de “gloriosa violencia” como sin tal barbaridad fuera posible.
Hoy, en que la presencia de las mayorías populares será no sólo posible sino
evidente cada día, es necesario más que nunca antes que aprendamos a participar
en la vida política del país y que esa participación sea una constante de nuestra
experiencia.
Esta necesidad de participación se hace más necesaria todavía para quienes se
creen o se dicen o son “opositores”: si nuestra actividad se limita a repetir chistes de
cocina, difundir mentiras y exageraciones e insultar y difamar a aquellos cuya cara
no nos gusta, no sólo no estamos participando en política sino que atentamos contra
nuestra propia dignidad, demostramos el lamentable grado de ignorancia y atraso
que sufrimos como personas e infligimos un feroz daño a aquello que existe y es una
realidad aunque hay quienes la nieguen y que entendemos mal que bien como “la
familia boliviana” sin la que no puede haber una patria boliviana.  
Esto es, el proceso de cambio actual demanda una madurez política nueva que
permita el diálogo. En otras palabras, nuestra madurez política debe alcanzar el
momento en que rechacemos el racismo como lo que es, una enfermedad social, y
tendamos a apreciar o despreciar a cada individuo no por el color de su piel sino por
los valores que respeta.
De donde sale la idea natural de que todos podemos y debemos aprender a criticar
hoy a nuestros gobernantes si “meten la pata” y a aplaudirlos mañana (demostrando
que ya no somos niños) si es que vemos que están haciendo algo bien. La bárbara
idea de que nuestros opositores políticos son bestias inhumanas, trogloditas
insufribles o enfermos mentales sólo porque no piensan como pensamos nosotros es
un signo de nuestro propio retraso y nuestra evidente ignorancia. Sólo los entes
civilizado son capaces de diálogo, algo muchos más importante que las cacofonías
absurdas que signan nuestra vida política actual.
Nadie que posea cierta educación y una conciencia bien puesta puede negar que
nuestra política es hoy como antes un océano de absurdos, idioteces y
exageraciones que se expresan, se repiten y  nos insultan cuando aparecen en la
prensa y los medios de comunicación.  Habrá quienes crean esos extremos de buena
fe, pero el cambio que es necesario hoy demanda que, antes de que los repitan,
tales fanáticos dediquen algún momento del día a tratar de informarse mejor, a
educarse y a averiguar si pueden cambiar de opinión tras esos saludables ejercicios.
Sabido es que sólo los tontos viven y mueren sin cambiar jamás de opinión, como es
cosa común que sólo los ignorantes y los idiotas pueden hacerse fanáticos de causa
alguna.
La gente olvida a menudo que todos hacemos política cada día aunque ignoremos
que la estamos haciendo. Ello se debe a que una aceptable definición de “política”
sería “los actos, las palabras y las actitudes con que todos tratamos a los demás”.
Así, toda persona conduce su política preferida al tratar con sus hermanos, otra
cuando trata con su suegra y una tercera cuando trata con sus enemigos. Lo que
nadie puede evitar es ese trato diario frente a tirios y troyanos. Política es, también,
la actitud de los jóvenes de clase media cuya postura consiste hoy en tratar de
cegarse ante la actual coyuntura y refugiarse en una falsa “cultura” dedicada a
estudiar la música y el cine extranjeros, si europeos, mejor. Es política pero no es
“hacer política”. Hacer política es intervenir y actuar de modo responsable en la vida
de la sociedad a la que pertenecemos.
Una de nuestras necesidades urgentes es la “bolivianizacion” de nuestras
universidades. Sabido es que la educación superior no es un derecho en la mayoría
de los países desarrollados sino un privilegio muy caro. En un país en que el
contraste entre las leyes de papel y la realidad es a menudo feroz, la educación
superior es gratuita y la disculpa es la pobreza general. Somos todos tan pobres que
el estado debe regalarnos nuestra educación. Hoy se toma el acceso a la educación
especializada como un derecho. Pero los derechos deben compensarse con los
deberes. ¿Qué impide a los universitarios el organizarse en “comandos de limpieza”
y tomar la responsabilidad de mantener sus universidades limpias como un silbido?
Todo universitario debería pagar su derecho a su educación gratuita dedicando
varias horas semanales a limpiar y cuidar el local de sus estudios, entre otros
deberes. La “política” de nuestros universitarios es la de dejar que las universidades
se conviertan en chiqueros, negarse a su deber común frente a la sociedad y
estudiar, si estudian, viviendo como chanchos.  Hacer política sería aceptar su
responsabilidad como mínima y cumplir ese deber (y los demás que son evidentes)
sin disculpas ni argumentos.
Sucede algo parecido con cada ciudadano. La violencia, el delito y los crímenes de
todo tipo son plagas que nos atormentan a todos. Sólo existen unos cuantos
ejemplos en los que los ciudadanos forman comités de vigilancia y deciden adoptar
una posición personal contra esas plagas. La disculpa que otros tienen para no
hacer nada más que quejarse es que pagan impuestos para pagar esos servicios,
como si no fuera cosa sabida que todos intentamos no pagar ni un centavo de
impuestos. Esa “política” es la gran cómplice de los delincuentes que hacen tanto
daño a nuestro país.
En otras palabras, “hacer política” es organizarse de modo que intervengamos de
modo personal en la vida de nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra provincia y
nuestro país. Cada ciudadano debe aceptar su culpa y su responsabilidad personal
ante todos los problemas que aquejan a nuestra sociedad. Esa actitud es lo que
llamaríamos “madurez política”.
Madurez que, es lógico, debe acabar con esos medios de comunicación que son
“gobierno” o “oposición” a ultranza, no cambian jamás de posición y no vacilan en
usar mentiras y difamaciones para “adelantar” sus puntos de vista. Madurez que
debe permitir y alentar un diálogo cotidiano hecho de críticas y aplausos tanto para
“gobierno” como para la “oposición”.
Madurez, en fin, para contribuir y construir mejor la sociedad de que somos parte,
que nos permite o nos impide educarnos y ganarnos el pan de cada día con
honradez, y que hasta nos enseñaría en que consiste eso de “vivir bien”.  
Si bien la República terminó sus días practicando el cruel adagio de que “el hombre
es lobo del hombre”, esta nueva etapa debería ser vista como una oportunidad de
crear una sociedad que busque la hermandad entre los hombres y elimine los
prejuicios racistas que tanto dolor nos han causado y nos siguen lastimando.
La creación de todo estado es una utopía, como lo es la de cualquier ciudad; sólo
haciendo política, practicando responsablemente nuestros deberes y nuestros
derechos ciudadanos, podremos conquistar una oportunidad de legar un país mejor
a nuestros descendientes.  
 
 
    
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Hacer Política y Criticar