La Salvación
(The Takeover)
Arturo von Vacano
Sería extraño encontrar algún visitante de Boston que no conozca la legendaria Torre Kuntur, ese
formidable rascacielos de granito negro que se eleva hasta los ciento cincuenta y seis pisos como si
fuera el primer hálito petrificado de una nave espacial. Sería muy extraño, en verdad, pues bien puede
afirmarse que todos los residentes del mundo conocen ese monstruo de acero y roca que se estira sobre
las colinas opuestas al mar y ha enseñado a propios y extraños lo que en realidad significa la ciencia
ficción.
Pocos saben, sin embargo, que la Torre pertenece a J. G. Kuntur, el magnate del uranio, el estaño,
el petróleo y la cadena hotelera Sundawn Inn. Y menos todavía han visto el rostro de este billonario cuya
capacidad financiera sólo es superada por su aversión a la prensa, la televisión y la radio.
J. G., como lo llaman sus doce mil empleados, es algo así como el ‘Hermano Grande’ de Orwell, y
muchos se preguntan si en verdad habrá allá arriba, en la última pieza de su pirámide descomunal, un J.
G. de carne y hueso, acidez estomacal y puros cubanos.
Los reportes financieros de "Fortune" colocan a J. G. justo sobre la ITT y no muy lejos del Producto
Nacional Bruto de los Estados Unidos. Casado siete veces y viudo cinco, se dice que tiene 49 hijos
porque es un hombre organizado en extremo, pero nadie ha podido probar esta afirmación. Físicamente
es también un misterio: se publicó alguna vez la fotografía que se hizo cuando era más pobre que una
rata de albañal y se disponía a hacer el servicio militar, pero esa fotografía desapareció prontamente
junto con toda la edición de Time-Life que se atrevió a desafiar así su voluntad. J. G. no acudió a los
jueces para lograr esta hazaña, sino que compró toda la edición y regaló a su ciudad preferida una pira
funeraria de papel impreso que duró cuatro días. No puede dudarse de que J. G. es un tío por demás
excéntrico: cuando Rico MacPato dijo en la edición 10.987 de Donald Duck que "¡Soy el Hombre más
Rico del Mundo: tengo doce cuatrillones de dólares!", J. G. escribió a Walt Disney informándole de que él
tenía doce dólares y seis centavos más. Tipo de agallas, este J. G.
Con todo y la importancia que tiene J. G. en este momento - puesto que podría comprarse varios
países del mundo si se encaprichara - no nos interesaría un pepino perder el tiempo con él sino fuera
porque J. G. escribe estas líneas, y es bien sabido que todo individuo es feliz cuando pierde el tiempo
escribiendo sobre sí mismo. J. G. no es una excepción, pues, para esta regla.
Sin embargo, existe una razón adicional que tal vez interese a los potenciales lectores de los
párrafos anotados, aunque en verdad no interesa mayormente al mismo J. G. Si refiere esta razón
secundaria es porque, demonios, está aburrido otra vez.
Anotemos, antes de empezar este relato, una característica más de este hombre singular: es un
verdadero ignorante, un patán y un desalmado, cualidades que, como lo demuestran otros hombres de
medios, no le impiden un éxito relativo en las altas esferas de las finanzas. Digamos, en fin, que tampoco
tiene nacionalidad: la perdió entre muchas de las cosas que extravió al iniciar el ascenso hacia la fama y
la fortuna. Hoy es un apátrida, ni más ni menos.
Con eso basta ya, dice J. G.
∆ ∆ ∆
El incidente que interesa a los lectores comenzó en realidad en 1983, el 24 de Marzo de l983,
cuando J. G. se rompió el índice al golpear un pizarrón sin esfuerzo alguno. El crujido, doloroso por lo
demás, estalló en su cerebro como un bombillo flash y plantó en su mente, como una daga veneciana,
una idea que le quitó el sueño durante los siguientes 48 meses.
Media hora más tarde, el General Albino José Blanco, conocido mercenario que se ganaba la vida
degollando mercenarios negros en Africa desde 1956, recibió un cable de su principal proveedor de
armas en que le instaba a presentarse en Boston al día siguiente, antes del desayuno. Incapaz de
desobedecer a su proveedor, jefe supremo y fiel consejero, Blanco se dispuso a cumplir la orden y tomó
un avión en Dakar, dejando de lado su pasatiempo favorito.
Una hora después, Fritz Glucklich, banquero suizo de pasado nebuloso, recibió una versión similar al
cable recibido por Finita Blanco en su tienda de Elizabethville, lanzó un perno alemán y pidió a su
secretaria que le reservara un asiento de primera clase en el siguiente avión Zurich-Boston.
Jesse Moonruh, discutido líder de la AFL-CTO, fue anoticiado en el departamento de su abogada en
Los Angeles. Amo de los sindicatos norteamericanos, este ex-camionero podía paralizar todo el país con
un solo repicar de dedos de J. G. Moonruh dejó a Liz Whiteburn en brazos de Morfeo - de los que se
deslizó a los de James "The Pig" Ranga, su segundo - y salió hacia Boston en su 747 personal. Para
abreviar, vinieron todos esos cerdos, y a toda prisa, sí señor.
Dos días más tarde, el Salón Dorado del piso 154 de la Torre Kuntur hervía como un caldero. La
actividad intelectual de los doscientos noventa y cuatro asesores de J. G. desleía el barniz de las paredes
como un vaho de electricidad que recargaba la atmósfera, y J. G. reía a mandíbula batiente, dado el
efecto que habían hecho sus revelaciones entre sus más próximos colaboradores.
J. G. había dicho: "A diferencia de la gran mayoría de ustedes, caballeros, yo no soy un bastardo
confeso, sino que tengo todavía un rinconcito en este perro mundo y en el corazón que estimo con todas
mis fuerzas: soy del pueblo de Sicaquella, en el corazón de los Andes".
"Como bien saben ustedes y ese ejército de espías que pagan con mi dinero para informarse sobre
mi salud, la muerte me espera muy decidida desde hace un año, y cumpliremos esa cita dentro de cuatro,
cuando todo se haya dispuesto del mejor modo. La decisión que tomé esta mañana al romperme un dedo
fue la de salvar, de una buena vez y para siempre, mi pueblito, su valle encantador y el centenar de
vagabundos que continúa viviendo allí. Luz y slaid uan".
Las luces se apagaron y en la pared del fondo, de siete metros por siete, se proyectó una escena
del pueblito natal de J. G. Las dimensiones de la escena permitían ver con toda claridad el color de los
ojos de cada bípedo retratado, hazaña que no servía en sí de nada porque todos los ojos eran negros,
todos los rostros cobrizos y todos los bípedos sucios.
"¡Mi tierra, señores!"
Varios asesores se apretaron involuntariamente las narices entre el índice y el pulgar. Alguno se dio
una palmada en la frente, otro se atornilló un dedo en la sien.
"Su próxima misión: ¡Garantizar la felicidad eterna de esa tierra!"
El sentido dramático de J. G. había dejado claveteados algunos incidentes semejantes en su
leyenda, pero este instante fue sin duda el más genial de todos sus días: dos de sus asesores, incapaces
de soportarlo, se desplomaron como plomos, dieron un par de patadas al piso de mármol blanco y
entregaron allí mismo sus almas al Señor de las Tinieblas.
"...Y vale más que empecemos a trabajar ahora mismo, caballeros. Ahora mismo."
∆ ∆ ∆
El Presidente alertó a los presidentes de ambas Cámaras, pero su mensaje no sirvió de nada:
durante los dos meses siguientes, las compañías de computadoras más grandes del continente se
dedicaron a cumplir la misión asignada a sus hombres por J. G. y el Apolo XXI se estuvo criando moho en
espera de que terminaran el trabajo ese. El Presidente no lo sabía, pero J. G. controla todas las
computadoras del país excepto dos, las que quemaron su irremplazable lámpara de cadmio de dos
centavos, una de esas pavadas capaces de paralizar el mundo.
Así pues, mientras la muerte empezaba a proyectar su sombra sobre ese frígido corazón, J. G. se
sintió feliz al ver trabajar al primer país del mundo en servicio de otro que, para sí mismo y para nadie
más, reconocía como el último del planeta.
Cuando finalmente los expertos en Florida se pusieron a engrasar otra vez los tornillos del gigante
del espacio, J. G. se sentó apenas nervioso frente a sus asesores - disminuidos un tanto por los
esfuerzos de los últimos tiempos - y se dispuso a escuchar el modo en que cumpliría la más difícil de sus
hazañas, un plan creado por la batería de cerebros honestos y deshonestos más grande del mundo que
este genio singular considera la coronación de su legendaria carrera. "No es para menos...", había
retrucado una hora antes, cuando algún asesor atrevido se permitiera referirse a la empresa como un
malgasto increíble de talento en una tarea sin la menor trascendencia, "Otros son más idiotas: preferirán
conquistar un satélite muerto".
Kuntur se refirió en primer lugar a la sacrificada labor de sus hombres y prometió una futura
recompensa acorde con cada esfuerzo. Agradeció luego la iniciativa que le permitiría preguntar por sí
mismo a la formidable red mundial de computadoras que parpadeaba frente a su escritorio los detalles de
la estrategia a utilizarse en esta operación. Encendió un habano perfumado y pidió a todos que se
marcharan: ya podría él entenderse a solas con el monstruo que le enfrentaba.
Y todos se marcharon y J. G. comenzó una maratón de preguntas que duró doce horas. Finalmente,
cuando lo sacaron de allí en una camilla, sufría feliz su colapso: estaba seguro de que triunfaría.
Lo demás será historia a partir de este momento.
Lo primero que sugirió la máquina fue olvidarse de revoluciones, asonadas y tiroteos. Eso me costó
un par de horas de discusión antes de aceptarlo del todo: no todos bendicen mi nombre en esas
bárbaras tierras. Después eliminó la posibilidad de utilizar el dinero para apoderarnos del país. "Esos
políticos no sólo parecen, sino que son barriles sin fondo", dijo, maravillada. Eliminó luego las
ideologías políticas que podrían utilizarse como camuflaje de mis intenciones. "Las masas no entienden
nada; sólo tienen hambre", dijo. Finalmente, y de un modo harto lógico, defendió a sus congéneres, a las
que calificó de óptimamente preparadas para esta misión.
La idea me pareció monstruosa en un primer instante, pero luego me fui dejando conquistar por sus
posibilidades: "Las máquinas no comemos, no perseguimos mujeres, no sufrimos engañosas ambiciones,
no robamos, no podemos mentir si se nos programa adecuadamente... Sobre todo: no morimos nunca",
dijo la máquina, y eso me gustó mucho. Di, pues, mi aprobación.
El Plan Takeover comenzó con un tic nervioso de mi índice quebrado sobre una diminuta tecla
blanca.
Hoy ha concluido.
∆ ∆ ∆
Amados Conciudadanos de Sicaquella:
Tras 48 meses de secretas pero efectivas operaciones de secuestro, asesinato y suplantación,
puedo informar a ustedes, no sin cierto orgullo, que todas las personas que ocupan posiciones rectoras
en nuestra sociedad son hermosas máquinas creadas por mí con el fin de hacerlas idénticas a quienes
reemplazan y con el objetivo de servirme fielmente buscando la felicidad de todos mis conciudadanos.
A modo de información puedo decirles que cada funcionario público perfecto, inmortal e invulnerable
a los defectos humanos de carácter me ha costado un millón de dólares. Puedo añadir que existen en
este momento más de mil doscientas máquinas en el país y a mi servicio, las que son mis ojos y mis oídos
desde hace un par de años.
Es así como puedo asegurarles que todo aquel que - a partir de este momento - pierda tiempo en
complots disparatados, tramas indignas de un hombre de bien, suposiciones irreales sobre el arte de
perder tiempo y, en general, toda actividad o ausencia de actividad que condujera a una baja o
inexistente productividad individual - material o intelectual, lo mismo me da - perderá la cabeza sin tener
derecho a un solo pío. Después de todo, conciudadanos, ya habéis perdido más de siglo y medio
cometiendo idioteces...
Para tranquilidad de todos y como alivio para la aparente pérdida de libertades ciudadanas que
creen sufrir ustedes en este momento, debo decir al mundo que a partir de este instante conduciremos
los negocios de nuestro general interés siguiendo las reglas científicas del arte llamado dirección de
empresas.
Arte y ciencia indiscutida, esta herramienta me ha servido para ser más rico que Creso y más
poderoso que los dioses - puesto que puedo apagar y encender guerras como si fueran velas de
cumpleaños, cosa que ellos no fueron capaces de lograr jamás - y servirá ahora para hacer de este valle
y los que le rodean hasta donde se proyecta mi sombra - larguísima, como saben mis enemigos - un Valle
Feliz.
Crecer y Multiplicarse.
Comer y Trabajar.
Pensar, Estudiar y Construir.
Esta es la nueva Ley que invoco para todos. No os apartéis de ella jamás, como no debieron
apartarse del Arbol de la Sabiduría nuestros antepasados. Tened la seguridad de que, a diferencia de
ellos, no llegareis a ver a vuestros descendientes si os apartáis de mi Ley. Eso es todo.
Paz a mis máquinas. Paz a mis conciudadanos. Felicidad al Valle Feliz que durará mil años.
J. G.