

Mama Tunupa:
búscala o suéñala. Es lo mismo
Pablo Cingolani
Foto: Gastón Ugalde
a Gabriel Restrepo
para seguir la huella
He visto esta imagen del volcán horas, días, semanas; la vida entera: la he visto sentado sobre el tapiz albo
que yace a sus pies, bajo su sombra; me acompañó caminando callándome por sus orillas o retornando
ilusionado de las islas que cobija el salar; me jaló como imán, como un faro, como un diamante, la vez que
buscamos el cráter; estuvo ahí siempre que peregrinamos a las ceremonias en “la verdad de la verdad”; la
soñé mil veces tratando de reconstruir mis pasos en todas direcciones, hacia Coquesa, hacia Tawa, hacia
Salinas…; la recorrí alucinando despierto en la manigua, procurándome un poco de horizonte en la
profundidad de la selva: siempre estuvo ahí, nunca se fue, nunca me abandonó. El volcán se estuvo, se está,
se estará eternamente. En mis ojos pero sobre todo en mi corazón.
Bajo el volcán, vive “la” Lupe. Guadalupe, doña Lupe como la llamaba Gabo. Bajo el volcán, en sus faldas
orientales, se encuentra Jirira: allí la Lupe siempre está, siempre se está como diría Kusch. Fueron varios años
los que acudimos, atravesando el desierto, para estar en Jirira, para estarnos, con la Lupe, con el Carlitos, su
esposo, con Germán, el amauta, con la sal, con el viento, con el sol que raja, el frío que corta y con el volcán.
Con la presencia del volcán. Estando en esas soledades, entre la arena del camino y la fraternidad de la
gente, pude ver más allá de las palabras de los libros, pude leer en el territorio, en sus marcas, sus cicatrices;
pude comprender lo que nunca creí que podía comprender: despojarme de la agonía que me había impuesto
el ruido de la ciudad, de la radio, de la pretendida modernidad, para comenzar a encontrar las verdades que
solamente puedes encontrar en el silencio. El silencio de Jirira.
Si sabes oír, él te cuenta. Si no sabes oír, pues aprendes. El silencio de Jirira te acompaña a cada paso que
das. Subes por los brazos de la montaña, te internas por alguna de sus quebradas, te miran los cactus -
altivos, guerreros que no se inmutan porque han vencido infinitas batallas-, y allí lo encuentras: el silencio de
Jirira, el silencio de Mama Tunupa, el silencio del volcán. Es el silencio cósmico, el silencio del universo, que
habita los santuarios donde la naturaleza –allí donde ni la hemos domesticado avasallándola o destruido sin
piedad-sigue abriendo la mano al hombre para develarle alguno de sus secretos. Luego, habitas el silencio y
habitas el secreto que te brindaron. Es imposible no acogerlo una vez que lo hallas, una vez que te encuentra
y te ampara, una vez que el silencio y el secreto se instalan y te habitan. Ni más ni menos: la belleza de la
desolación.
De eso hablamos con doña Lupe. Ella va atizando su fuego de thola en su horno de barro. Un humo verde,
fragante, nos invade. Afuera la noche arrecia. Sopla el viento pero el salar está tan calmo que parece vivo.
Susurran juntos una canción antigua. Ella calienta agua para servirnos mate de cedrón. Cuando la caldera
humea, termina de componer el cuadro, con luz de luna y luz de vela. Nos habita el silencio y, entre dientes,
ella me va contando del silencio, del secreto, de la esplendorosa belleza de la desolación.
Un día estaban con Carlitos en un canchón pisando papa para hacer chuño, uno de los milagros que hicieron
los primeros habitantes de los Andes. Que ellos siguen haciendo porque el chuño –y no los planes de
desarrollo de los tecnócratas- es lo que permite vencer al hambre, nutrir el cuerpo, comer. Vamos y los
ayudamos en la faena. El agua de la papa cosquillea tus pies descalzos. Te resbalas y nos reímos todos.
Adelante, el salar te contempla; detrás está la montaña roja: Tunupa. Cuando el día quiere ceder, volvemos a
la casa. Nos lavamos. Entramos. Vuelve a atizar el fuego, soplando la ceniza ardiente. Vuelve a colocar la
caldera para servirnos un mate de cedrón. Pero, esta vez, ella se levanta y va en busca de algo. Al regresar,
me sorprende con lo que me entrega: es un libro. –Para que lo leas, me dice. El que ha escrito, tres veces vino
por aquí. Siempre preguntaba lo mismo: ¿dónde está la gran ciudad de Tunupa? Tu ya sabes, tu ya has ido,
has estado: la verdad de la verdad, se llama.
Génesis de la cultura andina se titula el libro. Lo firma Milla Villena, el investigador peruano. Leo sobre los
ceques, “la ruta de Viracocha”. Anoto con entusiasmo, imaginando la escena: “si colocáramos miles de
individuos alineados con miras o bastones a través de montañas y desiertos, podríamos hacer una línea recta
perfecta entre Cajamarca, al norte del Perú, y Potosí, al sur de Bolivia, sin recurrir a la sofisticada tecnología
occidental moderna”. La cruz cuadrada que organiza y da sentido al espacio. La utopía de los hombres
dándose la mano. Una vez lo deseamos: cercar de amor al Sajama –otra montaña, otro santuario- para decirle
al mundo que aquí seguimos venerando a los cerros, a la piedra, a la naturaleza.
“De la parte sur llegó un hombre blanco de crecido cuerpo, de mucha autoridad que inspiraba veneración, el
cual tenía gran poder, pues de los cerros hacía llanuras y de las llanuras cerros grandes, de las piedras vivas
hacía brotar fuentes, y con todas estas maravillas llamábanle hacedor de todas las cosas y su principio, y
padre del sol: Pacha Yachicachan, Tayapaca, Tarapaca, Tuapaca, Ttonapa, Thunupa, Tunupa. Así lo
describió Cieza que conoció la cruz portada por él hasta Carabuco, en la ribera norte del Lago Titikaka, centro
irradiador de las culturas de los Andes. Y remarco, por que dice bien: “piedras vivas” y me pregunto: ¿qué
pasó con nosotros que las hemos matado?
Sigo leyendo de día, debajo de una solitaria kiswara que Lupe cuidó como si fuera un hijo más, allí en el medio
del erial. Habla de Mama Tunupa, habla del volcán, y un asombroso hallazgo: si alineamos Carabuco con
Tiwanaku –Taipykala: la piedra del centro- y extendemos la línea recta 477 kilómetros –la distancia que separa
Tiwanaku de Cuzco, el ombligo del mundo- llegararíamos de manera exacta a la cumbre de la montaña, a la
cima del volcán que está delante de mí, contemplándome. La ruta de Tunupa, que es hombre en el Norte y se
transforma en mujer en el Sur. Veo la foto de una cruz cuadrada, la base científica de estos cálculos
matemáticos que empezaban a alucinarme, tomada del portal de una capilla católica que los curas diseminaron
hace siglos alrededor del volcán para conjurar la potencia mágica del santuario andino. No aclaraba su
ubicación exacta. Me disparo. Le digo a la Lupe que no almorzaré, que encontré algo pero que aún debo
buscarlo. Que volveré. Salgo con rumbo al desierto, en dirección a Tawa. Llevo conmigo una botella de agua.
Camino, camino, camino. Dejo atrás Aike: no hay rastros. La sal brilla y, de tan bella, espanta. Camino,
camino, camino. La comunidad se llama Coquesa. No hay nadie. Dejo que mi corazón me guíe: sigo
caminando. Encuentro la capilla, paredes de adobe, techo de ichu, de paja brava. Ingreso al atrio. Cuando me
doy vuelta, para mirar el volcán e implorar un señal, allí la encuentro sobre la puerta lateral derecha. La cruz
cuadrada. Está justo en dirección a la cumbre, donde se encuentran los achachilas, los dioses tutelares. Quien
la puso ahí, lo hizo con intención clara: si te obligaban a concurrir a la misa, antes de salir del espacio sagrado
impuesto, veías tu cruz y tus ojos se incrustaban en la cima de la montaña donde moran los dioses
verdaderos. Una contra conjura. Como todo en los Andes: sublime, preciso, exacto.
También encuentro algo que hace que impide que pueda dudar: delante de la puerta de la capilla, hay una
cabeza de cóndor, mirando al Este, hacia la verdad de la verdad y el Tata Cuzco, uno de los cerros machos,
pretendido amante de Mama Tunupa… ensimismado, empiezo a escuchar un tambor a la distancia, es año
nuevo aymara, vísperas del solsticio de invierno, el sonido es mántrico, es como si el volcán se hubiese
despertado de una siesta de eras… camino, camino, camino en dirección al sonido, son kilómetros de arena,
la luz del sol se tiñe de miel, la sal se vuelve amarilla, anaranjada, el cielo enrojece, sus dragones lanzan
llamaradas que te extasían: el mundo morirá y nacerá de nuevo, ¿cómo no creerlo? ¿cómo no sentirlo?,
camino, camino, camino… llegó a Aike.
Allí están Faustina, Leocadia, Plácido, Julio, Erlinda y el pequeño Porfirio Jonathan. “Bien que has venido”- me
dicen, como si me hubieran estado esperando desde hace siglos y me ofrecen una copita de alcohol para que
celebre con ellos. “Pachamama, enhorabuena, Mama Tunupa, Tata Cuzco, Tata Sabaya, enhorabuena…
salud, hermanos”: en el medio de la nada, agotado por el sol y la caminata, gracias a ellos, a su sensibilidad a
flor de piel –el volcán nos miraba-, empecé a sentir que no estaba en Aike, una comunidad de indios aymaras,
olvidada por el estado boliviano e ignorada por nosotros, sino en el centro del mundo, en el centro del centro
de la galaxia. “Voy a brindar por su camino”-me dice Plácido y mi emoción estalla y no puedo impedir que la sal
y la arena se mezclen con una lágrima de gratitud y desafío.
¿Volveremos a reencontrarnos los seres humanos? ¿Volveremos a respetarnos y a respetar a lo que nos da
la vida? Mama Tunupa me dice que sí. Anda a buscarla. O suéñala. Es lo mismo.
Chuquiago Marka, 18 de Febrero de 2006