Una Noche en el Redondo
Arturo von Vacano

Que viene La Jorobada y me dice: hay un gringo en mi cama por qué no vas tú, que quiere dar
ciento veinte. Yo digo que no, que los gringos son mantecosos y que no me gustan y que si estoy
en el Redondo es justamente porque aquí una se muere de hambre, pero no le fuerzan a una. Así
que la Jorobada se va donde la Doble Pecho y le dice que en mi cama hay un gringo, y La Doble
Pecho le dice que no le haga cosquillas en la nariz y que se gane su pan, ja, ja, y já. Entonces la
Jorobada dice que quiere dormir y que le ayuden, pues, porque el gringo se ha tendido en su cama
y no quiere salir, duerme. Entonces yo veo al Estudiante y me voy con él porque las cositas lindas
que dice me enloquecen y no va a ser todo por plata, ¿no? Después salgo de mi cuarto contenta
cantando sabor a mí y qué te digo que allí está la Jorobada, toda pálida, sin decir ni mus. Da dos
pasos, boquea y vomita, plas, sobre el césped. Chancha, le digo, y me entro en el salón, que
abunda de gentes.
Todas trabajamos fuerte y bailamos y tomamos y veo una cartera en el suelo, juro por Dios, y me la
levanto y allí va, al escote. Cuando viene un viejo cara de higo le diga son cien y vamos y cuando
vuelvo a salir, allí está la Jorobada, sentada en la escalera de piedra, llorando coma una
magdalena y tragándose los mocos. Chancha, le digo, y vuelvo al salón, porque es temprano y
todo me gusta esta noche.
Cuando entro la Charo está quita de aquí con un tipo que le dicen el Pianista y es asmático. Un
cholo más feo que su pobre madre me planta un trago en las narices y digo gracias sean dadas y
juácate me lo tomo. ¡Ay, qué bueno! El cholo se anima y se me viene de refilón. Hay tanta gente
que no puede caminar una, y hay manos que andan sueltas. Y bueno, que el cholo feo como su
madre larga ciento cincuenta y en la oscuridad todas los gatos son grises, o algo así, que no sé
cómo se dice. Cuando salgo otra vez, muy contenta, allí está la Jorobada, y se ha dormido en la
grada. Borracha chancha, digo yo, y me entro en el salón, que ya deben ser las once.
El Redondo es una porquería, pero hay noches en que debe ser mejor que la Roma de "Quo
Vadis", con Charli Jeston, ese gringo lindo. Así estaba esa noche, y hasta los maricas estaban
borrachos y atrevidos, já.
No, que yo tengo que pensar en que una no es joven toda la vida y me dedico a hacer copas. Tuve
suerte esa noche, digo. Encuentro un pollo que parece recién lavado y me siento con él en un
rincón y me paso media hora escuchando sus penas, y me pregunta que por qué estoy aquí, y
entonces me pongo llorosa yo también, porque a estos tipos basta con llorarles. Le cuento de mi
hijo y de mi marido, si seré sonsa yo, para buscarme un marido, y cuando me aburro me acuerdo
de la Tebe y le cuento toditita la historia de la Tebe como si fuera yo, y el pollo larga la plata peso
por peso y me hace jurar que mañana mismo salgo de este antro de perdición, qué bonito lo dice, y
me hago costurera. Después el diablo le entra en el cuerpo, y quiere, pero le pido son cien digo y
él se busca en los bolsillos y nada, es pollo pelado. Entonces me enojo y le grito ¿qué crees que a
una le gusta esta vida para hacerlo así porque si?, y el pollo se pone meloso, pero llamo al Pancho
y el Pancho lo saca de aquí sin que nadie lo note. Qué pollo más amoroso, ese.
Lo malo es que para ahorita ya casi todas se han ido y yo me paseo moviendo las ancas, pero
estos burros que quedan sólo han venido a chupar y nadie me hace caso. Me siento y pido un
trago y descanso. Mal no ha estado.
Cuando ya casi es de día y los gallos cantan desde aquí hasta Aranjuez con su rosario de cricri,
cricris, ya estoy un poco tomada y salgo al patio, qué lindo el cielo, con tantas estrellas y respiro
honda, Uf, ¡ah! y me doy la vuelta, y allí está la Jorobada, durmiendo su borrachera. Chancha
borracha, le digo, y me entro a mi cuarto a cambiar sábanas y dormir, pero cuando enciendo la luz,
allí está el gringo, todo dormidito y en mi cama. ¡Caramba!, digo, sólo que más fuerte, y pienso: me
voy al cuarto de la Jorobada y que se jorobe. Me voy y me duermo como una bendita.
Hasta que ahora viene este carabinero de miércoles y me despierta y me ordena que no grite y que
cuente rapidito nomás cómo es que el gringo ha aparecido en mi cama. Yo qué sé, digo, y me
cubro los pechos, que le agrandan los ojos a la autoridad. Y me zarandea y salimos al patio, ¡sol de
la gran...! y vamos a mi cuarto y allí está el gringo dormido, sólo que de día se ve una aguja de
aguayo del tamaño de un puñal, tupi le dicen, y la aguja ha hecho gotear sangre sobre mis
sábanas y debajo de mi cama y hasta hace un lago de sangre. Mierda, digo, porque ya basta, y
empiezo a gritar como loca que la Jorobada lo mató, la Jorobada lo hizo, la Jorobada maldita quiere
hacerme un mal, cómo yo, pues, si yo no soy capaz de matar una mosca. Pero me callo y quedo
como muerta cuando me dice el bosta que el muerto es cura, y no sólo cura sino cura de jerarquía
y no sólo cura de jerarquía sino cura de jerarquía y gringo. Como loca, con los ojos muy abiertos y
con mucho frío y sabe Dios qué será de mi hijo y de mí, me llevan a la camioneta y voy, y sé que
estoy refrita, jodida, por decirlo mejor.
Y ahora me he despertado en mi camastro de la policía, y ya no estoy bebida y Dios Santo, ¿qué
pasa, cómo me ha pasado todo esto?