El asesinato en 2008 del periodista Carlos Quispe Quispe en la radio municipal de
Pucarani y la destrucción de esa emisora deberían ser motivo de intenso interés para el
gobierno del Presidente Morales porque esos delitos ponen en seria duda la esperanza
de que Bolivia pudiera ser gobernada alguna día por la población india del país, una
indiscutible mayoría.
El incidente, clásico por sus características, tiene como imagen central un malón de
indios violentos y tal vez bebidos y dopados, la muerte de un inocente y la destrucción
estúpida de propiedad material que fue de todo Pucarani, no sólo del alcalde contra el
que se lanzó este ataque brutal.
Quienes intenten una débil defensa de esa indiada enardecida podrían recordar que en
USA se linchaba negros cada semana hasta 1920 y que tal “distracción” salvaje sirvió
para crear una industria de postales con fotos de esos crímenes, la más famosa de las
cuales llevaba la leyenda “esta es la parrillada que tuvimos anoche” al envés de una
fotografía de un negro despedazado y quemado vivo por otra muchedumbre enardecida.
Harían mal, sin embargo, porque el crimen de Pucarani no puede quedar impune. Sólo
puede tener un solo final, el castigo severo de esos asesinos.
Y este es el problema que enfrentan todos los bolivianos hoy al comprobar que el
gobierno de Evo Morales poco o nada puede hacer para hacer justicia en ese caso.
Hasta hay quienes dicen que nada quiere hacer Morales contra los asesinos de Pucarani.
Es un problema boliviano y no sólo de los indios del Ande porque todos los bolivianos
somos culpables de haber abandonado a los indios en ese estado de barbarie que
exhiben sin inhibición alguna y porque la historia no es justa: aún si fueran víctimas de su
propia barbarie, los indios no pueden hoy ni podrán tal vez durante otro medio siglo
gobernarse a si mismos ni menos gobernar al país. Su conducta nos obliga a reducirlos a
sus cuevas y esa vida subhumana a que sus compatriotas los condenaron hace medio
milenio.
Este crimen ilustra una vez más la realidad de que Bolivia vive en anarquía y que los
bolivianos se resignaron a vivir bajo dos (o tres) gobiernos, precio que parecen
dispuestos a pagar por una violenta guerra muda a cambio de otra declarada y civil.
El racismo alimentado por los bolivianos durante siglos se agudiza tras el triunfo de
Morales y, lejos de buscarle alivio, los bolivianos continúan alentando esta grave
enfermedad social mediante el chisme, la difamación, la bajeza moral y un odio mutuo y
sordo que niega a Bolivia un futuro como utopía posible.
Suena absurdo, pero ante esta incapacidad cívica general, la “solución” que propuse en
broma hace más de un año, la inmigración masiva de trabajadores japoneses para
reemplazar a los actuales bolivianos, suena mejor que el estado actual de las cosas y
que la Bolivia de los Jaimes, los Tutos y los Gonis.
Y es que los bolivianos olvidan que sólo son ocupantes temporales en su tierra y que así
como ellos llegaron y otros fueron sometidos, también los bolivianos de hoy descubrirán
algún día que el Illimani no es suyo, que Bolivia puede morir como murió Polonia y que las
riquezas que el Diablo nos dio atraerán nuevos y más feroces conquistadores. Escribo
estas líneas tras leer que los países ricos están comprando, alquilando o ocupando de
cualquier modo enormes extensiones de tierra en países pobres porque se preparan
para las próximas guerras por el agua y el alimento cuya escasez es ya evidente.
Destruyen así otro mito boliviano, el de que disponemos de toda la eternidad para
solucionar nuestras diferencias. Si seguimos como vamos, otros las solucionarán por
nosotros.
Pero el gobierno de Morales no es tan débil como aparece. Es débil porque no quiere
combatir la existencia de otros “gobiernos” locales, pero su principal debilidad consiste en
no tener más de un solo Evo. Otra, también evidente, estriba en su posición decidida de
excluir de “su” gobierno a muchos que desearían acelerar la inclusión del indio como
ciudadano pero se topan con la realidad de que este indio no quiere gobernar más que
con su banda de indios, varios de los cuales fueron desenmascarados como peligrosos
truhanes. Así, Evo está solo porque va con malas compañías y el tiempo le ayuda a
convertir sus quince minutos históricos en el martirio que vengo temiendo desde que
escuché su nombre por vez primera. Un solo Evo no puede hacer todos los milagros
necesarios, y sus compatriotas parecen decididos a enterrar a Bolivia en el caos.
Como todos vemos, el sistema de propaganda y “guerra psicológica” del gobierno se
llama Evo. La guerra de Evo contra la prensa impresa ya lo demostró. Los demás
“voceros” gubernamentales apenas alcanzan a dominar el español, lengua dominante lo
quieran los indios o no, y el resultado es que Evo usa con habilidad su limitado español
pero está muy lejos de la figura que, como un Fidel, explica, enseña, difunde, comparte y
convence en cuanto a la necesidad inevitable de su régimen.
En la práctica, en lugar de usar el sistema de radios que se dice sirven a los indios para
despertarlos de la barbarie y decirles con claridad meridiana que salvajes como los de
Pucarani merecen ser fusilados y que su conducta ha conducido en el pasado a
masacres y matanzas, se contenta con un silencio que luce cómplice. Y es que hay
bárbaros a ambos lados de los micrófonos.
Por su parte, el segmento boliviano “civilizado” hace todo lo posible para negar su
civilidad, no hablemos ya de civilización. Con la terquedad de los acostumbrados a acatar
sin obedecer las leyes nuevas o viejas, malas o buenas, meten la cabeza en la arena de
sus insondables ignorancias en insisten en sus actitudes de no mirar más allá de sus
narices. Tal actitud desmiente, claro, su declarado amor a la patria y convierte todo en
una mala película de guerra entre chunchos y “caualleros”. Tres años después del triunfo
de Morales nada han aprendido de su historia y continúan cegados sus estúpidos
“enfrentamientos” que a nada llevan.
Una oposición que sería desenmascarada como la más estúpida del mundo Si Evo lo
permitiera continúa sus juegos infantiles en un congreso ignorante y corrupto y domina
aún por el terror de su bruto bandidaje la segunda cuidad del país. Evo impidió la
anulación de esa “oposición” en el momento apropiado, preocupado tal vez por su
imagen de demócrata. Una consecuencia del tonto equilibrio en que se debaten los
bolivianos es que son otra vez como el perro que da vueltas persiguiendo su cola
mientras uno de cada seis bolivianos vive de un dólar al día y un millón de niños continúa
cerrando con hambre cada día. No mencionemos las muertes de los recién nacidos, el
creciente índice de delincuencia y criminalidad, el robo y prostitución de menores y otros
signos de una corrupción general.
Ante esta tragedia, los “civilizados” se “preocupan”, se encierran a cal y canto en sus
cuevas modernas y combaten la depresión contando chistes idiotas y diseminando
mentiras y difamaciones. Pareciera que es todo lo que logra nuestra tradicional
educación católica, tan poco cristiana.
¿Es que habrá alguien que les grite que el único modo de cambiar las cosas es salir a
buscar al “enemigo”, buscar un diálogo donde todo diálogo parece imposible y demostrar
así las ventajas de una educación que merezca tal nombre?
No. La rancia aristocracia boliviana prefiere morir de pie e imbécil como siempre
(Chuquisaca), la aristocracia del dinero opta por continuar sus jaranas de trago fino a
puerta cerrada y las damas de alcurnia continúan ejercitando la lengua mientras les
quede resuello. Los intelectuales brillan por la flacura de su intelecto y el resto sigue
dedicado con fanatismo inusitado al deporte de ganarse la vida a patadas. Nada más
notable que la vida “occidentalizada” del país.
Sólo La Paz, cosmopolita, casi asfixiada y espectacular, continúa ejerciendo el ejemplo
vivo que demuestra que todos los bolivianos pueden vivir juntos y arrejuntados y hasta
pueden progresar si es que les viene en gana.
El Alto es otra historia: allí reina el Far West.
Pucarani: Indios en Anarquía
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