Trofeos
Arturo von Vacano

Era un sábado por la mañana, dos mil quinientos sesenta días después de Cafferata. Era su mañana.
Tendría que estar en el diario a las cuatro. Admiró sus trofeos. Hacían una montaña de papeles y
fotografías sobre el escritorio. Se sintió feliz. Todo había sucedido como había supuesto. Ahora, a
ordenar esta su oficina y a disfrutarla. Admiró su máquina de escribir. Estaba cerrada, pero lo esperaba.
Suspiró. No lo diría, pero temía la página en blanco. Estaba, pero, contento con su nuevo juguete. Era
una Minolta. Lente 1.2, el mejor. Las cosas que haría con esta gatita negra y bella.
Evaluó las fotografías. Construiría un muro de sangre y misterio en la pared. Eligió la primera: el Caso
de los Pulgares Japoneses. Se vio a sí mismo empujando la puerta del hotelucho en el Barrio Chino, a
dos cuadras del suyo, y volvió a sentir los zapatos del muerto contra su cara, y olían a peste. Vio la cara
morada, la cuerda blanca alrededor del cuello, los pulgares atados, la pieza casi sin muebles. ¿Quién
hizo eso? Había apostado que el mismo nisei eligió el sueño final. No hubo ningún asesino. Suicidio,
aunque tuviera los pulgares atados a la espalda. Un gol a favor. Colgó la imagen en la pared. Gracias,
Kato. Gracias, murmuró.
Kato le había dado también las fotos sobre el Caso de la Anciana con Muchos Millones y gran parte de
estos recuerdos feos. Kato era su amigo, su mano derecha y un maestro ignorado de lo truculento, lo
sangriento y lo sucio. Tenía la mitad del cráneo de aluminio… un accidente, un accidente de tráfico,
explicaba… y su ojo derecho era un pozo sin fondo, pero sabía usar bien el izquierdo. Es el mejor, se
dijo Max, el mejor entre los mejores. Colgó las fotos de la vieja antes y después del hachazo. Las miró.
Nada especial, pero le ayudaban a recordar. El mayordomo lo hizo. Lo había escrito semanas antes de
que el mayordomo confesara. Este es un clásico, había escrito, y aquí digo cómo lo hizo y por qué. Se
burlaron de él.  Se reían antes de pedirle que tuviera cuidado. Podía demandar al periódico, así fuera un
mayordomo manco de setenta años. Si, también en este país. Había defendido su tesis. El mayordomo lo
hizo, había repetido en sus notas. Había rogado, discutido, peleado y ganado y lo vio impreso tal y como
lo había escrito. Otro gol. El mayordomo lo contó luego, detalle tras triste detalle en una larga carta
manuscrita, antes de elegir la salida negra, cianuro y píldoras para dormir. ¡Oh, los misterios del amor!
Bueno, esto sí que era horripilante. Debería valer tres goles, por lo menos. El Caso de las Cabezas
Solitarias. O, el Caso de la Legión de Matadores. O, el Caso del Manto Morado. Miró la cabecita
abandonada en la vereda y frente a la iglesia, muy temprano por la madrugada. Sintió el retorno de esa
amarga tristeza. Le dolió aún ahora. El mal era poderoso. Era cortés, usaba anillos de oro, sonreía como
una estrella de cine y dejaba mantos morados no lejos de sus víctimas. Miró la cara del asesino. Un
dueño de casa gentil, limpio, amable. Un hombre que cobraba sus propias facturas, así fuera violando y
matando niños y criaturas. Miró los rostros de los padres del niño.  Había que pagar el alquiler, dijeron,
mirando una araña invisible en el piso. ¿Qué podíamos hacer? Tenemos siete hijos. Somos pobres. El
monstruo sonriente acabó en una celda y se perdió para la Justicia tras un muro de papeles, todos
firmados por buenos abogados.
“Que lo fusilen”, había demandado.
“Usted se calla”, ladró su editor.
      “Pero, Jefe...”
      “Ya basta, Max. Váyase a beber y vuelva mañana. A las cuatro en punto, como de costumbre”.
       “Jefe, escúcheme, por favor…”.                 
      “Ya lo escuché y no voy a publicarlo. Esto, no. Cállese y salga de aquí”.
Volvió a su departamento, para escribir la próxima nota, así sólo fuera para sacarse la mierda del alma.
“Este hombre es semilla de otros crímenes. Muchos crímenes”, escribió. “Estas cosas suceden en
triadas. Nunca se dan una sola vez. Otro asesino seguirá a este monstruo. ¿Quién lo detendrá? ¿Quién
detendrá a los imitadores?”
Max encendió un cigarrillo. Miró la cabeza cortada del primer niño. Violado, torturado, asesinado. Cinco
años de edad. La cabeza abandonada frente a una iglesia. ¿Quién pudo haber inventado semejante
destino para un ser humano? Dejó el papel sobre el escritorio de su jefe. Nunca escuchó otra palabra
sobre el asunto.
Sucedió. Fue una pesadilla. Una nueva cabecita aparecería frente a otra iglesia cada dos o tres días. Un
nuevo matador diría al mundo por qué lo hizo, cómo y cuándo, antes de que la policía descubriera que
era un chiflado desde que Jesús fuera Cristo. Los inocentes reclamaban la culpa del asesino, los
culpable se ocultaban en las sombras. Había muchas iglesias aquí. Tantos niños pobres. Tantos locos.
Era el tipo religioso de demencia. Cruces, máscaras y capas moradas… Morado, el color del Patrón de
la ciudad, El Señor de Los Milagros... Velas, incienso, el olor enfermizo del sexo pervertido. Se lo dije,
Jefe. Cállese, Max. Me sobran sus chistes. ¿Y ahora, Jefe? ¿Qué diablos se yo? Ahora deberíamos
rezar para que suceda algo grande, Jefe. Algo más grande que el Manto Morado. Algo que nos obligue
a olvidar esta gran mierda. Váyase, Max. Piérdase. Bueno, Jefe. Bueno. No fue fácil. Tomó meses y
muchas cabezas cortadas y abandonadas con todo esmero en gradas benditas de piedra, pero
finalmente todo eso desapareció. De la noticia, es decir, porque se escucharían rumores durante mucho
tiempo, pero la decisión fue no mencionar a esos asesinos. Nunca más. El Jefe estuvo acertado aquella
vez, decidió Max. Fuimos cómplices de esos locos cuando publicamos esas cosas. Pero alguien está
plantando ahora mismo otra cabecita ahí afuera. ¿A quién culpar? ¿A quién?
Y ahora, el Caso del Policía Furioso. A todo color. Max miró al policía gordo y grandote de la fotografía
que fuera mundialmente famoso durante tres días porque había sido atrapado en el instante mismo en
que pateaba la pierna derecha de un chiflado y, al patearlo, iniciara una orgía de violencia que mataría a
cuatrocientos víctimas desesperadas en veinte minutos. Helo aquí, el policía imbécil, en medio del
estadio. Una ampliación del imbécil y el fanático chiflado que había saltado a la grama para castigar al
árbitro. Y aquí estaban los miles de miles de entes anónimos que habían venido a gozar de una tarde de
sol y de fútbol. Allí, a la derecha, se podía ver a varios policías, los bostas, Guardias Civiles que asistían
a los partidos de fútbol con ametralladoras al hombro. Con latas de gases también. Allí, a la izquierda, se
veía a la muchedumbre, la bestia sin cabeza, algunos puños furiosos ya en el aire, listos para hervir en
su furia. Pudo escucharlos como los escuchara esa tarde en la radio de bolsillo que Salazar trajera a la
oficina. Rugían y aullaban, y bajaron tras el policía estúpido. Un muro de plomo y una tormenta de gas
los detuvo. Se volvieron gritando su pánico para alcanzar las salidas. Alguien había cerrado las salidas,
por supuesto, porque todos odiamos a esos tipos abusivos que entran sin pagar. Así que se
atropellaron unos a otros. Se pisotearon y empujaron contra las paredes de cemento de los túneles
hasta que varios estallaron como pomos de sangre. Algunos fueron prensados a lo largo de los
corredores y dejaron una larga pista de sangre, tripas y mierda. Mira, esto, por amor de Dios. Max había
tomado un taxi hasta el estadio. Le tomó diez minutos. Fue a verlo todo. Fue la única vez en que sintió el
peso de una tragedia nacional como un saco de arroz sobre los hombros. Pudo ver, oler y tocar a la
muerte allí. Vio las ropas de las víctimas aquí y allá, calzones, camisas, pantalones y faldas. Vio los
senderos de sangre sobre las paredes y el piso. Vio los pozos de sangre frente al estadio, allí donde las
ametralladoras habían esperado la estampida cuando la turba presionara sobre las puertas de metal,
las llenaran como si fueran bolsas de papel y las rasgaran con su miedo para desperdigarse como
hormigas por la plaza decorada con tanta alegría y ser barrida como basura por las ametralladoras
nuevecitas y bien localizadas sobre sus trípodes de acero… Un capitulo de historia local que nadie, pero
nadie, se atrevería jamás a publicar aunque Max no pudiera olvidar jamás esa tarde.
Habló con cien testigos, vio los huecos de las balas en los cadáveres, fue con uno de los dos petisos
hechos en la puna de mantequilla de chocolate, de cabello arisco y lentes muy oscuros, Reyes Uno, a
cada morgue de la ciudad, la vieja en densas sombras, las nuevas en jardines y patios, y vio esos
agujeros en niños, mujeres e infantes.        
Así fue como un policía estúpido provocara una de las tragedias políticas más horribles de este país,
recordaba Max, y así es cómo y por qué jamás escribiremos una sola palabra sobre la verdad en este
episodio. Las ametralladoras estuvieron allí porque el Presidente vivía en mala conciencia. Temía a las
muchedumbres; las turbas se inquietaban por esos días, como un toro con sed. El Presidente temía que
comenzara otro Chile. Así, los bostas… El Presidente era un cobarde, un hombre vano, pero era el
Presidente. Nada más que la gris memoria de una semana gris como el cielo, una semana de dolor y
pesar cuando la ciudad lloró y aulló por esta herida y todo pareció más lento hasta detenerse a ratos,
quedó para Max y para los millones que le rodeaban. Max bebió un trago y suspiró. Ah, sí. El Caso del
Policía Furioso. Oh, sí. El Caso de la Sopa de Fuego y Sangre que se cocinaba lentamente por aquí.
Quinientos años y jamás una leve esperanza de un día mejor para las gentes que pagaban el alquiler
con el sexo de sus hijos, para una inmensa, desesperada multitud que hedía a hambre y desesperación,
algún cambio para los muchos que enloquecían de miseria y los pocos que nadaban  literalmente en su
oro, los que perseguían el verano eterno en sus yates plateados. Si, así era la gloria de este virreinato,
así huele el orgullo de esta turba pretenciosa. Gracias a Dios, yo nací allá arriba. Vergüenza debería
darte, tú… El teléfono. Max dejó que las fotos cayeran al piso. Caminó hasta el escritorio. Vaciló antes
de levantar el auricular. Sabía quién era.
      “¿Max?”
      “Diga, Jefe.”
      “Acabo de hacer un buen trato. Vaya a la central de la Policía. Busque el Departamento de
Investigaciones. Un Capitán Panetti. Si, Panetti. Espere.” Escuchó algunos papeles en el escritorio del
Jefe. “Espere… Ah, aquí está. Este es el teléfono. Es un número privado, ¿sabe? Úselo y olvídese del
número. ¿Me entiende? ¿Max?”
      “Si, Jefe. Acá estoy. ¿Qué número?”
      Lo anotó. Suspiró. Adiós, sábado por la mañana. Adiós. ¿Feliz? ¿Quién puede ser feliz?
      “¿Max?”
      “¿Si?”
      “Es un trabajo de Relaciones Públicas, ¿sabe usted? Queremos quedar bien con ellos. Queremos
hacerlos aparecer como reyes. Usted me entiende. Vaya, mire los laboratorios, haga preguntas, abra la
boca de rato en rato, admírelos. Quiero una nota bien hecha. Clara. Dos, tres mil palabras. Nuestra
próxima central. Va con su firma. ¿Qué le parece? ¿Le gusta la idea?”
      “Si, Jefe. ¿A qué hora?”
      “Llame ahora mismo. Coordine la cosa. Quiero la nota esta noche”.
      “Si, Jefe. Al tiro”.
      “Llámeme si necesita ayuda”.
      “¿Dónde está Kato?”
      “No lo sé. ¿Lo necesita? ¿Por qué Kato?”
      “Me gustan sus fotos. Me encantaría hacer esto con él”.
      “Veré lo que puedo hacer”.
      Mierda, pensó. Justo lo que necesitaba. Pero somos profesionales, ¿no es cierto? Claro que sí.
Camina muchacho, ve tras ello.